La belleza como asignatura

La belleza como asignatura

Cada año, con la inminente vuelta al cole, las mariposas estomacales me visitan. Son mis hijos los que estrenarán lápices, pero yo no puedo evitar, ni quiero, recordar los nervios previos al inicio de mi colegio de la Costa Brava. Fui muy feliz allí: me encantaba pasar todo el día con mis amigas, se me daban bien los estudios y, de alguna manera, era consciente de que aquel paraíso un día terminaría. Cómo me gustaría trasladarles a mis retoños la importancia de lo que están viviendo. Y no me refiero al contenido académico, sino a la cantidad de vida que encierran esos muros.

Exprimidla, chavales, porque es maravillosa y es bella, aunque ahora no lo sepáis. De un tiempo a esta parte, filosofo mucho sobre la belleza, probablemente porque en la cuarentena, como tantos, sentí la necesidad imperiosa de rodearme de ella: una tetera, lechera a juego, las flores que llegaban por mensajería, pijamas nuevos. Ropa cómoda, pero con rollo. Bien de cremas en piel y pelo. Perfume para mí y velas para la casa. Cuando pudimos salir, paseé hasta el Templo de Debod y fui a ver el Ayuntamiento; pedí hora en la peluquería, en el salón de belleza; me acerqué a desayunar en esa cafetería donde te sirven el té en unas tazas preciosas a juego con los platos, todos diferentes.

Que la belleza no es un lujo, sino una necesidad humana lo he tenido que aprender de mayor, gracias a un encierro horroroso. Ojalá me lo hubieran enseñado mis monjas de Lloret de Mar. Ojalá se lo contaran en el cole a mis hijos, para reforzar mis charlas de madre pesada. La belleza lo es todo, porque la cultura es belleza y la ignorancia no lo es. Y en la distinción entre lo uno y lo otro se encuentra el secreto de la vida y de la felicidad.

Buscar la belleza en la vida cotidiana nos cura de la dejadez y la degradación. Nos ilusiona, nos llena el espíritu, y de todos es sabido que la plenitud es enemiga de la mediocridad. Lo feo es molesto y enervante; nos llama la atención, pero para mal. Los actos bellos originan consecuencias positivas y ya sabemos cómo funciona lo opuesto. No son bonitos la crítica, el cotilleo, la humillación, la violencia, el insulto, la mala educación, los gritos, la suciedad, el caos. Sí, en cambio, la sabiduría, la discreción, la libertad, el respeto, la escucha, la empatía, la solidaridad y la compasión.

Que les enseñen a crear belleza, ya sea en un texto, sobre un lienzo, en una sonrisa, con un taco de plastilina, bailando, cantando, besando, riendo, cocinando. Que generen relaciones bellas. Digámosles a nuestros niños que, ante la duda, escojan lo más hermoso. Que hagan de su entorno un lugar en el que apetezca estar, ya sea su casa, o el mar, o un bosque. La limpieza y el orden son bellos y te aclaran las ideas. Si te rodeas de porquería, pensarás porquería y harás porquería. Y te sentirás porquería, claro. No falla. No hay demasiada distancia entre lo de fuera y lo de dentro. A veces, ninguna.

Que disfruten de la maravilla que es una puesta de sol, una banda sonora de Morricone, "La noche estrellada" de Van Gogh, un campo de girasoles, una cama bien hecha, el olor de las mimosas, las fotografías de Marilyn, el plumaje de un pavo real.

La belleza es remedio, es antídoto, es cuidado y es elegancia. Es convertirnos en lo que queremos ser, en algo que gusta y nos gusta. Es placer y es alegría.

Usemos la belleza como medida de las cosas, como termómetro para saber por donde sí y por donde no, como meta a la que llegar con cada uno de nuestros movimientos.

Todos deberíamos querer ser bellos. Observarnos con perspectiva y discernir si nos gustamos a más no poder. Si cada una de nuestras acciones convierte el mundo en un lugar mejor, más bello. Sabiéndolo nosotros les daremos ejemplo a ellos.

  Este artículo fue publicado originalmente en El Español, el 28/8/20
Devolvednos el verano

Devolvednos el verano

El verano empezó raro ya que un bicho nos robó la estación anterior, de hecho, anda acechando a ver si nos joroba también esta. Esperemos que no, o al menos no del todo. Porque junto a este calorazo que algunos tanto odiamos, reside la chispa y la magia de algo que se parece a la juventud, o que lo es. Bañarnos, sea en mar, río o piscina; caminar descalzos; vivir despeinados porque hay cosas más importantes que hacer, como dormir la siesta o beber gazpacho y horchata a todas horas; priorizar el terraceo con los amigos, como siempre, y como nunca, porque la incertidumbre, por bien que la gestionemos, nos mantiene alerta. Todo esto en el mejor de los casos. El peor mejor no mencionarlo.

