El amor, Barcelona, las chimeneas.

Ayer fui a Barcelona a comer con un amigo de esos a los que quieres desde un lugar donde hay poca gente. Hablamos de lo guapo que era Paul Newman, de sus párpados, de que me flipan los antebrazos de los tíos, tan fuertes y con venas; de que le encantan las nucas de las tías, las coletas que dejan al descubierto ese trozo de cuello suave y pecaminoso, los gestos indeterminados; de cómo podemos joderles (o no) la vida a nuestros hijos; de lo maravillosas que son las casas con chimenea. Le recordé que uno de mis deseos año tras año es tener una, y que es una pena que no haga más frío en su pueblo, porque en su casa hay chimenea, pero la enciende poco. Subir la leña a un tercer piso no acaba de ser apetecible.

Le dije, varias veces, lo bonitas que son sus manos. Le confesé que me enamoré de un puertorriqueño guapérrimo que me dejó hecha mierda y que también tenía unas manos preciosas, y unos ojos preciosos, y una boca preciosa, aunque por dentro no era tan precioso.

Decidimos, mirando fotos antiguas, que veinte años pasan volando, que estamos estupendos: él porque hace deporte, yo porque me lleno la cara de cremas y pinchazos.

Supimos que la humanidad volverá al campo, porque lo de los móviles puede llegar a ser una mierda muy grande. Me contó que las vacas, por raro que parezca, contaminan mucho, que hay un tío que saca filetes de células madre y eso no pinta nada bien. Y él lo contaba haciendo círculos en la mesa con sus dedos. Porque él lo convierte todo en líneas con esas manos preciosas.

En ese mundo futuro nosotros seríamos vegetarianos perdidos porque no podríamos matar ni una mosca, ni un ratolí. Nos quejamos del poco caliu que tiene Andorra, que no se dignan a abrir una cafetería de madera, con sillones blanditos y, de nuevo, chimenea. Las chimeneas son vida, está claro. Siempre nos quedará el hotel Hermitage, con su música sublime.

Él afirmó que es el amor lo que mueve el mundo. Le di la razón, asintiendo, pensando en lo muchísimo que le quiero. No se lo dije. Se lo escribí luego. Quizás los móviles no son tan mierda. O quizás yo debería hablar más y escribir menos.

Ventilamos las mierdas íntimas, que son muchas y muy malolientes. Y a él se le saltaron unas lágrimas por mis mierdas malolientes. Cómo agradecí esas lágrimas. No se lo dije. Ni se lo escribí. Lamentamos lo cortos que son esos encuentros nuestros que le dan sentido a la vida, que son la vida misma. La felicidad estaba allí, sentada con nosotros en ese restaurante vegetariano de la Barceloneta, aplaudiendo como las locas.

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El amor, Barcelona, las chimeneas.

Me va todo tan bien que tengo miedo.

El amor, Barcelona, las chimeneas.

Protejamos nuestros cerebros (porque falta nos hace)

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