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Lo que nos jode a las mujeres (Parte I)

De un tiempo a esta parte estoy convencida de que la inmensa mayoría de nuestras jodiendas se pueden englobar en dos categorías:

  1. Las (malas) relaciones sentimentales.
  2. El miedo a lo que pensarán de nosotras.

Dentro de esas dos caben casi todas las demás mierdas que nos quitan el sueño: el miedo a la soledad; la presión por ser madre, por no ser buena madre; el sufrimiento por las rupturas; que si me marean que si no; no me divorcio porque le temo al abismo posterior, porque sería un fracaso horroroso, porque mis hijos lo pasarían mucho peor que viendo que sus padres viven juntos, pero no se soportan.

Que si estoy fea, que tengo las tetas grandes o demasiado pequeñas, y soy mayor o gorda; que no me gusta mi trabajo, pero aquí me quedo porque si me voy a recorrer el mundo soy una insensata; que mis padres me dan la lata lo más grande, pero mi obligación es aguantar porque, de lo contrario, soy una mala perra.

Y podríamos seguir hasta el infinito.

En cuanto a las relaciones sentimentales, mal vamos cuando ni los cimientos están bien colocados. Si no te autoquieres de una manera salvaje, cómo coño vas a decidir bien. Si no te valoras, no te valorará el de enfrente, y de ahí, al cataclismo emocional. Una y otra vez. Día de la marmota por los siglos de los siglos. Que si tengo mala suerte, que si siempre me tocan los tarados, hay que ver lo mal que me trata la vida. La vida te trata como dejas que te trate. Chimpún.

El segundo tema, el del asqueroso QUÉ DIRÁN es aún más peligroso, creo yo. Porque quizás escuece menos, pero jode mucho más. La preocupación por lo que piensa de ti gente de la que no conoces ni el nombre se pega en el esternón, te ahoga y te limita. Te amputa, te paraliza, te convierte en la mitad de lo que podrías ser. Acabas viviendo la vida de otros, sin tener ni idea de lo que de verdad te mueve, o debería moverte.

No eres capaz de recordar que es lo que te encendía de verdad, lo que querías ser cuando aún te ilusionabas, porque llevas tanto tiempo sometida a las opiniones del vecindario, de las madres del cole, de tu pareja, de tu familia, que lo que fuiste se ha ido diluyendo y ahora eres un ente informe que se adapta a todo sin cuestionar nada. Porque no te engañes, querida, aceptación y conformismo no son lo mismo, sino, a veces, todo lo contrario. Créeme, ahí afuera tienes un mundo enorme esperándote, lleno de gente interesante que no juzga, de bares donde bailar, de karaokes donde dejarte la garganta desafinando como la animala que eres.

Porque si no haces daño a nadie, a quién le importa si llevas el pelo rosa, si bajas al súper en pijama, si te echas un novio veinte años más joven que tú, si te cepillas a tres bigardos cada semana, si el escote te llega al ombligo, si dejas a tus hijos con su santo padre para pasar una semana con tus amigas descojonada de la risa. Porque de todos es sabido que donde no llega un Lexatín, llegan las carcajadas. Qué pasa si te gastas tu dinero en infinidad de masajes, de potingues, de zapatos, en lo que te salga del mismísimo toto.

Hay quién se ofenderá porque tú seas feliz, porque te niegas a entrar en la jaula del estereotipo. No pidas perdón, no te justifiques, no les des un poder que no tienen. La libertad no tiene por qué ser comprendida, solamente disfrutada.

 

De fútbol infantil a las 8 de la mañana y otras torturas.

Viernes, 15:00. Recibo un WhatsApp del nuevo entrenador de mi hijo. “Te paso la información del partido del sábado”. Yo, que me temo lo peor.

Hora partido: 9.30.

Hora citación: 8.30

Lugar: Torrejón de Ardoz.

“Mira, que habíamos hecho planes. No puedo llevarle.”

Y el entrenador que insiste: “le puedo llevar yo u otro padre.”

“Lo tengo en cuenta para otro día”. Por aquello de terminar rapidito con una conversación que no llevaba a ningún sitio (y menos a Torrejón).

Y él que sigue: ¿seguro que no puede ir?, y es que es un partido importante, y…

PERO VAMOS A VER…

No sé muy bien ni por donde empezar con todo este rollo del sacrificio extremo como demostración del amor paternofilial. O sí.

