Como si no hubiera un mañana

Sol Aguirre
lunes, 06 julio
Me preocupa, a veces diría que me obsesiona, el paso del tiempo. Ni entiendo ni acepto ese concepto tan confuso del hacerse mayor, ni gestiono demasiado bien el equilibrio entre aprovechar el tiempo y vivir relajada.
Todavía no he encontrado la manera de compatibilizar mis prisas por avanzar con mi necesidad de descansar.
Todo lo que tengo es tiempo, pero no sé cuánto, y eso limita mis posibilidades de control y me pone nerviosa.
Pensando en todo esto estoy mientras releo “Filosofía ante el desánimo”, de José Carlos Ruiz.
El caso es que hoy he llegado a la parte en la que habla de mi querido amigo, el tiempo. Nos cuenta cómo, en la antigua Grecia, había tres dioses que representaban el tiempo: Cronos, que marca nuestro tiempo de vida; Aión, que simboliza el tiempo que dedicamos a lo que tiene sentido para nosotros, y Kairós, como estandarte del momento adecuado, de la suerte.
Cuánto ayuda poseer una clasificación de lo borroso para trenzar lo que se enreda en la cabeza de una.
Perseguimos aprovechar todas las oportunidades posibles mientras desarrollamos nuestro propósito en nuestra particular e incierta cuenta atrás: de eso va la existencia (o debería). Parece simple, pero no es fácil, porque no lo es la conexión con esto que somos; lograr y mantener la cuadratura del círculo; encajar nuestro puzle interno, con tantas piezas y tan diferentes.
Los obstáculos aparecen en forma de pereza, de decisiones basadas en decisiones de otros, de una tozudez estúpida que pretende derribar muros ajenos.
Y mientras tanto, Cronos pirándose sin solución, Aión de vacaciones y Kairós desesperado ante nuestra inutilidad.
Para los que le restan importancia a la fusión con uno mismo, el no disfrute es una constante de lo más llevadera, pero para los que conocemos el ensamblaje perfecto; qué se siente cuando estás dónde, con y cómo deseas, a qué huele y a qué sabe la plenitud, lo opuesto es un pellizco asquerosamente doloroso.
Te despides de cada hora lamentando que no haya valido la pena y te devanas los sesos para resolver la ecuación: no sé qué he de hacer para desembrollarme, cómo tirar del extremo de un hilo que no conozco.
Hay obstáculos conocidos por todos: un trabajo que me aburre, una pareja que ya no es lo que fue, la ausencia de aficiones.
Pero a veces es un lugar, aparentemente sin razón alguna, el que nos roba la inspiración. Idealizamos un pueblo en la costa o en la montaña sin preguntarnos si estamos dispuestos a pagar el precio por el silencio y las vistas al mar. Vida social y cultural limitada, pocas novedades, misma gente y mismas conversaciones por lo siglos de los siglos. Para algunos, esa línea recta es el paraíso; para otros, una losa invisible que no logran identificar. Me pesa la vida y no sé por qué.
Cuando se asoman a la civilización, despiertan, brillan, tintinean. Les gusta, pero tampoco vislumbran la razón y se dicen a sí mismos que son raros, que si el paraíso es para unos debe serlo para todos, ignorando su individualidad y que lo importante es saber qué es lo importante, ya sea respirar aire puro o ir al teatro cada semana, levantarte entre árboles o descubrir una cafetería a la semana.
Desmenuzar de qué está hecha nuestra particular chispa de la vida es el primer paso para honrar el regalo que Cronos, Aión y Kairós nos han hecho.
Validar nuestras singularidades, el segundo.
El tercero, aprender a disfrutarlas como si no hubiera un mañana, porque no sabemos si lo habrá, aunque nos gustaría.
P.D.: qué difícil es aprovechar el tiempo, en cualquiera de sus tres nombres, cuando no sabemos cómo queremos emplearlo. Cuando desconocemos lo que nos provoca mariposas estomacales.
Cuando hace tanto tiempo que no le dedicamos tiempo a lo que nos ilusiona que creemos que la chispa de la vida no existe.
La chispa existe, créeme, pero la hemos enterrado entre obligaciones, miedos y ruedas de hámster que nos llevan a toda velocidad sin llegar a ningún sitio.
Yo he estado ahí, agrisada perdida, pero desenterré mis pasiones y aquí estoy: en una vida en la que me quiero quedar.
Para mostrarte cuál ha sido mi camino, diseñé la formación “Del DEBERÍA al QUIERO”,
Es una formación grabada y tendrás las grabaciones y los materiales disponibles de por vida.
Las inscripciones se cierran el 7 de julio a medianoche.
Esta formación es para ti si ahora mismo:
- Te cuesta identificar lo que quieres realmente
- Tomas decisiones pensando en no decepcionar a otros en lugar de pensar en lo que tú realmente quieres
- Justificas ante los demás tus decisiones constantemente
- Sabes que hay algo que quieres cambiar o hacer pero llevas meses (o años) postergándolo
- Te cuesta diferenciar entre lo que quieres y lo que se espera de ti.
- El no estar a gusto en una situación no te parece razón suficiente para salir de ella
- Sientes culpa cuando te priorizas
- Te adaptas a los demás constantemente y acabas agotada o resentida
Y lo que quieres es…
- Despertarte cada mañana con claridad sobre lo que quieres, sin el peso de la confusión constante
- Tomar decisiones con seguridad, desde la conexión contigo misma, no desde la aprobación ajena
- Darle la suficiente importancia a tu voluntad como para trabajar por lo que TÚ quieres y abandonar lo que ya no quieres
- Sentirte libre y disfrutar del tiempo que te dediques
- Defender lo que quieres ante ti misma y ante los demás, sin necesidad de justificarte constantemente
Esto es lo que dicen las alumnas de la primera edición de
“Del DEBERÍA al QUIERO”:
Un regalo en todos los sentidos, un SÍ en mayúsculas a mí. – Laura Clarificadora, empoderadora y energizante -Blanca El mayor beneficio ha sido comprobar la culpa heredada. Darme cuenta que se puede aprender a vivir para que el sacrificio y entrega con la que siempre he convivido no guíe mi vida. -Marga Me va de maravilla como desgranas y organizas la información. Me da mucha claridad -Susana Ha superado mis expectativas. Me ha encantado la clasificación y nominalización de las distintas materias, ese desglose tan claro y útil, me encanta que no haya paja. La formación siguió una estructura clara, el discurso ameno, los ejemplos ayudan a empatizar y las orientaciones sencillas y directas para poder recordarlas. – Blanca
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