Hablémonos

las claves de sol

Todos deberíamos saber hablarnos, preguntarnos cada día un ¿Cómo estás? alto y claro. Y contestarnos, claro. Nos pasamos la vida atendiendo necesidades ajenas: en el trabajo, con la familia, entre amigos. Y no charlamos con nosotras mismas. Así nos va. Los “tengo que” se nos amontonan en el cuerpo, en el coco y en la garganta, y atascan a los “quiero”. Nos escondemos bajo una ristra enorme de responsabilidades que, según nosotras, convierten en imposible el libre albedrío. Evitamos mirarnos en el espejo, vaya a ser que lo que nos devuelva no nos guste, vaya a ser que nos plantee dudas, vaya a ser que nos despierte las ganas de cambiar algo.

Eso sí, con nuestras amigas lo tenemos clarinete: sabemos qué es lo mejor para ellas, pocas veces nos equivocamos. Han de hacer lo que más les convenga. Arréglalo cuanto antes, no esperes un día más, has venido aquí a ser feliz. Y lo sueltas y te quedas tan a gusto. Lo de mirar hacia dentro es harina de otro costal. Siempre hay una excusa para seguir en la rueda de hámster. Llevamos la falta de tiempo para pensar agarrada a la espalda cual koala. Ni tenemos tiempo, ni ganas de tenerlo.

Con suerte, algunas nos rodeamos de gente que nos recuerda que somos importantes, que rebozarse en la propia porquería no es lo más sano del mundo y que, por suerte o por desgracia, somos las conductoras de nuestra propia vida. O deberíamos.

O llega un momento de esos que suponen un antes y un después. Un hostión de realidad que te deja totalmente loca y te sitúa al borde del precipicio. Mira, maja, o agarras las riendas o esto se va a la mierda del todo. Ojalá no hiciera falta llegar a ese punto, pero así somos. Y entonces, el desastre te obliga a poner cada cosa en su cajón, a hacerte las preguntas correctas, a contestarlas porque no te queda más remedio, porque nadie lo va a hacer por ti, porque la alternativa es un agujero negro interminable. Ay, ojalá lo hubiera pensado antes, ojalá hubiera observado mi personaje en esta peli para darme cuenta de que no me gustaba un pelo. A ese personaje le arrastraba la inercia, no se hacía caso alguno. Ha vivido durante años según lo que otros esperaban, sin plantearse si eso era lo que a ella le apetecía. No recuerda en qué momento dejó de soñar, de saber qué quería, de hablarse para algo que no fuera machacarse con la ristra de tareas pendientes. El piloto automático la ha poseído por completo. Cómo salgo de aquí.

Nadie viene con el mapa hacia la plenitud bajo el brazo. No hay una lista de respuestas correctas, pero sí de preguntas que dan mucho miedito: ¿qué quiero hacer? ¿Quién soy? ¿Qué necesito? ¿Dónde quiero estar? ¿De quién quiero rodearme? Si hoy volviera diez años atrás, ¿tomaría las mismas decisiones? Y, a partir de ahí, todo depende de ti, de tus ganas de llevar y no sobrellevar.

Ya lo decía Martín Gayte: lo raro es vivir. Vivamos.

 

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Hay 4 comentarios

  1. Bertha

    Interesante. A ver si saco tiempo para sentarme a hablar conmigo misma, porque vamos…. Aunque miedito da.

    Jeje. Besos.

  2. Mary

    Maravilloso Sol! Como todo lo que escribes! Estoy en un momento de reestructuración en este preciso momento y tu artículo me queda como anillo al dedo!!! Gracias por escribir!

    Abrazos!

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