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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

Es imposible cambiar

Si llevas tiempo por aquí a lo mejor te has quedado bizca al leer el título de estos #TresMinutos, porque va a en contra de todo lo que pienso, digo y hago. La frase no es mía, claro, la he copiado. Me explico. La semana pasada, una amiga me contó que se había encontrado a una chavala a la que conocía por la calle y esa chavala le dijo que la había visto en una foto de Instagram conmigo. Ah, sí, somos amigas, contestó mi churrita hermosa. A lo que la chica le respondió, Yo la sigo, pero bueno, lo que dice…. Yo no creo que una pueda cambiar, con la vida que yo tengo… ANDA, LA HOSTIA. Vaya por delante que cada una puede creer lo que le dé la gana. Todos mis respetos. Pero no deja de ser raro que, si crees que has venido al planeta a zamparte lo que las circunstancias manden, si estás convencida de que eres como eres y que eso es inmutable, si vives como si no tuvieras nada que decir en tu propia vida es raro que me sigas. Muy raro. Es como si un vegetariano siguiera una cuenta donde publicitan chuletones: vas a ver cosas que no te van a molar y te pierdes la oportunidad de consumir contenido que sí te sirva, con bien de tofu y de espinacas. En el caso que nos ocupa: vas a sentirte incómoda cuando yo hable de cómo modificar tus creencias, cómo planificar tu tiempo, cómo hacerte las preguntas correctas que te lleven a las decisiones correctas. Cómo estar más a gusto en tu vida. Porque estoy yendo de frente contra todo eso de lo que tú estás convencida, todo eso sobre lo que has construido tu identidad y tu existencia. No te va a molar, ya te lo digo. Y vas a pillarme una tirria tremenda. Que a mí me va a dar igual porque no me voy a enterar. Pero es que cogerle manía a alguien y escucharla todo el rato te agria el carácter; te arruga, seguro. Mejor te lo ahorras. Y no lo digo con segundas, de verdad. Es el consejo que le daría a cualquiera que pretende perder su tiempo con algo que no le va a aportar nada. Porque otra cosa sería que esa chavala sintiera que sí, que puede tomar el poder, que siempre se puede aprender a gestionar lo que venga, que hay mucho por aprender sobre una misma. Aunque no tenga ni idea de cómo hacerlo, si algo le dice que hay información que no conoce y tiene ganas de descubrirla: HOLA, ESTE ES TU SITIO. ¿Por qué te cuento todo esto, querida suscriptora? Porque esa conversación que me contó mi amiga me ha sugerido una pregunta mucho más profunda e interesante que la anécdota. ¿Para qué sigues a la gente que sigues? No hablo de mí. Hablo de cualquiera. ¿Para qué escuchas ese podcast? ¿Para qué ves esos vídeos? ¿Para qué lees esos libros? ¿Para qué pasas tiempo con determinadas personas? ¿Para qué enciendes la televisión? ¿Para qué entras cada día en esa cuenta de Instagram? Porque todo lo que consumimos deja una huella en nosotras, queramos o no. Hay contenidos que nos inspiran. Otros nos enseñan. Otros nos entretienen. Algunos nos invitan a cuestionarnos. Otros regalan claridad o nos dan perspectiva. Pero también hay algunos que solo alimentan nuestro enfado. O nuestro miedo. O nuestras certezas. O nuestra envidia. Qué importante es tener claro si lo que consumimos nos acerca a la vida que queremos y a la persona en la que nos queremos convertir o nos aleja de ella. Porque si cada vez que escuchas a alguien sientes rechazo, o rabia. Si piensas que está equivocado en todo, si cada mensaje te reafirma en que “eso a mí no me va a funcionar”, puede que la pregunta no sea si esa persona tiene razón o si la tengo yo. Yo creo que la pregunta es: ¿qué estoy buscando al exponerme una y otra vez a algo que no me aporta? ¿Sentirme superior? ¿Confirmar que el otro está equivocado? ¿Demostrarme que yo no puedo? ¿Evitar cuestionarme? ¿O, en el fondo, hay una parte de mí que quiere creer que existe otra manera de vivir, o de pensar, o de hacer, aunque todavía no esté preparada para aceptarla? Esta pregunta sirve para muchísimo más que para las redes sociales. Sirve para revisar las conversaciones que mantenemos, las relaciones que tenemos, y hasta la forma en la que nos hablamos a nosotras mismas. Porque todo eso moldea nuestros pensamientos y la persona que somos. Porque no solo somos el resultado de la suma de las cinco personas con las que más tiempo pasamos. También nos parecemos a las ideas que más escuchamos. A las historias que más repetimos. Nuestro tiempo es limitado. Nuestra atención también. Y ambas son, por su escasez, los recursos más valiosos que tenemos. Yo quiero regalar mi tiempo y mi atención a ideas y personas que me hagan crecer, que me reten, que me inspiren, que amplíen mi manera de mirar el mundo. Y con tal de hacerlo, he de cribar, decir y decirme que no. Asegurarme de que soy yo la que lleva el timón y no el algoritmo. Generar un criterio que ayude a ser coherente. P.D.: si este artículo te ha gustado y quieres compartirlo en tu Instragram, porfa, pon el enlace, le haces un favor a quién lo quiera leer y, de paso, a mí. Gracias por adelantado. P.D2.: si eres de las que creen que claro que se puede cambiar, aprender, avanzar hacia la vida que queremos, te cuento que una de las herramientas que más me ha ayudado a vivir en calma la mayoría del tiempo es saberme dueña de mi tiempo. No ha sido fácil aprender a planificar correctamente, y como yo estoy aquí para compartir lo que me sirve, he creado un cuaderno con 5 ejercicios para que dejes de resbalar por tus horas y tomar el control Si acabas el día agotada, con la sensación de no haber parado ni un minuto y aun así piensas que lo importante sigue esperando este cuaderno es para ti. Puedes descargarlo aquí. Diez minutos al día, durante 5 días en los que trabajarás lo siguiente:
DÍA 1
Descubre por dónde se está escapando realmente tu tiempo
DÍA 2
Aprenderás a diferenciar las cosas que haces porque realmente quieres de las que haces por culpa, miedo a decepcionar o simplemente porque llevas tantos años haciéndolas que nunca te has planteado si siguen teniendo sentido.
DÍA 3
Aprenderás a diferenciar entre la realidad de lo que pasa si empiezas a hacer las cosas de otra manera y las historias que tu mente lleva años contándote.
DÍA 4
Entenderás por qué hace tanto tiempo que sientes que tu vida siempre empieza cuando terminas de encargarte de la de los demás. Y descubrirás por qué cuidarte no es egoísmo. Es responsabilidad.
DÍA 5
Decide cómo quieres vivir No terminarás este cuaderno con una lista de tareas. Terminarás tomando una decisión. Una sola. La que puede empezar a cambiar la forma en la que usas tu tiempo y, sobre todo, la forma en la que te relacionas contigo misma.

