Nosotras hablamos, ellos no escuchan. Y así nos va.

De un tiempo a esta parte, he decidido desayunar fuera de la oficina. Me ventilo, me tomo una napolitana de chocolate que, lejos de hacerme sentir culpable, me alegra la mañana, y afronto el día otro talante, quieras que no. Por supuesto, me llevo mi libretita azul y le doy al boli de lo lindo. Porque los bares son un escaparate fascinante para los cotillas como yo. Se puede saber mucho de una persona por lo que desayuna, por cómo lo hace, por qué jeto lleva a las nueve de la mañana.

De todo lo que he descubierto en mis incursiones matinales, hay algo que me llama la atención sobremanera:

El 90% de las mesas están ocupadas por mujeres.
Las mujeres desayunan con otras mujeres, los hombres desayunan solos o con mujeres. 

Curioso, cuanto menos.

He de decir que a mí me gusta tomarme mi té y mis tostadas integrales en sitios monos, con teteras cuquis, no en bares con cientos de servilletas en el suelo, una máquina tragaperras en la esquina y olor a fritanga. Yo ahí no entro, pero observo desde fuera y ahí sí hay tíos, pero tampoco hablan. Se toman su carajillo, miran esa tele que SIEMPRE está colocada sobre la puerta de entrada y que SIEMPRE tiene puesto el canal de fútbol, dejan sus monedas en la barra, a poder ser de un golpe, y se piran.

Los señores que habitan esos lugares normalmente superan los cincuenta y cinco. Dónde se reúnen los más jóvenes para tomarse un café y charlar, es un misterio.

O no.

Volvamos a esas mujeres que desayunan con otras mujeres. Las hay de todas las edades, de todos los estilos. Todas hablan, sonríen, ríen, se alegran de verse, gesticulan, se tocan, SE COMUNICAN.

El lenguaje, a las mujeres, nos conecta, nos libera, nos consuela, nos alegra la vida.

Recuerdo a esa política que se quejaba hace poco en no sé qué convención de que, cuando las mujeres hablaban, los hombres miraban al suelo, le echaban un ojo al móvil… Básicamente, no les interesaba una mierda lo que ELLAS tuvieran que decir.

Busco la razón de semejante falta de respeto y me encuentro con varios artículos que afirman que la voz de la mujer agobia al hombre por no sé qué del tono agudo y que, en defensa propia, el cerebro desconecta.

Tócate los cojones.

Si esto fuera cierto, queridos estudiosos del pasotismo masculino, tampoco nos escucharíamos entre nosotras porque, de momento, no se ha descubierto que el oído de las féminas sea diferente al masculino. Así que no me lo trago, LO SIENTO.

Se me ocurren muchas otras teorías: pasan de oír lo que no les conviene, no les parece interesante lo que tenemos que decir,  practican el yo, me, mí, conmigo de una manera asalvajada…

En este punto creo necesario hacer una aclaración, que luego aparecen los Paolos del mundo y me la lían parda: estoy generalizando, algunos sí escucháis, sí habláis de vuestras cosillas. Pero muchos, PUES NO.

Recapitulemos. Hasta ahora tenemos: mujeres que hablan, mujeres que escuchan, hombres que no hablan, hombres que no escuchan. Lo que viene siendo darse cabezazos contra un muro una y otra vez. Y venga, y dale. Y nos pensamos que la cosa va a cambiar. Ay, que risa, Maria Luisa.

No hay que ser muy listo para deducir que todo esto NO facilita las relaciones, porque os comento que estas, para ser satisfactorias, necesitan de bilatelaridad, reciprocidad, igualdad. O sea, tú hablas y yo te escucho, y a la inversa tiene que ser exactamente igual. O, en lugar de conversación, tenemos un monólogo de lo más frustrante. Para las tías, que se sienten ignoradas, y para los tíos, porque ese zumbido en forma de palabras es de lo más molesto. Con lo guapas que estaríamos calladitas, ¿eh?

Quizás, amigas y amigos, todo eso de “Es que no entiendo a los tíos” o “Mira que las tías son complicaditas”, se condense en una sola cuestión: SIN COMUNICACIÓN ES IMPOSIBLE que nos comprendamos, amiguis. Y no es que yo sea muy lista, es que es de cajón.

Y, chicos, que sí, que ya, que parece ser que a vuestro organismo le falta no sé qué proteína que favorece el lenguaje, que vuestro cerebro rechaza las notas musicales que salen de nuestras preciosas gargantas, que cada uno es libre de rajar de lo que le venga en gana, que si no queréis desahogaros, pues vale.

No sé cual es la solución, dado que ni nosotras vamos a cerrar el pico (menos mal), ni a ellos se les va a abrir la conexión que va del oído a la sesera, así de repente. Supongo que seguiremos contándoles nuestras penas a nuestras amigas y usando los penes de nuestros amigos.

O, quizás, podríais hacer un pequeño sacrificio y probar un día a ver cómo es eso de sentarse con otra persona de vuestro mismo sexo y contarle qué os emociona, qué os disgusta, qué os preocupa, qué os entusiasma. Y que el de enfrente haga lo mismo. Y si de esa salís vivos, a lo mejor decidís hacer una locura, saltar al vacío en plan kamikaze, hacer lo mismo con una mujer y prestar atención a todo lo que os tenemos que decir.

QUE ES MUCHO.

    

 

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Nosotras hablamos, ellos no escuchan. Y así nos va.

Des-mádrate, por el amor de Dios.

Nosotras hablamos, ellos no escuchan. Y así nos va.

Lo que Samantha Jones nos enseñó (que es mucho)

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Hay 2 comentarios

  1. Paco

    Saludos, una pequeña aportación, mi ex tenía la capacidad de hablar una hora por teléfono con su hermana a la cual había visto un rato antes y ademas trabaja con ella. La capacidad innata y pasión de ciertas mujeres de hablar de cosas diversas, trascendentes e intrascendentes (hablar por hablar) es digna de estudio. Los hombres (no todos) somos mas prácticos, no necesitamos rodeos ni repetir tres veces las cosas por necesidad.

    Que tengan una buena mañana.

    1. lasclavesdesol

      Muchas gracias, Paco, por ilustrar tan acertadamente mi artículo.

Los comentarios están cerrados.