Hay gente que te explota en la cara

Sol Aguirre
lunes, 19 enero
Hay personas que parecen majas mientras tú te adaptas.
Son simpáticas, graciosas, quizás un poco caóticas. Llegan tarde, cancelan planes, dicen cosas que luego no cumplen. A sí mismas y a los demás también.
Y tú piensas que no pasa nada. Porque no quieres ser tiquismiquis. Porque, total, tampoco es para tanto.
Hasta que un día sí lo es.
Hasta que ese desorden empieza a afectarte. A complicar tu agenda, porque tú habías organizado tu puzle vital y, en el último momento, resulta que no puede quedar porque se le olvidó OTRA VEZ que tenía no sé qué.
Porque pretende contagiarte ese cacao mental y vital suyo.
Y entonces, con toda la calma, dices algo muy simple. Muy poco dramático. Muy poco agresivo. Algo del tipo: MIRA, CARI, ESTO NO.
Y ahí pasa algo que no te esperabas de esa persona tan simpática, tan alegre.
No hay conversación.
No hay escucha.
Hay explosión.
La Bomba de King África convertida en ser humano.
Te atacan. Se ofenden. Te plantan el cartel de injusta, poco comprensiva. Le dan la vuelta a la tortilla con una soltura que da miedito y, cuando te quieres dar cuenta, estás tú explicándote por haber dicho algo tan básico como que por ahí no.
Ese tipo de personas no están reaccionando al límite que acabas de poner, sino a todos los que no pusiste antes.
Y eso es importante entenderlo.
Porque tu “esto no” no es violento. ES TARDÍO.
Llega después de mucho adaptarte, de muchas consideraciones. Después de muchas veces en las te has incomodado tú para no incomodarla a ella. Y cuando el límite llega, no lo reciben como una información, sino como un ataque. Como una traición. Como si les estuvieras quitando algo que daban por hecho: tu disponibilidad, tu comprensión infinita, tu elasticidad.
Y entonces aparece la culpa. La maldita culpa.
Te comes el tarro preguntándote si lo podrías haber dicho mejor. O en otro momento. Con otras palabras. De otra manera. La culpa es esa vocecita que te dice que igual has sido demasiado brusca, que igual no hacía falta, que igual te has pasado.
NO, NO, NO.
Cuando alguien reacciona con agresividad a un límite que has definido con todo el con respeto, Tú no tienes un problema de formas.
Vosotras tenéis un problema de vínculo.
Una persona mínimamente sana puede sentirse incómoda, sorprendida o incluso dolida cuando alguien le marca un límite.
Pero puede pensarlo.
Puede hablarlo.
Quien explota necesita atacarte a ti para no mirarse a ella. Para no hacerse cargo. Para no asumir su incoherencia. Para no responsabilizarse de sus saraos.
Y aquí viene lo que he aprendido de poner ese límite (porque sí, amiga, te estoy contando una historia que es mía, para variar): poner un límite no te obliga a gestionar la reacción del otro.
No tienes que convencer a nadie
No tienes que justificarte una y otra vez.
No tienes que hacerte cargo de su enfado.
A veces creemos que poner límites es solamente aprender a decir que no, cuando la verdad es que el aprendizaje es otro mucho más profundo y más amplio: aceptar que hay personas que van a desaparecer de tu vida cuando tú empiezas a tratarte bien.
No porque sean malas.
No porque tú seas mejor.
Sino porque la relación solo funcionaba mientras tú tragabas. Y eso no puede ser, esa no es la persona que quieres ser.
Y eso duele. Porque te gustaría que la otra persona entendiera, reflexionara. Pero la vida adulta va mucho de asumir que no todo el mundo puede acompañarte para siempre.
Si tú te cuidas y el otro te ataca, esa relación no es que sea complicada, es que es incompatible con la persona que has decidido ser.
Porque la paz no siempre llega con conversaciones y acuerdos.
A veces llega cuando decides que vas a decir “Hasta aquí” antes de que alguien te explote en la cara.
P.D.: no necesitamos justificaciones ni excusas para decir “ya no quiero esto” ni postergar infinitamente lo que realmente queremos, pero nos cuesta dejar de hacerlo. Con tal de ayudarte, he diseñado cinco ejercicios que te ayudarán a:
- Dejar de buscar justificaciones externas para dejar lo que ya no queremos
- No postergar nuestros deseos, aprender a priorizarlos o, al menos, a ponerlos al mismo nivel que los deseos de los demás
- Reconectar con lo que realmente queremos, dejar de ignorarlo.
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