  • NO INSISTAS. Estamos hablando de un puto partido de fútbol, no de una sesión de diálisis. 
  • No tengo por qué justificarme en ningún caso, mucho menos cuando estamos hablando de que me levante a las 6.30 de la mañana de un sábado. No me sale del toto. Punto.
  • Que hay muchos padres que lo hacen: ESTUPENDO. Yo no, y eso no me convierte ni en peor ni en mejor madre, sino en una persona que toma una decisión que le afecta a ella y a su familia. Ya está.
  • Ante los que me argumentan que quizás mi hijo tenga aptitudes para el fútbol y que sea el próximo Messi, allá voy:
    • ¿Y si es el próximo Vargas Llosa? ¿O el próximo Picasso? ¿O el sucesor de Steve Jobs? Me obliga eso a apuntarle a todas las extraescolares del planeta hasta que acertemos con el talento innato de la criatura?
    • ¿Me hostigaríais igual si nos levantáramos esas horas para asistir a un club de lectura? Me da a mí que, en ese caso, sería una majara obsesa. En fin…
    • No, no quiero que mi hijo “me retire”. Ya me retiraré yo, si eso.
  • Concibo el deporte, o cualquier otra actividad lúdica, como disfrute del que lo practica, no como un martirio para los demás.
  • Para algunas familias, el hecho de que su hijo les dedique un gol compensa los madrugones, las horas de coche, el agotamiento. A mi no me compensa. Fin de la historia. De nuevo: el libre albedrío.
  • No le van a llevar otros padres porque no quiero deber favores. Los pido para cosas muy concretas y necesarias y esto, para mí, no lo es.
  • Para los que comentáis que “mejor que jueguen al fútbol a que se pasen el día en el sofá”: ¡SORPRESA! Hay más opciones. No me da la vida, ni el blog, para enumerarlas.
  • La felicidad de una persona (en este caso mi hijo) no debería darse nunca a costa de la infelicidad de otra (en este caso yo). No, su bienestar no es MÁS importante que el mío, sino IGUAL. No voy a entrar en que “madre feliz, niños felices”. Mi felicidad es importante en sí misma. Soy un ser humano con derechos personales e intransferibles. Mi hijo no es un apéndice mío.

Y es que parece que todo sacrificio es poco, que cualquier negativa al martirio chino relacionado con los hijos solo sea moralmente válido si media fuerza mayor. Eso es la maternidad: sacrificio, sufrimiento, olvidarte de que existes. Nada de aprovechar el sábado para hacerte la manipedi o rascarte la fufa en el sofá, so perra.

Los otros lo hacen, igual que les compran móvil a los diez años o les amorran al Fortnite. Pues tú también, así tus hijos serán como todos los demás. Tú serás como todas las demás.

Ay, el puto rebaño. Ay, el qué dirán.

9 cosas que solo entendemos las madres

Los viajes largos en avión (sola) son lo más maravilloso del planeta: lo que antes era un coñazo supino es la oportunidad perfecta para leerte una revista de principio a fin sin interrupciones, para escuchar musica con los ojos cerrados, para mirar al infinito, o sea, al asiento de delante sin pensar EN NADA, descerebrada perdida. Ya no hablemos de los transoceánicos, donde te zampas tres pelis seguidas. Es que ni siquiera te pueden llamar por teléfono. Que viva el aislamiento absoluto.

El madrugón es bien. Te levantas antes que tus hijos para tener diez minutos de silencio mental mientras ingieres el café con leche, el Cola Cao en mi caso. Quién no tenga criaturas pensará que un cafe no es pa tanto, con lo que molan esos diez minutos en la cama ganduleando. Vosotras no sabéis que las papilas gustativas también se estresan y ya te digo yo que ni el café ni el chocolate saben igual cuando lo aderezas con los gritos de tus vástagos o la leche derramada por la mesa.

Temes a la lluvia más que a una vara verde. Sí, ya sé que los hijos de las guays de Instagram, cuando no se puede salir de casa, hacen dibujos preciosos de su armoniosa familia. Los míos, en cambio, parecen cabras desquiciadas en fase de celo. Se hostian, gritan, ni ellos se soportan a sí mismos, cómo les voy a soportar yo.

El cine no es para ver pelis, sino para echar la siesta. Y os preguntaréis si no hay lugares más cómodos y baratos para el sueño que una miserable butaca. Pues mira, a veces lo mejor es enemigo de lo bueno. Más me gustaría a mí que tirarme en mi sofá para estos menesteres, pero allí no hay manera de ensimismar a las criaturas. Y en el cine están tan callados y quietecitos…

Amas a tus padres mucho más que antes, porque ahora se quedan con los nietos y esa es tu única oportunidad de morir en el sofá sin hora límite. Porque no aprovechas esos días para salir como las locas, NO. Lo único que quieres es amortizar tu cuenta de Netflix como si no hubiera un mañana, dormir sin orden ni concierto. Comer si te apetece, cuanto te apetezca. Nada de comidas equilibradas: bollos, queso, chocolate.

Lo que se puede disfrutar cruzando un semáforo de peatones en rojo no es ni medio normal. Porque lo de esperar diez minutos para cruzar sin que haya pasado un puto coche desde que la lucecita se ha puesto colorada es un desafío para los que no somos precisamente pacientes. Y caminas sola por la calle y TOMA, TOMA, TOMA, disco rojo va, disco rojo viene.

Sales con tus amigas a cenar y te quieres morir si se sienta un niño tocapelotas en la mesa de al lado. Antes te pasaba, pero ahora mucho más. Porque para dos horas que dejas de escuchar a los tuyos, lo último que quieres es que te reviente los tímpanos uno que ni te va, ni te viene.

Amas los lunes: sí, ya sé que esto es de mala madre total, pero es lo que hay. Los lunes después de un puente son la hostia. Los que siguen a un puente lluvioso son lo más parecido a un multiorgasmo. Ahí estás tú, amando locamente tu jornada laboral, tan relajada y agradable. Quién te ha visto y quién te ve.

