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Hijos adolescentes: el gran festival. 

Este es uno de esos textos que surgen más desde la duda y el desconocimiento que desde la intención de aportar luz. Aquí, la que necesita una bombilla tamaño gigante es servidora. Qué alguien me diga cómo se hace esto, porque yo no tengo ni flores. 

Y es que, por mucho que nos digan, no te imaginas lo dura que puede ser la maternidad en general y la de un adolescente en particular. Dos en mi caso. Toma ya. 

Medito cada mañana nada más despertarme para conseguir un extra de paciencia y rollo zen, para convencerme de que hoy el día transcurrirá en paz. Siempre en mi eje, no gritaré, ejercitaré mi paciencia, practicaré la comunicación no violenta. Tengo herramientas, que soy coach, joder, que yo sé de qué va esto.

Cinco minutos me dura el rollo pacífico, a veces menos. Porque la capacidad de mis retoños para acabar con el silencio y la paz mental es muy superior a la mía por mantenerla. Hay que reconocerles esa habilidad. Es bajarse de la cama y empezar la batalla.

Respira, Sol, respira. 

  Y aquí están los gritos del mayor.     Respira.     Y los golpetazos del pequeño.     Respira, hoy lo vas a conseguir.    Y más gritos.    Ni respiraciones ni hostias, desquicie matinal conseguido. OTRA VEZ. 

Creo que la cosa sería más llevadera si yo lo hubiera sido menos, es decir, cuando uno la ha liado parda entiende mucho mejor que otro lo haga. Supongo. O al menos esa es mi conclusión cuando me desahogo con mis amigos tras la enésima salida de tiesto de cualquiera de mis vástagos y me confirman que ellos también se pasaron las normas por el jander en multitud de ocasiones. Les restan importancia porque sus gamberradas de adolescencia no les han impedido ser adultos felices y responsables, que es todo lo que uno debería querer ser. 

Me pregunto de dónde sale tal impermeabilidad en cuanto a los valores que una les intenta contagiar y tal inventiva a la hora de crear conductas tocadoras de pelotas, ovarios en este caso.  

Cuánta frustración, amigas. Qué sensación de que todo tu esfuerzo y tu cariño resbalan retrete abajo. Qué puto agotamiento. Y la culpa, claro, contándote que podrías hacerlo mejor, que en algo estás fallando; que eres una histérica porque tampoco es para tanto, pero que no te descuides un pelo porque en cualquier momento lo es. La culpa, tan inútil y tan molesta.

Repito: qué puto agotamiento. 

La naturaleza es sabia y me hizo abstemia, porque si no, aparte de harta estaría alcoholizada.

Lo que nos faltaba era el confinamiento del 2020. El planeta andaba de lo más relajado, pero yo curraba doce horas al día, cocinas y limpiezas aparte, mientras recibía llamadas de los tutores porque mis vástagos no se conectaban al puñetero Zoom. Todo ello aderezado por un precioso coronavirus que me robó el gusto y el olfato y la energía. Conectarse al cole no, pero cargarse un iPad y un Mac, eso sí. Ya os digo que el coronavirus en mi confinamiento fue lo de menos. 

Y es que es que querer a veces no es poder cuando entra en juego la voluntad de otro ser humano en edad de comprobar límites a todas horas. Cuando la realidad es que nuestro poder acaba donde acaba nuestra persona y lo único que cabe es seguir en línea recta, machacando las tres famosas ces: coherencia, consistencia y constancia. Y rezar, o lo que sea que hagamos los ateos en lugar de rezar, para que todo eso surta efecto. Y procurarte un entorno que te entienda, te apoye y te abrace y no te juzgue cuando maldigas y despotriques y te desesperes. Y tomarte la vida con humor y autoamor, porque no hay mal que cien años dure (ni cuerpo que lo resista, ojito).

