Algo imprescindible para sentirnos plenas

Sol Aguirre
lunes, 01 septiembre
Hace unos días, hablando con una amiga periodista que vive en Nueva York comentábamos el caso de la familia americana de mi hijo. Lleva dos años allí estudiando y, en este último curso, ha vivido con una familia encantadora a más no poder y que no tiene prácticamente vida social.
Ni un cine, ni un viaje, ni un café con amigos.
Nada.
Viven en una casa grande y bonita, delante de un lago, con un par de casas a menos de cinco minutos y están a ocho minutos de coche del pueblo más cercano. No es el desierto, no.
La madre de la familia, que acababa de tener su segundo bebé, cuando la vi la última vez, llevaba seis semanas sin salir de casa. Desde que salió del hospital.
Se dedican a trabajar (mucho) y, en su tiempo libre se quedan en casa. En fechas señaladas les visitan sus padres. Y ya.
No hablan con otras personas que no sean las del trabajo, no son testigos de otras realidades que no son la suya, no hay diversión en el horizonte.
Mi amiga, con tono irónico y resignado me dijo: “Con razón se creen cualquier cosa que se les diga”, refiriéndose a lo que ven en televisión o escuchan de sus políticos. Y ahí me quedé pensando. Porque el aislamiento no es solo soledad. Es también una pérdida progresiva de criterio, de perspectiva, de contraste.
A nivel mental, la falta de interacción empobrece nuestro pensamiento. Las conversaciones, hasta las más superficiales, nos obligan a entrenar la atención, a escuchar, a argumentar. Sin ese ejercicio, nuestro coco se acomoda, para mal, claro. Y cuando el coco se acomoda, deja de cuestionar. Con lo importante que es cuestionar y cuestionarnos. Hacernos preguntas, observar desde varios ángulos eso que se nos plantea como una verdad absoluta.
A nivel emocional, el aislamiento es la semilla perfecta para la apatía. Sin estímulos externos, sin planes que nos ilusionen, la motivación se apaga hasta morir. Y no hablo de no ir a fiestas o viajes, hablo de entregarnos a cualquier momento que rompa la rutina y nos recuerde que estamos vivos. Una comida con amigas, una película que nos emocione, un paseo chulo, un concierto, una novedad.
Porque la emoción también se alimenta de lo imprevisible, y eso, encerrados entre cuatro paredes, es imposible de encontrar.
En lo personal, el aislamiento nos empuja a vivir hacia adentro, pero no en el buen sentido de la introspección, sino en el de la desconexión. Dejamos de comunicarnos con otros, dejamos de mostrarnos.
Y cuando no nos mostramos, corremos el riesgo de olvidar quiénes somos realmente, porque la identidad también se construye en el reflejo de las miradas del de enfrente, en la respuesta que recibimos del mundo. Hacemos espejo los unos de los otros (cuántas veces os lo cuento en mis formaciones, lo más potente no es lo que yo cuento, es el poder del grupo).
Y a nivel social, la consecuencia es tremenda: dejamos de formar parte de algo más grande que nosotros mismos. Con lo importante que es sentir que pertenecemos.
Yo celebro vivir en un sitio donde camino por la calle y me cruzo con gente. Donde, incluso sin buscarlo, hay un intercambio de información constante: en la frutería, en la panadería, en la terraza de la cafetería. En mi camino mañanero por el campo, donde siempre nos encontramos los mismos a la misma hora y nos saludamos, nos damos los buenos días, acariciamos a los perretes de los unos y los otros.
Esos intercambios son la mejor vacuna contra la rigidez. Nos regala otros puntos de vista, nos cuenta que hay más maneras de vivir que no son la nuestra. Y eso, a diferencia de la vida en una burbuja, es fuente de salud, mental y física, porque somos un solo ente, no se nos olvide.
También hay personas aquí que se aíslan poco a poco. Sin darse cuenta muchas veces. Dejan de hacer planes, de llamar, de salir, y un día descubren (con suerte) que su mundo se ha encogido hasta límites insospechados. Que se han perdido a sí mismas.
Somos seres gregarios: necesitamos a los demás para mantenernos sanas, despiertas y vivas (no es lo mismo vivir que sobrevivir). Eso no tiene nada que ver con juntarnos con el primero que aparezca, para nada, sino buscar y cuidar a quien nos nutre.
Hoy decido que tener vida social, charlar, montar planes, ilusionarme, divertirme no es un lujo ni un capricho. Es una necesidad, además de un placer. Que la vida es eso que pasa cuando nos compartimos con otros.
P.D.: si decides compartir este texto en Instagra, porfa, haz constar el enlace. Ayuda a la gente que quiere leerlo y también a mí (gracias) P.D.2: hace unas semanas, me hicieron una de las mejores entrevistas de mi vida, en ella hablo de reinvención a todos los niveles. Fue en el podcast A LO GRANDE y puedes escucharlo y verlo AQUÍ. P.D.3: en el último episodio de mi podcast te hablo de lo que me ha servido a mí para recuperar la confianza en mí misma tras algún hostión vital. Puedes escucharlo AQUÍ. P.D. 4: si sientes que últimamente andas a la deriva, si quieres retomar las riendas de tu vida, te dejo aquí un audio de solo 30 minutos en el que te hablo de dos ejercicios sumamente prácticos que me ayudan a tomar decisiones desde la coherencia y atraversar los dos obstáculos que habitualmente nos impiden pasar a la acción.
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