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Mamá: soy adicto a las pantallas

Mamá: soy adicto a las pantallas

Soy consciente de que me van a caer críticas por este post. Y a lo loco, además. Pero me siento en el deber, o la necesidad, o yo qué sé de escribirlo.

Se nos está yendo la pinza, queridos padres. O mejor, para ser sinceros, se OS está yendo con el tema de las pantallas.

Siempre me ha resultado una visión desagradable esa de los niños pegados a la maquinita en un restaurante mientras los padres charlan alegremente (o no), y la cosa no hace más que empeorar. Ya no es raro ver a un bebé en su carrito pegado al iPhone; los chavales, en la piscina, en lugar de chapotear, tienen un iPad en la mano; en la playa más de lo mismo.

No sé ni por dónde empezar. Quizás lo mejor sea hacerlo por el sentido común: ¿a ti te parece normal que un niño, en lugar de pegar saltos en el agua se pase la tarde dándole a los pulgares? A mí, llámame loca, me parece más sano e, incluso estético, un partido de fútbol, unas canicas, unas peonzas, una peste alta. Y ya, si me enajeno, me imagino a un niño leyendo o dibujando. Soy una tía RARÍSIMA.

Mi prima pasa sus vacaciones en un cámping y la pobre está desesperada porque su hijo de ocho años no tiene con quién jugar. TODOS los demás se pasan el día en recepción, pegados al wifi, a los videojuegos e, incluso, a páginas con tetas y culos. En lugar de descansar mientras su niño juega al pilla pilla o al escondite con sus iguales, mi amada primi tiene que inventarse mil historias para distraerle que, desde luego, nunca serán tan divertidas y enriquecedoras como aprender a relacionarse con sus iguales. Por no hablar de las explicaciones que le tiene que dar al pequeñajo sobre por qué eso que hacen la mayoría de sus amiguitos no es lo adecuado para su desarrollo. Por supuesto, el niño se siente el rarito de la pandi.

En fin.

Ahora vamos a las justificaciones: “Es que así se calman”. NO TE JODE. Y con un dardo tranquilizante también, pero supongo que nadie se lo plantea porque es dañino. Pues gual que la pantallita de marras. Yo, ante unas horas de viaje, sugeriría un papelito y un lápiz, o un cuento o, incluso, una peli bien chula. Sí, ya, los críos están ya tan acostumbrados a que un personaje  grite y asesine, que lo demás se lo pasan por salva sea la parte. Porque, querido adulto, la pantalla está diseñada para que tu hijo se convierta en un adicto.

Cuántas veces ves por la calle grupos de adolescentes que, en lugar de charlar, se reúnen para aislarse cada uno con su móvil. Me dan ganas de llorar. Me imagino un futuro con salas enormes de gente que no habla, que no se ilusiona, que no sabe, porque no le importa, quién está a su lado.

Rizando el rizo, no solo las criaturas viven con la napia pegada al videojuego, es que encima, muchos padres no se toman la molestia de comprobar a qué juega el niño y ahí es cuando nos encontramos con el famoso GTA, donde tu nene de diez años paga putas y roba coches. Ah, y le premian por ello. 

SUPERGUAY.

Me gustaría a mí que alguien me explicara para qué necesita un móvil un niño. Por más vueltas que le doy, no lo entiendo. Vamos a imaginar que ya va solo al cole o a jugar con los amigos. ¿Necesita para eso un cacharro con acceso a internet? ¿Qué me dices de un teléfono y punto? Os informo de que también existe el Filip, un reloj con GPS, que te permite saber dónde está tu vástago y con el que puede llamar solamente a cinco números que le programes. Eso sí, con eso ni mantiene conversaciones totalmente alejadas de nuestro control, ni alquila putas, ni mata monstruos, ni se queda cuatro horas atontado perdido. Vamos, un cacharro del todo inútil.

Y no olvidemos, queridos, que esa pantallita es una ventana al mundo. Al bueno y, sobre todo, al malo. Porque no creo que a nuestros hijos les dé por zamparse documentales sobre el lince ibérico. Es más probable que vea a cualquier Youtuber diciendo gilipolleces o enseñando a hacer la última barbarie: el Slime. Una pasta apestosa con la que mi hijo llegó ayer porque se la había dado un amigo. Os comento que se hace con espuma de afeitar, detergente, pintura Y PEGAMENTO. Sí, ya ha habido casos de niños con las manos quemadas por los productos químicos, y lo que me extraña es que ninguno haya pillado un colocón de órdago, porque no veas como huele el tema.

Cuando hace unos días comenté en las redes que iba a escribir sobre esto, una pediatra me pidió que, por favor, lo hiciera. Me dijo que esos niños no toleran la frustración, no distinguen la vida real de la virtual. No hace falta ser muy listo para ver que se pasan el día obsesionados con el momento de jugar; que no desarrollan la paciencia, la empatía, sus habilidades sociales. Son niños que no se aburren, con lo necesario que es.

Por si lo dudabais: sí, tengo hijos.

Dos. Movidos no: LO SIGUIENTE.

¿Juegan con pantallas? Pues no. Y cuando hago esta afirmación en público, mucha gente me mira ojiplática. ¿Y cómo lo haces? No, churri, cómo lo haces tú, porque yo simplemente no hago NADA.

El resultado es que, como me pone los pelos de punta pensar que mis hijos se van a casa de sus amiguitos a asesinar zombies, prefiero que se vengan a la mía. El procedimiento inicial es requisar cualquier aparatito que traigan y, posteriormente, los niños tienen una reacción extrañísima: agarran los muñecos, los disfraces, el futbolín y JUEGAN. Una locura.

Denunciadme, lo asumo.

Pero, oye, que no estoy yo aquí para darle lecciones a nadie, no osaría. Que todos, o casi todos, hacemos lo que podemos, pero sí me gustaría que este post sirviera para concienciarnos un poquito sobre las consecuencias de este pantallismo desquiciado sobre esos seres que son nuestra responsabilidad.

Cuando estaba acabando de escribir, una lectora me envió este vídeo. Debería ser de visionado obligatorio para cualquier padre. Echadle un ojo. Esta vez, la pantalla es nuestra amiga.    

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