 

Teletrabajo: cómo disfrutarlo todo el rato (o casi)

No sé en qué momento estás leyendo este texto, querida lectora. Si el teletrabajo se habrá extinguido o si se ha convertido en la nueva normalidad. Si, además de imposición es ya un gustazo o si no hemos sido capaces de adaptarnos. O si cada uno hace lo que mejor le parece teniendo en cuenta su productividad, sus circunstancias y qué es lo que le da felicidad. Ojalá esto último. 

 Escribo estas letras el 13 de abril de 2021, os lo cuento por aquello de contextualizar. Mucha gente teletrabaja en el planeta entero y lo que, para unos, es una bendición, para otros es el infierno.  

 ¿Cuál es la diferencia entre unos y otros? 

 En general, los pros del teletrabajo están bastante claros: no se pierde tiempo en traslados, la conciliación es más fácil.  

La mayor desventaja es, en general, la falta de contacto con otros seres humanos que genera sensación de desconexión, soledad, tristeza y, a veces, dejadez en forma de pijama y pelos alborotados. No me cuido, no me veo bien, no me siento bien: un clásico.

Hay quién se concentra más en la oficina y hay quién lo consigue en la soledad del hogar. Hay quien gestiona mejor su tiempo cuando la lavadora y la tele están lejos y otros que consiguen resistirse a las tentaciones hogareñas sin problema con lo que su jornada se alarga hasta el infinito. Hay quién para el teletrabajo es fuente de estrés y para quien es un regalo. A estos últimos: felicidades. Para ti, persona que no disfruta currando en casa, es este artículo. 

Vamos a por unos cuantos consejillos para hacer del teletrabajo algo más llevadero. Lo primero es desmenuzar las razones que te desagradan de esta situación para trazar un plan de acción. Lo de siempre: dónde estoy, donde quiero estar, qué necesito para llegar de A a B, qué herramientas tengo, qué es lo que tengo que conseguir:

  • Para pasar de la sensación de tristeza a la alegría:
    • Baila, chavala. Ya, esto no sale en los demás artículos que has leído sobre este tema, pero es MAGIA. Las canciones veraniegas son anclajes naturales que te llevan al momento en el que las escuchabas; tu hermoso cerebro, que no distingue realidad de recuerdo, se cree que andas en cualquier garito playero y se pone a fabricar sustancias gustosas que te dan buen rollo. El movimiento relaja tus músculos y te regala endorfinas, hormonas de la felicidad. Levántante con tus témazos favoritos y verás el cambio. Te dejo aquí mi lista de Spotify “Bailoteo Pandémico”.
    • Rodéate de belleza, llénate de ella: algunas me habéis comentado que os gusta el hecho de vestir cómodas cuando estáis en casa. Una cosa es la comodidad y la otra es el rollo indigente. Otra cosa no, pero modelitos con goma en la cintura y monos, hay por todas partes. Invierte, que aún te queda un rato de teletrabajo, querida. Perfúmate, peínate. Si te apetece, dale al rímel y al pintalabios rojo ¿Cómo que nadie te ve? Te ves tú, que eres la importante aquí.
    • Otra de las ventajas de estar en casa, según mis encuestas, es no tener que llevarte el tupper a la oficina y comer mejor. Pues aplícate el cuento. Porque las cinco claves del autocuidado son comer sano, hacer ejercicio, dormir un mínimo de siete horas, descansar y hacer algo que te guste. Yo añado meditar, de eso hablamos más adelante. Móntate un plato bonito, como si estuvieras en un restaurante, trátate como la reina que eres en cada comida del día.
    • A estas alturas supongo que ya tienes un espacio destinado al curro. Ponle unas florecitas, una vela que huele bien, escoge tu taza favorita para ir bebiendo (hidrátate, por el amor de Dios). Que mires tu mesa y digas Joder, qué bonito. Así da gusto.
  • Para pasar de la mala a la buena gestión de tu tiempo:
    • Crea rutinas: me levanto, hago ejercicio, me ducho, desayuno bonito y a tal hora me siento a trabajar (o cómo a ti te vaya mejor según cómo funciones). Nada de poner lavadoras o limpiar los cristales en medio de la jornada: reservo un tiempo al día para hacerlo, el que mejor me vaya teniendo en cuenta cuál es mi hora de mayor productividad laboral. Ten en cuenta que la buena gestión de tu tiempo es la buena gestión de tu vida y que para conseguirla, has de tomar decisiones y llevarlas a cabo.
    • Destierra el teléfono mientras trabajas, a un armario. Tenerlo sobre la mesa disminuye tu productividad aunque no lo cojas.
    • Programa todo lo programable: correos, publicaciones en redes, etc.
    • Apunta todo lo que tienes pendiente para liberar espacio mental.
    • Una cosa a la vez: no a la multitarea.
    • Usa herramientas que midan el tiempo que te lleva cada tarea para poder agendar siendo realista y para saber en qué se te va el tiempo. Yo uso Toggl.
  • Para pasar del estrés a la calma: 
    • Con la buena gestión del tiempo ganarás mucha,
    • Medita cada día, o practica yoga o mindfulness. Hay que darle un descanso al mono loco que tenemos por cerebro, es salud, es autoamor y es felicidad.
    • Relativiza, ¿este problema te parecerá igual de grave en un mes?
    • Camina cada día. Menear el cuerpo es liberar la mente.
  • De la sensación de soledad a la socialización: según las circunstancias de cada uno, si tienes hijos o no, ayuda en casa o no, pareja que es un 50% o no (de esto ya hablaremos en otro post) quizás puedas quedar para tomar café cada día con amigas que estén en la misma situación y vivan cerca, o bajar a trabajar un rato a la cafetería de debajo de tu casa, o agendar llamadas diarias con gente a la que no ves desde hace tiempo porque la mierda marciana no nos deja movernos. Saber que habrá un rato de charla al final del día, un gustazo, un algo bonito cambia la percepción de toda la jornada.

Contaros que para mí fue crucial, cuando decidí emprender, el encontrar un espacio de coworking donde estar en contacto con gente en mi misma situación. Quién sabe si las empresas, de aquí en adelante, optarán por descentralizar y dar la opción a sus empleados de trabajar cerca de su casa, destinando una parte de su presupuesto al alquiler de espacios de este tipo. Matas varios pájaros de un tiro. Ahí lo dejo. De nada.

  • Del no desconectar del trabajo a saber cuándo y cómo hacerlo:
    • Sé obediente a tu agenda y a eliminar los ladrones de tiempo.
    • Comunica cuál es tu horario a las personas que normalmente no lo respetan.
    • Agenda el ocio y coloca en tu agenda alguna actividad al final de tu jornada que te obligue a apagar el ordenador (tu hora de caminar, tu visita al gimnasio, ese café con las amigas, etc.)
    • Si eres de las que no puede evitar mirar el correo en el móvil y esto se convierte en un peso más que en una ventaja, desinstala la aplicación. Así, radicala perdida.
    • Cuando sientas el impulso de seguir trabajando llegada la hora marcada para el final de la jornada, respira y piensa cómo te sentirás si sigues y cómo te sentirás si te obedeces y te dedicas tiempo a ti, reina mora. Descansar te convierte en alguien más productiva y más feliz.

Y esto es todo de momento, amigas. Ojalá nos sirva.

     

Como si no hubiera un mañana.

Me preocupa, a veces diría que me obsesiona, el paso del tiempo. Ni entiendo ni acepto ese concepto tan confuso del hacerse mayor, ni gestiono demasiado bien el equilibrio entre aprovechar el tiempo y vivir relajada. Todavía no he encontrado la manera de compatibilizar mis prisas por avanzar con mi necesidad de descansar. Todo lo que tengo es tiempo, pero no sé cuánto, y eso limita mis posibilidades de control y me pone nerviosa. En estas ando cuando llega a mis manos “Filosofía ante el desánimo”, de José Carlos Ruiz, un autor que me gusta porque me provoca ganas de escribir y porque me obliga a debatir conmigo misma. De eso, entre otras cosas, trata la filosofía, supongo.