Habrá quien no pueda irse de vacaciones por los manotazos de la debacle económica, quien haya estado teletrabajando durante los últimos seis meses, con los niños en casa y sin ningún tipo de ayuda. A ver qué les contamos a esos padres si en septiembre los colegios siguen cerrados, no como los campamentos de verano, que increíblemente comenzaron a las pocas semanas de que acabara un curso que casi no existió, y los bares de copas, que se han convertido en el mejor amigo del bicho y de su difusión.

A lo que íbamos, vaya verano más raro. Por fuera, porque la libertad cercenada va en contra del humano feliz. Porque probablemente pasarías, como siempre, el verano en el pueblo de tus padres, o en Santander, o en Tarifa, pero justo ahora te apetecía visitar las capitales nórdicas, o Alaska, o Japón. Porque el ligoteo se ha complicado hasta límites catastróficos: con la mascarilla no te ves las caras; sin ella la gente te da miedo; el contacto físico se ha enrarecido y con razón; lo de morrearse es delito y es peligro. Y un verano sin ligoteo no es un verano como Dios manda, para los solteros, al menos.

Por dentro, al menos a mí, la melancolía de los veranos pasados me anda pellizcando el esófago día sí y día también. Quiero volver a ese Nueva York que prometí no pisar más en agosto porque me ahoga el asfalto ardiendo, pero echo de menos mis horas escribiendo en Le Pain Quotidien de Broadway con la 21, con el Empire State contemplándome; mis noches con las amigas que viven allí, callejeando muertas de la risa, sin mascarilla, claro.

Extraño enormemente las cenas con los compañeros del colegio de mi pueblo de la Costa Brava, nuestras anécdotas, las risas, los códigos que uno solo comparte con quien conoce desde los cinco años. Espero el momento idóneo para ir a verlos, pero ese es el problema, que mi momento idóneo es el que a mí me dé la gana, no en el que sea menos probable que me contagie, o que me confinen, o que vete tú a saber, porque lo más raro puede pasar. Porque ya ha pasado.

Los que somos optimistas por naturaleza (o por educación, o por suerte) nos convencemos de que los veranos soñados, no solamente volverán, sino que mejorarán, porque todo se disfruta más cuando es momentáneo, y hemos aprendido que el disfrute sin límites puede serlo. Pero el optimista confía en su capacidad, en hacerlo mejor a la próxima, en que lo que depende de él va a salir bien y, si no es a la primera, será a la tercera. Ahora la incertidumbre nos joroba bastante el panorama, porque no sabemos quién conduce este tren; desde luego no es nadie humano. No hay nada que yo pueda hacer para asegurar mis veranos futuros porque el control lo tiene un bicharraco asqueroso.

Entonces miramos hacia los científicos; sí, esos a los que hemos ignorado hasta ahora, convencidos de que sus superpoderes (y no los presupuestos ridículos que se asignan a la ciencia en este país) obrarán el milagro y les suplicamos que nos saquen de ésta, que nos devuelvan nuestros veranos y nuestras primaveras; nuestras vidas. Me convenzo a mí misma de que lo harán, por mi optimismo y porque en ello están, día y noche. Cruzo los dedos y les rezo. A veces les entrevisto, esperanzada, anhelando las palabras mágicas: lo tenemos. De momento no ha podido ser. Esperemos que sea y que después, y desde ya, les valoremos como lo que son: nuestros salvadores.

Artículo publicado originalmente en El Español, el 7/8/20
Decisiones cuarentenas

Decisiones cuarentenas

Hace un par de días, les pregunté a mis seguidoras en Instagram qué decisiones habían tomado durante esta cuarentena, si el hecho de estar encerradas en casa había supuesto un antes y un después respecto a la inercia existencial en las que muchas veces nos vemos atrapadas.

Las respuestas fueron variadas, pero hubo tres que se repetían muchísimo: he decidido separarme (que levante la mano el que no conozca a alguien en esta situación), voy a convertirme en mi prioridad y dejaré (o he dejado ya) mi trabajo.

Nada que me sorprendiera, la verdad. Día tras día, recibo mensajes de personas que, atrapadas en su propia vida, no ven por dónde escapar. El encierro, a algunos, les ha asomado a un abismo al que no quieren caer. Esos son los afortunados. Otros llevan años lanzándose al vacío día tras día, convencidos de que esa es la única alternativa.

El miedo a lo desconocido nos deja ciegos, sordos y gilipollas respecto a nuestra propia infelicidad, pero hay otro factor que se lleva la palma en la parálisis vital: qué van a pensar de mí. Qué dirán si despierto del letargo y empiezo a caminar en dirección contraria a la que se supone que venía establecida de serie.

Sin darnos cuenta, nos inventamos conversaciones, reproches, decepciones. Decido que mi entorno sufrirá consecuencias catastróficas si practico el libre albedrío. Les haré mucho daño. Soy mala gente.