Salir de casa. Me refiero a salir de casa tú sola. Lo que con ellos supone una hora, lo apañas en diez minutos. Nada de pipís de última hora, de no encuentro mi juguete favorito, de justo ahora me he tirado el zumo por encima. Te vistes, coges el bolso y Ciao, Bacalao. Y el resto de majaronerías que solo entendemos nosotras las escribo en otro post, que estoy sin niños y me llama el sofá.  

Super Mujeres, Super Madres y otras criaturas extraterrestres.

Frita me tiene el tema, amiguis: FRITA. Este no va a ser un artículo de los que dan risa, aviso.

No sé qué narices pasa que, de un tiempo a esta parte, la moda de las Super Mujeres me azota por doquier. Abro una revista y una tal Tory Burch cuenta que se levanta a las 5.45, pasa todo el día trabajando, a las siete de la tarde su labor favorita es hacer los deberes con su hijo, come cada día ensalada griega y bebe agua de coco, duerme cinco horas y se siente FE-NO-ME-NAL.

Tory, chata, NO-ME-JO-DAS.

Miro Instagram y una famosa nacional, perfectamente maquillada y peinada, vestida con el mismo jersey que lleva su hijo, se queja de que se acabe la Semana Blanca, cuando el resto de la humanidad está con los pelos de punta por la misma razón.

Ya he hablado de las Madres Perfectas, no voy a repetirme. O sí. No me las creo. Ya está.

Pero hablamos de otra cosa: de un concepto, de un movimiento, de una creación más del Patriarcado, amigas. Porque no nos engañemos: encargarte de los niños, currar a tiempo completo y seguir viva no es un Superheroísmo, es una Superpringada de cojones. Y es que nos han vendido una moto que tela marinera. Qué bien les va a muchos hacernos creer que esa es nuestra labor y que, al cumplirla, nos convertimos en unos seres tocados por una vara divina, en unas Supermujeres, en las mejores madres de la galaxia, merecedoras de aplausos incluso.

Estudia, trabaja, sé madre.

Y pon lavadoras, ten la casa como un muestrario de Ikea, el finde no te apalanques en el sofá, so cochina. Sal a pasear con las criaturas, sonríe, sé feliz. Ah, y ni se te ocurra quejarte, que toda la vida las mujeres lo han hecho y aquí nadie ha dicho ni mú. Porque nosotras podemos con TODO. Si encima llevas un outfit ideal, los pelos sin rastros de raíces y las uñas estupendas, ya eres LO MÁS DE LO MÁS. Digna de admiración, pero A LO LOCO.

Estoy hasta la mismísima seta del TÚ PUEDES CON TODO.

¿Y qué coño es PODER CON TODO? ¿Será no morir? ¿Será no abandonar a tus hijos y/o mandar a tomar por culo el trabajo? ¿Será no acabar en un psiquiátrico? Por favor, que alguien me lo aclare, porque yo ya no lo sé.

Me niego a entrar en el juego. No, chicas, andar todo el día con ojeras de Panda, no dormir lo suficiente, vivir arrastrándote y derrapando, echándote de menos, llegando a casa reventada y ponerte a cocinar, sin descansar más que unos pocos minutos cuando acuestas a las criaturas, depilándote las patas de una en una… Eso, querida, eso no es PODER CON TODO. Eso es malvivir, por mucho que nos joda reconocerlo.

Para serlo todo, hemos dejado de ser nosotras. Dormir 5 horas no es lo deseable, Trabajar 16 horas no es razón para sentirse orgullosa. No somos mejores personas por cargar con todo. Eso no nos convierte en mujeres biónicas, sino en mujeres agotadas. Aprobadas socialmente, eso sí. Y si no que se lo cuenten a Samanta Villar, la que le ha caído por soltar el pico.

Algunas de vosotras me mandáis mensajes contándome que un día os desplomasteis y llevas de baja seis meses. A otras les han diagnosticado una depresión. En el mejor de los casos los problemas se manifiestan en forma de bronquitis, herpes, ciáticas…

¿Y cual es la solución? Diréis vosotras. ¿Por qué nos cuentas todo esto? ¿Para jodernos aún más la vida? Pues amiguis, es que el primer paso para cualquier mejoría es darnos cuenta de que algo no va bien, y eso es lo que quería contar aquí. Sufrir no es NUNCA lo normal, aunque se haya convertido en lo común. Y ni siquiera darte cuenta de que estás sufriendo, ya es el colmo.

Lo primero será mirarnos y vernos; lo segundo, diagnosticar ese agotamiento que ya forma parte de nuestra piel; lo tercero, negarnos a formar parte de esa creencia tan autodestructiva: las Supermujeres no existen, al igual que no existen Spiderman ni el Capitán América.

No busquemos ser una de ellas, no aplaudamos a las que fingen serlo. No nos sintamos halagadas cuando alguien nos dice que lo somos.

Es mentira.    

