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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

El secreto de la felicidad (simple, qué no fácil)

El secreto de la felicidad consiste en saber qué nos hace felices y rebozarnos en ello, así de simple. Ojo, y he escrito “simple”, no “fácil”. La simplicidad se basaría en los escasos pasos que te separan de lo que quieres. Es lo opuesto a complejo. La facilidad estaría relacionada con el esfuerzo que tienes que hacer para conseguirlo. Es lo opuesto a difícil. Algunos ejemplos de objetivos cuya consecución es simple, pero para algunas nada fácil serían: estar en forma, viajar, cambiar de trabajo, … Hacer ejercicio es simple, solo hay que elegir qué es lo que voy a hacer: puedo correr, subir escaleras, ir a una clase en el gimnasio, apuntarme a baile, etc. Decido y me muevo. Nada más. Pero a algunos no les resulta nada fácil. Lo mismo con comer tres frutas y dos raciones de verduras diarias. Simple a más no poder, entonces ¿por qué no lo hacemos? Para viajar sola solo tienes que comprar un billete e ir al aeropuerto, o a la estación de tren, o ni eso, tan solo coger el coche y enfilar la carretera. Lo mismo con ir sola al cine, o a comer sola. O estar tan a gusto sola. No hay nada más simple, pero para algunas, de tan difícil, se convierte en imposible. O eso creen. Dejar tu trabajo, si no te gusta, no puede ser más simple: carta de renuncia y Ciao, bacalao (no a la inmolación, busquemos otro antes si no nos podemos permitir un tiempo sabático, por favor). Entonces, ¿dónde radica la dificultad? Por el contrario, hay tareas sumamente complicadas, pero de lo más fáciles. Como el funcionamiento de un ordenador: lo encendemos, abrimos una aplicación y a teclear. Sin tener, la inmensa mayoría, ni puñetera idea de lo que albergan las entrañas del aparato. ¿Por qué insisto tanto en la diferencia entre estas dos palabras? Porque el lenguaje determina cómo pensamos, y nuestros pensamientos definen cómo nos comportamos y, por tanto, cómo somos. Vuelve a leer esta frase, querida lectora, porque puede resultar importantísima en tu camino hacia la felicidad (o plenitud, o calma, lo que sea). Paremos a pensar qué significan las palabras que nos decimos, para qué nos las decimos, dónde las hemos aprendido. Determinemos si nuestro lenguaje nos impulsa o nos frena y, desde ahí, decidamos cómo lo vamos a usar a partir de ahora. Cuántas veces vamos a dejar que el vocablo “difícil” nos clave al suelo de la insatisfacción. Siguiente paso: una vez tenemos la distinción clarita, hemos de conseguir que lo simple nos sea cada vez más fácil. O, al menos, que la dificultad no suponga un freno invencible. ¿Cómo lo consigo? Pues como se consigue todo, amiga, PRACTICANDO. La práctica consigue que la distancia entre lo simple y lo fácil disminuya. Este “practicando” sería la repetición en la implementación de los hábitos. Practicar sería, también, atravesar el miedo (a viajar sola, a dejar tu trabajo, a decirle adiós a tu pareja, a crear tu propio negocio, a ponerte una minifalda si es lo que te apetece). Porque una vez traspasado el primer miedo, el segundo se nos antoja mucho menos aterrador. Y el tercero, ni te cuento. Practicar sería detectar qué creencias cercenan mi vida. Darme cuenta de lo que no creo merecer, de lo que no me creo capaz, de lo que creo posible o imposible. De nuevo, practicar es simple, pero quizás no