La ignorancia de que el límite de esto que somos se encuentra en esto que somos y de que no tenemos ningún poder real sobre las emociones del prójimo (aunque ellos intenten convencernos de que sí), nos transforma en marionetas de un ente indeterminado. El convencimiento de que ser los protagonistas de nuestra propia historia es un acto de egocentrismo y maldad nos diluye en aquellos a los que dedicamos horas y pensamientos.

Qué premiada está la entrega absoluta a la maternidad, al trabajo, a la pareja, al cuidado ajeno. Pero es que jamás deberíamos entregarnos a otros, abandonar nuestros deseos, nuestra alegría y nuestra esencia en manos de un entorno que se convierte en responsable de todo lo bueno y todo lo malo.

No tengo tiempo, no sé lo que quiero, no sé quién soy ni para qué he venido a este mundo. O sí lo sé: para ayudar, para hacer felices a los demás, para dar sin recibir. Aplausos, vítores. Y luego, el silencio abrumador. Nadie nos acompaña cuando el ruido desaparece y dentro tampoco encuentro nada porque he dejado mis trocitos desperdigados en las vidas de otros.

Y llega la cuarentena, tan surrealista e inesperada, y la rutina se convierte en un hostión de realidad insoportable. Qué alegría no aparecer en la oficina durante meses, qué insoportable estar junto a mi pareja durante meses, me he dedicado a saber quién soy y qué quiero durante meses.

Y catapúm: después de comerme el tarro durante mil noches, lo digo en alto y espero, resignado, las pedradas que solo llegarán si estoy dispuesto a recibirlas. Que llegan, mayoritariamente, de mi propia mano. Porque los prejuicios ajenos rebotan cuando eres libre de los propios, porque el qué dirán te ahoga en la medida en la que tú te sientes culpable. Y la culpa no sirve de nada, no es protectora como el miedo, o reconstructora como la tristeza. La culpa es una mierda.

No hay cambio sin esfuerzo. Cruzar los dedos de nada sirve si permaneces inmóvil esperando a que alguna fuerza divina solucione tu desastre por ti. Bienvenida sea la catarsis tras la debacle, el volantazo, el giro de guion, el mundo por montera, el Diego en lugar del digo, una y otra vez. Los sabios que rectifican y vuelven a rectificar, la equivocación. Probemos una vida y luego otra y otra más, para ver si nos quedamos con alguna, o con ninguna. Que sea de nuestra talla. Que no nos la presten, porque en algún momento, inevitablemente, tendremos que devolverla.

  Artículo publicado originalmente en El Español, el 3/7/20
Queremos más Punsets

Queremos más Punsets

Queremos más gente como ese señor tan amable que me encontraba por las mañanas paseando en Chamberí y al que, lamentablemente, nunca le expresé ni mi admiración ni mi agradecimiento. Necesitamos más gente como él, cuya presencia nos provoque una sonrisa y tanta ternura como interés.

Alguien que nos recuerde que de nada sirve que sepamos manejar tanto mecanismo externo si no tenemos ni idea de qué estamos hechos ni qué es lo que pasa por aquí dentro; que nos informe de que la felicidad es la ausencia de miedo, igual que la belleza es la ausencia de dolor. Seamos valientes, seamos bellos. Que nos cuente que esto va de vivir con intensidad los buenos momentos y no de tener el control absoluto, la seguridad absoluta, el poder absoluto. Que nuestros deben ser los remos con los que huyamos de la deriva, porque solo así seremos dueños y libres.

Queremos a alguien que nos brinde un GPS vacío de demagogias y repleto de ciencia, porque necesitamos verdades bonitas, pero verdades empíricas. No estamos para hostias.

Personas bonitas que se enfrenten al reto de encontrar los hilos que nos mueven para que seamos nosotros los que los controlemos, y no a la inversa. Personas apasionadas, inteligentes, humildes, curiosas, dispuestas a compartir sus conocimientos con el resto del mundo, porque lo que quieren es cambiarlo y la única manera de mejorarlo es mejorar a sus habitantes. Y la única manera de mejorar es escuchar y escucharse. Y rectificar. Desaprender para aprender.

Queremos más gente que afirme que todo lo que ha aprendido lo ha aprendido de la gente, de sus gestos, de sus temores, de sus máscaras. Que nos convenza de que es imprescindible encontrar lo que nos hace vibrar por dentro y conocerlo todo sobre ello, bucearlo a fondo, para así disfrutarnos, disfrutarlo y lanzarnos sin mesura sobre ello, ya sea un beso, un lienzo en blanco o una plantilla de Excel. A quién le importa.