El caso es que hoy he llegado a la parte en la que habla de mi querido amigo. Nos cuenta cómo, en la antigua Grecia, había tres dioses que representaban el tiempo: Cronos, que marca nuestro tiempo de vida; Aión, que simboliza el tiempo que dedicamos a lo que tiene sentido para nosotros, y Kairós, como estandarte del momento adecuado, de la suerte. Cuánto ayuda poseer una clasificación de lo borroso para trenzar lo que se enreda en la cabeza de una.

Perseguimos aprovechar todas las oportunidades posibles mientras desarrollamos nuestro propósito en nuestra particular e incierta cuenta atrás: de eso va la existencia (o debería). Parece simple, pero no es fácil, porque no lo es la conexión con esto que somos; lograr y mantener la cuadratura del círculo; encajar nuestro puzle interno, con tantas piezas y tan diferentes. Los obstáculos aparecen en forma de pereza, de decisiones basadas en decisiones de otros, de una tozudez estúpida que pretende derribar muros ajenos.

Y mientras tanto, Cronos pirándose sin solución, Aión de vacaciones y Kairós desesperado ante nuestra inutilidad.

Para los que le restan importancia a la fusión con uno mismo, el no disfrute es una constante de lo más llevadera, pero para los que conocemos el ensamblaje perfecto; qué se siente cuando estás dónde, con y cómo deseas, a qué huele y a qué sabe la plenitud lo opuesto es un pellizco asquerosamente doloroso. Te despides de cada hora lamentando que no haya valido la pena y te devanas los sesos para resolver la ecuación: no sé qué he de hacer para desembrollarme, cómo tirar del extremo de un hilo que no conozco.

Hay obstáculos conocidos por todos: un trabajo que me aburre, una pareja que ya no es lo que fue, la ausencia de aficiones. Pero a veces es un lugar, aparentemente sin razón alguna, el que nos roba la inspiración. Idealizamos un pueblo en la costa o en la montaña sin preguntarnos si estamos dispuestos a pagar el precio por el silencio y las vistas al mar. Vida social y cultural limitada, pocas novedades, misma gente y mismas conversaciones por lo siglos de los siglos. Para algunos, esa línea recta es el paraíso; para otros, una losa invisible que no logran identificar. Me pesa la vida y no sé por qué.

Cuando se asoman a la civilización, despiertan, brillan, tintinean. Les gusta, pero tampoco vislumbran la razón y se dicen a sí mismos que son raros, que si el paraíso es para unos debe serlo para todos, ignorando su individualidad y qué lo importante es saber qué es lo importante, ya sea respirar aire puro o ir al teatro cada semana, levantarte entre árboles o descubrir una cafetería a la semana. Desmenuzar de qué está hecha nuestra particular chispa de la vida es el primer paso para honrar el regalo que Cronos, Aión y Kairós nos han hecho; validar nuestras singularidades, el segundo; el tercero, aprender a disfrutarlas como si no hubiera un mañana, porque no sabemos si lo habrá, aunque nos gustaría.

 

Lo importante de la vida (2ª parte)

El primer día de primavera en el que abres las ventanas del balcón y así se quedan hasta la noche, porque no hace ni frío ni calor. El primer baño del verano, cada año. La primera vez que visitas Nueva York y luego todas las veces que la redescubres. El día en el que sabes que has aprobado la selectividad. El primer día en la universidad. El último, con la incertidumbre aplastándote el lomo, el orgullo, la nostalgia que sabes que vendrá. El primer viaje a Londres con tu amiga, las noches interminables, el té con leche que te acompañará lo que te queda de vida, porque te gusta y porque te recuerda a las risas frente al Big Ben. El primer beso, en un portal junto a la pajarería de tu pueblo, vestida con el uniforme, nerviosa perdida.