fácil. Lo sería mucho más si diéramos el tercer paso: imaginar lo que hay al otro lado de la dificultad, del miedo, de las creencias. Lo que hay al otro lado, te lo digo ya, no es más que la felicidad en la que quieres rebozarte. Lo que hay al otro lado es un cuerpo sano y fuerte del que te sientes orgullosa, la calma que llega cuando eres tu mejor compañía, la libertad que acompaña la seguridad en una misma, un trabajo en el que te sientes realizada, una vida en la que te quieres quedar. La motivación para ponernos en marcha hacia lo que deseamos, solo llega cuando somos capaces de reproducir en nuestra mente lo que seremos, veremos, escucharemos y sentiremos después del esfuerzo, de realizar eso que ahora sabemos que es tan simple, pero que se nos antoja tan difícil. Es necesario desgranar en qué consiste nuestra particular dificultad y generar una estrategia que nos permita ver, a través del muro, la película de nuestra vida, la protagonista que deseamos ser. Conectar tanto con ella que podamos tocarla, observar cada una de sus características, enumerar lo que quiere, lo que no quiere y lo que va a hacer para agarrarse a lo primero y desechar lo segundo. P.D.: Quizás, leyéndome, has pensado que no sabes cómo empezar a avanzar porque no tienes claro lo que quieres en tu vida. Normal, porque nos pasamos tanto tiempo pendientes de las obligaciones que se nos ha oxidado el mecanismo que genera deseos. Estamos tan pendientes de los TENGO QUE, que se nos han olvidado los QUIERO. O si nos atrevemos a definir lo que deseamos, o lo que ya no queremos sostener en nuestra vida, nos desgañitamos justificándonos. O, por mucho que sepamos lo que queremos, no sabemos cómo trazar el mapa que nos lleva hasta ello. Si estás asintiendo con la cabeza, mi formación “Del DEBERÍA al QUIERO” es para ti. Es una formación grabada, para que puedas hacerla a tu ritmo, que tendrás disponible para siempre en la que aprenderás a:
  • Definir lo que sí quieres en tu vida y también lo que no, para que dejes de aceptar planes, trabajos, dinámicas y relaciones que en realidad no quieres.
  • Validar lo que sí deseas y también lo que no sin necesidad de justificarte, sin la búsqueda de la aprobación ajena para decidir y empezar a moverte.
  • Trazar tu plan de acción para ir del “Debería” a “Esto es lo que yo quiero” y no pases semanas dándole vueltas a tus decisiones.
Quiero saber mas Las inscripciones estarán abiertas solo del 29 de junio al 7 de julio Esto es lo que dicen las alumnas de la 1ª edición de “Del DEBERÍA al QUIERO”: Ha superado mis expectativas. Me ha encantado la clasificación y nominalización de las distintas materias, ese desglose tan claro y útil, me encanta que no haya paja. La formación siguió una estructura clara, el discurso ameno, los ejemplos ayudan a empatizar y las orientaciones sencillas y directas para poder recordarlas. – Blanca El curso ha superado totalmente mis expectativas. Por supuesto ha merecido la pena mi inversión. Tengo la impresión que me llevo más que lo que yo he invertido. He vuelto a casa llena de energía y entusiasmo con un gran impulso para seguir mejorando y liderando mi vida en mis términos. – María del Mar Mas que aprendizaje es la sensación dentro de mi, como si algo hubiera cambiado. Me siento más segura, mas empoderada a todos los niveles, con sensación de control y mucha autoconfianza. – Cecilia Quiero inscribirme en la lista de espera