Queremos que se predique con el ejemplo, con el sentido del humor, con las ansias de ver más allá de nuestras narices, con el cuestionar todo aquello que nos limite, con la creencia de que estamos hechos de sueños que no son sueños, sino objetivos. Gente que demuestre que el único obstáculo entre nosotros y la felicidad somos nosotros mismos, nuestra ignorancia, nuestra cabezonería y siglos de incultura emocional. Queremos que nos recuerden que necesitamos amor, pero amor del bueno, del que eleva, empuja y alimenta. Lo otro no es amor.

Queremos a alguien que nos muestre que lo de estar por encima de las chorradas de la vida, que son casi todas, no nos convierte en prepotentes, sino en realistas, en valientes, en sinceros, en flexibles. No nos tomemos demasiado en serio: ni somos tan importantes, ni tan nimios. Queremos que nos hablen de la intuición, que nos aseguren que esas corazonadas que nunca nos fallan no son brujería, sino experiencia y conocimiento. Dejemos que nos guíe, no le tengamos miedo. Hagámonos preguntas, sin importar cuál será la respuesta, ya aparecerá. Queremos personas optimistas, que nos hagan olvidar un pasado que no fue mejor, que es inútil. Que nos empujen la mirada hacia lo que está por venir. Que lo que está por venir sea por decisión propia.

Texto publicado originalmente en El Español (24/5/19)

La rapsodia de Freddie

La rapsodia de Freddie

Sí, confieso, en los últimos tres días no he hecho más que escuchar a Freddie Mercury en bucle. Todavía no he decidido si la película es buena o no, qué más da. La emoción y el amor por esa voz prodigiosa me nublan el entendimiento y la objetividad.

Me ganaron en la primera escena,  porque recuerdo perfectamente el Live Aid de Wembley y Filadelfia. Al ver «1985» sobre la pantalla, le pregunté a mi amigo Paulo, que ocupaba la butaca de al lado, «Tú en qué año naciste?». «En el 90», contestó.

Y, por primera vez que yo pueda recordar, me sentí inmensamente feliz por ser mayor que alguien. Le agradecí al universo haber nacido en el 73, el mismo año en el que se publicó el primer álbum de Queen. Era tan estimulante que solo hubiera dos canales de televisión mientras crecía, que en mi casa se escuchara la radio a todas horas, colocar con sumo cuidado la aguja sobre el vinilo…

Ese concierto fue lo que fue, entre otras cosas, porque no había un maremoto de posibilidades en las que diluir nuestra atención: los trending topic no eran diarios. Eran, como mínimo, mensuales. Mil quinientos espectadores, setenta y dos países: un momento que se grabó en el imaginario de varias generaciones. «Bueno, yo lo vi en diferido», se justificaba mi Paulo, tristón, sabiendo que Youtube no se parece, ni de lejos, a lo que yo viví, a mis doce, con la nariz pegada a una televisión que era de todo menos plana.

Agradezco que la película no se cebe en los aspectos más sórdidos de la vida de Mercury. Yo he venido al cine a soñar. El resto ya lo sabemos y poco importa. Qué manía con los dedos, las llagas y los lados oscuros. Lo único que me interesa de un cantante es su virtuosismo, su sensibilidad, su personalidad y su talento.

Tampoco me ha importado que las fechas bailen y que los datos no sean correctos. Queen nunca se separó, Freddie fue diagnosticado años después del concierto Live Aid. Pero es que yo no soy crítico de cine, gracias a Dios, soy una espectadora que, como tantos otros, se ha agarrado al recuerdo de esa música gloriosa y se ducha, cada mañana, al ritmo de Don’t stop me now.

Y es que, cuando lo de ser adulta se me atasca, su voz soberbia me eleva, me empuja, me evade. Quisiera volver al 85, pedirles a mis padres que me lleven a Wembley. Porque si yo llevo tres días turbada por la nostalgia, sacudida por Bohemian Rapsody, me gustaría saber qué sienten al verla los que estuvieron allí.

Dos horas frente a la pantalla te dan para caer en la cuenta de que ese talento es irrepetible, a los hechos me remito.Y la melancolía se mezcla con la satisfacción de disfrutar de la música tan intensamente. Porque el arte nos conecta con algo superior. No es lo que son los artistas, que también, es lo que somos nosotros frente a su arte.

Cuán improbables son las posibilidades de que aptitudes físicas y pasión irrefrenable se reúnan en la misma persona. Que, encima, supere todos los obstáculos y oposiciones varias a los oficios artísticos, ya es una proeza sobrehumana. Hay que ser muy valiente para saltarse tanto prejuicio y lanzarse al vacío de tu vocación. Del arte se puede vivir, de hecho, la vida es menos vida sin arte. Recordemos esto cuando veamos a nuestros hijos coger un pincel, escribir en su diario, cantar en su habitación. No dejemos que el mundo se pierda la oportunidad de ser mejor.