Los Festivales de Navidad del cole (y otras torturas modernas)

Estaba yo volviéndome majara para ver cómo coordino llegar a las 14.45 al festivalito de Navidad de mis retoños, cuando una de vosotras me envía un mensaje pidiéndome, por favor, que le dedique un post a tan señalados eventos infantiles.

No se hable más, amiguis. Vosotras pedís y yo obedezco.

Y es que la cosa tiene tela. Yo aluciné bastante cuando, hace un par de días, una madre del cole afirma, con todo su papo, lo siguiente: “Qué bien que es a las tres, así, TARDE”.

Coño, si las 15.oo es tarde, así como una hora cómoda a la que una no está haciendo nada, que venga Dios y lo vea.

Pero eso es lo de menos porque, al fin y al cabo, ninguna hora es buena para pasar una tarde escuchando a 150 niños que ni te van ni te vienen, y tres minutos escasos a los tuyos, que no se saben el villancico y berrean más que otra cosa.

Ni que decir tiene que mis hijos, cada diciembre, me saludan así de soslayo, nada de escenas familiares navideñas rollo “Sorpresa, sorpresa” con abrazos emocionados y lagrimón, cosa que entiendo porque nos hemos visto a las nueve de la mañana, nos volveremos a ver a las cinco, y así durante los próximos diez años, como mínimo.

La rutina mata la pasión, eso es así.

Yo, en mis primeros años como madre, grababa las funciones, no porque tuviera la más mínima intención de verla más tarde o de enseñárselas a mis amiguis (no soy tan hija de puta), sino POR PRESIÓN. Tooooooodas las madres y algún padre grabando a su descendencia a diestro y siniestro me hicieron pensar que, si no lo hacía, era una perra y una mala madre.

No es que ahora haya descubierto que la grabación indiscriminada no es requisito sine qua non para ser una Supermadre, es que si no lo soy me la repampinfla. Y creo que a mis hijos les pasa exactamente lo mismo.

Soy consciente de que este pasotismo nuestro no es compartido por todas las familias. Aún recuerdo a aquella madre que el año pasado se recorrió todo el polideportivo seiscientas veces y así encontrar el ángulo perfecto para captar la carita de su hija entonando lo de los peces en el río, peleándose por la primera fila, histérica perdida. Imagínate tú la tragedia si se pierde el más mínimo gesto, un “Pero mira como beben” o un “Entre cortina y cortina”: CATÁSTROFE SIN PARANGÓN.

¿Y qué me decís de esas familias que va en tropel al “Campana sobre campana”? Abuelos por las dos partes, tíos, padres e, incluso, me ha parecido adivinar a alguna vecina de esas muy cercanas. Yo siempre voy sola y, en una ocasión en la que me acompañó mi amigo Peri y nos pusimos a dar palmas y a bailar, no os cuento las miradas. Joder, ya que voy, lo disfruto.

Para colmo de males, el evento musical es a la misma hora que una comida de la oficina que me apetece mogollón. No es broma, no. Esta me apetece DE VERDAD. Pero como los cánticos son a esa hora super cómoda, pues no podré ir. Y alguna, seguramente alguna que no es madre, pensará: “Coño, pues pasa del festivalito, si total a los nenes les da igual”.

Más razón que un santo pero, ¿sabéis qué? Que servidora, como tantas, es gilipollas perdida y me puede (poco, pero algo) la culpa, el “Qué dirán”, el miedo de que mis hijos, cuando crezcan, tengan un politrauma emocional porque su madre no fue a verles aquel 21 de diciembre de 2017.

Así que, como cada año, iré, para cagarme en tó lo que se menea, perderme la comida de la ofi, zamparme cualquier mierda hipercalórica rapidito para llegar puntual (porque de todos es sabido que una porquería se come más rápido que una ensalada), agobiarme porque luego llego tarde a una reunión y prometerme a mí misma que el año próximo no seré tan gilipollas.

¿Apostamos?

La Paz Maternal (y otros fenómenos paranormales)

Creo que ya lo he comentado en alguna ocasión: loqui perdida me quedé cuando leí que una famosa afirmaba en una entrevista que a ella la maternidad le aportaba mucha paz. Días más tarde, comentándolo con la mujer de un amigo, me decía que a ella le pasaba lo mismo. Quizás me lo habría zampado con patatas de no ser porque la mujer hacía quince minutos me había comentado que estaba muy delgada porque con los tres niños no tenía tiempo ni de comer ni de dormir. También estaba el detalle de que, mientras hablábamos, uno de sus retoños paseaba por encima de la mesa y la otra le escupía la papilla en todo el jeto. Yo, FLIPANDO.

Vamos a revisar mi querida RAE, que establece que, entre otras cosas, paz significa:
Relación de armonía entre las personas, sin enfrentamientos ni conflictos.
Ausencia de ruido o ajetreo en un lugar o en un momento.
Estado de quien no está perturbado por ningún conflicto o inquietud. 
Sigo flipando. Creo que incluso más después de conocer la palabra a fondo.

Chata, no sé dónde ves tú la armonía, la ausencia de ajetreo o lo de que no estás perturbada. Pero si pareces la novia cadáver, joder.

