No es cuestión de suerte, sino de ovarios.

Ayer, en uno de mis tantos ataques de indignación ante el uso indiscriminado de pantallitas por parte de los niños, solté un par de barbaridades en mi cuenta de Instagram. Que si espero que en algún momento sea denunciable, que me parece repugnante ver a cuatro niños en la playa pegados a cuatro pantallas… Supuse que alguna progenitora protestaría, pero no, la mayoría estaban de acuerdo conmigo. Las que me escribieron, claro. Porque alguna pensaría que menuda zorra asquerosa que soy, pretendiendo acabar con su paz espiritual. Todas me apoyaban menos una, que afirmaba que yo tenía mucha suerte porque ella no podía despegar a su hija de la Play y viven a cien metros de la playa.

Supongo que quería decir que tengo suerte de que mis hijos no jueguen con maquinitas. Con todos mis respetos, amiga, suerte es que te toque la lotería, no mantener unas normas en casa. Esto, como tantísimas cosas en la vida, está directamente relacionado con tener las ideas claras y con la voluntad de defenderlas, por jodido que sea. Con no comprar pantallitas, listos. ¿Que los niños molestan? Hasta volverte majara y querer tirarlos por la ventana, sí. Pero es lo que hay. No voy a entrar en que si todos juegan, blablabla, porque me parece incluso insultante. Dejarse llevar por la corriente me acojona y me indigna a partes iguales.

No es cuestión de suerte, tampoco, sacar tiempo de donde no lo hay: para estudiar, para ir al gimnasio, para ver a los amigos, para escribir, para leer. Prioridades claras, voluntad y disciplina hacen la diferencia. Que lo de la visualización y la proyección es algo estupendo, pero como no muevas el culo, por mucho que te imagines con el body de Jennifer López, la panza se va a quedar ahí.

A poca gente le apasionan los madrugones, pero algunos son capaces de salir a correr antes de que pongan las calles. De salir de la cama aún de noche para meditar, para hacer yoga. Otros se sacan unas oposiciones a la vez que trabajan y crían hijos. Algunos tienen claro que sus enfermedades no les van a parar y ahí están, acabando maratones, homenajeando a la vida, disfrutándola como si no hubiera un mañana, porque no sabemos si lo habrá, aunque nos gustaría.

No es cuestión de suerte contar con buenos amigos, sino, una vez más, de tomar las decisiones adecuadas. De apartar a los que no y abrazar a los que sí. A los que nos ven, nos escuchan y hacen de esta vida una cosa maravillosa. No nos conformemos con lo primero que venga con tal de no estar solos. No tengamos miedo de darle la patada a quien no nos aporte nada bueno. Busquemos debajo de las piedras, o en cursos, o en el gimnasio, o en clubs de lectura. Hay gente divina por el mundo esperando a que la dejemos ser parte de nuestras vidas. Lo mismo con las parejas. Qué manía tenemos con repetir patrones, con pensar que no nos merecemos más, que no encontraremos nada mejor. Salir de ese bucle de mierda es durísimo, pero posible, y solo depende de ti. Si otras lo han hecho, tú también puedes, chata.

No tiene suerte quien decide luchar por sus sueños, empezar de nuevo, lanzarse sobre su pasión. Trazar un plan de acción que le lleve de donde está a donde quiere estar. Liberarse de los miedos, de los bloqueos, del qué dirán. De las críticas de un entorno castrador que, incapaz de encontrar la felicidad, insiste en que los demás hagan lo mismo. Que si estás loca, que a tu edad, que tú qué te has pensado. Te has pensado que esta vida es solo tuya y que un día más sin redactar una lista de tus deseos, es un día perdido.

Suerte es existir y poco más. El resto es cosa tuya.

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