Todo se pega

Todo se pega

Ha empezado septiembre y yo sigo de vacaciones, soy una tía con suerte. Me levanto muy temprano cada mañana para ver el amanecer desde mi paseo por la playa. Me fascina ser testigo de cómo la vida se pone en marcha: los camareros limpiando los bares donde ofrecerán desayunos, los chicos morenísimos que colocan hamacas y sombrillas en un orden perfecto, el sol elevándose sobre nuestras cabezas a un ritmo demasiado veloz para mi gusto.

Donde la playa termina, comienzan las rocas y una montaña que me permite contemplar desde lo alto el mar en el que nací y la ciudad amurallada de Ibiza. Sigo caminando hasta un hotel muy blanco que tiene una piscina muy azul. Allí también la gente de mantenimiento lo prepara todo para los pocos turistas que han llegado en este verano coronavírico. Ahí termina normalmente mi paseo. Pero hace un par de mañanas decidí seguir a una mujer que caminaba muy dispuesta hacia el otro lado de mi montaña habitual. Esta sabe donde va y mucho le tiene que gustar para ir a las siete de la mañana.

Allí encontré un lugar que difícilmente puedo describir con palabras, porque ninguna puede dibujar semejante belleza, pero voy a intentarlo: el sol saliendo del mar, y el mar formando una playa inaccesible entre unos acantilados de formas tan variopintas como imposibles. Sentí incredulidad, por no saber que ese regalo estaba ahí, tan cerca, durante todos estos años mezclada con la felicidad de los niños pequeños, de los descubrimientos, de los nuevos lugares favoritos y secretos y mágicos. El premio a la curiosidad ante mis narices y mis ojos anonadados. La conexión entre todos los elementos de esto que soy provocada por sentirme parte de algo mucho más grande que yo.

Me senté sobre las rocas para empapar mis retinas con aquella maravilla y recordé la conversación que había tenido el día anterior con mi padre, que vive en la isla y es poco amigo de los teléfonos, con lo cual las charlas suelen ser en directo, qué bien. Me contaba de todos sus proyectos a una edad a la que la mayoría de la gente lleva más de diez años jubilada; me enseñaba fotos, emocionado. Le dije que no hiciera muchos planes, que no sabemos cuándo acabará esta mierda del bicho y él me contestó que eso que me mostraba le hacía ilusión, que él vivía por y para la ilusión, que solo hay una vida y que eso es lo único importante. Y se quedó tan ancho, como siempre. No pude, ni quise, rebatirle. Porque a mis cuarenta y siete me estaba diciendo en voz alta lo que me ha demostrado desde que nací. Y así me va, que lo mismo aplaudo con las orejas por el estreno de la última peli de Marvel, que me da por ser escritora a los cuarenta o viajo hasta México para escuchar a mi cantante favorito.

La ilusión, el considerar la vida como un regalo y un milagro, la valentía como timón para llevarnos al lugar deseado son conceptos que se aprenden experimentándolos desde la cuna. De nada sirve que les teoricemos a nuestros hijos si nunca son testigos de la práctica. Porque todo se pega, la hermosura también. Y el respeto, la educación, la solidaridad, la libertad, la autenticidad, la bondad, la generosidad. Y el odio, la envidia, los complejos, el pesimismo, el miedo. Y la autoestima, la esperanza, el optimismo, el positivismo, la seguridad, el orden mental.

Desde que descubrí mi nuevo lugar favorito, secreto y mágico he vuelto a él cada mañana, porque así él día tiene otro sabor y otro olor. Se lo he contado a mis amigos, lo he compartido en redes: contagiemos la belleza, siempre, pero ahora más.

En un par de días volveré a Madrid y, lejos de lamentarme, encontraré la ilusión en otros rincones y otros amaneceres. Porque de eso va la vida. La única. La de verdad.

Artículo publicado originalmente en El Español, el 4/9/20

La vuelta al cole

La vuelta al cole

Nunca quise ser mayor: llevar bolso en lugar de mochila, salir con chicos y tomar decisiones me parecía un coñazo supino. Me lo parecía porque lo es. Por eso, cada septiembre, se me encasquilla la melancolía: yo no quiero tener hijos que vayan al cole; yo quiero ir al cole.

Quiero pasarme dos meses y medio rebozándome en la arena, sin que me moleste el picor de la sal en la piel, sin que las manchas solares invadan mi jeta, sin preocuparme por si los postres engordan. Quiero llorar al despedirme de los colegas de mi Verano Azul particular y tener el absoluto convencimiento de que no superaré nunca esa tristeza devastadora. Y que se me pase nada más encontrarme con mi compi de pupitre.

Quiero volver a soñar, cada comienzo de curso, que se me olvidan todos los libros, que llego sin zapatos al cole, que la monja de turno me manda a casa porque llevo bañador en lugar de uniforme.