Durante un tiempo se me olvidó el tema de esa Paz Maternal tan extraña. Vamos, se me olvidó porque yo, que soy madre, no la veo ni la huelo ni ná de ná. Y llegamos a esta semana de mierda. Sí, DE MIERDA.

A las ya de por sí rutinas maternales que a mí, personalmente me matan, se le unen unas notas de mierda por parte de mis retoños y una preciosa conjuntivitis de mi chiquitín el lunes por la mañana. Sí, ese mismo lunes en el que me había levantado a las seis para tener tiempo de hacer deporte porque esta era la semana del cambio, de las buenas costumbres, del ponerme en forma, comer superbien, currar a tope y organizarme como nunca antes. Pues MIS COJONES. Corre a urgencias para que el pediatra te diga que dos días sin cole.

PERO VAMOS A VER. ¿Por un ojo un poco colorado?

“Sí, es que es contagioso.”

Pues el que se lo ha pegado al mío está en clase tan pancho, porque en casa tenemos el blanco de los ojos que parece un anuncio de Ariel. Sanos, SANÍSIMOS.

Dos días metida en casa, y menos mal que soy frilans, que si no, tú dirás qué hago. Me subía por las paredes, por las ventanas, por las lámparas. Hasta que me acordé de La Paz Maternal. Y entonces fue peor. Me cago en La Paz Maternal y en la madre que la parió también a ella.

El niño que, claro, como se encontraba de perlas, no paraba. Que te sientes y estudies. Que tengo sueño. Que te sientes y estudies. Que tengo hambre. Que te sientes y estudies. Que me duele el ojo.

Todo esto intentando currar. Una cosa preciosa.

En un arrebato de “Voy a evadirme porque no puedo con mi vida” cometo el error de cotillear los Instastories de las celebrities y, como Murphy es así de guay, una de ellas, junto a una foto de su nene jugando escribía: “Esta malito y me encanta tenerle en casa”.

Mira, hija, o tú eres de otro planeta o no sé yo. Ah, vale, tu hijo es un santo, tú eres la persona con más energía del mundo o quizás tienes a las cinco niñeras escondiéndose de la cámara. Insisto, ME PARECE COLOSAL, pero no me jodas…

La cosa no queda ahí, NO. Cual es mi sorpresa (o no) cuando al día siguiente me levanto con un sospechoso picor de ojos, voy al baño y AY, LA HOSTIA. Porque de todos es sabido que las enfermedades de los nenes a nosotros nos pillan multiplicadas por mil. Los ojos como huevos duros: hinchados, llenos de lagañas. Un puto desastre.

Pues nada, mi chiquitín, disfrutemos de la Paz Maternal juntitos, y gotita de colirio pa ti, gotita de colirio pa mí.

Nos espera otro precioso día de disfrute hogareño con la cantinela de los deberes, el pipi, el sueño y su tía Rita.

Ya estaba yo medio mentalizada, quizás porque sabía que solo me quedaba un día de fastidio. El pediatra dijo DOS DÍAS y ni uno más.

Y allá que está la criatura comiendo y observo que empieza a rascarse la cabeza de manera desmesurada.

Sí, amiguis: LOS PUTOS PIOJOS ATACAN DE NUEVO.

Coge la liendrera para acordarte, una vez más, de que no sirve para nada y que lo que tienes que hacer es dedicarte a esa actividad tan fina y elegante de despiojar a tu descendencia cual de si un chimpancé se tratara. A la del Instastories supongo que lo de lo piojetes le mola mucho porque así puede tocarle más el pelo a su nene, que eso une que no veas. Y relaja, sobre todo, relaja.

Ahí sí que me vi en el abismo: el pijama, los pelacos, los ojos fuera de las órbitas, el despioje y, obviamente, el picor en mí misma, temiéndome lo peor que ya no sé si es lo peor porque ya he perdido el sentido de las cosas en general.

Y cuando me hallaba asesinando parásitos a diestro y siniestro me vuelvo a acordar de la colega aquella de La Paz Maternal y se me ocurre comentarlo en mis redes.

#MATERNALPEACE, que no sé de dónde sale ni qué pinta tiene.

Ay, que alivio tan grande me entró cuando me contasteis que vosotras tampoco habíais visto jamás a La Paz esa. Porque una ya se cree que es rara cuando no disfruta de las conjuntivitis, los piojos, las peleas entre hermanos y el tener a los chavales en casa liándola parda.

Si es que siempre estáis ahí consolándome.

Tras este cúmulo de despropósitos, y como el Universo siempre está ahí para echarte una mano, hoy mi conjuntivitis y yo hemos tenido que salir de viaje por curro y adivinad: he encontrado La Paz Maternal. Ahora sí que siento la ausencia de conflicto, de ajetreo y la armonía se ha apoderado de mi ser con toda su fuerza a pesar de que llevo trabajando más de diez horas.

Si es que no entendí bien a aquella pobre mujer. Ahora sí tengo clarísimo el significado de Paz Maternal.

Dícese de aquella Paz que disfrutan las madres cuando no hacen cenas, ni ponen lavadoras, ni planchan, ni riñen, ni quitan piojos, ni desarrollan actividades propias de la maternidad. Vamos, cuando no hacen de madre.