7 cosas que he aprendido esta semana

Que amo el silencio por encima de unas cuantas cosas y por eso voy a perseguirlo todavía más. Vale, esto ya lo sabía, pero esta semana lo he corroborado, porque: 1. Mis ruidosos vecinos se han pirado (espero que para siempre) y te juro que escucho a mis neuronas reproducirse, saltar de la alegría, aplaudir como las locas. 2. Cada día estoy más feliz en mis montañas, en mi verde, en mi despertar con pajaritos, en mis paseos por mis ríos y mis bosques. Soy Heidi y soy cabra, todo junto. Hay lugares que te abrazan en cuanto los vislumbras y a los abrazos hay que hacerles caso. Que hay personas con las que te tenías que encontrar en la vida sí o sí. Te lo cuentan las casualidades que nunca lo son, la conexión inmediata. Te lo cuenta el universo o lo que sea que haya ahí fuera. Y yo a eso, que todavía no sé lo que es, le hago mucho caso, porque sus señales son tan claras que, a veces, hasta me dan miedo. Que las casas, los cuerpos y los cerebros se estropean si no los usas, si no los aireas, si no los mantienes. Que el cuerpo más bonito del mundo se convierte en escombro cuando lo maltratas y que la mente se derrite con esa misma facilidad. Que eso que haces cada día un poquito es una barbaridad al cabo de treinta años, ni te cuento al cabo de sesenta, y es lo que define quién eres y quién serás. Puede ser beber, hacer ejercicio, drogarte, leer, pasear, regodearte en tu propia mierda o compartir tiempo con gente maravillosa, tú eliges. Que, lamentablemente, a veces solo te das cuenta cuando ya no hay marcha atrás y que, afortunadamente, muchos estamos aún a tiempo de tomar las decisiones adecuadas: esas que nos harán aplaudir cuando no quede tiempo hacia delante y hayamos aprovechado todo el que hay detrás. No soy eterna, eso también lo sabía, y me lo repito todo el rato, porque el lado oscuro tira fuerte de mí y por nada del mundo voy a permitir que la inercia me arrastre. No sé si me queda media hora o medio siglo sobre el planeta, pero tengo claro que voy a relamer cada minuto. Que no hay mayor aprendizaje que observar a los que ya lo han hecho, o a los que no lo han hecho. A los que lo hicieron bien y a los que lo hicieron mal. A los que se dejaron llevar o a los que agarraron el volante. Que la Sol de cincuenta y tres le arrearía bastantes más collejas a la de doce que a la inversa. Por qué tan buenecita, por qué tan obediente, por qué tan responsable, por qué no seguiste escribiendo, so gilipollas. Menos mal que aquí estás, ensimismada ante el teclado, con las ideas rugiéndote entre las orejas. Menos mal que un día decidiste hacerte las preguntas correctas, chata. Que la adolescencia va por libre y no tiene nada que ver con tu voluntad o con tus sermones y que mejor es respirar y rezar para que todo salga bien en lugar de darte cabezazos contra muros ajenos. Y disfrutar, ir un poco (o un mucho) a tu bola. No te lo están haciendo a ti, solo les está pasando. No tienes la culpa. No hay que empujar todo el rato. Nada es tan grave, ellos tampoco. Que la sabiduría no es otra cosa que observar, elegir y aplicar. Que la valentía, la creatividad y la ambición se entrenan, como todo. Que la ambición no es querer tener más, sino querer ser mejor. Que ser mejor es saber más, sobre el mundo y, ante todo, sobre ti.
P.D.: si quieres compartir este artículo (gracias de antemano), por favor, incluye el enlace. Le haces un favor a quien quiera leerlo y a mí. Un besazo, Sol