Quiero estrenar lápices, libretas y gomas de borrar con olor a fresa, y que esas piernecitas morenas, que contrastan con los calcetines blanco fluorescente, sean las mías. Que los zapatos novísimos estén en mis pies. Que mi cabeza la ocupen dos coletas perfectamente simétricas y gemelas que en tres horas no se parecerán en nada la una a la otra. Que las costras adornen mis rodillas durante años, sin pausa.

Quiero sentirme mayor al ocupar la clase de los mayores, comprobar que la mala leche de la de latín tampoco es para tanto. Quiero que «La Seño» requise los papelitos que circulan por la clase a modo de WhatsApp rústico.

Quiero fabricar “arena fina” rascando con mis manitas el suelo del patio, modelar pelotas de barro y meterlas en el congelador para desgracia de mi pobre madre. Quiero confeccionar pulseras de plástico compulsivamente. Qué habría sido de nosotras de existir móviles y demás pantallas. Qué será de esos niños cuyo ecosistema se reduce a un cuadradito de cristal.

Quiero irme de colonias a Torrebonica para cuidar conejos, y que una amiguita me termine la trenza porque yo no llego.

Quiero ignorar que hay vida más allá de esos muros grises que contienen mi maravilloso mundo de saltos a la comba, a la goma y a la rayuela. Voy a masticar papel y luego lanzar la bola informe para que se quede pegada al techo. Qué divertido, qué asqueroso. Ojalá Óscar reventara otra vez un Típex contra la pizarra tiñendo nuestras cabelleras de tinta blanca imborrable. Quiero volver a bailar la Lambada con veinte niñas por los pasillos y que Sor Gracia nos castigue. Quiero tirarme de culo por las escaleras desgastadas que daban al gimnasio mientras Sor Gonzaga grita mi apellido, desquiciada.

Quiero vivir en comuna perpetua con mis compis del cole, incluso con las que no soportaba, con las que no soporto. Porque sin ellas no sería lo mismo. Quiero que me guste un chico, o dos, o catorce. Y que no pase nada.

Quiero reservar la Súper Pop los jueves en la papelería de mi pueblo, para hojearla sentada en la puerta de mi colegio mientras espero con Luisa García a que pase en moto el chico que nos gusta. Uno de los catorce que nos gustan.

Quiero hacer los deberes rapidito para bajar a la calle con mis vecinos del tercero. Gritar sus nombres: Ireneeeee, Manueeeel, Beaaaa. Que se asome su madre por la ventana y me diga «Mari, guapa, ahora bajan», con esa sonrisa paciente que todavía me regala de vez en cuando. Y jugar sin mirar el reloj, porque los adultos se encargan de marcar las horas.

Quiero volver a escuchar aquel texto de mi profe de catalán en el que recordaba sus años de escuela mientras se le saltaba la lágrima a ella y a mí. Ella me doblaba la edad. Yo se la doblo a ella ahora.

Quiero que los años pasen lentos otra vez y sentir que esto nunca se acabará, porque es lo único que conozco. Y me gusta.

Quiero escribir con boli borrable, por si acaso. Que la vida sea borrable, por si acaso.

COLUMNA PUBLICADA EN EL ESPAÑOL (7/9/18)

Lo que no se ve, pero se nota.

En esta semana plagada de Oscar, con los Goya tan cerquita; contanto vestido, tanto diseño, tanto brillo, tanto maquillaje; tanta joya y tanto tratamiento de belleza torpedeándonos, me ha dado por pensar en todo eso que no se ve, pero que se nota.

Se notan la amargura y la maldad por más que intentes ocultarla. Porque por muy optimista y generoso que sea tu discurso, en algún momento se te escapará el veneno que llevas dentro. Se nota la bondad, un poco por lo mismo: porque a muchos se les sale por las orejas. Qué bien.

Se notan el agotamiento, el descanso, los buenos polvos y también los malos, que te dejan cara de haber chupado un limón y la piel verde aceituna. Se notan los tacones, por mucho que no salgan en la foto; son altitud y son actitud. Se notan los morros rojos, que también se ven por fuera, pero sobre todo se sienten por dentro.

Se nota el verdadero lujo, ese que no brilla, que solo se experimenta y es cómodo, tranquilo, cálido, sabroso, honesto. La verdad, el amor de verdad y la ilusión de verdad también se notan, porque impregnan lo que haces, lo que cuentas y cómo respiras. No hay trampa ni cartón, no hay fisuras; coherencia y consistencia hasta la última esquina. Por eso se notan la mentira, la apariencia y la desgana.

Se nota la alegría, la duradera, la que no depende de nada más que de estar sano y estar aquí; de ser parte de algo más grande que tú y de ser solo tú; de no querer ser otra cosa. El aprendizaje se nota porque supone un antes y un después: no repetir, no la misma piedra, no cabezazos contra muros pétreos. Se notan la paz, el descanso, la plenitud porque son suaves, esponjosos, huelen bien y saben mejor; quieres acercarte a ellos para que te mezan y te invadan.