Estrenar agenda. Sentir el olor del jazmín paseando por tu isla sin saber muy bien de dónde viene, buscarlo, coger una florecita blanca y pegártela a la nariz el resto del día. El olor del pelo de tus hijos recién salidos de la ducha, cogerles de la mano, despertarles metiéndote en su cama haciendo cucharita. Los picnics en El Retiro, con tus amigos y tus niños, descalzarte y sentir el solete de marzo en la piel.

Comprarte unas sillas de terciopelo color mostaza que no pueden ser más bonitas. Respirar en paz. El primer día sin abrigo. El primer día con abrigo. Ver vídeos de gente que dibuja muy bien, que baila muy bien, que canta muy bien. Leer a Laura Riñón (y que te abrace desde su metro ochenta), escuchar “A la Folie” de Juliette Armanet, caminar por la calle Fuencarral mientras el mundo se pone en marcha. Descubrir restaurantes nuevos, buenos, bonitos, tranquilos. Comer un helado de coco. Bailar en casa con la esperanza de que pronto será en una pista de baile; en la de un karaoke, por pedir que no quede.

Las hojas nuevas de tus plantas, que increíblemente sobreviven a tu torpeza. La gente que huele a limpio. Las pinturas de Madrazo. Ver amanecer, agradecer que es un día más, también un día menos: habrá que aprovecharlo. Tener, por fin, algunas cosas claras: que esto va de hacerse preguntas todo el rato, que la felicidad está hecha de relaciones sanas y divertidas, que nadie te va a dar más de lo que crees merecer. Los desayunos bonitos, las libretas bonitas, la gente bonita.

La gente con buena letra, como mi socia, porque verlos escribir da paz y gustirrinín. Vivir donde quieres vivir, ser quien quieres ser. Hacer más listas con los “quiero” que con los “tengo que”. Eliminar de tu vocabulario la palabra “controlar”. Descubrir calles nuevas en tu ciudad. Que una amiga muy amiga se mude a tu ciudad. Que tu ciudad sea una alegre, con mucha oferta cultural, con cafeterías monísimas y que chorree belleza.

Buscar la belleza en cada gesto. Entender su importancia. Darte cuenta de que la infelicidad de algunos momentos la provocó la falta de belleza: en la gente que te rodeaba, en la casa donde vivías, en las gafas con las que veías el mundo. Jurarte que eso no se repetirá porque no se puede desaprender lo que una ya sabe.

Saberte.

Silencio, por favor.

Son exactamente las ocho y dieciocho de un sábado de marzo, estoy en mi casa y hoy he decidido descansar. Cada uno debería tener muy claro lo que es descansar. Para mí, se reduce a leer, ver la tele, ducharme o mirar al techo. No es quedar con amigos, no es hablar por teléfono, no es esto que estoy haciendo: escribir. O sea, no estoy siendo fiel a mi propósito, pero es que la ocasión bien lo vale. No pasa a menudo que las musas lleguen a ti y te lancen sobre el teclado, así que vamos a aprovecharlo.

La inspiración, en este caso, ha llegado a mí por dos razones principales: la primera es mi amor al silencio. Lo adoro por encima de todas las cosas. Recuerdo los grandes silencios de mi vida: los que se dan en lo alto de una montaña nevada cuando no hay nadie más que tú; el silencio del confinamiento, tan profundo y tan compartido; el de las madrugadas insomnes. Los atesoro porque son escasos y no solamente porque tengo dos hijos, y la maternidad no es compatible con nada que tenga que ver con la paz, al menos en mi caso, sino porque vivimos en un país ruidoso de cojones. Esa es la segunda razón. Lo vemos en los restaurantes, donde la gente gritona se encuentra en lugares sin ningún tipo de preparación acústica. Señores, por favor, unos paneles absorbentes, que esto es insoportable. Y un poquito de bajar la voz, que me importa un huevo tu historia. También sufrimos, cada vez más, que los propietarios de locales de restauración quieran, en realidad, ser dueños de discotecas. Como el tema de las licencias está jodido, se dedican a reventarnos los tímpanos mientras engullimos un filete. No he venido aquí a bailar, sino a comer y charlar con mis amigos.