Misterio resuelto.

Des-mádrate, por el amor de Dios.

Como bien sabéis (porque estoy muy pesadita con el tema), me fui este verano a Nueva York a terminar mi querido libro. Pues bien, al día siguiente de llegar yo a la Gran Manzana, estrenaban la peli “Bad Moms”, “Malas Madres” en español. Os podréis imaginar que me faltó tiepo para agarrar a mi amiga, la Madre Niuyorkina, e ir a ver este chorreo de descojone hecho película.

Ya os aviso: las que no tengáis hijos pensaréis que la vorágine salvaje que describen es parodia pura. PERO NO. Las carreras continuas, las comidas frente al ordenador, las mil reuniones inútiles del cole, el sentirte juzgada por todo Cristo, la sensación de hacerlo TODO mal es real como la vida (maternal) misma. La realidad, en este caso, supera a la ficción.

En la peli, por supuesto, aparecen las puñeteras Madres Perfectas, sí, ESAS QUE NO EXISTEN. Ya que estamos en esto, os voy a contar una anécdota que a mí me jodió por un lado pero me encantó por otro. El año pasado, mis hijos fueron al cumple del hijo perfecto de la Madre Perfecta del cole. Fue allá por junio. Un cumpleaños que te mueres: que si piscina, que si cine, que si toda la tontería del mundo. Pues bien, al recoger a mis vástagos, rubios como ellos solos, les vi el jeto totalmente colorado, les pregunté si, en algún momento, la Madre Perfecta, les había dicho que se pusieran protección. “No, mamá, y hemos estado todo el día superbien en la piscina”. Poco más y la estrangulo. Ni que decir tiene que los otro veinte niños que se había quedado la colega, estaban igual de achicharrados. Tía pesada, déjate de pasteles y de hostias, con no provocar una epidemia de melanomas, date por satisfecha.

A lo que íbamos, a la peli. Porque mal de muchas, consuelo de malas madres. Qué gusto comprobar cómo lo que habitualmente nos amarga la vida se convierte en una comedia. Qué bien comprobar que hay más gente que piensa que el humor es una cosa muy seria. Reconozco que, cuando el pasado lunes, desquiciada perdida porque mi libro salía a la venta en pocas horas,  me vi en urgencias por una tortícolis del pequeñajo que a la doctora que vino a casa le pareció una posible meningitis, me acordé de los saraos de Mila Kunis en la peli, y me reí. Poco, pero me reí. Al día siguiente, mi hijo mayor se olvidó al pequeño en el colegio, con la consiguiente llamada del conserje, “Oiga, que se ha olvidado usted a su niño”. Y, tras estar al borde del colapso y salir corriendo como las locas de la oficina, pues también me reí un poco.

Y es que nos volvemos majaras perdidas, nos olvidamos de que existimos. Cuando, un buen día, te ves los pelacos de las piernas, te das cuenta de que hace semanas que ni te las miras. Cuando ya has pagado en el súper, caes en que has comprado la comida de todos, menos la tuya. De  eso va “Malas madres” y nuestra vida en general: queridas todas, el mundo no se va a parar si, durante un rato, decidimos bajarnos de él; si empezamos a recordar cuales son esas gilipolleces que nos hacen felices. Barbaries tales como ir a una tienda de cosas cuquis y comprarte una vela con olor a vainilla o quedar con las amigas para hablar de gilipolleces  no van a desmontar el orden natural del Universo, creedme.

Y es que nos empeñamos en seguir unas normas que alguien inventó para nosotras. Chavalas, NADIE va a morir si nos las pasamos por el mismísimo jilguero. Hablando de jilgueros: en la peli también hablan de penes. SÍ, AMIGAS. Lagrimones de emoción y de risa chorreaban por mi cara cuando la madre soltera y casquivana empieza a hablar de rabos sin tapujo alguno. Ay Dios, ojalá hubiera escrito yo ese guión. Porque una peli para mujeres no puede ser buena si no hay falos de por medio. Y PUNTO.

Y lo mejor llega ahora, porque “Malas Madres” ha salido a la venta ya en DVD y Blu-Ray y, si la compras, te haces una foto con la peli y la cuelgas en Twitter o Instagram con el hashtag #Empiezaeldesmadre, entras en un sorteo para tener canguro, durante cuatro horas de un sábado al mes durante todo el 2017.

Insisto, CUATRO HORAS AL MES DURANTE UN AÑO.

Ni en mis mejores sueños aparecía semejante salvajada.

Sobra deciros que esta tarde me la compro y cuelgo la foto hasta en mi balcón si hace falta.

Cuatro horas para ir a cenar, al cine, para darte un masaje o quedarte descerebrada totalmente mirando al techo. Cuatro horas al mes para ser persona, y no solo madre. Porque hace tiempo que te echas de menos, Y LO SABES.

Ha llegado el momento, la película “Malas Madres” te regala algo que debería ser, no un derecho, sino una obligación: TIEMPO PARA TI.

Corred a la tienda, o a Amazon, o donde sea. PERO YA, porque la promoción termina el 28 de febrero.

