La misteriosa razón de estos vértigos míos

Sol Aguirre
lunes, 17 agosto
Que el estrés es un asco, lo sabemos todas, pero creo que todavía, la mayoría no somos conscientes de hasta qué punto nos puede reventar la vida. Por eso no hacemos todo lo que está a nuestro alcance para manejarlo, para minimizarlo.
No nos damos cuenta, pero nos va la vida en ello. A veces, incluso la supervivencia.
¿A qué viene esto, justo ahora, en pleno agosto, que se supone que es cuando menos estresadas estamos?
Pues a que hace un par de semanas le vi la carita de cerca a todo lo malo que puede provocarnos el estrés. Te cuento:
Serían las ocho de la tarde cuando veo una llamada perdida de una persona que trabajaba conmigo en mi vida anterior (empresa familiar, hija única, mil marrones, desquicie absoluto) y con la que sigo manteniendo contacto, pero NUNCA me llama. Vamos a llamarle Antonio.
Huy, qué raro que me llame Antonio.
Le pregunto a Antonio en un mensaje si se ha equivocado al llamarme (a todos se nos va el dedito alguna vez).
Su respuesta: un mensaje de voz.
Y entonces, por arte de magia o gracias a este cerebro nuestro, que a veces tiene el detalle de echarnos una mano, recuerdo que, justo ese día, Antonio celebra un evento en la empresa familiar (no la suya, la mía, la ex – mía)
El olor a chamusquina inundó todo mi cuerpo, mi cerebro y el barrio entero.
Aquí están teniendo un sarao de tres pares de narices y Antonio pretende que yo medie, o me encargue o yo qué coño sé, si llevo casi diez años sin currar allí.
Yo no escucho el mensaje de voz ni de coña.
Me aplaudí entonces y me aplaudo ahora.
Y me puse a ver una serie. Y me dio por coger el teléfono y vi en el Instagram de Antonio una narración que claramente correspondía al sarao de tres pares de narices que yo había previsto gracias a mis poderes paranormales (o a que esos mismos saraos me los he comido tres millones de veces a lo largo de mi vida).
Durante una milésima de segundo me tensé, hasta que recordé que eso ya no es asunto mío. QUE SE APAÑEN.
Más aplauso para mí. Menos mal que me piré. Con lo a gustito que estoy yo con mis formaciones, mis podcast, mis textos y mis cosas.
Y seguí viendo la serie, tan pancha.
Terminó el episodio y me dispuse a levantarme del sofá para irme a la piltra. Pero AY, AY, AY, que el salón me da vueltas. Las paredes, el techo, el planeta entero se mueven en círculos sobre mí. Mi equilibrio: inexistente.
¿Qué coño me está pasando?
Y de nuevo, mi cerebro funcionando como es debido: cari, que tú esto lo has estudiado. Tu mente ni se ha enterado, pero a tu cuerpo le ha pegado un calambrazo de estrés momentáneo que mírate, vas agarrándote a los muebles.
Conseguí llegar a mi habitación, que también daba vueltas a toda la velocidad sobre mí y sobre mi cama. Conseguí dormirme subida en aquella peonza cósmica. Siempre fui muy marmota.
Me levanté la mar de bien a la mañana siguiente, así que me puse a analizar un poquito más el suceso vertiginoso.
La explicación es bastante simple: aunque yo mentalmente pensara «esto ya no es asunto mío, mira tú qué bien», mi sistema nervioso había reconocido una situación asociada durante décadas al estrés y había activado la alarma.
Adrenalina, tensión muscular, cambios en la respiración. Todo el cuerpo preparándose para un peligro que ya no existía.
Resultado: avería en mis sistemas de equilibrio. Vértigo tremendo.
Me pareció todo fascinante, la verdad.
Y es que habernos librado de una situación estresante no significa que nuestro cuerpo haya aprendido que ya hemos salido de ella.
Yo llevaba casi diez años fuera de aquella empresa. Diez años sin aquellos marrones, sin aquella responsabilidad. Mi parte racional lo tiene clarísimo. Pero mi sistema nervioso ha pasado tantos años repitiendo alerta, problema, prepárate que, después de tanto tiempo, puede seguir activándose ante el estímulo adecuado.