Pero las musas no han llegado en un restaurante ruidoso, sino en mi sillón orejero, bien temprano, un sábado como os decía. A estas horas ya estoy escuchando un piii piii piii de algún vehículo en la calle. De esos que, al dar marcha atrás, avisan de que te apartes. El detalle es que no hay ni Perry a quien atropellar, porque todos están, o durmiendo, o intentándolo. Hace una hora, es decir, a las siete y pico, el camión que descarga la fruta de la tienda de debajo de mi casa ha llegado sin dejar lugar a dudas. Me niego a creer que, décadas después de llegar a la luna, no se puedan fabricar vehículos que no anuncien su llegada a dos manzanas vista. Todavía no ha llegado, pero sé que en menos de treinta minutos, allá por las nueve de la mañana, hará aparición el camión del vidrio, ese que vacía en su interior un contenedor completo, de nuevo despertando a los pocos que no han oído todos los festivales anteriores. De nuevo reventándonos los chakras a los que hoy ansiamos el relax.

Luego tenemos a los vecinos. Yo tengo la suerte de que los míos sean gente civilizada y de que mi edificio, por antiguo, tenga unos forjados a prueba de todo tipo de bestialidades. No se oye nada. De los míos, claro, porque la gente del edificio contiguo no es tan civilizada. Ellos tienden la ropa en un sistema de poleas, todas oxidadas, todas chirriantes. Lo de poner tres en uno no les entra en la cabeza, por muchas veces que nos hayamos quejado. En más de una ocasión me encontré a la cabrona de la tendedora moviendo la cuerda de lado a lado sin tender, para jodernos. Sí, increíblemente hay personas de esa calaña. Lo puede hacer a las doce de la noche o a las seis de la mañana, según le plazca. En ese edificio hay, creo, algún saltador de altura, a juzgar por las hostias que le calzan a su suelo, de ahí el ruido a mi pared. Y el retumbe, claro, que de la vibración te despierta.

En mi lugar de vacaciones tengo unos vecinos que decidieron montar una selva dentro del apartamento, con sus papagayos y sus cosas selváticas. Imposible escuchar la tele, imposible desayunar en la terraza. Imposible vivir, resumiendo.

Qué tiquismiquis, podrá pensar alguna de las lectoras, todo el mundo vive entre ruido y nadie se queja. Totalmente de acuerdo, porque aquí, aparte de ruidosos, somos unos resignados. No rechistamos así reventemos, pero es que los avances llegan a menudo de la reclamación. Y si no, que nos lo digan a todos los que hemos rellenado hojitas sobre el hecho de ser ahumados durante años por los fumadores. Señoras, que hace no tanto se fumaba en aviones, en todos los restaurantes, en todas partes. Así seguiríamos si no hubiéramos reclamado nuestros derechos. El caso es que tenemos derecho a quejarnos cuando nos molestan. Y mientras escribo esta última línea, suena el camión del vidrio, ocho cuarenta y tres de la mañana de un sábado, tócate las pelotas.

El silencio, para quien no lo sepa, regenera nuestras neuronas, favorece la memoria y la concentración, nos reconstruye, disminuye nuestro nivel de estrés. Michel Le Van Quyen ha publicado un libro llamado “Cerebro y silencio” y afirma que El ruido auditivo tiene un efecto nefasto sobre el sistema inmunológico y el sistema cardiovascular. Lo del placer de disfrutar de ese silencio tan absoluto que se escucha no lo cuentan, pero ya lo digo yo. Ahora solo me queda conseguirlo.

