7 cosas que he aprendido esta semana

Sol Aguirre
lunes, 15 junio
Que amo el silencio por encima de unas cuantas cosas y por eso voy a perseguirlo todavía más. Vale, esto ya lo sabía, pero esta semana lo he corroborado, porque:
1. Mis ruidosos vecinos se han pirado (espero que para siempre) y te juro que escucho a mis neuronas reproducirse, saltar de la alegría, aplaudir como las locas.
2. Cada día estoy más feliz en mis montañas, en mi verde, en mi despertar con pajaritos, en mis paseos por mis ríos y mis bosques. Soy Heidi y soy cabra, todo junto. Hay lugares que te abrazan en cuanto los vislumbras y a los abrazos hay que hacerles caso.
Que hay personas con las que te tenías que encontrar en la vida sí o sí. Te lo cuentan las casualidades que nunca lo son, la conexión inmediata. Te lo cuenta el universo o lo que sea que haya ahí fuera. Y yo a eso, que todavía no sé lo que es, le hago mucho caso, porque sus señales son tan claras que, a veces, hasta me dan miedo.
Que las casas, los cuerpos y los cerebros se estropean si no los usas, si no los aireas, si no los mantienes. Que el cuerpo más bonito del mundo se convierte en escombro cuando lo maltratas y que la mente se derrite con esa misma facilidad. Que eso que haces cada día un poquito es una barbaridad al cabo de treinta años, ni te cuento al cabo de sesenta, y es lo que define quién eres y quién serás. Puede ser beber, hacer ejercicio, drogarte, leer, pasear, regodearte en tu propia mierda o compartir tiempo con gente maravillosa, tú eliges. Que, lamentablemente, a veces solo te das cuenta cuando ya no hay marcha atrás y que, afortunadamente, muchos estamos aún a tiempo de tomar las decisiones adecuadas: esas que nos harán aplaudir cuando no quede tiempo hacia delante y hayamos aprovechado todo el que hay detrás.
No soy eterna, eso también lo sabía, y me lo repito todo el rato, porque el lado oscuro tira fuerte de mí y por nada del mundo voy a permitir que la inercia me arrastre. No sé si me queda media hora o medio siglo sobre el planeta, pero tengo claro que voy a relamer cada minuto.
Que no hay mayor aprendizaje que observar a los que ya lo han hecho, o a los que no lo han hecho. A los que lo hicieron bien y a los que lo hicieron mal. A los que se dejaron llevar o a los que agarraron el volante.
Que la Sol de cincuenta y tres le arrearía bastantes más collejas a la de doce que a la inversa. Por qué tan buenecita, por qué tan obediente, por qué tan responsable, por qué no seguiste escribiendo, so gilipollas. Menos mal que aquí estás, ensimismada ante el teclado, con las ideas rugiéndote entre las orejas. Menos mal que un día decidiste hacerte las preguntas correctas, chata.
Que la adolescencia va por libre y no tiene nada que ver con tu voluntad o con tus sermones y que mejor es respirar y rezar para que todo salga bien en lugar de darte cabezazos contra muros ajenos. Y disfrutar, ir un poco (o un mucho) a tu bola. No te lo están haciendo a ti, solo les está pasando. No tienes la culpa. No hay que empujar todo el rato. Nada es tan grave, ellos tampoco.
Que la sabiduría no es otra cosa que observar, elegir y aplicar. Que la valentía, la creatividad y la ambición se entrenan, como todo. Que la ambición no es querer tener más, sino querer ser mejor. Que ser mejor es saber más, sobre el mundo y, ante todo, sobre ti.
P.D.: si quieres compartir este artículo (gracias de antemano), por favor, incluye el enlace. Le haces un favor a quien quiera leerlo y a mí. Un besazo,
Sol
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