Hasta la seta de la gente envidiosa

Sol Aguirre
lunes, 20 julio
Me he encendido, amigas, me he encendido. Llevo días con la mosca detrás de la oreja con el tema de los envidiosos criticones y hoy ha llegado la gota que ha colmado el vaso.
Estaba yo tan cabreada que iba a hacer un directo hoy mismo, pero me conozco y con una cámara delante la puedo liar muy parda. No es que ante el teclado vaya a reprimirme, pero la verdad es que teclear me regala algo de tiempo para pensar, no para suavizar, sino para no dejarme nada en el tintero.
La gota de la que hablaba ha sido una publicación de Instagram en la que Elsa Pataky decía algo tan ofensivo y peligroso como que la mejor medicina antiedad era el ejercicio de fuerza (o algo parecido).
A priori, hables con quien hables, te dirá lo mismo si sabe algo de salud. Es más, este mismo comentario lo podemos escuchar de boca de miles de personas sin que nadie les ataque.
Pero, AY, cuando la que lo dice está buenísima, se supone que gana un pastizal, tiene un marido que se parte de lo bueno que está, tiene unos niños monísimos y parece que está contenta con su vida. AY.
Bajo el precioso jeto de la Pataky, en esa publicación de Instagram, aparecían unos comentarios de los que no daba yo crédito (o sí, porque una ya ha visto mucha de esa mierda, lamentablemente).
No hice pantallazo, porque no quiero que, ni mi móvil ni mi cerebro, tengan que soportar semejante muestra de mediocridad, maldad y envidia (que vienen todas juntas casi siempre, o son lo mismo, o yo qué sé), pero lo que se repetía era que tenía pasta (como si la hubiera robado o ganado a base de matar gente o traficar con órganos), cosas relacionadas con su marido que tampoco entendía, y luego un montón de porquerías más que pa qué mencionarlas.
Como las que leéis esto sois gente normal, no hace falta que aclare que 1) El ejercicio de fuerza es bueno para nosotras 2) Por muchas cifras que haya en tu cuenta bancaria, si no haces ejercicio, no tienes ese cuerpo fuerte y divino. Es más, hay gente riquísima que no se cuida NADA 3) Tener un marido cachas no te contagia sus músculos
No hace falta, pero yo lo digo, por si se nos olvida.
Lo que quizás hace falta es resumir lo que pasa, bajo el jeto precioso de la Pataky, en las redes y en la vida en general: HAY GENTE ENVIDIOSA Y CABRONA. La ha habido siempre, pero es que ahora tienen teléfono y redes sociales, algo que les deberían prohibir.
A MÍ LA GENTE ENVIDIOSA Y CABRONA ME LA TRAE AL PAIRO.
Con mayúsculas, para que quede MUY claro.
Pero eso no le pasa a todo el mundo y hay personas a las que esa gente envidiosa y cabrona les hacen mucho daño, ya sea en el trabajo, en la familia, en las redes sociales.
La gente envidiosa y cabrona es PELIGROSA.
Por eso estoy escribiendo esto, por si puedo ayudar a crear una vacuna contra la gente envidiosa y cabrona.
Para que nos resbalen a todas.
Para que ninguna haga algo o deje de hacerlo por miedo a la gente envidiosa y cabrona. Para que nadie se sienta mal por su culpa.
Para que ninguna deje de brillar por miedo a la gente envidiosa y cabrona.
Para que, de tanto comprobar que sus comentarios son inocuos, dejen de hacerlos o los hagan frente a una pared de su casa. Y ya de paso, que no salgan de ahí. Y que les quiten el móvil, por favor.
Te voy a contar algunos principios que yo aplico para lograr este pasotismo y he de admitir que viene un poco de fábrica, porque tengo una familia que no ha hecho caso JAMÁS a las críticas ajenas y eso se pega, claro.