Decir(me) que no

Decir que no a lo que me disgusta, a lo que me drena, a lo que me agrisa. A lo que me aleja del lugar que quiero ocupar en el mundo y de la persona en la que me quiero convertir. No a quien me empuja y no a lo que me aprieta, a lo que me frena, a lo que me aplasta y a lo que me pesa . A quien me grita, a quien pretende abusar. Aquí no, conmigo no. No a quien, en lugar de intercambiar, usa. A quien no me escucha, a quien no me ve. No a lo feo, a lo mediocre, a lo ruidoso, a lo caótico y a lo desequilibrado. A la incoherencia, a la cobardía, al engaño. No a quien crea un trecho enorme entre lo dicho y lo hecho. No a soñar pequeño. Decir que no a la postergación, al estancamiento, al victimismo, al pesimismo, a la pesadez, al conformismo y a la resignación. Al pez que se muerde la cola por los siglos de los siglos. No a la queja continua sin voluntad de solución. No al sufrimiento. No al interés ese de Andrés, a lo hueco, a lo falso. No a los clavos ardiendo, a las soluciones rápidas que ni son solución ni son nada. No a la guarnición que oculta lo realmente importante. No a los vendehumos que se aprovechan de la vulnerabilidad ajena. No a los trucos, sí a la magia, claro. Decir que no a la envidia y al miedo a la envidia, a la crítica destructiva, a la excusa, a la paja en el ojo ajeno. Al qué dirán. No a la pereza, a la rendición, a la dejadez, a la inercia, a la sumisión, al agotamiento, a la culpa. No a saltarme la disciplina que me hace libre. Al egoísmo y al egocentrismo, a la prepotencia. Al desorden, el de fuera y el de dentro. A la suciedad, la de fuera y la de dentro. Decir que no a aguantar, al “me compensa”, a la deriva consecuencia de no agarrar el toro por los cuernos. Decir que no a lo que me apetece ahora mismo para que mi Yo del futuro me dé las gracias por lo que he hecho con su tiempo, con sus ilusiones y con sus talentos. No a la tozudez, al orgullo malentendido. No a la evasión que acompaña a la inconsciencia, a la irresponsabilidad para con una misma. Decir que no a meternos en cajas que son ásperas y nos encogen, no a esa zona de confort que no es cómoda sino asquerosa. No a lo que toca ahora, a lo que todos hacen, a lo normal (que no es normal, sino común). No a las comparaciones odiosas, sí a las que inspiran y expanden. No a entregar nuestro poder para que otros decidan cómo vivimos. No a la seguridad y la estabilidad que vienen de fuera, porque son mentira y nos cuestan nuestra libertad. Y libres es todo lo que queremos ser. No a lo malo conocido, qué barbaridad, con todo lo bueno que hay por conocer. No a la tacañería, mucho menos con una misma. Qué ordinariez. Decir que no a quien se cree más que tú, a quien pretende lucrarse de tu trabajo, de tu esfuerzo. Pero de qué vas. No a desaprovechar el privilegio que es estar viva. No a dejar que los días pasen sin ponerles intención, con lo escaso que es el tiempo. Decir que sí a todo lo que hace que la vida valga la pena.
P.D.: si quieres compartir este artículo (gracias de antemano), por favor, incluye el enlace. Le haces un favor a quien quiera leerlo y a mí. P.D. 2: muchas me pedisteis en su momento que convirtiera mi formación presencial “Del DEBERÍA al QUIERO” en una formación online y, como vosotras mandáis, en breve podréis inscribiros en ella. Será grabada y la tendréis disponible de por vida

Esta formación es para ti si ahora mismo:

  • Te cuesta identificar lo que quieres realmente
  • Tomas decisiones pensando en no decepcionar a otros en lugar de pensar en lo que tú realmente quieres
  • Justificas ante los demás tus decisiones constantemente
  • Sabes que hay algo que quieres cambiar o hacer pero llevas meses (o años) postergándolo
  • Te cuesta diferenciar entre lo que quieres y lo que se espera de ti.
  • El no estar a gusto en una situación no te parece razón suficiente para salir de ella
  • Sientes culpa cuando te priorizas
  • Te adaptas a los demás constantemente y acabas agotada o resentida

Y lo que quieres es…

  • Despertarte cada mañana con claridad sobre lo que quieres, sin el peso de la confusión constante
  • Tomar decisiones con seguridad, desde la conexión contigo misma, no desde la aprobación ajena
  • Darle la suficiente importancia a tu voluntad como para trabajar por lo que TÚ quieres y abandonar lo que ya no quieres
  • Sentirte libre y disfrutar del tiempo que te dediques
  • Defender lo que quieres ante ti misma y ante los demás, sin necesidad de justificarte constantemente

