4 estrategias para las conversaciones incómodas con tus padres

Sol Aguirre
lunes, 23 septiembre
Hace unos días, en mi formación sobre planificación, una de mis alumnas contó que tener una conversación con sus padres sobre algunos temas era algo inviable. Le comenté que inviable era que yo saliera volando por la ventana, pero que es totalmente viable sentarte delante de tus progenitores y tener una conversación con ellos.
Luego le planteé una pregunta: “¿A qué le tienes miedo”. Ella respondió que, aunque no fuera su intención, ellos se tomarían la conversación como un ataque.
Le respondí con otra pregunta: “¿Y?”
Creo recordar que no hubo una respuesta clara. Normal, porque no existe.
Su miedo, probablemente, tenga que ver con no creerse capaz de sostener la incomodidad de cuestionar, de cuestionarlos, de cuestionarse a ella misma. Porque de alguna manera, esa conversación y ese cuestionar, se convierten en deslealtad e, incluso, en desobediencia.
Pero es que ya no tenemos ocho años, tenemos más de treinta, de cuarenta, de cincuenta.
Y seguimos obedeciéndoles a ellos.
Y desobedeciéndonos a nosotras.
Seguimos culpando a las circunstancias, a nuestra educación, a nuestras creencias de los comportamientos que repetimos una y otra vez y que nos dejan en el mismo lugar una y otra vez.
No voy a hablarte de la culpa, pero sí de la responsabilidad. De la que le debes a tu divina persona, querida. Si tú no te haces responsable de lo que piensas, dices y haces, no ejerces tu poder. Y eso es una mierda como un piano.
No somos eternas. Eso también se lo recordé a mis alumnas en la sesión. Cuando llegue el momento final y le cuentes a la vida que te daba miedo desobedecer a otros para obedecerte a ti; que dejaste de hacer, disfrutar, crecer por si alguien se enfadaba la vida te va a mirar con mala cara, ya te lo digo.
Atrévete, chavala, pon límites. Decide por ti misma. Deja de traicionarte. Escúchate. Aparta las expectativas ajenas y lánzate sobre lo que TÚ quieres.
Respetar a otros no tiene absolutamente NADA que ver con vivir según sus reglas o creencias para siempre. Podemos honrar lo que nos enseñaron, agradecer lo que hicieron por nosotras, y al mismo tiempo, decidir qué es eso que me regalaron y me sirve y qué es lo que guardo en un cajón, teniendo claro que lo hicieron, que lo hacen, lo mejor que saben.
Sería un detalle que tú lo hicieras, también, lo mejor posible.
Lo mejor posible para ser lo más feliz posible, claro.
Y ya que el texto hablaba de mantener conversaciones delicadas y como a servidora le gusta más una herramienta que a un tonto un caramelo, allá van algunas que te pueden ayudar en esta labor:
- Prepárate emocionalmente: antes de hablar, respira y reflexiona sobre lo que quieres contar y sobre lo que sientes. También sobre la respuesta que puedes tener, pero no para preparar el contraataque, sino para asegurarte de que vas a mantener la calma. Recuérdate que cómo se tome el otro tus palabras no depende de ti, sino del otro. Pregúntate qué es lo peor que puede pasar para darte cuenta de que tampoco es tan horrible. Y también qué es lo mejor, que siempre es, para empezar, validar lo que sientes y saberte merecedora de expresarlo. Bravo.
- Practica la comunicación asertiva: sé clara y respetuosa. Utiliza frases como “Me siento…” en lugar de “Tú siempre…”, para que el enfoque sea algo objetivo y no una acusación. Di las cosas como te gustaría que te las dijeran a ti. Agradece lo que han hecho por ti y recuérdales que lo que estás diciendo es porque quieres ser lo más feliz posible.
- Acepta la incomodidad: estas conversaciones no serán fáciles, pero son necesarias. Acepta que puede haber resistencia o desacuerdos, y está bien. No tienes que convencer a nadie, solo contar lo que necesitas para sentirte libre.
- Ten paciencia: no todas las conversaciones tendrán un resultado inmediato. Ellos también están lidiando con sus marrones y con sus propias creencias, y cambiar patrones lleva tiempo y mucho esfuerzo. Sé compasiva contigo misma y con ellos.
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