Hasta la seta de la gente envidiosa

Me he encendido, amigas, me he encendido. Llevo días con la mosca detrás de la oreja con el tema de los envidiosos criticones y hoy ha llegado la gota que ha colmado el vaso. Estaba yo tan cabreada que iba a hacer un directo hoy mismo, pero me conozco y con una cámara delante la puedo liar muy parda. No es que ante el teclado vaya a reprimirme, pero la verdad es que teclear me regala algo de tiempo para pensar, no para suavizar, sino para no dejarme nada en el tintero. La gota de la que hablaba ha sido una publicación de Instagram en la que Elsa Pataky decía algo tan ofensivo y peligroso como que la mejor medicina antiedad era el ejercicio de fuerza (o algo parecido). A priori, hables con quien hables, te dirá lo mismo si sabe algo de salud. Es más, este mismo comentario lo podemos escuchar de boca de miles de personas sin que nadie les ataque. Pero, AY, cuando la que lo dice está buenísima, se supone que gana un pastizal, tiene un marido que se parte de lo bueno que está, tiene unos niños monísimos y parece que está contenta con su vida. AY. Bajo el precioso jeto de la Pataky, en esa publicación de Instagram, aparecían unos comentarios de los que no daba yo crédito (o sí, porque una ya ha visto mucha de esa mierda, lamentablemente). No hice pantallazo, porque no quiero que, ni mi móvil ni mi cerebro, tengan que soportar semejante muestra de mediocridad, maldad y envidia (que vienen todas juntas casi siempre, o son lo mismo, o yo qué sé), pero lo que se repetía era que tenía pasta (como si la hubiera robado o ganado a base de matar gente o traficar con órganos), cosas relacionadas con su marido que tampoco entendía, y luego un montón de porquerías más que pa qué mencionarlas. Como las que leéis esto sois gente normal, no hace falta que aclare que 1) El ejercicio de fuerza es bueno para nosotras 2) Por muchas cifras que haya en tu cuenta bancaria, si no haces ejercicio, no tienes ese cuerpo fuerte y divino. Es más, hay gente riquísima que no se cuida NADA 3) Tener un marido cachas no te contagia sus músculos No hace falta, pero yo lo digo, por si se nos olvida. Lo que quizás hace falta es resumir lo que pasa, bajo el jeto precioso de la Pataky, en las redes y en la vida en general: HAY GENTE ENVIDIOSA Y CABRONA. La ha habido siempre, pero es que ahora tienen teléfono y redes sociales, algo que les deberían prohibir. A MÍ LA GENTE ENVIDIOSA Y CABRONA ME LA TRAE AL PAIRO. Con mayúsculas, para que quede MUY claro. Pero eso no le pasa a todo el mundo y hay personas a las que esa gente envidiosa y cabrona les hacen mucho daño, ya sea en el trabajo, en la familia, en las redes sociales. La gente envidiosa y cabrona es PELIGROSA. Por eso estoy escribiendo esto, por si puedo ayudar a crear una vacuna contra la gente envidiosa y cabrona. Para que nos resbalen a todas. Para que ninguna haga algo o deje de hacerlo por miedo a la gente envidiosa y cabrona. Para que nadie se sienta mal por su culpa. Para que ninguna deje de brillar por miedo a la gente envidiosa y cabrona. Para que, de tanto comprobar que sus comentarios son inocuos, dejen de hacerlos o los hagan frente a una pared de su casa. Y ya de paso, que no salgan de ahí. Y que les quiten el móvil, por favor. Te voy a contar algunos principios que yo aplico para lograr este pasotismo y he de admitir que viene un poco de fábrica, porque tengo una familia que no ha hecho caso JAMÁS a las críticas ajenas y eso se pega, claro. Pero alguna vez me ha pellizcado alguna crítica, porque todas tenemos momentos jodidos en la vida, así que: No acepto críticas de quien no aceptaría