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Reflexiones de una majara

Lo que he aprendido en la cuarentena

Lo que he aprendido en la cuarentena

Que perder el olfato es un asco porque me gustan mis olores: las velas de vainilla, el suavizante de las sábanas limpias, el bizcocho de naranja, mis decenas de potingues que huelen a relax y felicidad. Los olores son infancia, son besos, son verano, son noches locas. Voy a perseguir olores y voy a coleccionarlos aún más que antes. La elegancia, el buen humor y el hogar a veces no se ven, pero se huelen.

Que los desayunos en cafeterías ideales son mi oasis de paz y de observación: desde ellas escudriño cómo se relaciona la gente y quién soy yo frente a un té y una tostada, acompañada por el silencio que adoro. Que no voy a renunciar a ese rato de conexión por muy apretada que esté mi agenda. Que mi agenda se llenará en la medida que yo decida y he decidido que la que ha de estar llena soy yo: de aire, de espacio, de claridad.

Ya lo sabía y me reafirmo: caminar es mi manera de enfocarme, de generar ideas, de recibir lo de fuera sin soltar lo de dentro. De conocer y conocerme. Quiero calles y quiero Madrid, y quiero Manhattan, y quiero Ciudad de México y quiero Barcelona. También París en mayo. Quiero ciudades, porque generan información y me regeneran a mí. Quiero movimiento, porque me mece y me calma.

Que no he echado de menos a mis amigos porque han estado ahí, porque siempre están. Al teléfono, en la pantalla, en mi sofá, tumbados en la playa, qué más da. Me acompañan, me empujan y me hacen reír, desde mi lado, aunque sea a diez mil kilómetros.

Que la soledad es mi tesoro y que voy a protegerla a cal y canto, le pese a quien le pese.

Que ser útil es la fuente de felicidad suprema, porque en esta situación de mierda, encontraba la luz compartiendo con vosotras, que me leéis; contando chascarrillos, aportando unas risas y toda lo que he aprendido sobre lo que nos mueve o debería movernos; rescatando la pasión de entre mis cuatro paredes para ofrecérosla lo mejor que sabía.

Que tengo más paciencia de lo que pensaba: vaya sorpresa. Con mis hijos, conmigo misma. Que respondo bien cuando sé que la solución no depende de mí. Que acepto y me centro en lo que sí puedo hacer sin obsesionarme con lo que no. Contentísima me tiene esto, mira tú.

Que la seguridad la dan las herramientas que tengamos para manejarnos en cualquier ecosistema; que de nada sirve saberse los ríos de España si no conoces tus fortalezas, tus debilidades, tus talentos, lo que te gusta, lo que detestas. La vida hay que navegarla y a veces se te hunde el barco. No busquemos flotadores, aprendamos a nadar.

Que hay mucha gente con ganas y otras que miran la vida de lejos. Acerquémonos a los primeros, por favor os lo pido.

Que todo depende del para qué: para qué hago deporte, para qué comparto mi vida con tal o cual, para qué me levanto cada mañana. No el QUÉ, sino el PARA QUÉ. Ojo.

Que me gusta lo bello, lo impecable, lo ordenado, lo limpio. Las teteras blancas, las flores de colores, las sábanas de flores. Que voy a tener la cocina más bonita del planeta, porque no me gusta cocinar, pero sí las cocinas. Y punto.

Que me llevo estupendamente con esto que soy. Aleluya, ya era hora.

Que echo de menos quedarme a ver la tele de madrugada y dormirme en el sofá, despertarme ya amaneciendo y meterme en la cama. Que durante el mes que mis hijos estén de campamento, voy a hacerlo cada puñetera noche.

Que las sonrisas se esconden en un chaparrón de madrugada, mientras contemplas las calles desiertas, o en una terraza al sol de abril, o en los pájaros volando sobre mi plaza, o en un altavoz que a lo lejos canta “We are the world”.

Que el cine, como las cafeterías, son irrenunciables y por eso esta noche me voy a ver “Cinema Paradiso”, que es la película más bonita del universo, con mi amigo Paulo, que es el mejor amigo del universo. Como todos mis otros amigos, claro.

Que el dinero está para gastarlo en gustazos: en masajes, en tazas preciosas, en viajes, en comida de la buena, en revolcarte en la vida sin ningún tipo de contención ni mesura. Que cada uno se lo aplique como mejor vea.

Que no sabemos lo que pasará mañana y por eso hemos de anclarnos a lo de hoy y olvidarnos de lo de ayer porque ya no nos sirve. Que lo que nos sirve hay que descubrirlo, más que buscarlo.

       

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