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3 cosas que he aprendido en mis 52 años

Sol Aguirre

lunes, 24 febrero
En dos días cumplo 52 años. Cincuenta y dos. 52. Me da la risa, la verdad, como si ese número no fuera conmigo. En este ya más de medio siglo, he vivido en varias ciudades y en un par de países. He tenido dos hijos yo solita, con todo lo que eso significa: caos, desafíos a granel, aprender que no todo depende de ti y aprender que mucho depende de ti. Y un montón de cosas más que no caben en este texto ni en cinco libros. Me reinventé pasados los cuarenta y aquí estoy, con un proyecto con el que ni me atrevía a soñar. He aprendido a quererme bastante y a darme permiso para priorizarme. Tengo los mejores amigos del mundo. Y tengo claras muchas más cosas que hace diez años y que hace dos, menos mal. Hoy te cuento solo tres, por si te sirven, claro.

1. No soy eterna

Una cosa es saberlo y otra, muy diferente, interiorizar el hecho de que nadie sabe si estará aquí mañana. Saber que mi tiempo sobre la Tierra es finito es el motor que me ayuda a atravesar los miedos, a atreverme. Porque a mí lo que me acojona no es morirme, es llegar al final y sentir que no he aprovechado el privilegio de estar viva. Y ese terror es el motor que me mueve desde que me levanto hasta que me acuesto. He aprendido a vivir con esa incertidumbre. No sé si llegaré a la semana que viene, ni si mis planes saldrán como espero, pero la vida me ha enseñado que esperar certezas es una trampa que te sale muy cara. Lo suyo es hacer lo posible porque la estadística, las probabilidades, jueguen a tu favor: cuido mi salud, me esfuerzo en la dirección de mis sueños, apuesto por eso que me apasiona. Y cruzo los dedos muy fuerte. Más no puedo hacer. Cómo no sé si me quedan dos horas o cincuenta años, mi objetivo es acabar cada día aplaudiendo. No siempre lo consigo, pero desde luego, no camino en la dirección contraria. No hago todo lo posible por joderme la vida. Ojo, que hubo un tiempo en el que sí lo hacía. Y mucho.

2. Sin responsabilidad, no hay poder

Aprender esto es duro, pero necesario. La primera responsabilidad tiene que ver con mirarte, escucharte y tomar decisiones dificilísimas, que duelen un huevo, pero que te entregan las riendas de tu historia. No escurrir el bulto y culpar a la suerte, a las circunstancias, a los dioses. No. He aprendido a preguntarme qué puedo hacer yo para conseguir, para cambiar, para superar, para construir. Para inventarme la vida y la persona que quiero ser. Para ponerle intención a cada día. Para ser mi dueña. Para asegurarme de que, si me equivoco, será por mis decisiones, no por las de otros.

3. Relativizar

Si yo y los míos tenemos salud, nada es tan grave. ¿Que algo no sale como esperaba? ¿Que tengo un día malo o una temporada complicada? Si estoy viva, lo chungo es inevitable. Así que, si puedo elegir, elijo susto, claro. Todos los días, ante los saraos que me zarandean, me pregunto: “¿Esto será importante en un mes? ¿En un año?”. De momento la respuesta ha sido siempre que no. Gracias, gracias, gracias. Y hasta aquí los aprendizajes, de momento. En un año, espero poder contaros muchos más. Feliz vida, querida mía, gracias por acompañarme. Sol