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Merecedora y elegante, no te digo más

Sol Aguirre

lunes, 29 septiembre
Cuando visito a mi Yo del Futuro (te conté AQUÍ esa historia), la imagino chorreando elegancia y merecimiento. El merecimiento es para mí la sensación profunda de que merezco disfrutar sin plantearme que hay otra opción, rodearme de belleza sin mesura, regalarme de lo bueno, lo mejor. Ojo, no por currar mucho, no por hacer nada fuera de lo normal, merezco por el mero hecho de existir. Repito el párrafo anterior en mi cabeza cada día, me voy acercando a mi Yo del Futuro, voy avanzando, pero todavía me queda trecho, amigas. Este camino lo recorremos juntas, unas más adelantadas, otras menos, pero juntas. Estas cosas de querer convertirme en alguien más amable consigo misma no me pasan solo desde que visualizo a mi Yo de los años venideros, toda la vida he ansiado la elegancia, pero no solo la de la ropa, que también, sino la elegancia en el sentido más amplio: en las conversaciones, en los pensamientos, en las relaciones, en los gestos cotidianos. Me gusta la gente elegante por dentro y por fuera (no sé si es posible lo uno sin lo otro). Siempre he tenido claro que hay personas que encarnan todo eso sin esfuerzo aparente. Y, como merecedora no soy yo de nacimiento, pero curiosa y observadora, muchísimo, me he dedicado a estudiarlas. Porque creo que esa es la manera en la que aprendemos desde pequeñas: imitando, absorbiendo, copiando de alguna manera. Agarrando eso que nos gusta en otros, pasándolo por nuestro filtro y convirtiéndolo en algo propio. Y seguimos haciéndolo de adultas, si nos damos permiso, claro. Si no nos repetimos que somos así, que esto es lo que nos ha tocado y que qué le vamos a hacer. A veces, no estamos dispuestas a hacer el esfuerzo que requiere la transformación. Porque esto no se trata de repetir mantras mágicos o de esperar a sentir el merecimiento, o la elegancia, o lo que sea que quieras para ti, como una inspiración divina, sino de entrenarlo, de practicarlo, de darle espacio cada día de nuestra vida, en cada una de nuestras milimétricas decisiones. La gente que sabe que merece no se justifica, planifica pensando en su tiempo, en su disfrute, en su descanso, en cómo sacar el máximo provecho de todo lo que hacen. Establecen límites, claro. Definen objetivos que tienen que ver con celebrarse porque sí. Hay quien sabe que merece orden, calma, el dinero que necesita para vivir como quiere vivir. Vivir lo mejor posible. “Lo mejor” es absolutamente subjetivo, las merecedoras lo saben y delimitan ese concepto desde la libertad y la amplitud de miras. Las merecedoras no se sienten mal por tratarse bien. A la mierda la culpa. La elegancia es escuchar de verdad cuando alguien te habla. Es contestar sin atropellos. Es elegir el silencio en lugar del ruido. Es transitar los días con coherencia entre lo que piensas, dices y haces. La elegancia se nota en los detalles: en una palabra, en una mesa, en una pausa, en una mirada. En lo que callas y en lo que eliges contar. La elegancia es discreta. Cuando estudio a las elegantes, veo rasgos comunes: respeto (sobre todo hacia una misma), presencia, una especie de armonía entre lo de dentro y lo de fuera. No fuerzan, fluyen. Para acercarme a todo eso, estudio a esa gente y me hago preguntas que tienen que ver con cómo puedo acercarme a ese merecimiento y a esa elegancia. Cada día un pasito. Entreno como el que entrena un músculo. Imagino que ahí radica lo bonito de la vida, en que el merecimiento, la elegancia y un montón de cosas más no son privilegios reservados a unos pocos, sino que están disponibles para todos los que decidan abrazarlos para hacer su existencia más chula. Y no hablo de perfección, sino de intención respecto a la persona que quieres ser y de intención en cuanto a cómo quieres tratarte. De elecciones que hacemos o dejamos de hacer cada día, y que nos acercarán o nos alejarán de esa Yo del Futuro merecedora, elegante, calmada, alegre y sabia. Me encantaría que mis #TresMinutos de hoy los acabarais vosotras, contándome una, dos o tres características de esa Yo a la que os queréis acercar, así nos inspiramos las unas a las otras.
P.D.: ya sabéis que, para mí, la mayor herramienta de reflexión, decisión y transformación es la escritura y estáis de suerte, porque Paulo G. Conde, que es escritor, editor para las mayores editoriales de este país y corrector de gente que vende MUCHOS libros ha abierto inscripciones para su formación “Las 4 claves para escribir tu libro”. Es solo una sesión y solo hasta hoy a medianoche está solo a 29 euros (la bronca que le he pegado por poner ese precio a algo de tanto valor, no es ni medio normal). Luego pasa a 39, que tampoco me parece adecuado para lo que ofrece. Te diría que, aunque no pretendas escribir un libro, le dediques ese ratito a aprender, ¿Por qué? Porque Paulo nos enseña a ordenar palabras. Y ordenar palabras es ordenar nuestros pensamientos y, por ende, a nosotras mismas. Puedes echarle un vistazo AQUÍ.
P.D2.: quizás, leyendo mis #TresMinutos de hoy, has pensado que tú también quieres saber que te mereces el cielo, pero no sabes por dónde empezar a trabajar. Es habitual, porque hemos normalizado: · Buscar justificaciones externas para dejar lo que ya no queremos · Postergar nuestros deseos porque no los consideramos prioritarios · Desconectarnos de lo que realmente queremos a fuerza de ignorarlo
No pasa nada, querida, porque aquí estamos para aprender y comparto AQUÍ contigo, 5 ejercicios super potentes que yo uso para reconectar con mi voluntad cuando siento que me he dejado llevar por la inercia. Espero que te sirvan.