consejos (esto no es mío, no sé donde lo escuché, pero ya lo hacía). No escucho la opinión de alguien a quien no admiro y la gente envidiosa y cabrona no es admirable, sino despreciable. La gente envidiosa y cabrona critica a gente que consigue cosas que ellos jamás han conseguido y que difícilmente conseguirán si se pasan el día mirando fuera a ver a quién le pueden lanzar sus dardos, en lugar de estar ocupándose de su vida. Yo me alegro de lo bueno que le pasa a gente a la que ni conozco y solo me rodeo de gente que sienta lo mismo. Que Taylor Swift lo peta en su gira: me alegro. Que la Pataky tiene un marido que está buenísimo y es simpátiquísimo: me alegro. Ya ni te cuento si los beneficiados son amigos míos, entonces toco las castañuelas y bailo el cha-cha-cha (el de Bruno Mars, claro) Me alegro, por supuesto, de que a la gente le pase lo que a mí me gustaría que me pasara. Como a mí me encantaría tener un pastizal para disfrutarlo a lo loco, me alegro de que otros lo tengan. Y no, no me ofende que hayan heredado, que lo ganen por su cara bonita o que, cada mañana se encuentren con tres mil euros bajo la almohada. Bravo por ellos. Si no lo roban o hacen daño para conseguirlo, GLORIA BENDITA. Como a mí me fascinaría tener una casa con cine y una piscina infinity y una librería grandiosa, me alegro mucho por los dueños de las casas que salen en el canal de Youtube de AD. Como mi sueño es viajar en jet privado, me da un gustito tremendo ver a gente que lo hace. Es más, me inspiran, porque siempre me pregunto qué puedo hacer para acercarme un poco más a eso que me mola en los demás. Me parece una manera mucho más frutífera y chula de pasar el tiempo que andar criticando y soltando asquerosidades por mi boca. Llámame loca. Si todos nos alegráramos y nos inspiráramos por los logros y los disfrutes ajenos el mundo sería bastante más bonito. Ya basta con los comentarios menospreciando todo eso que os gustaría tener a vosotras, gentes envidiosas y cabronas, ya sean culos duros, libertad de espíritu, casas increíbles, trabajos bonitos, u hoteles de cuento. Voy a hablar ahora de algunos comentarios no tan agresivos pero que esconden envidia y que surgen cuando das información sobre negocios, finanzas, moda, lo que sea y alguien dice cosas como “Eso no es para todo el mundo” “Algunos no nos lo podemos permitir” etc. como si esa fuera una razón para que esa información no se diera. Hablo de mostrar un reloj, un hotel, una estrategia de inversión … Eso es como si voy a un restaurante, me dan la carta y llamo al camarero para decirle, de mala hostia, que yo no puedo comer trufa y que en esta carta hay trufa. O como si les dejara comentarios a todos los que, en Instagram, publican recetas donde hay champiñones, contándoles cabreada que yo no puedo comer champiñones. Mis intolerancias son mías y no son razón para que eliminen la trufa y los champiñones del planeta Tierra. Lo mismo es aplicable a todo lo demás: que tú no puedas disfrutarlo no significa que otros se tengan que sentir culpables o justificarse por hacerlo. También me alegro por todas las que podéis comer champis y trufa a lo loco, porque me encantan ambas cosas, pero claro, la que lío si me los como pues no compensa, la verdad. Ay, Dios Santo, que voy por las mil doscientas palabras y eso son seis minutos, no tres. Oye, que el fin justifica los medios y mi fin hoy es que nos despojemos todas de cualquier tipo de culpa o limitación basada en la GENTE ENVIDIOSA Y CABRONA. Solo espero haberlo conseguido, aunque sea un poquito. Feliz sábado (Hinchaos a champiñones a mi salud, por favor. A todas horas) Sol

