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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

4 formas en las que te estás autoexigiendo sin darte cuenta

Últimamente hablo mucho de autoexigencia, quiero desmenuzar esa voz machacona que hay en nuestra cabeza, porque nos agota, porque nos roba la posibilidad de sentirnos plenas y satisfechas. Nos pasamos la vida haciando y haciendo, sintiendo que nunca es suficiente. Es como intentar llenar un barril con un agujero en el fondo. Pocas mujeres conozco que no tengan esa sensación de que siempre podrían haberlo hecho mejor, o más rápido, o antes. Da igual lo que consigas, tú sigues empujándote, en lugar de felicitarte. A veces, esa autoexigencia se disfraza. Porque así es nuestro cerebro de listo y de cabrón. Él quiere conseguir su objetivo, que es que sigas igual que siempre, así que esconde sus tretas y, en lugar de presentarse como una voz dura, agresiva, se manifiesta en forma de responsabilidad, de ambición, de ganas de hacerlo lo mejor posible. Y claro, como esa autoexigencia está tan bien envuelta, no la cuestionas. La das por válida. La integras como parte de tu forma de estar en el mundo. Cuántas veces me decís “Jo, Sol, parece que me estés viendo, lo clavas”. No te estoy viendo a ti, pero llevo años observándome a mí, y lo de la autoexigencia me ha llevado a límites para nada sanos. A un bucle mental y a un cansacio que nadie debería sentir. El problema es que solo podemos gestionar aquello de lo que somos conscientes. Así que vamos a ponerle nombre a algunas de las formas en las que la autoexigencia te la está jugando sin darte ni cuenta. La primera: nunca te parece suficiente lo que haces. Terminas algo y, en lugar de parar un segundo, de reconocerlo, de darte un mínimo espacio, de felicitarte, ya estás pensando en lo siguiente. En lo que falta. En lo que podrías haber hecho mejor. Y así entras en una rueda en la que siempre estás como en deuda contigo misma. No hay línea de llegada. No existe la sensación de “vale, esto está bien”. Nos pasa en el trabajo, nos pasa con la maternidad. Incluso, de una manera un tanto perversa, nos pasa con el autocuidado: no he hecho suficiente deporte, no tenía que haberme comido ese cruasán… Y ojo, que debemos cuidarnos como las Diosas del Olimpo Vikingo que somos. Pero eso es una cosa y otra muy diferente es usar la vida entera como arma arrojadiza contra nosotras mismas. La segunda: solo valoras el resultado, no el proceso. Si logras lo que quieres, menosprecias el esfuerzo, la constancia, las decisiones incómodas que eso te ha costado. Como si no tuviera valor, como si tú no tuvieras valor. Porque sientes que vales por lo que haces, y lo que haces nunca te parece suficiente. Si el resultado, encima, no es el que esperábamos (malditas expectativas), entonces ya es la debacle: tiramos a la basura todo lo hecho, aprendido, trabajado en el camino. Si no llegamos a la perfección, frustración total. Tampoco sabemos muy bien qué es perfecto. Porque vamos subiendo el listón a medida que llegamos a lo que en principio queríamos, ya sea en facturación, en kilos perdidos, en horas trabajadas. Y claro, así es imposible sentir satisfacción. La tercera: te comparas, muchas veces, sin contexto. Observas a otra persona y automáticamente sales perdiendo. Sin preguntarte de dónde viene, cuánto tiempo lleva, qué recursos tiene, en qué momento vital está. Solo ves una foto fija de su vida y te abofeteas con ella como si fuera una verdad absoluta. Te comparas con los puestos de trabajo de otras, con sus cuerpos, con su forma de vida (la que te imaginas, que igual no tiene nada que ver con la realidad), con la calma que parecen tener ante situaciones que a ti te desquician, con el dinero que crees que ganan. Y, si en esa comparación, al menos, encontráramos la inspiración, el impulso necesario para ir tras nuestros sueños, pues oye, de algo ha servido. De lo contrario, solo nos hunde. Te aconsejo, si te sientes reflejada en esto de las comparaciones, que escuches este episodio de podcast en el que hablo, entre otras cosas, de la diferencia entre envidia e inspiración y cómo usar esa distinción a tu favor. Puedes escucharlo aquí. Y la cuarta: confundes disciplina con presión constante. La disciplina te regala libertad. La presión te aplasta y te agota. Crees que para avanzar tienes que estar siempre apretando, como empujando una piedra muy pesada hacia lo alto de una montaña. Siempre haciendo. Siempre exigiéndote un poco más. Y no. La disciplina no es vivir en tensión. La disciplina bien entendida también supone descanso, pausas, espacios donde no estás produciendo. Tenemos que entender que la autoexigencia mal calibrada no nos hace avanzar más. Nos hace vivir peor. Nos desconecta de lo que sí estamos consiguiendo, nos mete en una sensación constante de insuficiencia y, a la larga, nos agota. Te invito a que esta semana elijas una de esas formas con las que la autoexigencia se disfraza. Solo una. Y obsérvala. Porque tenemos que darnos cuenta para poder hacernos cargo. Solo vamos a detectarla. Cazar la autoexigencia al vuelo es la mejor manera de dejar de obedecerla. P.D: si compartes este texto en tus redes, porfa, incluye el enlace, ayudas a quienes quieran leerlo. Gracias de antemano. P.D.: si te has visto identificada, puede que esa autoexigencia te esté bloqueando. Te dejo aquí el enlace a un documento en el que comparto contigo 3 ejercicios sumamente prácticos que yo uso cuando me veo en esas, cuando no sé hacia donde tirar, cuando solo veo niebla y no soy capaz de definir cuál es el primer paso a dar. Puedes descargarlo aquí