 

De tabús, de maternidad, de Samanta Villar y de hay que joderse.

En esta burbuja en la que vivo, las noticias llegan con retraso, la verdad. La cosa es que me he enterado hace nada de que Samanta Villar había escrito un libro y leí que había concedido una entrevista en la que afirmaba que “Tener hijos es perder calidad de vida, que no era más feliz ahora que antes, que hay un relato único de la maternidad como un estado idílico, que no coincide con la realidad y estigmatiza a las mujeres y que hay que abandonar ya esa idea de que la maternidad es el último escalón en la pirámide de la felicidad de una mujer”. Más o menos. “Ah, mira, una chica sincera”, pensé yo. Me alegré de que alguien hablara sin tapujos de este tema. Después de leerme el libro de Orna Donath, tuve claro que aparecerían más voces contando lo que hasta ahora solo se decía en petit comité, ante otras que están en tu misma situación. Pero, hostias, que de repente leo unos titulares tipo  “Una madre le pega un zasca a Samanta”, “Una madre pone a Samanta Villar en su lugar”. ¿Qué zasca y qué lugar corresponden a alguien que habla de su experiencia? Lo de “UNA MADRE” tampoco tenía desperdicio. Podían haber escrito “Una mujer” o el nombre de la señora en cuestión, pero no, ella era “UNA MADRE”, lo cual le da (supongo) más empaque, o más sabiduría, o la dota de algún superpoder que yo no alcanzo a entender. Y me pongo a leer. Ay. Ay. Ay. No quiero entrar mucho en el contenido de los dimes y diretes, pero así de entrada, eso que parece tan ofensivo para algunos 0, perdón, para algunas MADRES, esa frase terrorífica en la que la periodista afirma que ha perdido calidad de vida, me parece, cuanto menos, lógica, a no ser, SEÑORA MADRE SUPREMA que para usted la calidad de vida la proporcionen las noches sin dormir, los llantos a cascoporro, el no poder ducharte tranquila, ni tan siquiera cagar cuando te de la gana. Me vais a perdonar pero yo me siento mucho mejor cuando duermo, como, me ducho y cago tranquilamente. LLAMADME RARA. LLAMADME MALA MADRE. El caso es que eso es lo de menos. Lo de más es que Samanta (que para que conste a mí es una señora que ni me va ni me viene porque no la conozco, ni la veo en la tele) ha contado lo que es para ella la maternidad. No insulta a nadie, no afirma que la maternidad es la puta mierda más grande de la vida, tampoco podemos extraer de su testimonio que trate mal a sus hijos. Vamos, que ella cuenta lo suyo. Y allá que va una MADRE y, por cometer ese pecado, le suelta una sarta de burradas que MADREDELAMORHERMOSO. La cartita de la MADRE empieza diciendo que “No puede estar menos de acuerdo con lo que dice Samanta”. O sea, querida MADRE, lo que supongo que quieres decir, hablemos con propiedad, es que tu experiencia no es esa. Porque te aclaro que no puedes estar de acuerdo o en desacuerdo con lo que una persona siente. Son sus sentimientos, su vida, su coco. Es lo que hay. PUNTO. Es subjetivo, NO OPINABLE. Luego la MADRE dice que lo que cuenta Villar es “Preocupante”. Querida MADRE SUPREMA, lo preocupante (me parece a mí)  es que alguien juzgue a otra persona por contar sus vivencias que, para colmo, te aseguro que son MUY parecidas a la de otras mujeres que no tienen las narices de contarlo, en gran parte porque les da miedo ser dilapidadas por MADRES como tú.  Dices que “No entiendes su escala de valores/prioridades”. NI FALTA QUE TE HACE, que para eso son suyas. Probablemente no entenderías las mías, ni las de una monja de clausura, ni las de mi vecina, ni las de Pablo Motos… Con que entiendas las tuyas, date por satisfecha. Luego entras en una enumeración sobre lo que Samanta y cualquier MADRE del planeta dejan de hacer: dormir, peluquería, blabla y le dices que TAMPOCO PASA NADA. Pues no te pasará nada a ti, igual a ella sí, o no, o qué más da. El caso es que no es asunto tuyo, NI DE NADIE. Y luego, tú, LA MADRE SUPREMA, cuentas que lo que más feliz te hace en el mundo es que tu hijo aprenda a guiñar un ojo. FABULOSO, FANTÁSTICO, MARAVILLOSO. Bien por ti. De verdad. Pero que presupongas que ese Nirvana que tu alcanzas ante el logro de tu hijo debería ser universal, es MUY FUERTE. Ole tú, Madre Perfecta. Para que me entiendas, esto sería algo parecido a que yo cuestionara a todas aquellas personas que no se levantan cada día pensando en el Cola Cao que van a engullir, que es lo que me pasa a mí. O juzgara a alguien porque “La La Land” no le hizo levitar en el asiento. Básicamente, lo que intento decir es que a cada uno le hacen feliz unas cosas que quizás al de al lado se la sudan. Y no por ello es mejor o peor persona. Sigo leyendo y, para mí, el punto álgido es cuando dices que “Puesto que es famosa, tiene la oportunidad de volcar su frustración en un libro y dejar perlas para desahogarse y creerse que ha descubierto la piedra filosofal de la maternidad”. Pero si al principio decías que no te habías leído el libro, de qué narices de piedra hablas. Y si ha volcado su frustración, JODER QUÉ BIEN, quizás si lo ha hecho (que no lo sé, porque solo he leído la entrevista, como tú) les servirá a muchas para ver que no están solas, que no son raras, que el encontrarse con que la maternidad NO es ese cuento de hadas que les habían relatado no es solo cosa suya. Qué alivio. Finalizas criticando a Samanta como madre y contando lo que es tu hijo para ti. Llegados a este punto, te voy a contar que Samanta no ha insultado ni criticado a nadie, TÚ SÍ. Samanta ha hablado de su maternidad sin miedo a lo que pudieran pensar de ella LAS PERSONAS COMO TÚ. Samanta ha tendido (quizás inconscientemente) la mano a quién se pueda sentir como ella, mientras tú las has puesto a caer de un burro. Sí, A TODAS ELLAS. A mí su honestidad me parece bastante más inspiradora que tu juicio devastador, querida MADRE. Así de entrada se me ocurre que la Villar les podrá hablar a sus hijos de tolerancia; de que la vida no es siempre perfecta, pero que hay que apechugar y vivir lo más felices posible; de que hay que ser valientes aunque eso suponga ir contra corriente; de que no hay que dejarse amedrentar por los que te atacan; de que las críticas, si no son constructivas, hay que pasárselas por salva sea la parte. No sé qué le puedes enseñar tú al tuyo aparte de ese guiño de ojo que te tiene completamente ojiplática, ni quiero pensar que le pasará a tu ADORADÍSIMO hijo el día que se le ocurra opinar algo con lo que no estés de acuerdo. Dios lo pille confesado.        