1000 cosas (más) que me gustan

Extrañamente, escribo este texto dos días antes de que lo leas, querida suscriptora. No suelo dejar tan poco margen, soy una obsesa de la antelación. Hoy me alegro de que así sea, porque tengo la sensación de estar hablando contigo a tiempo real, contándote mis cositas en el momento en el que me están pasando. Por si te sirven, claro. Por si llegan a algún lugar de tus entresijos y te ayudan a vivir mejor, a reconectar contigo, a sentir calma. No voy a darte más la vara con las semanas apáticas que he pasado y con cómo he remontado, lo tienes todito en los artículos anteriores a este. Lo que sí quiero traer hoy aquí es que ese proceso me ha arrastrado a reconectar con partes de mí que hacía tiempo que no visitaba. Además, cierra la librería “Amapolas en octubre” y eso me ha llevado a un maremagnum de emociones y de reflexiones sobre las que te voy a escribir muchísimo cuando repose esta tristeza, esta orfandad. Y este orgullo. Porque yo estoy tristísima, pero eso no quita que Laura haya demostrado un criterio glorioso a la hora de decidir lo que quiere hacer con su vida. Ese acierto suyo y aquel agrisamiento mío han despertado en mí unas ganas muy grandes de disfrutar mucho, de ser mucho más sabia, más ligera. De celebrar cada segundo de cada día. Por eso he retomado la lista de las mil cosas que me gustan, ese reto que comenzó por casualidad en Instagram y que nos ayuda a centrarnos en lo positivo y llevarle la contraria a este cerebro nuestro tan cenizo. A conocernos mejor. A lanzarnos sobre todo eso que, ahora sí, sabemos que nos enciende por dentro. Me gusta despertarme temprano y que la luna llena me mire desde mi ventana. Que en estas montañas mías, el fresquete del amanecer me deje ponerme una rebequita en plena ola de calor. Qué gusto, madredelamorhermoso. La vela de Mandarina de Zara Home. Escuchar a Bruno Mars. Ir al cine sola y comerme un Crunch. O DOS. Esta canción, que huele a verano, a amigas, a alegría. El poema 20 de Neruda. Leerlo una y otra vez. “(…) Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y estos sean los últimos versos que yo le escribo”. El vídeo de “Living on a prayer” de Bon Jovi. Qué guapo Jon, con esos pelos, con otros pelos, sin pelos. Voy a verles en septiembre y no quiero ni pensarlo, porque me pongo muy nerviosa. Esta foto:
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Mi estantería-librería, porque me he vuelto loca, inspirada por mi Amapola y he dicho “Si ella es capaz de cerrar esa librería que no es una librería que es un templo, yo voy a donar o tirar todo lo que tengo ahí que no tiene que ver ni con mi presente ni con mi futuro”. Y ya están metidos en cajas los cien DVD´s, los doscientos CD´s, tres bolsas de basura llenas de papeles. Cosas que no he mirado en AÑOS. Dejar espacio a todo lo nuevo que está por venir. En la estantería y en mi vida. Darle las gracias a lo pasado y dejarlo ir. No puedo convertirme en la persona que quiero ser si todo lo que veo me recuerda a la que fui. Bye bye. El orden: en los muebles, en mi cabeza. Volver, por fin a inventar ilusiones: que me voy con mis amigas a los Cotswolds después de mirar esas casitas ideales durante años en Instagram. Vaya septiembre me espera. OLE CON OLE. El prota de “Off Campus”, que sí, que podría ser mi hijo, pero que no lo es. No se puede estar más buenorro. No he acabado la temporada, porque necesito concentrarme en cosas de curro y os juro que me quedo atontada dos horas después de cada episodio. Ya, igual estás pensando en desuscribirte de esta Newsletter. Me parecería muy razonable, la verdad. El momento de “El jardinero fiel” en el que Rachel Weisz le dice a Ralph Fiennes “You can learn me” (pienso tatuarme esa frase). Caminar descalza. Con mi pedicura roja impoluta. La nostalgia en su punto justo que, para mí, es esa que provoca una sonrisa. Las películas en las que sale Nueva York en todo su esplendor. El primer episodio de la primera temporada de “The Morning Show”, quizás lo he visto treinta veces. El resto de la serie es brutalmente buena, pero ese episodio es cósmico. Convertir un sitio en MI sitio. Un bar, una librería, un banco frente a un puente en Central Park. Un valle entre montañas. Los spas. Meterme en un jacuzzi a 84 grados durante horas. No me verás en la piscina fría, NI DE COÑA. Contrastes, los justos. Los canelones con MUCHÍSIMA bechamel. La sobrasada (ahora que lo pienso, llevo meses sin comer, lo soluciono en 3, 2,…) Menos mal que también me flipan el brócoli y las acelgas hervidas. Que mi planta viejísima me haya regalado dos hojitas nuevas después de años sin decir ni mú. Qué bonica. Ella también ha retomado las ganas, parece. Compartir con Paulo publicaciones de Instagram en las que sale gente que canta increíblemente bien. Compartir con Mabel escenas de telenovelas de los 90 con personajes que tienen nombres larguísimos y que están totalmente desquiciados. Compartir con Estel fotos de hoteles preciosísimos a los que iremos algún día, PALABRITA. Ver a mis hijos la mar de contentos, cada uno con lo suyo, que es que no pueden ser más diferentes, los tíos. Que me cuenten sus historias (claro, que me encantaría saber cuáles son las que no me cuentan). Vancouver, estuve dos días el año pasado y tengo unas ganas muy locas de volver. Está lejos de cojones, así que estoy pensando pirarme todo el verano próximo para amortizar las horas de vuelo y de jetlag. ¿Alguna de por aquí que viva por allí? Para que me cuente cosas. Somos una comunidad de lo más internacional. Bailar como una enajenada. Y llevo tiempo sin hacerlo, pero lo soluciono ya mismo, gracias al cumple de una amiga. Puede que el 25 de julio me tengan que escayolar los pieses por destrozo masivo, pero no me importa. Y me gusta leer esto que escribo, confirmar que la chispa ha vuelto, que me den ganas de aplaudir ante cada párrafo. Inventemos ilusiones, amigas, porque es lo que diferencia a las vivas de las supervivientes. Este texto no termina aquí, porque me fascinará que escribas en comentarios las cosas que te gustan. Así nos inspiramos las unas a las otras, así ayudamos a quiénes quizás, ahora mismo, no sean capaces de crear purpurina y lentejuela. Si esa eres tú, respira. También esto pasará. Feliz sábado, Sol

