Cuando yo fui yo.

cuando yo fui yo

Estoy de comprar uniformes, libros, libretas y demás bártulos escolares hasta las mismísimas narices. Los niños están del hígado y yo con ellos. Aún no sé qué días tienen las extraescolares. No puedo organizarme. La chica que me ayudaba ha vuelto a Ucrania. Me da vueltas la cabeza. Voy a morir, o algo parecido. Ayer empezó el cole y espero que en una semana mi vida vuelva a sus cauces o me dará un flus de los graves.

En el instante en el que mis pensamientos fatídicos van a desembocar irremediablemente en una crisis histérica necesito escuchar una de esas canciones que quitan el sentío o, en este caso, lo devuelven. A mí la música me calma, me anima, me cura. Durante los últimos días he sobrevivido gracias a “La bicicleta”.

Los niños se peleaban quince veces al día, yo me ponía “La bicicleta”.

No encontraba polos blancos talla ocho en ninguno de los cuatro Corteingleses visitados, me ponía “La bicicleta”.

Tenía que visitar tres webs diferentes para comprar todos los libros de texto, me ponía “La bicicleta”.

Y así estoy, que no sé si tengo cara de Shakira o de Carlos Vives.

Pero ahora, que ya tengo los pelos más de punta imposible,  los colombianos no me bastan. Necesito un temazo que no solo me alegre la vida, sino que me evada, que me traslade a otra dimensión en la que no existen los carpesanos, los menús diarios, los calcetines azul marino de la talla treinta y cinco, que es la más demandada del planeta y por eso desaparecen antes de que los cuelguen en el expositor.

Busco en Spotify.

La tengo: “We are young” de Fun.

Ay amiguis, amiguiiiiiiiiiiiiiiiiiiis, qué momentazo siento en mis entresijos. Esa melodía me ha acompañado en Nueva York tantos días, en tantos lugares, durante el tiempo que he pasado allí este verano, escribiendo y disfrutando, que en el fondo viene a ser lo mismo. La escuché en una serie y, como soy tope de obsesiva, me la puse en bucle y a lo loco… Y allá voy, hacia esa galaxia lejana en la que no existen ni las prisas, ni las responsabilidades, ni las papelerías.

Llevo días dándole vueltas a la razón de aquella felicidad que solo puedo calificar como SUBLIME,  para poder reproducirla en la vida real. Me niego a pensar que ese estado de nirvana se da exclusivamente en la Gran Manzana.

Sigo escuchando mi canción neoyorquina. Extasiada.

Nos hinchamos (o al menos yo lo hago) a leer textos sobre cómo disfrutar los detalles y agarrarnos al aquí y el ahora, sobre cómo enfocarnos y evitar distracciones que nos roban energía. Pues ahí está, básicamente, el secreto de lo que podríamos denominar “mi alegría manhattaniana”. Aquí la menda se alejó del mundanal ruido, aunque pueda resultar a primera vista paradójico, ya que hablamos de la capital del mundo. Pero es que el aislamiento no depende de dónde esté tu cuerpecito, sino de dónde coloques tu sesera. Y la mía vivía encantada levantándose muy temprano, paseando por Central Park a las siete de la mañana, contemplando ese contraste espectacular entre lagos, árboles y rascacielos. Mi sesera zen se limitaba a caminar, escribir y ver a mis dos amigas. Nada más. Y así cómo el que mucho abarca poco aprieta, el que poco abarca, aprieta a lo salvaje.

Mientras me duchaba no cavilaba sobre qué haría para cenar, solo me duchaba.

Cuando reía con mis amigas sobre la hierba de Bryant Park, quería parar el tiempo.

Si me sentaba a desayunar en un bar, lo hacía sin prisas.

Cual súperhéroe mutante andaba yo, con los sentidos hiperdesarrollados, por esas calles, por esas cafeterías en las que me sentaba a escribir durante horas. Escuchaba conversaciones, observaba a los transeúntes para luego soltar una serie enorme de cavilaciones discordantes en mi preciosa libretita azul de Moleskine. Porque esa es otra: nada como escribir para darte cuenta, para estar presente.

No había prácticamente mensajes de Whatsapp, ni mil amigos con los que quedar. No existían los horarios. En mi nevera, una botella de leche. En mi armario, siete modelitos, unas sandalias y mis zapatillas de deporte. En el baño, eso sí, ochenta potingues (que una es minimalista, pero no tanto). La tranquilidad de que mis hijos se lo estaban pasando de muerte con los abuelos y nuestros varios Facetimes diarios, remataban el plan.

Ahí estaba yo, en un lugar dónde, lejos de huir de mí, era mucho más yo.

Decido que mañana mismo desayunaré con calma mientras le doy al boli sobre mi libreta azul, que apagaré los datos del móvil el rato que me dé la gana, que, de camino a la oficina, respiraré esta ciudad que me gusta tanto como aquella.

Uf, ya me siento mucho mejor, mis pulsaciones han vuelto a la normalidad y la idea de forrar los veinticuatro libros que tengo ante mí ya no me produce convulsiones. Nada es para tanto. Viva mi canción, viva Nueva York, viva el césped de Bryant Park.

Como todos los buenos viajes, este me ha cambiado. Que lo sé yo. Me he visitado y me he gustado. Mucho. He conocido un país nuevo, que está entre mis orejas, mis costillas y mis pies. 

Ahora que ya sé dónde estoy,  iré a verme a menudo.

cuando yo fui yo

 

 

 

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Cuando yo fui yo.

Se me ha muerto el chichi.

Cuando yo fui yo.

The Happy End: historia de un masaje.

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Hay 13 comentarios

  1. AINHOA

    Siempre, SIEMPRE, consigues ponerme la piel de gallina con lo que escribes…

  2. Bertha

    Envidia de la buena.
    Yo no logro escaparme de las presiones y obligaciones exteriores para estar conmigo misma. Ni en calma. Ni nada.
    A ver si vuelvo a hacerlo en algún momento.

    Aún me quedan 4 libros por forrar. Pero porq los demás son usados y ya venían forrados. Ja. Pero materiales y resto de cosas ya están

    Q falta me hago.

  3. Cristina

    Me encanta!,adoro NY. otro tema, y escucha ma letra, matt simons catch and release. Sublime!

  4. Aza

    Te acabo de conocer, me ha recomendado tu blog una de mis mejores amigas. Estoy devorando todo lo que has escrito, y me muchoencanta! Muchísisimo!
    Muchas cosas en común que ponen la piel de gallina, y sobre todo muchas frases que sacan lo auténtico de nuestras vidas, y que sobresalen de nuestras jornadas de oficina en Madrid. Gracias!!!

    1. lasclavesdesol

      Pero querida mía, no paráis de darme alegrías! MILLONES DE GRACIAS, por leerme, por devorar y por comentar.

  5. Verónica

    “Ahora que ya sé dónde estoy, iré a verme a menudo” ¿se puede crear una frase más genial que esa?
    Leerte alegra mis días. Mil gracias.

  6. Esther

    Hija cada día me gusta más lo que escribes!! Das en el clavo.
    Gracias ?

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