Quiero saber más

3 errores que cometes cuando intentas ordenar tu vida

Te conté en un artículo, hace tiempo, que yo hago una visualización cada mañana en la que visito a mi Yo del futuro (que es divina, calmada, poderosa) y le pregunto qué tengo que hacer para acortar la distancia entre ella y yo (puedes leer aquí el texto). Mi Yo gloriosa me responde cosas de lo más variadas, pero lo que más se repite es: necesitas orden. Tiene toda la razón, porque mi cabeza tiende al caos, a las mil ideas y, claro, eso influye en mi vida entera. Quizás estás pensando, si me sigues en redes, que ese desorden no se refleja en lo que muestro. No es que mienta, es que hago un esfuerzo tremendo por mantener mi coco y mi vida en calma, organizada. Por eso precisamente escribo este texto, porque yo estoy aquí para compartir lo que me sirve, y en estos años he aprendido mucho sobre las trampas en las que caemos cuando decimos que queremos ordenar nuestra vida en el sentido más amplio posible. Queremos sentir control y acabamos más desquiciadas todavía. Queremos ligereza y seguimos derrapando por nuestros días. Intentamos organizarnos y parece que nuestra agenda se llena todavía más. Nadie nos ha enseñado a ordenarnos. Es más, lo que muchas veces hemos aprendido es a mirar fuera todo el rato, a producir sin preguntarnos el para qué, a no hacernos las preguntas correctas. Y claro, así no hay quien avance. Ordenar tu vida, ya lo adelanto, no es tener la agenda más bonita ni el sistema más sofisticado. Ordenar tu vida es hacer las cosas correctas desde el lugar correcto. Y aquí es donde muchas veces nos liamos. El primer error es querer ordenar sin saber qué quieres realmente. No hay cimientos y, claro, el edificio se nos cae a la primera de cambio. Haces listas, planificas la semana, organizas tus días al milímetro, pero no tienes claro hacia dónde estás yendo. No has definido qué tipo de vida quieres, qué es importante para ti ahora, qué estás buscando de verdad. Ya te he dicho que yo estoy aquí para compartir lo que me sirve. Y el ejercicio que para mí ha sido definitivo a la hora de tener claridad y foco sobre lo que quiero de verdad es este que te dejo aquí. He sistematizado para ti todas las preguntas, el paso a paso, para que dibujes tu Día Ideal. No hay semana en la que yo no lo haga. Porque es facilísimo despistarnos. Entonces, ¿qué pasa cuando intentas ordenar sin tener la meta clara? Haces mucho, pero no avanzas hacia nada que te llene. Te esfuerzas, pero hay algo que no encaja. Eres como el ratoncillo en su rueda, con las patas reventadas sin llegar a ningún sitio. Sin dirección, el orden no sirve de nada. Es como tener una brújula que funciona maravillosamente, pero no saber a qué ciudad quieres llegar. Te apuntas a una formación, pero no porque te vaya a proporcionar la información que necesitas para cumplir un objetivo, sino por inseguridad. Te