Como si no hubiera un mañana

Me preocupa, a veces diría que me obsesiona, el paso del tiempo. Ni entiendo ni acepto ese concepto tan confuso del hacerse mayor, ni gestiono demasiado bien el equilibrio entre aprovechar el tiempo y vivir relajada. Todavía no he encontrado la manera de compatibilizar mis prisas por avanzar con mi necesidad de descansar. Todo lo que tengo es tiempo, pero no sé cuánto, y eso limita mis posibilidades de control y me pone nerviosa. Pensando en todo esto estoy mientras releo “Filosofía ante el desánimo”, de José Carlos Ruiz. El caso es que hoy he llegado a la parte en la que habla de mi querido amigo, el tiempo. Nos cuenta cómo, en la antigua Grecia, había tres dioses que representaban el tiempo: Cronos, que marca nuestro tiempo de vida; Aión, que simboliza el tiempo que dedicamos a lo que tiene sentido para nosotros, y Kairós, como estandarte del momento adecuado, de la suerte. Cuánto ayuda poseer una clasificación de lo borroso para trenzar lo que se enreda en la cabeza de una. Perseguimos aprovechar todas las oportunidades posibles mientras desarrollamos nuestro propósito en nuestra particular e incierta cuenta atrás: de eso va la existencia (o debería). Parece simple, pero no es fácil, porque no lo es la conexión con esto que somos; lograr y mantener la cuadratura del círculo; encajar nuestro puzle interno, con tantas piezas y tan diferentes. Los obstáculos aparecen en forma de pereza, de decisiones basadas en decisiones de otros, de una tozudez estúpida que pretende derribar muros ajenos. Y mientras tanto, Cronos pirándose sin solución, Aión de vacaciones y Kairós desesperado ante nuestra inutilidad. Para los que le restan importancia a la fusión con uno mismo, el no disfrute es una constante de lo más llevadera, pero para los que conocemos el ensamblaje perfecto; qué se siente cuando estás dónde, con y cómo deseas, a qué huele y a qué sabe la plenitud, lo opuesto es un pellizco asquerosamente doloroso. Te despides de cada hora lamentando que no haya valido la pena y te devanas los sesos para resolver la ecuación: no sé qué he de hacer para desembrollarme, cómo tirar del extremo de un hilo que no conozco. Hay obstáculos conocidos por todos: un trabajo que me aburre, una pareja que ya no es lo que fue, la ausencia de aficiones. Pero a veces es un lugar, aparentemente sin razón alguna, el que nos roba la inspiración. Idealizamos un pueblo en la costa o en la montaña sin preguntarnos si estamos dispuestos a pagar el precio por el silencio y las vistas al mar. Vida social y cultural limitada, pocas novedades, misma gente y mismas conversaciones por lo siglos de los siglos. Para algunos, esa línea recta es el paraíso; para otros, una losa invisible que no logran identificar. Me pesa la vida y no sé por qué. Cuando se asoman a la civilización, despiertan, brillan, tintinean. Les gusta, pero tampoco vislumbran la razón y se dicen a sí mismos que son raros, que si el paraíso es para unos debe serlo para todos, ignorando su individualidad y que lo importante es saber qué es lo importante, ya sea respirar aire puro o ir al teatro cada semana, levantarte entre árboles o descubrir una cafetería a la semana. Desmenuzar de qué está hecha nuestra particular chispa de la vida es el primer paso para honrar el regalo que Cronos, Aión y Kairós nos han hecho. Validar nuestras singularidades, el segundo. El tercero, aprender a disfrutarlas como si no hubiera un mañana, porque no sabemos si lo habrá, aunque nos gustaría. P.D.: qué difícil es aprovechar el tiempo, en cualquiera de sus tres nombres, cuando no sabemos cómo queremos emplearlo. Cuando desconocemos lo que nos provoca mariposas estomacales. Cuando hace tanto tiempo que no le dedicamos tiempo a lo que nos ilusiona que creemos que la chispa de la vida no existe. La chispa existe, créeme, pero la hemos enterrado entre obligaciones, miedos y ruedas de hámster que nos llevan a toda velocidad sin llegar a ningún sitio. Yo he estado ahí, agrisada perdida, pero desenterré mis pasiones y aquí estoy: en una vida en la que me quiero quedar. Para mostrarte cuál ha sido mi camino, diseñé la formación “Del DEBERÍA al QUIERO”, Es una formación grabada y tendrás las grabaciones y los materiales disponibles de por vida. Las inscripciones se cierran el 7 de julio a medianoche.

