Desde el lugar correcto

Sol Aguirre
sábado, 17 octubre
Pocas veces me pasa que se me ocurra un tema claro y cristalino para uno de mis artículos. Normalmente son fruto de sentarme ante el teclado o la libreta y pensar durante bastante rato. Otras veces, aparece una idea en mi cabeza y la apunto, pero no está desarrollada, es solamente una semillita. Luego paso mucho rato analizándola, estirándola, hasta llegar a algo que tenga sentido completo.
Pero hoy, querida mía, ha aparecido el texto completo ante mí. Nada más despertarme. Como una iluminación divina.
HACER LAS COSAS DESDE EL LUGAR CORRECTO, patapám.
¿Por qué esta iluminación repentina?
Tiene su explicación. No me he vuelto más lista de la noche a la mañana. Ojalá.
Escribo estas letras el sábado 10 de octubre, o sea, una semana antes de que tú lo leas. El próximo lunes, el pasado para ti, sale el episodio de podcast en el que Laura Riñón y yo charlamos sobre el cierre de Amapolas, sobre su silencio de estos meses, sobre la belleza y la libertad. (Si no lo has escuchado, deja de leerme, por Dios, y lánzate sobre él, aquí lo tienes)
Anoche, viernes 9, Laura y yo estuvimos hablando por teléfono del episodio, de la vida, de las decisiones, de cómo va cambiando la historia que nos contamos, de cómo es necesario ir inventándola e ir adaptándonos a esos cambios que, aunque elegidos, no son fáciles de gestionar.
Hoy me he despertado pensando en el episodio, en esa conversación, en cientos de conversaciones que hemos tenido durante los últimos ocho años.
Laura me inspira y me alegra desde el instante en el que la conocí. Qué suerte tengo, joder.
Admiro profundamente esa honestidad hacia sí misma y en la vida entera.
Su éxito, en la vida y en la librería, tiene que ver con que mira al lugar correcto, se hace las preguntas correctas, se deja guiar por todo lo que hay dentro y no por todo lo que hay fuera y eso la convierten en una persona singular, original, auténtica. Carismática. Confiable. Y eso nos gusta, nos atrae, nos inspira.
Ella abrió la librería con las estanterías prácticamente vacías porque solamente recomienda los libros que ha leído y que le han gustado.
Durante estos ocho años la he visto enviar a un montón de lectores a otras librerías para que compraran libros que ella ni tenía ni iba a tener, por muchos premios y ediciones que tuvieran.
En Navidad, Amapolas se convertía en lo que ninguna otra librería: en un hogar navideño, acogedor, con su muérdago y su olor a cosas navideñas. Ella quería celebrar y no paraba a pensar en la rentabilidad, sino en la experiencia. Eso, curiosamente (o no) es una de las cosas más rentables del mundo.
Pero el dinero nunca fue el objetivo, fue, si acaso, la consecuencia.
Con el cierre de Amapolas pasó lo mismo, si se hubiera dejado llevar por los escritores famosos mundialmente que querían firmar en Amapolas, o por las hordas de personas que entraban allí cada día, o por los medios de comunicación que la visitaban asiduamente, ella se habría quedado en Pelayo 60, aunque ese no hubiera sido ya el sueño de su vida.
Porque Amapolas fue su sueño, un sueño que convirtió en novela y una novela que convirtió en realidad.
Pero las novelas, como todo, acaban.
Y si seguimos viviendo en ellas, en lo que un día quisimos o soñamos, sin preguntarnos si eso sigue teniendo sentido para nosotras, sin preguntarnos si hoy volveríamos a elegirlo, corremos el peligro de vivir una vida que ya no es nuestra, que es de nuestra Yo de hace años.
Lo hacemos continuamente: seguimos en esa relación, con esos amigos, en la misma ciudad, con esos hábitos, con esa manera de vivir, simplemente porque no tomamos el tiempo de pensar, de preguntarnos, de apagar el ruido de fuera y el ruido de dentro.
De saber quiénes somos ahora, no hace diez años. AHORA.
Qué nos enciende, qué nos apasiona, cuáles son nuestros sueños ahora. AHORA.
Pero, claro, es que todo eso da miedo.
Da miedo abrir una librería, cerrarla, emprender, dejar una relación, un trabajo, una ciudad, un entorno. Da miedo porque es algo desconocido y lo desconocido es aterrador. Eso nos parece.
Y no nos damos cuenta de que lo realmente aterrador es quedarnos en una vida que ya no nos pertenece.
En una historia que, en el mejor de los casos, escribimos cuando éramos otras personas. En el peor, fueron otros, o la inercia, o el propio miedo los que decidieron que ya era hora de tener novio o marido, o hijos. O que ese trabajo era lo seguro, y lo más importante de la vida es lo seguro, aunque te amargue y te carcoma.
Y te quedas ahí, en esa vida que no es tuya porque se te olvida que puedes elegir, reescribir, decidir, cambiar, inventar. Redefinir lo que para ti es seguridad o estabilidad. Preguntarte si lo que quieres es una vida plena o una vida inerte, inmutable, conocida.
Y responderte, claro.
Ya sé lo que estás pensando: “No es tan fácil”.
No lo es, de hecho, es dificilísimo.
También para los que deciden cambiar, acabar, irse.
La diferencia entre los que se quedan igual y los que avanzan no es la ausencia de miedo, es el convencimiento de que al otro lado hay algo mejor, de que vida solo hay una, de que estamos aquí no para tener una vida fácil, sino una vida lo más grande posible.
Signifique lo que signifique eso para cada uno.
Un abrazo, espero que estas palabras te sirvan.
Sol
P.D.: a estas alturas, ya habrás escuchado el episodio de podcast, pero por si acaso, te cuento que Laura está preparando cosas muy chulas para esta tribu de Amapolers que echa de menos su universo, sus charlas, sus recomendaciones y su magia. Lo irá contando todo en su cuenta de Substack, que es ORO. Ya encuentras en ella un montón de artículos maravillosos.
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