inscribes en un curso de inglés en grupo sin plantearte si es lo más eficiente, porque tú tienes facilidad para los idiomas y un profe particular te haría avanzar más rápido. El segundo error es llenarte de herramientas en lugar de tomar decisiones. Este es más sutil, pero igual de jodido. Cambias de agenda (diaria, semanal, mensual, de papel, digital…), pruebas métodos nuevos (Google Calendar, Trello, Canva…), descargas apps, te apuntas a cursos de productividad, y durante unos días sientes que ahora sí, que esta vez sí. Pero no. Porque el problema no es la herramienta. El problema es que no tomas decisiones Nos cuesta muchísimo decidir, porque decidir es asumir la responsabilidad. Y el poder, claro. Decidir qué entra y qué no entra en tu vida. Decidir qué es prioritario y qué no lo es. Decidir qué estás dispuesta a sostener y qué es lo que vas a eliminar. Decidir es ser adulta, y eso nos da miedo. Las herramientas son cómodas porque te dan la sensación de que estás haciendo algo. Pero sin decisiones detrás, no cambian nada. Puedes tener el sistema más bonito del mundo, un Trello glorioso, una agenda de Charuca llena de pegatinas preciosas y colorinchis, y seguir exactamente en el mismo punto. El orden no viene de las herramientas. Viene de decidir. Quizás bloqueas en tu calendario “tiempo para ti”, pero cuando llega ese momento lo ocupas con trabajo, recados o favores a otros. Porque no has decidido qué es EXACTAMENTE tiempo para ti: leer, mirar al techo, hacer ganchillo. Cuando no hay decisión, no hay claridad. Y el tercer error es intentar encajar más en lugar de quitar lo que sobra. Intentas organizarlo todo sin quitar nada. Volviendo al punto anterior: decidir implica, siempre, renunciar. Quieres que todo quepa: el trabajo, la vida social, el autocuidado, los planes, las obligaciones, los imprevistos. Y claro, no te da. Todas tenemos veinticuatro horas en el día. Ordenar nuestra vida es como ordenar los armarios, lo primero que tenemos que hacer es eliminar lo que no me pongo, es decir, todo eso que no me acerca a los múltiples objetivos, a la vida que quiero (date cuenta de cómo todos los puntos se relacionan entre sí). A lo mejor estás llevando a tus hijos a mil extraescolares, en lugar de llevarles a las del cole, con la de tiempo que eso te ahorraría. O podrías delegar la limpieza de tu casa, pero piensas que nadie lo va a hacer tan bien como tú. La culpa y las ansias de control llenan nuestra agenda de tareas que podríamos quitarnos de encima. A mí me ha servido muchísimo sustituir la idea de organización por la de alineación, pensar en mi agenda como un reflejo de la persona que quiero ser, en lugar de usarla como un listado de todo lo que tengo que hacer. Espero que te sirva. P.D.: si decides compartir este artículo en redes, porfa, pon el enlace, nos facilitas mucho la vida a las que quieran leerlo y a mí. Gracias por adelantado.