Esta formación es para ti si ahora mismo:

  • Te cuesta identificar lo que quieres realmente
  • Tomas decisiones pensando en no decepcionar a otros en lugar de pensar en lo que tú realmente quieres
  • Justificas ante los demás tus decisiones constantemente
  • Sabes que hay algo que quieres cambiar o hacer pero llevas meses (o años) postergándolo
  • Te cuesta diferenciar entre lo que quieres y lo que se espera de ti.
  • El no estar a gusto en una situación no te parece razón suficiente para salir de ella
  • Sientes culpa cuando te priorizas
  • Te adaptas a los demás constantemente y acabas agotada o resentida

Y lo que quieres es…

  • Despertarte cada mañana con claridad sobre lo que quieres, sin el peso de la confusión constante
  • Tomar decisiones con seguridad, desde la conexión contigo misma, no desde la aprobación ajena
  • Darle la suficiente importancia a tu voluntad como para trabajar por lo que TÚ quieres y abandonar lo que ya no quieres
  • Sentirte libre y disfrutar del tiempo que te dediques
  • Defender lo que quieres ante ti misma y ante los demás, sin necesidad de justificarte constantemente

Quiero saber más

Esto es lo que dicen las alumnas de la primera edición de

“Del DEBERÍA al QUIERO”:

Un regalo en todos los sentidos, un SÍ en mayúsculas a mí. – Laura Clarificadora, empoderadora y energizante -Blanca El mayor beneficio ha sido comprobar la culpa heredada. Darme cuenta que se puede aprender a vivir para que el sacrificio y entrega con la que siempre he convivido no guíe mi vida. -Marga Me va de maravilla como desgranas y organizas la información. Me da mucha claridad -Susana Ha superado mis expectativas. Me ha encantado la clasificación y nominalización de las distintas materias, ese desglose tan claro y útil, me encanta que no haya paja. La formación siguió una estructura clara, el discurso ameno, los ejemplos ayudan a empatizar y las orientaciones sencillas y directas para poder recordarlas. – Blanca

