Gustémonos

Una de mis actividades favoritas cuando paso un finde sin niños es hablar durante horas por teléfono con mis amigas como cuando era adolescente. El domingo, mi amiga niuyorkina me contaba que ha recortado su vida social hasta los mínimos porque está agotada. Las ansias por recuperar el tiempo perdido en un matrimonio de mierda la han empujado últimamente a unos cuantos bares en los que se lo ha pasado de miedo, y ahora ya no necesita más. No tengo ni citas tía, pero eso sí, sigo yendo a boxear como si no hubiera un mañana y esta semana me pincho vitaminas en el jeto. Y bótox. Llevo la manipedi impoluta. Quiero estar divina, pero  por mí, que por fin me quiero.

Menos mal. Aleluya.

El caso es que mi amiga está más guapa, más feliz y más autoamorosa que nunca, y ese autoamor incluye tachar de su agenda todo aquello que no sea importante en este momento, darse tiempo para hacer deporte e inyectarse todo lo que le dé la gana si con ello se siente bien. Porque no nos equivoquemos: somos un ser, compuesto de alma y carne. Muchos opinarían que eso es de tía superficial y vacía. No estoy de acuerdo, en absoluto.

La noche anterior a mi charla con Angie, cené con un amigo que es cirujano estético. Cuántas veces me cuenta sobre mujeres que han llegado a su consulta acomplejadas, ya sea por un sobrepeso, unos pechos caídos o enormes, o por una nariz desproporcionada. Que lo de aceptarse está muy bien, pero lo de operarse no lo está menos si con eso ganamos en autoestima, joder. Porque a veces nos sentimos tan felices que nos ponemos guapas y, otras, el camino es a la inversa: me veo guapa y me quiero más. No juzguemos, por Dios.

Aquí, una vez más, el qué dirán juega en nuestra contra: que si no te hace falta, que si meterte en una operación por semejante tontería. Solo que para ti no es una tontería. A no ser que haya un accidente o un traumatismo previo, ahí sí se aplaude al bisturí. Si hablamos de una reconstrucción mamaria, todo bien. Ahora, una operación de pecho así porque sí ya es harina de otro costal. O no, porque el objetivo no deja de ser el mismo: mirarme al espejo y esbozar una sonrisa. 

Para algunas el físico no es importante, igual que para otras no lo es aprender cada día una cosa nueva o profesar una religión. Los términos medios no son dañinos, sí el ignorarnos permanentemente. Esconder bajo el felpudo las razones de nuestra incomodidad no es la solución, vivir pendiente de las miradas de los otros, tampoco. Supongo que el equilibrio es ese que se encuentra tras capas de creencias, despejadas algunas incógnitas de lo que realmente nos mueve, eliminadas los comentarios ajenos y cotillas. Dicen que una manera de hacerse la vida más fácil es diferenciar entre lo urgente y lo importante. Yo diría que lo urgente es reírse, y lo importante, hacerlo cada día. Si para eso hay que aprender a meditar, divorciarse o ponerse unos pechotes gloriosos, a quién le importa. El caso es gustarse.

 

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Hay 3 comentarios

  1. Cristina

    Qué necesario era este texto en esta época de mi vida!!
    Gracias querida, como siempre, un placer!❤️

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