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“Me lo merezco”: ¿premio o castigo?

Sol Aguirre

lunes, 26 octubre
Hay frases que nos decimos y que pueden ser una herramienta para celebrarnos o un arma para castigarnos. Una de ellas es: «Hoy me lo merezco». He tenido un día de locos, he currado muchísimo, estoy agotada, he discutido con no sé quién, mis hijos me tienen frita, mi jefe me tiene harta. Estoy hasta las narices. Cabreada. No me aguanto ni yo. Todo es una mierda. Quiero irme a Pernambuco y que no me encuentren. Y entonces, en lugar de respirar, de observarme desde fuera y al mismo tiempo mirar bien dentro, disparo hacia afuera. En lugar de decidir cuál es la mejor manera de tratarme en esa situación, reacciono. Me digo que HOY ME LO MEREZCO, ME LO HE GANADO. Y ahí puede entrar prácticamente cualquier cosa. Lo que no voy a hacer: no voy a entrenar. No voy a estudiar. No voy a cocinar y me pido algo rápido por Glovo. Lo que voy a hacer: me voy a tirar en el sofá a ver cuatro capítulos seguidos de una serie mientras ceno un conglomerado de azúcar y procesados porque, después del día que he tenido, ME LO MEREZCO. Y oye, a veces sí. El problema es cuando empezamos a utilizar el merecimiento para justificar decisiones que, curiosamente, nos alejan de la vida que queremos y de la persona en la que nos queremos convertir. A veces tenemos una idea rarísima de lo que significa tratarnos bien. Nos decimos que tratarnos bien es, en esos momentos de hartura vital, es no hacer lo que nos incomoda, pero es bueno para nosotras: comer rico y sano, hacer deporte, salir a dar un paseo, resolver eso que lleva semanas pesándonos en la agenda y en el alma. Y ojo, que el darnos caprichos, descansar, zamparnos una napolitana de chocolate buenísima o pasarnos la tarde del domingo viendo “Yellowstone” es algo glorioso. Claro que todo eso puede ser tratarnos bien. Pero también puede ser tratarnos bien levantarnos del sofá y salir a caminar, aunque no nos apetezca una mierda. Cerrar Instagram y abrir un libro. Irnos a dormir en lugar de ver otro episodio. Tener esa conversación que llevamos tres meses evitando. Decir que no. Decir que sí. Hacer hoy una cosa chiquitina que sabemos que nuestra Yo de dentro de seis meses va a agradecer muchísimo. El problema está en que confundimos querernos con complacernos. Y no es lo mismo. A veces es lo opuesto. Porque tras ese HOY ME LO MEREZCO y el Glovo, acostarme a las mil gracias a Netflix, saltarme mi deporte, me he hecho, en realidad, la pregunta equivocada. No me he preguntado qué merezco. Me he preguntado qué me apetece. Y lo que me apetece no siempre es lo mejor para mí. A veces sí. A veces no. ¿Cómo saberlo? Yo le hago mucho caso a la excepción y a la regla. Es decir, si saltarme el gym, embobarme ante Netflix, zamparme un bollo es la excepción: maravilla. Si es la regla: quizás tengo que parar y pensar y cuestionarme y ser honesta. Y preguntarme, respirando hondo: ¿Qué me merezco? Pero de verdad. No pensando en los próximos veinte minutos, sino en los próximos veinte años. Me merezco un cuerpo que me permita subir escaleras con setenta años. Me merezco despertarme sin sentir que mi vida es una sucesión de obligaciones que he ido aceptando sin preguntarme para qué. Me merezco aprender. Me merezco cumplir algunos de esos sueños que llevo años diciendo que algún día cumpliré. Me merezco confiar en mí. Y esto es importantísimo. Porque cada vez que nos prometemos algo y lo hacemos, ganamos confianza en nosotras mismas. Confiamos en los que cumplen su palabra. Y cuando sistemáticamente le damos una patada a lo que realmente queremos porque hoy estamos cansadas, hoy no nos apetece, hoy ha sido un día de mierda, también nos estamos diciendo algo. Algo que no nos sirve, que no nos construye. Yo amo las tardes de sofá, de no hacer nada, adoro los caprichos y, por supuestísimo, amo descansar sin sentir ni una pizca de culpa. Amo todo eso cuando lo estoy eligiendo, no cuando estoy escapando de mi vida. Porque hay descansos que te reconstruyen y descansos que te diluyen. Hay caprichos que son disfrute y otros que son renuncia. Hay días en los que parar es lo que necesitas y otros en los que necesitas quererte lo suficiente como para terminar eso en lo que estás trabajando. Hay una pregunta que a mí me ayuda a decidir en esos momentos de cansancio y jartura vital: ¿Esto que estoy a punto de hacer es una manera de cuidarme o una manera de pasar de mí? Porque si llevo una semana agotada y decido pasarme la tarde en el sofá leyendo, probablemente me esté cuidando. Pero si llevo seis meses diciéndome que mañana empezaré a hacer deporte, a comer mejor, a cambiar eso que me hace infeliz y cada noche vuelvo a esconderme en el «hoy me lo merezco», no me estoy tratando bien. La misma decisión puede ser un premio o un castigo. Depende de lo que necesitemos, de lo que estemos evitando y de las consecuencias que tenga en nuestra vida. Porque tratarnos bien no siempre consiste en darnos lo que nos apetece. Consiste en darnos lo que necesitamos. Darte lo que mereces no puede convertirse en un premio para tu Yo de hoy y un castigo para tu Yo de mañana. P.D.: ya sabemos que Instagram nos está escondiendo a todos, por eso quizás te has perdido un directo que hice sobre dos claves que para mí son imprescindibles a la hora de tomar buenas decisiones, te lo dejo aquí, por si te apetece verlo. 2 claves para tomar buenas decisiones P.D.2: quizás, leyéndome, te hayas visto identificada. Quizás hayas pensado que lo tuyo es la regla, no la excepción (ojalá que no). Pero si es así, si sientes que has perdido las riendas de tu propia vida y quieres retomarlas, te dejo AQUÍ un audio de solo 30 minutos con dos ejercicios prácticos con los que descubrirás qué necesitas para tomar decisiones desde la coherencia e identificarás cuáles son los dos obstáculos que te impiden pasar a la acción. Quiero retomar las riendas de mi vida Espero que te sirva. Un abrazo, Sol