Después de Navidad, hostión de realidad.

Llegó el 31 de diciembre, pasó el 1 de enero. Llenaste hojas y hojas con propósitos, deseos y posibles milagros. Te lo crees TODO. Porque este año sí que sí. VAS A VER.

Y llega el 8 de enero, empieza el cole. Llegaste anoche de casa de tus padres, no tenías nada para cenar, metiste una pizza precocinada en el horno y no te dio tiempo de deshacer las maletas, que lucen desparramadas en medio de tu habitación, con lo cual tienes que pegar saltos por encima de la cama para pasar de un lado al otro. No empiezas bien, querida. El orden era una de las cosas que ibas a implementar nada más empezara el año. La alimentación saludable y orgánica era otra de ellas.

Vaya tela.

Pensabas descansar estas Navidades y lo hiciste, pero luego la cosa se complicó y entre los niños, tus padres y los viajes, estás agotada. QUÉ BIEN.

A la labor de deshacer las maletas de toda la familia, lavar la ropa sucia y ponerlo todo en su lugar, se suma el tema de quitar el árbol. Para colmo, este año te poseyó el espíritu salvaje de la Navidad y compraste un bicho de dos metros y pico, y trescientos adornos. Desmontar eso te va a costar tres horas y un despelleje de manos importante, porque el abeto, aparte de enorme es muy natural y tiene unos pinchos que ni te cuento.

Hasta volver al trabajo parecía guay, porque este es el año del borrón y cuenta nueva: vas a llevar tus tareas al día, no te estresarás y cumplirás tus objetivos sin pestañear. Has llegado a la oficina con tu agenda nueva maravillosa, con otra que te han regalado y con una de mesa ideal que te compraste porque ahí ves la semana entera y no solo el día. Has apuntado todo lo que tienes que hacer en las tres, no sabes cual mirar ni por dónde empezar. Te da vueltas la cabeza. No acabas este mogollón ni para agosto.

Coño con las vacaciones.

Al sentarte, has notado como tu lorza turronera luchaba contra el botón del pantalón y sobresalía por encima. Ya tienes flotador para el verano. Te desabrochas el botón y la cremallera le sigue. Te estás viendo las bragas y el michelín. FANTÁSTICO.

Vas a comer caldo hasta marzo pero casi que empiezas mañana, que con el follón del viaje no te ha dado tiempo a cocinar nada. Hoy unos espaguetis, que se cocinan rapidito. Salsa de bote, CLARO.

Quieres estrenarlo todo, los bolis, libretas nuevas, hasta los muebles cambiarías. Irás de rebajas, renovación de armario. Huy que no puedo: las extraescolares, la compra del súper que es que no hay nada, las PUTAS LAVADORAS.

El 2018 iba a ser el año de la paciencia maternofilial. Papá Noel, las borracheras y tu índice glucémico desmesurado te han provisto de una templanza importante hasta el 8 de enero pero ayer tus criaturas ya la liaron. Se echaron encima el desayuno, se olvidaron los libros y no han traído lo necesario para hacer los deberes. Estás del hígado. Para variar.

Ya si eso para el 2019 te conviertes en una madre zen.

O no.

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Sol Aguirre · 43679559Y · Fernando VI, 11, 2ºC Madrid 28004 · 911 83 63 03 · Diseño tactic [studio]

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