4 formas en las que te estás autoexigiendo sin darte cuenta

Últimamente hablo mucho de autoexigencia, quiero desmenuzar esa voz machacona que hay en nuestra cabeza, porque nos agota, porque nos roba la posibilidad de sentirnos plenas y satisfechas. Nos pasamos la vida haciando y haciendo, sintiendo que nunca es suficiente. Es como intentar llenar un barril con un agujero en el fondo. Pocas mujeres conozco que no tengan esa sensación de que siempre podrían haberlo hecho mejor, o más rápido, o antes. Da igual lo que consigas, tú sigues empujándote, en lugar de felicitarte. A veces, esa autoexigencia se disfraza. Porque así es nuestro cerebro de listo y de cabrón. Él quiere conseguir su objetivo, que es que sigas igual que siempre, así que esconde sus tretas y, en lugar de presentarse como una voz dura, agresiva, se manifiesta en forma de responsabilidad, de ambición, de ganas de hacerlo lo mejor posible. Y claro, como esa autoexigencia está tan bien envuelta, no la cuestionas. La das por válida. La integras como parte de tu forma de estar en el mundo. Cuántas veces me decís “Jo, Sol, parece que me estés viendo, lo clavas”. No te estoy viendo a ti, pero llevo años observándome a mí, y lo de la autoexigencia me ha llevado a límites para nada sanos. A un bucle mental y a un cansacio que nadie debería sentir. El problema es que solo podemos gestionar aquello de lo que somos conscientes. Así que vamos a ponerle nombre a algunas de las formas en las que la autoexigencia te la está jugando sin darte ni cuenta. La primera: nunca te parece suficiente lo que haces. Terminas algo y, en lugar de parar un segundo, de reconocerlo, de darte un mínimo espacio, de felicitarte, ya estás pensando en lo siguiente. En lo que falta. En lo que podrías haber hecho mejor. Y así entras en una rueda en la que siempre estás como en deuda contigo misma. No hay línea de llegada. No existe la sensación de “vale, esto está bien”. Nos pasa en el trabajo, nos pasa con la maternidad. Incluso, de una manera un tanto perversa, nos pasa con el autocuidado: no he hecho suficiente deporte, no tenía que haberme comido ese cruasán… Y ojo, que debemos cuidarnos como las Diosas del Olimpo Vikingo que somos. Pero eso es una cosa y otra muy diferente es usar la vida entera como arma arrojadiza contra nosotras mismas. La segunda: solo valoras el resultado, no el proceso. Si logras lo que quieres, menosprecias el esfuerzo, la constancia, las decisiones incómodas que eso te ha costado. Como si no tuviera valor, como si tú no tuvieras valor. Porque sientes que vales por lo que haces, y lo que haces nunca te parece suficiente. Si el resultado, encima, no es el que esperábamos (malditas expectativas), entonces ya es la debacle: tiramos a la basura todo lo hecho, aprendido, trabajado en el camino. Si no llegamos a la perfección, frustración total. Tampoco sabemos muy bien qué es perfecto. Porque vamos subiendo el listón a medida que llegamos a lo que en principio queríamos, ya sea en facturación, en kilos perdidos, en horas trabajadas. Y claro, así es imposible sentir satisfacción. La tercera: te comparas, muchas veces, sin contexto. Observas a otra persona y automáticamente sales perdiendo. Sin preguntarte de dónde viene, cuánto tiempo lleva, qué recursos tiene, en qué momento vital está. Solo ves una foto fija de su vida y te abofeteas con ella como si fuera una verdad absoluta. Te comparas con los puestos de trabajo de otras, con sus cuerpos, con su forma de vida (la que te imaginas, que igual no tiene nada que ver con la realidad), con la calma que parecen tener ante situaciones que a ti te desquician, con el dinero que crees que ganan. Y, si en esa comparación, al menos, encontráramos la inspiración, el impulso necesario para ir tras nuestros sueños, pues oye, de algo ha servido. De lo contrario, solo nos hunde. Te aconsejo, si te sientes reflejada en esto de las comparaciones, que escuches este episodio de podcast en el que hablo, entre otras cosas, de la diferencia entre envidia e inspiración y cómo usar esa distinción a tu favor. Puedes escucharlo aquí. Y la cuarta: confundes disciplina con presión constante. La disciplina te regala libertad. La presión te aplasta y te agota. Crees que para avanzar tienes que estar siempre apretando, como empujando una piedra muy pesada hacia lo alto de una montaña. Siempre haciendo. Siempre exigiéndote un poco más. Y no. La disciplina no es vivir en tensión. La disciplina bien entendida también supone descanso, pausas, espacios donde no estás produciendo. Tenemos que entender que la autoexigencia mal calibrada no nos hace avanzar más. Nos hace vivir peor. Nos desconecta de lo que sí estamos consiguiendo, nos mete en una sensación constante de insuficiencia y, a la larga, nos agota. Te invito a que esta semana elijas una de esas formas con las que la autoexigencia se disfraza. Solo una. Y obsérvala. Porque tenemos que darnos cuenta para poder hacernos cargo. Solo vamos a detectarla. Cazar la autoexigencia al vuelo es la mejor manera de dejar de obedecerla. P.D: si compartes este texto en tus redes, porfa, incluye el enlace, ayudas a quienes quieran leerlo. Gracias de antemano. P.D.: si te has visto identificada, puede que esa autoexigencia te esté bloqueando. Te dejo aquí el enlace a un documento en el que comparto contigo 3 ejercicios sumamente prácticos que yo uso cuando me veo en esas, cuando no sé hacia donde tirar, cuando solo veo niebla y no soy capaz de definir cuál es el primer paso a dar. Puedes descargarlo aquí