Lo primero que pensé fue que vaya maravilla haber salido de allí.
Lo segundo, recordar todas las veces en las que se daban esas situaciones. Todos los días, que eran la inmensa mayoría, en los que yo tenía vértigos, eczemas, dolores de cabeza, lumbalgias repentinas y un largo etcétera de mierdas provocadas por el estrés crónico. Cómo pude aguantar aquello.
Lo tercero: darme las gracias a mí misma. Por haber tomado la decisión porque, aunque no tenía ni puñetera idea de lo que iba a hacer, fui colocando un pie delante del otro hasta encontrar mi camino. Poco a poco. En la dirección correcta. Acercándome a todo lo que me hacía bien y alejándome de lo que me hacía mal.
Como siempre, querida mía, no te cuento esto porque te interese lo más mínimo mi vida, sino porque espero que sí te interese la tuya.
Porque uno de mis propósitos es que dejemos de normalizar lo que no es normal. Que nos convenzamos de que merecemos vivir, no sobrevivir. Tomar decisiones, sabernos merecedoras, sabernos capaces.
Solo espero que esta historia mía haya servido para que, si estás en una situación que te está constando la salud (la física, la mental) sepas que hay otra manera de transitar nuestros días. Puedes diseñar una vida en la que te quieras quedar.
La alegría que me dará si me dejas en comentarios lo que te haya resonado, de verdad. Así nos inspiramos las unas a las otras.
P.D.: Hay dos herramientas que para mí han sido imprescindibles a la hora de cambiar mi vida a mejor, de avanzar poco a poco, con paso firme. La primera es la escritura. Tener una conversación conmigo misma, cada mañana, antes de que el mundo se ponga en marcha, es la mejor manera de tener claridad y foco.
La segunda, consecuencia directa de la primera, aprender a planificar, no para hacer más, sino para vivir mejor. Una correcta planificación te da libertad, alegría y calma.
Te devuelve la gestión sobre tu vida.
Por eso he creado para ti un cuaderno pensado para que retomes el poder sobre tu tiempo, con un ejercicio diario para cinco días:
DÍA 1
Descubre por dónde se está escapando realmente tu tiempo.
Muchas veces pensamos que el problema son las grandes obligaciones.
Pero descubrirás que el verdadero desgaste suele esconderse en decenas de pequeñas decisiones que repites automáticamente cada día.
Al terminar este ejercicio entenderás por qué acabas agotada incluso los días en los que sientes que “no has hecho nada importante”.
DÍA 2
Descubre qué parte de tu vida estás viviendo por obligación.
Aprenderás a diferenciar las cosas que haces porque realmente quieres de las que haces por culpa, miedo a decepcionar o simplemente porque llevas tantos años haciéndolas que nunca te has planteado si siguen teniendo sentido.
Descubrirás que muchas de tus decisiones no nacen de tus prioridades, sino de reglas que aprendiste hace mucho tiempo.
DÍA 3
Cuestiona las historias que llevan años robándote tiempo.
¿De verdad pasaría algo terrible si dejaras de hacer algunas cosas?
¿O llevas demasiado tiempo actuando para evitar consecuencias que ni siquiera sabes si ocurrirían?
Este ejercicio te ayudará a distinguir entre los hechos y las historias que tu mente lleva años contándote.
Y ahí recuperarás muchísimo más margen del que imaginas.
DÍA 4
Descubre el lugar que ocupas en tu propia vida.
Harás un ejercicio muy visual que te permitirá comprobar cuánto espacio ocupan el trabajo, la casa, los hijos, las obligaciones y cuánto espacio ocupas tú.
Probablemente entenderás por qué hace tanto tiempo que sientes que tu vida siempre empieza cuando terminas de encargarte de la de los demás.
Y descubrirás por qué cuidarte no es egoísmo. Es responsabilidad.
DÍA 5
Decide cómo quieres vivir.
No terminarás este cuaderno con una lista de tareas.
Terminarás tomando una decisión.
Una sola.
La que puede empezar a cambiar la forma en la que usas tu tiempo y, sobre todo, la forma en la que te relacionas contigo misma.
Espero que te sirva,
Sol
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