Quiero pasar del DEBERÍA al QUIERO

La importancia de entenderte

Lo importante de la vida es entenderla, entenderte y entender al de al lado. Entender a tus hijos, a tus padres, a tus amigos, a tus clientes. (Entender no es siempre aguantar, nunca es soportar). Entender tus motivaciones, tus pasiones, tus por qués y tus para qués. Para qué te acercas, para qué te alejas, para qué te limitas, para qué te cuidas o te descuidas. Entender tus talentos, tus debilidades. Entender qué es el amor, la amistad, y qué no lo es. Qué es la dependencia y qué es el egoísmo. Cuál es la fuerza te mueve y cuál la que te aplasta. Entender el arte, la trascendencia, el alma. Tu alma. Qué te emociona, para perseguirlo sin tregua. Para huir de lo gris, de lo plano, de lo mediocre. De lo feo. Entender la grandeza y también la mierda, reconocerlas a kilómetros para decidir. Escalar la una y rechazar la otra. Entender los aplausos y también los abucheos. Relativizarlos. Nada es tan grave, tú tampoco. Entender que también esto pasará. Entender lo intangible, lo invisible, los silencios y lo que se esconde tras los gritos. Tus resortes, tus interruptores, tus emociones, tus vellos erizados. Qué te conecta con qué. Qué te conecta con unos sí y con otros no. Entender que no le puedes gustar a todo el mundo, que a algunos mejor no gustarles nada. Entender qué te eleva y qué te hunde, qué te llena, qué te enciende. Qué es excelente y qué es chapuza. Lanzarte sobre lo primero, claro. Sin mesura. Sin culpa. Entender que lo correcto y lo equivocado dependen de tantas cosas incontrolables. Entender que la culpa no ayuda a nada, la mayoría de las veces. Solo te hace sentir mal por tratarte bien. Entender eso ya es quitártela de encima. Entender lo que otros dicen y los que otros son. Saber que lo que tú dices y lo que otros entienden quizás no se parece en nada. Entender lo que nos equilibra y lo que nos marea. La diferencia entre el egoísmo y la responsabilidad. Entre la autoexigencia y el compromiso. Entre la prisa y el foco. Entender el autoamor, y practicarlo, claro. Entender cuándo luchar y cuándo es mejor rendirse. O apartarse. Entender la diferencia entre PODER, QUERER Y NECESITAR, porque de eso dependen tus relaciones, tu felicidad y el lugar donde colocas la energía. No siempre que quieras podrás, pero podrás más. Seguro. P.D.: no podemos entendernos a nosotras si no sabemos lo que queremos en la vida, porque los objetivos nos marcan la dirección. No sé tú, pero yo he perdido el norte varias veces en mi vida. La rueda de hámster, las obligaciones se me han tragado y he dejado de soñar, de planear, de ilusionarme. Conseguí salir de ahí, ¿cómo?
  • Desenterrando mis deseos, que estaban bajo toneladas de creencias, miedos y cansancio.
  • Inventando otros nuevos, porque si estoy aquí, estoy a tiempo.
  • Dejando de justificarme, de esperar la aprobación de otros para ir tras lo que quiero en la vida
  • Aprendiendo a diseñar los mapas que me llevan desde el lugar en el que estoy al lugar que quiero ocupar.
Te muestro todo esto, en detalle, con ejercicios prácticos, en mi formación “Del DEBERÍA al QUIERO”. Es online, grabada y la tendrás disponible de por vida.

Quiero saber más

Las inscripciones estarán abiertas solo del 29 de junio al 7 de julio.

Cuando termines esta formación tendrás las herramientas para :

Entender desde dónde estás tomando tus decisiones (desde la más pequeña hasta la más importante) Detectar cuándo estás funcionando desde el miedo, la culpa o la necesidad de aprobación. Empezar a tomar decisiones distintas, qué es como retomamos nuestro poder

Lo que trabajaremos sirve para decisiones como:

  • Dejar de vivir para agradar
  • Organizar tu vida de una manera más alineada contigo
  • Poner límites
  • Atreverte a empezar algo nuevo
  • Cambiar de trabajo o quedarte
  • Redefinir las dinámicas con las personas con las que convives
  • Mudarte
  • Dejar una relación del tipo que sea

Quiero apuntarme en la lista de espera

Esto es lo que dicen las alumnas de la primera edición de “Del DEBERÍA al QUIERO”:

El curso ha superado totalmente mis expectativas. Por supuesto ha merecido la pena mi inversión. Tengo la impresión que me llevo más que lo que yo he invertido. Estoy llena de energía y entusiasmo con un gran impulso para seguir mejorando y liderando mi vida en mis términos. – María del Mar Ha superado mis expectativas. Me ha encantado la clasificación y nominalización de las distintas materias, ese desglose tan claro y útil, me encanta que no haya paja. La formación siguió una estructura clara, el discurso ameno, los ejemplos ayudan a empatizar y las orientaciones sencillas y directas para poder recordarlas. – Blanca Voy a empezar a recomendarte como un antibiótico a mis pacientes. Por qué haces una gran labor en que las mujeres cambien su forma de plantarse en la vida. Que no es lo que hay que se pueden entrenar muchas otras herramientas prácticas para vivir como nos merecemos. – Ariana  