Notamos a los que viven seguros de sí mismos porque caminan descalzos por la vida, ignorantes de críticas, ignorantes incluso de sus propios prejuicios. Libres a más no poder, concentrados en sus asuntos. Y se nota el curro bestial que hay tras cada actuación, cada libro, cada concierto de los buenos. De los que te dejan con la boca abierta y el corazón disparado.

Se nota la paciencia, la obcecación y la voluntad. Y la vagancia, la pereza y la falta de ganas. Qué aburrimiento. Se nota el aburrimiento porque se lo zampa todo: ocupa las miradas, los gestos y los cuerpos, tan aplastados.

Se notan, y mucho, los interesados; sí, el interés ese que rima con Andrés. Los huelo a la legua y no los soporto. Ellos, a su vez, notan a los que tienen dificultades a la hora de decir que no, por eso no se me acercan. No al aprovecharte de nada mío, no al gorroneo, no al morro. Punto. No.

La falta de interés también se nota, solo que a veces andamos ciegos y sordos, y con muchas ganas de que nos quiera el primero que pasa. Lo nota nuestra intuición y lo nota el silencio en nuestro teléfono. Lo nota también nuestra lavadora mental, pero no le hacemos ni puñetero caso.

Lo fácil y sincero también se nota: tiremos por ahí y nos irá mucho mejor, joder, que parecemos tontos. Se nota el abuso, tanto que hasta se ve, tanto que hasta se oye. Los gritos a otro, a mí me dejas en paz.

El autoamor brilla, ya sea por su presencia o por su ausencia. Es efervescente. Te eleva, te protege y te proyecta. Que se te note el autoamor, aunque sea solo hoy.

La importancia de lo nuevo

La importancia de lo nuevo

Siento la necesidad de escribir esta columna el último día del año. Me gusta que los textos duerman y recuperarlos al día siguiente, con otros ojos. En este caso será, además, el año siguiente. Qué curioso esto de los números y los meses y las vueltas que da la Tierra y la vida con ella.

He comenzado la mañana con una clase de yoga. Desde hace un tiempo, me esfuerzo en terminar y comenzar los años tal y como me gustaría que fueran todos los días, y a mí me encanta estirar, permanecer presente, caminar tranquila, aunque casi nunca lo consiga. Hoy sí, hoy he respirado a fondo, concentradísima, con la firme intención de que lo que no necesito se quede en el 2019 y así dejar espacio para todo lo que quiero en el 2020, que es mucho.

Al llegar a la oficina, más de lo mismo: trapo en una mano, bolsa de basura en la otra. Como una patena la he dejado. Me relaja lo limpio. Hasta el teclado sobre el que escribo reluce. Le he cambiado el agua a las flores y, de paso, he bebido mucha, para depurar al máximo. Hoy voy a comprarme un teléfono nuevo y ya veremos si le traspaso algo del anterior, tengo que pensármelo. Esta noche me frotaré bien con un exfoliante (adiós piel del 2019) y estrenaré vestido, tacones y perfume. Ay, la importancia de los olores. Quiero que mi 2020 huela a descaro, sorpresa y libertad. A nuevo.

No hay nada más excitante que lo desconocido: probar sabores diferentes, vestir como nunca lo hemos hecho, hacer nuevos amigos, besar a desconocidos. No hay nada más extraordinario que estrenar labios, que los besos nuevos cuando son besos buenos.

La mudanza de la piel externa es sencilla: frotar, tirar, ordenar, perfumar. Lo complicado es deshacerse de la casquería, estrenarnos una y otra vez, liberarnos de nosotros mismos, despeinarnos el alma, que ya está harta de tanto estirón, tanta laca y tanto moño incómodo. Lo difícil es abandonar la nostalgia que sentimos incluso de aquello que nos ha jodido la vida. Por favor, que el arrepentimiento sirva para algo y que ese algo consista en no volver a arrepentirnos de lo mismo; que la porquería del 2020, al menos, sea nueva.

A veces, levantarnos y comprobar que ya no somos quienes éramos ayer puede resultar un alivio. De nada sirve reformar lo de fuera si por dentro andamos ciegos y sordos.

Reconciliarnos con lo que nos ha construido y no dejar que eso mismo nos destruya. La destrucción, a veces, muchas veces, llega por no moverse. Por permanecer anclados a aquellos que no nos cuidan o no nos permiten cuidarnos, porque no sabemos que es nuestro derecho hacerlo. Probablemente, si lo tomáramos como una obligación, lo cumpliríamos, porque así somos, nos corroen los "tengo que". Ojalá en este año los sustituyéramos todos por millones de "Quiero". Ojalá queramos mucho y bien. Y nuevo. Esto, mujeres, va sobre todo por nosotras, que nos diluimos en las obligaciones para y por el prójimo hasta unos límites vomitivos. Revolucionémonos contra nuestra propia dictadura. Avancemos descalzas de pies y de sesera. Quedémonos en la queja lo justo y suficiente para escupirla y recuperar el brillo que nunca debimos perder.