Pero alguna vez me ha pellizcado alguna crítica, porque todas tenemos momentos jodidos en la vida, así que:
No acepto críticas de quien no aceptaría consejos (esto no es mío, no sé donde lo escuché, pero ya lo hacía). No escucho la opinión de alguien a quien no admiro y la gente envidiosa y cabrona no es admirable, sino despreciable. La gente envidiosa y cabrona critica a gente que consigue cosas que ellos jamás han conseguido y que difícilmente conseguirán si se pasan el día mirando fuera a ver a quién le pueden lanzar sus dardos, en lugar de estar ocupándose de su vida.
Yo me alegro de lo bueno que le pasa a gente a la que ni conozco y solo me rodeo de gente que sienta lo mismo. Que Taylor Swift lo peta en su gira: me alegro. Que la Pataky tiene un marido que está buenísimo y es simpátiquísimo: me alegro. Ya ni te cuento si los beneficiados son amigos míos, entonces toco las castañuelas y bailo el cha-cha-cha (el de Bruno Mars, claro)
Me alegro, por supuesto, de que a la gente le pase lo que a mí me gustaría que me pasara. Como a mí me encantaría tener un pastizal para disfrutarlo a lo loco, me alegro de que otros lo tengan. Y no, no me ofende que hayan heredado, que lo ganen por su cara bonita o que, cada mañana se encuentren con tres mil euros bajo la almohada.
Bravo por ellos.
Si no lo roban o hacen daño para conseguirlo, GLORIA BENDITA.
Como a mí me fascinaría tener una casa con cine y una piscina infinity y una librería grandiosa, me alegro mucho por los dueños de las casas que salen en el canal de Youtube de AD.
Como mi sueño es viajar en jet privado, me da un gustito tremendo ver a gente que lo hace.
Es más, me inspiran, porque siempre me pregunto qué puedo hacer para acercarme un poco más a eso que me mola en los demás. Me parece una manera mucho más frutífera y chula de pasar el tiempo que andar criticando y soltando asquerosidades por mi boca. Llámame loca.
Si todos nos alegráramos y nos inspiráramos por los logros y los disfrutes ajenos el mundo sería bastante más bonito.
Ya basta con los comentarios menospreciando todo eso que os gustaría tener a vosotras, gentes envidiosas y cabronas, ya sean culos duros, libertad de espíritu, casas increíbles, trabajos bonitos, u hoteles de cuento.
Voy a hablar ahora de algunos comentarios no tan agresivos pero que esconden envidia y que surgen cuando das información sobre negocios, finanzas, moda, lo que sea y alguien dice cosas como “Eso no es para todo el mundo” “Algunos no nos lo podemos permitir” etc. como si esa fuera una razón para que esa información no se diera.
Hablo de mostrar un reloj, un hotel, una estrategia de inversión …
Eso es como si voy a un restaurante, me dan la carta y llamo al camarero para decirle, de mala hostia, que yo no puedo comer trufa y que en esta carta hay trufa.
O como si les dejara comentarios a todos los que, en Instagram, publican recetas donde hay champiñones, contándoles cabreada que yo no puedo comer champiñones.
Mis intolerancias son mías y no son razón para que eliminen la trufa y los champiñones del planeta Tierra. Lo mismo es aplicable a todo lo demás: que tú no puedas disfrutarlo no significa que otros se tengan que sentir culpables o justificarse por hacerlo.
También me alegro por todas las que podéis comer champis y trufa a lo loco, porque me encantan ambas cosas, pero claro, la que lío si me los como pues no compensa, la verdad.
Ay, Dios Santo, que voy por las mil doscientas palabras y eso son seis minutos, no tres. Oye, que el fin justifica los medios y mi fin hoy es que nos despojemos todas de cualquier tipo de culpa o limitación basada en la GENTE ENVIDIOSA Y CABRONA.
Solo espero haberlo conseguido, aunque sea un poquito.
Feliz sábado
(Hinchaos a champiñones a mi salud, por favor. A todas horas)
Sol
Más entradas