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Las primeras veces

Llevo días con una sensación rara, una especie de apatía mezclada con curiosidad, con algo que me recuerda al aburrimiento, pero que no lo es. Ese batiburrillo interno me ha empujado, aún no entiendo muy bien por qué, a rebuscar entre mis antiguos textos. He pasado horas leyendo lo que he escribí desde el 2012 hasta el 2023. Catorce años hace que empecé a inventarme esta vida nueva, y el principio de todo, la chispa imprescindible, fue la escritura. He tropezado con este texto que os comparto a continuación, cuyo título es, también, el de uno de mis libros y, además, aparece en mi primera novela. A la apatía, a la curiosidad y a ese aburrimiento que no lo es se le ha unido ahora la nostalgia. No recuerdo quién era el chico del que hablo aquí. No recuerdo esa noche. Pero puedo revivir a la perfección lo que sentí al escribirlo. Y me gusta. Me reconecta con un lugar que debería visitar más a menudo. Lo publiqué hace exactamente once años. Gracias, queridas, por acompañarme en el camino. Espero que disfrutéis este cuento tanto como yo. Anoche conocí a un chico guapo y joven de cojones narices. Le dedicaré otro post titulado “Cómo asaltar cunas en tres pasos” y puede que lo convierta en un curso monográfico que seguro tiene gran aceptación entre mis comadres. Pero eso será otro día. La conversación con el apuesto mozo, el final de curso de los niños, la llegada del verano y que soy muy del reflexionar, me han empujado hoy hasta este, mi amado blog, que llevaba un mes abandonado. Una piensa que tampoco ha cambiado tanto desde los veinticinco. Pensamiento estúpido que corroboran tus compis de colegio cuando afirman que “estás igual”, probablemente proyectando en ti lo que desean para ellos mismos. Y UNA MIERDA. Si no te fijas, quizás pueda parecerte que esos pimpollos veinteañeros y tú no sois tan diferentes, pero míralos… Huelen a libro nuevo, a juguete de Navidad, a vacaciones de verano. Ellos están llegando y tú llevas tiempo aquí. Podrías escribir el guión de sus próximos 20 años sin equivocarte demasiado. Pero no lo haces porque ahí está la gracia, en caminar a tientas y dibujar tu propio mapa. Volviendo al tema, ni para mejor ni para peor, pero NO ESTOY IGUAL que a mis 25, ni que a mis 35. El cambio Porfuera es fácil de ver. Ahí están las fotos: aquellas carnes prietas, la ausencia de ojeras y de estas malditas patas de gallo que NO HAY MANERA de difuminar digan lo que digan los fucking anuncios de Lancôme. El Pordentro ya es otra cosa. Ay el Pordentro, ese que no se ve, PERO QUE SE NOTA. Hay Pordentros muy jodidos, que viven de recuerdos y creen que aquellos momentos rollo Verano Azul de los 80 fueron lo mejor que les ha pasado y les pasará. Tendrán que vivir de rentas Veranoazulescas pa los restos. Las ilusiones no existen en esos PordentrosLa vida, para ellos, es una sucesión de rutinas preacordadas entre sus karmas y sus carnes. Para esos Pordentros la Felicidad es la ausencia de conflicto, SIN MÁS. Y luego están los OTROS Pordentros. Esos que con los años ganan en perspectiva y que, aunque no escarmientan en cabeza ajena (frase favorita de mi amada madre), han tenido tiempo de hostiarse mil veces con su cabeza propia. A esos Pordentros les mueve la ilusión: por ver a un amigo, por hacer un viaje, por ir a un concierto, por cortarse el pelo, por escribir… Los Pordentros Ilusionados y Escarmentados saben que también esto pasará, que de mal de amores no se muere, que hay noches en las que es mejor retirarse a tiempo, que hay que perdonar lo perdonable y empezar de cero mientras puedas. No voy a hacer demagogias sobre lo maravilloso de la madurez, qué coño. Me molaba mogollón mi Pordentro (y ni os cuento mi Porfuera) infantil, adolescente, juvenil. Pero sé que no volveré al primer beso de aquel verano del 86, ni recorreré mi el mundo en mi Vespino, ya no me dejaré anochecer en la playa mientras mis amigos juegan al voley con las melenas al viento (actualmente calvicies incipientes). Ya no me matricularé en la Facultad de Derecho ni estrenaré mi carpeta de la Universitat de Barcelona (los de allí sabéis de lo que hablo), tan azul y tan nueva cada septiembre. Ya no descubriré Nueva York, ni iré a mi primer concierto. A este Pordentro le toca buscar otras Primeras Veces. Ahora se tiene que currar la chispa de la vida porque la que venía de serie se agotó hace tiempo. Sí, mi Pordentro es Ilusionado, pero reconozco que mis momentos de felicidad máxima llegan cuando me subo a la máquina del tiempo y paso un finde sin hijos, con las amigas, enajenándome en el karaoke y volviendo a casa, zapato en mano, a la hora a la que normalmente me levanto. Ayer le pregunté a aquel chaval qué quería ser de mayor. “Feliz” me dijo Él (que olía a libro nuevo, a juguete de Navidad, a vacaciones de verano). “FELIZ”. Quise decirle muchas cosas, como que más le vale serlo YA, desde anoche y para siempre. Me encantaría decirle, a Él y todos los de su especie juvenil, que la vida está hecha de etapas, que todas tienen su encanto, que con los años uno gana en experiencia, sabiduría, sosiego… y que no echo de menos aquellos años de tersura cutánea y cerebral. Pero mentiría. Mañana llega el verano y ahí seguiré, buscando más Primeras Veces, cada vez más difíciles y cada vez más escasas.