Yo quiero bailar toda la noche.

Hace años que no salgo por la noche. Yo, la que cerraba todos los locales habidos y por haber, Afters incluidos. La que volvía a casa con las medias por los tobillos porque se cargaba la suela de tanto bailar. Dos hijos son muchos hijos en lo que a cansancio se refiere. Despertarse una hora antes que ellos para olisquear el oasis de paz y silencio valía más que cualquier copeteo.

Ellos crecieron y, hace justo un año, con ocasión de mi cumpleaños, declaré formalmente que aquí la Aguirre volvía a salir por las noches; no cada semana, pero seguro cada mes. Los niños son mayores, se levantan tarde, vuelvo a la vida. Al baile, al karaoke, a callejear las madrugadas malasañeras como yo sé hacerlo.

Pero se me jodió el plan. Y ahora que se acerca mi cumple otra vez, me encuentro contándome mentirijillas piadosas: a mí el toque de queda me la trae floja porque yo a las diez estoy en la cama. Y es cierto. Ya que no puedo desgañitarme en un karaoke, prefiero ver amanecer a dejarme los ojos en Netflix hasta las tres de la mañana. Creo. Porque ahora que lo leo no me parece tan mal plan. El caso es que lo que me escuece no es no poder salir por la noche, que también, lo que me jode soberanamente es que no haya nadie que lo haga por mí. Nadie maquillándose emocionada a las nueve de la noche mientras escucha el musicón que bailará más tarde, escogiendo modelito.

Nadie llegando a un garito superruidoso a las dos de la mañana. Nadie morreándose con desconocidos simpatiquísimos. Nadie volviéndose loca porque en la discoteca ponen su canción favorita por cuarta vez esa noche. Nadie volviendo a casa con los zapatos en la mano y el rímel por la barbilla, como yo solía hacer. O contándole historietas al taxista, que escucha descojonado vivo. Nadie.

No hay posibilidad de vivirlo y eso es peor que no vivirlo. La fatiga pandémica está hecha de incertidumbre, cansancio y falta de pistas de baile, sean propias o ajenas. Estamos tristes también por solidaridad con todas aquellas que, en esta noche de sábado, lo darían todo en la barra del bar, por ellas y por todas las hermanas que hoy no saldrían, pero que comparten ese amor por la nocturnidad y el despiporre.

Decía Javier Aznar en un artículo que llevamos demasiado tiempo sin ver a nadie venirse arriba en una pista. Tal cual. Podemos bailar en casa, y lo hacemos, pero somos animalitos gregarios, nos contagiamos también de lo bueno. De la alegría, del griterío, de la verbena.

Yo quiero bailar toda la noche, como decían Sonia y Selena. Quiero recorrer diez bares en una noche, porque me encanta peregrinar por Malasaña. Y lo haré. Y lo haremos. Deseo muy fuerte que no se nos olvide que hubo un tiempo en el que un bicho rarísimo decidió por nosotras y nos dejó en casa, sin taconeo, sin música altísima, sin abrazos porque sí. Sin las mejores risas que son las que te echas mientras desayunas una hamburguesa a las siete de la mañana justo antes de acostarte, con el pelo revuelto y una sombra extraña en lugar del maquillaje que había siete horas antes.

Tengo muchísima curiosidad por saber cómo será ese primer momento en el que podamos volar, literal y figuradamente. Viajar, organizar comidas con treinta personas, arrearnos dos besos a cada minuto, salir como si no hubiera un mañana ¿Lo haremos? ¿Nos habremos desacostumbrado al fiestón o lo perfeccionaremos hasta límites insospechados? Yo, que siento que mi bestia está adormilada, pero no muerta, voto por lo segundo. Si os pasa lo mismo, nos vemos por Malasaña.