Deberíamos inventar nuestra propia historia y que sea nueva cada mañana, con ingredientes frescos y originales. Tomar una silla prestada para percibir la realidad y quedárnosla si nos gusta. Mirarnos con otros ojos, un poquito más amables, pero también más exigentes: mueve el culo, que la vida es corta y ya estamos en el 2020.

  Texto publicado originalmente en El Español (3/2/20)
Campofrío: la verdad aunque duela.

Campofrío: la verdad aunque duela.

Llegan las Navidades y con ellas los anuncios tiernos, con mensaje, con pellizquito en la tripa. Si el año pasado Campofríonos hablaba del sentido del humor, en este nos da en los morros con una empresa que crea noticias falsas hechas a nuestra medida.

Miénteme, dime lo que quiero oír, dame la razón. Somos el matrimonio perfecto (aunque no te soporte), a nadie le gusta su trabajo (por mucho que vea a mi vecino disfrutar del suyo), debo entregarme en cuerpo y alma a los demás (y olvidarme de mi persona).

Qué línea separa la mentira de las creencias que llevamos incrustadas desde antes de nacer, pocos lo saben. A este cóctel tan usual y extraño se le suman las expectativas e, inevitablemente, la frustración ante su incumplimiento. Y es que cuando uno se centra en ser lo que los demás esperan, acaba viviendo la vida de otros. Las vidas de mentirijillas son una mierda porque no nos tienen en cuenta, básicamente.

Durante un tiempo, quizás la purpurina te deslumbre, pero el día en el que las luces se apagan te das cuenta, como dice el anuncio, de que lo falso te da la razón, pero nada más. Vacío salvaje y desasosiego.

Las peores mentiras son las que nos contamos a nosotros mismos. Nos convertimos en nuestros carceleros y en nuestros verdugos. Lo que un día se nos antojó como el mayor éxito hoy es ceniza. Me he pasado media vida escalando esta montaña porque el resto me aplaudía, porque necesito ese cacahuete que me proporciona la aprobación de los que están fueraque, a su vez, se zampan los que les tiran a ellos.

En ese supuesto ascenso nos vamos despojando de nuestras ilusiones para agarrarnos a la homogeneidad, al postureo y al qué dirán. Cada vez que la realidad se acerca, le giramos la cara, hasta que nos arrea un hostión que no podemos ignorar ¿De qué sirve vivir en la mentira?, preguntan los de Campofrío. Probablemente, durante un tiempo, sirva para algo, pero llegará un punto en que sea insostenible.

Todos, seamos conscientes o no, tenemos una lista de valores en la recámara que debería servirnos como GPS para nuestras acciones, una especie de línea de arcén, que suena cuando vamos a rebasarla. El ruido de alerta, en este caso, serían las ansiedades, las lumbalgias, la tristeza sin motivo aparente. El motivo es que te pasas por el forro lo realmente importante para ti, no disfrutas de las cosas de verdad que, para unos será tener un ramillete de amigos estupendos, para otros dedicar la vida a ayudar al prójimo y, para algún intrépido, buscar la felicidad a cada paso del camino.

No siempre es fácil reconocer esa verdad, entre otras cosas, porque no siempre estamos preparados para ello. Hay verdades que duelen, que te obligan a deshacer el camino recorrido, a comenzar otro muy distinto desde cero cuando ya pensabas que habías llegado a la cima. Al pisarla e ir a clavar la bandera te has dado cuenta de que ese nunca fue tu objetivo, pero les quisiste dar la razón a los que te convencieron de que sí. Creíste que deseabas ese puesto, esa pareja, esta casa enorme en el campo por mucho que te encantara tu estudio en Malasaña.

Menos mal que nunca es tarde si la dicha es buena, que el partido acaba cuando suena el pitido final, que siempre hay tiempo de abrir la caja de Pandora para dejar que lo importante te golpee donde tenga que golpearte y sanar las heridas a base de coherencia con los propios principios. Deberían enseñarnos en el colegio a diseñar nuestro día ideal, tan distinto para cada uno, haciendo constar cada mínimo detalle: cómo me vestiré para ir a trabajar, qué desayunaré, de quién voy a rodearme en mi día a día, me reiré mucho, no tendré coche, seré dueño de mi tiempo. Que mi premio no sea que me den la razón, sino tenerla.

  Texto publicado originalmente en El Español (20/12/19)

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Sol Aguirre · 43679559Y · Fernando VI, 11, 2ºC Madrid 28004 · 911 83 63 03 · Diseño tactic [studio]

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