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No te pido que me entiendas. Te pido que me respetes

Sol Aguirre

lunes, 14 septiembre
No te pido que me entiendas. Te pido que me respetes. Oye, lo que nos cuesta entender las dos frases que dan título a este artículo. Y, ojo, porque esto funciona en ambas direcciones: yo tampoco necesito entenderte para respetarte. Creo que hemos confundido ambas cosas y nos estamos complicando la vida innecesariamente. ¿De dónde sale la inspiración para este texto reivindicativo? (Me gusta ponerte en contexto). Pues resulta que tengo unos vecinos que no pueden ser más maleducados y ruidosos (suelen ir juntitas estas dos características) y el otro día, la administradora de la finca me contó que la vecina le había dicho que no entendía por qué nos molestaban tanto (“Nos” es el resto del vecindario) las babas, los arañazos y la peste de su perro en el ascensor. Supongo que piensa lo mismo de los golpetazos a las cinco de la mañana, sus conciertos de piano, etc. Ella no lo entiende. A mí me importa un huevo que no lo entienda. Mi vecina no tiene que entender por qué me molestan sus ruidos, los arañazos del perro o la suciedad en el ascensor. Puede seguir pensando que somos todos unos exagerados. Lo que tiene que hacer es respetar nuestro derecho al descanso, a utilizar los espacios comunes en condiciones y a no sufrir las consecuencias de sus decisiones. De nuevo, no necesito que comprendas mi límite para que tengas que respetarlo. Y dándole vueltas a este principio del respeto sin necesidad de entendimiento me di cuenta de que es aplicable a todo en la vida. Imagina que mañana decido dejar un trabajo maravilloso en el que gano una pasta. O divorciarme de un tío maravilloso al que tú adoras. O no divorciarme del señor al que tú habrías mandado a tomar por saco hace siete años. Decido no tener hijos. Tenerlos sola. Irme a vivir al campo. Irme a vivir a Australia. Dar la vuelta al mundo. Hacerme budista. No volver a tener pareja. Tener una relación abierta. Enamorarme de una mujer después de haber estado casada veinte años con un hombre. Trabajar la mitad aunque gane la mitad. Dejar Madrid y criar cabras en Cuenca. Puedes no entender absolutamente nada. Puede que mi decisión sea objetivamente incomprensible. O puede que no la entiendas porque no te dé la cabeza para imaginar una vida diferente de la tuya. También puede ser. Pero una cosa es entender y otra muy distinta respetar. Entender es un proceso intelectual. Respetar es una conducta. Entender es encontrarle sentido a algo desde nuestros esquemas, nuestra experiencia, nuestros valores. Respetar es reconocer el derecho de otra persona a decidir sobre su propia vida aunque tú, en sus mismas circunstancias, hubieras decidido exactamente lo contrario. Respetar también es reconocer que tu libertad termina donde empieza la del otro. No tienes que aprobar mi decisión. Ni compartirla. Ni admirarla. Ni recomendarla. Simplemente reconocer que es mi vida. No la tuya. No hace falta que te lo explique, que me justifique, que te pida permiso. Porque a veces hacemos eso: damos veinte razones para que el de enfrente diga finalmente: “Ahhhh, vale, ahora lo entiendo”. ¿Y si no lo entiende? Pues nada. Ahora viene la parte graciosa del asunto, porque lo que reclamamos para nosotras tenemos que estar dispuestas a concedérselo a los demás. Tú tampoco tienes que entenderlo todo. No tienes que entender por qué tu amiga sigue con ese tío. Por qué alguien perdona una infidelidad. Por qué otra persona decide no volver a hablar con su madre. Por qué empieza la dieta keto. O se va a un Monasterio. O dona todo su dinero a un zoológico en Canadá. Puede que haya cosas que nunca entiendas porque no conoces toda la historia. Otras porque, sencillamente, sois diferentes. Y otras, de nuevo, porque no te dé la cabeza para más. No pasa nada. Ahora bien, y esto es importantísimo: respetar las decisiones de alguien no significa que esas decisiones no tengan consecuencias en vuestra relación. Puedo respetar que sigas con una pareja que te falta al respeto, pero decidir que yo no voy a quedar con vosotros porque no soporto cómo te trata. Puedo respetar que bebas todos los fines de semana, pero decidir que no quiero acompañarte cuando lo haces. Puedo respetar que perdones una y otra vez a alguien que te hace daño y decidir que ya no quiero pasarme tres horas cada semana escuchando el mismo problema. Puedo respetar que quieras vivir como quieras y, al mismo tiempo, decidir que yo no quiero estar ahí. Puedo respetar que tú tengas un perro en un piso y decider que no tengo por qué aguantar los ruidos y la suciedad Porque respetarte a ti no significa dejar de respetarme a mí. Entender exige que algo encaje en nuestra cabeza. Que podamos encontrarle una explicación, relacionarlo con lo que conocemos, con lo que hemos vivido, con nuestra manera de ver el mundo. No es algo sencillo. Respetar no exige nada de eso. Respetar es fácil P. D. El próximo 15 de septiembre abro las puertas de Planifica bien para vivir mejor, mi formación para aprender a organizar tu tiempo y tu vida poniendo en el centro lo que de verdad es importante para ti. TENDRÁS EL CONTENIDO DISPONIBLE DE POR VIDA Porque al final de eso va también todo esto: de dejar de vivir según lo que se supone que deberíamos hacer y empezar a tomar decisiones conscientes sobre cómo queremos vivir. No se trata de conseguir que te quepan más cosas en la agenda. Se trata de que las cosas que ocupan tu tiempo construyan la vida que quieres. Si sientes que necesitas más claridad, orden y dirección, puedes apuntarte aquí a la lista de espera y serás de las primeras en enterarte cuando abramos las puertas el día 15. 👉 QUIERO SABER MÁS