“No soy capaz” y “Puedo con todo”: dos frases muy comunes que nos joroban la vida

Cuántas veces os he contado que el lugar en el que he escrito mis mejores textos es en la ducha. Tiene sentido, porque cuando divagamos, cuando descansamos es cuando llegan las ideas. Y en esas estaba yo hoy, bajo el agua calentita y mis jabones de Rituals, cuando se me ha ocurrido que usamos constantemente nuestra capacidad como arma arrojadiza hacia nosotras mismas. Nos autosaboteamos contándonos mentiras sobre lo que podemos llegar a conseguir y nos maltratamos empujándonos para conseguir cosas que igual nos la traen al pairo. Me explico. La primera manera de jorobarnos la vida es decirnos: “Yo no soy capaz”. La segunda: “Yo puedo con todo”. Y entre ambas podemos reventar nuestra vida y a nosotras mismas. Porque una nos paraliza y la otra nos desconecta de todo lo importante. Nos agota. Piensa en cuántas veces te has dicho que eras incapaz de hacer algo que, en realidad, te acercaría muchísimo a la persona que quieres ser y a la vida que quieres vivir. Nos decimos que somos incapaces de hacer cosas que llevamos haciendo años. Un ejemplo claro lo contemplo cada día, cuando mis alumnas me cuentan que se ven incapaces de crear sus propios proyectos, esos en los que van a desempeñar exactamente la misma función que están llevando a cabo para la empresa en la que trabajan ahora. Cómo es el coco de cabrón y de mentiroso. Nos pasa con: Cambiar de trabajo. Poner límites. Empezar de nuevo. Aprender algo nuevo. Tomar una decisión difícil. Exponernos. Separarnos. Implementar hábitos. Aquí os recuerdo algo que repetiré hasta la saciedad, porque se nos olvida: nuestro cerebro está diseñado para la supervivencia, no para la plenitud. Para él, lo conocido es seguro. Lo desconocido es peligro de muerte. Así que cada vez que intentamos cambiar algo que para nosotras es importante, saltan todas las alarmas. Entonces aparece esa voz machacante y castradora: “No soy capaz”. “Eso no es para mí”. “Es demasiado tarde”. “Yo nunca he sido así”. Creemos que el miedo demuestra nuestra incapacidad, cuando muchas veces solo demuestra que estamos saliendo de lo conocido. A eso le sumamos las creencias heredadas y ya tenemos un pastel impresionante: “Más vale lo malo conocido”. “No llames la atención, no destaques”. “La vida es dura, todo cuesta sangre, sudor y lágrimas”. “No sueñes tanto, se te está yendo la pinza”. “Las personas como nosotras no hacen esas cosas”. Frases que no cuestionamos y que acaban definiendo nuestra identidad y, por lo tanto, nuestra vida. Pero luego está el otro extremo, que también tiene tela marinera. Ese “voy a demostrar que sí puedo, que soy capaz”. La obsesión por demostrar que llegamos a todo. Que no necesitamos ayuda. Que somos fuertes. Productivas. Imparables. Fuertes. El problema es que muchas veces esa supuesta capacidad, fuerza, llámale equis, tampoco nace de la voluntad, de la autoestima, ni de la calma. No tiene nada que ver, ni con la vida que queremos vivir ni con la persona que queremos ser. Nace de carencias. De miedo a no valer. De necesidad de reconocimiento. Y por eso nos lanzamos como locas a dejarnos la piel en objetivos que realmente son de otros. O que se suponen que tienen que ser los nuestros. Nos subimos a la rueda de hámster y el resultado diario no tiene nada que ver con construir nuestra vida, sino de dejarnos la piel construyendo la de los demás. Y claro, acabamos desconectadas, agotadas y confundiendo lo que valemos con lo que producimos. Ambos extremos tienen algo en común: nos alejan de la persona que somos, de la satisfacción. Porque encogernos y sobreexigirnos son la causa y el resultado de no formularnos las preguntas adecuadas: ¿Qué quiero realmente? ¿Cómo quiero vivir? ¿Cómo quiero sentirme? ¿Qué cosas valoro de verdad? ¿Qué precio no quiero pagar? ¿Qué significa para mí una buena vida? Crecer, expandirnos, encontrar el equilibrio y a nosotras mismas consiste muchas veces en detectar qué partes de nuestra identidad están construidas desde el miedo y no desde la voluntad. Atravesar el miedo no significa no sentirlo. Significa dejar de permitir que decida por nosotras. Hablo del miedo a esforzarnos y fracasar y hablo del miedo a no valer, que están en el fondo del “No soy capaz” y del “Puedo con todo”. Creo que la verdadera capacidad no tiene nada que ver con aguantar más, correr más o demostrar más. Ser capaz no es poder con todo. Es ser coherente, escucharte, observarte, construir una vida que tenga sentido PARA TI. Y entender que no has venido aquí ni a guillotinar tus posibilidades, ni a demostrar constantemente cuánto eres capaz de soportar. ¿Cuál es el truco para encontrar el equilibrio? Yo voto, como siempre, por preguntarle a mi Yo de 99 qué decisiones tengo que tomar para que me dé las gracias por lo que he hecho con su tiempo, con su energía, con su talento. Y voto por hacerle caso, claro. P.D.: a veces, nos perdemos porque no tenemos un objetivo claro, no hemos hecho el ejercicio de parar y formularnos las preguntas adecuadas, que tienen que ver con la vida que queremos vivir. Te dejo AQUÍ un ejercicio que para mí supuso un antes y un después, al que vuelvo una y otra vez cada vez que necesito claridad y foco para saber lo que realmente quiero en la vida y empezar a diseñar los pasos hacia ello.

Quiero claridad y foco