“No soy capaz” y “Puedo con todo”: dos frases muy comunes que nos joroban la vida

Cuántas veces os he contado que el lugar en el que he escrito mis mejores textos es en la ducha. Tiene sentido, porque cuando divagamos, cuando descansamos es cuando llegan las ideas. Y en esas estaba yo hoy, bajo el agua calentita y mis jabones de Rituals, cuando se me ha ocurrido que usamos constantemente nuestra capacidad como arma arrojadiza hacia nosotras mismas. Nos autosaboteamos contándonos mentiras sobre lo que podemos llegar a conseguir y nos maltratamos empujándonos para conseguir cosas que igual nos la traen al pairo. Me explico. La primera manera de jorobarnos la vida es decirnos: “Yo no soy capaz”. La segunda: “Yo puedo con todo”. Y entre ambas podemos reventar nuestra vida y a nosotras mismas. Porque una nos paraliza y la otra nos desconecta de todo lo importante. Nos agota. Piensa en cuántas veces te has dicho que eras incapaz de hacer algo que, en realidad, te acercaría muchísimo a la persona que quieres ser y a la vida que quieres vivir. Nos decimos que somos incapaces de hacer cosas que llevamos haciendo años. Un ejemplo claro lo contemplo cada día, cuando mis alumnas me cuentan que se ven incapaces de crear sus propios proyectos, esos en los que van a desempeñar exactamente la misma función que están llevando a cabo para la empresa en la que trabajan ahora. Cómo es el coco de cabrón y de mentiroso. Nos pasa con: Cambiar de trabajo. Poner límites. Empezar de nuevo. Aprender algo nuevo. Tomar una decisión difícil. Exponernos. Separarnos. Implementar hábitos. Aquí os recuerdo algo que repetiré hasta la saciedad, porque se nos olvida: nuestro cerebro está diseñado para la supervivencia, no para la plenitud. Para él, lo conocido es seguro. Lo desconocido es peligro de muerte. Así que cada vez que intentamos cambiar algo que para nosotras es importante, saltan todas las alarmas. Entonces aparece esa voz machacante y castradora: “No soy capaz”. “Eso no es para mí”. “Es demasiado tarde”. “Yo nunca he sido así”. Creemos que el miedo demuestra nuestra incapacidad, cuando muchas veces solo demuestra que estamos saliendo de lo conocido. A eso le sumamos las creencias heredadas y ya tenemos un pastel impresionante: “Más vale lo malo conocido”. “No llames la atención, no destaques”. “La vida es dura, todo cuesta sangre, sudor y lágrimas”. “No sueñes tanto, se te está yendo la pinza”. “Las personas como nosotras no hacen esas cosas”. Frases que no cuestionamos y que acaban definiendo nuestra identidad y, por lo tanto, nuestra vida. Pero luego está el otro extremo, que también tiene tela marinera. Ese “voy a demostrar que sí puedo, que soy capaz”. La obsesión por demostrar que llegamos a todo. Que no necesitamos ayuda. Que somos fuertes. Productivas. Imparables. Fuertes. El problema es que muchas veces esa supuesta capacidad, fuerza, llámale equis, tampoco nace de la voluntad, de la autoestima, ni de la calma. No tiene nada que ver, ni con la vida que queremos vivir ni con la persona que queremos ser. Nace de carencias. De miedo a no valer. De necesidad de reconocimiento. Y por eso nos lanzamos como locas a dejarnos la piel en objetivos que realmente son de otros. O que se suponen que tienen que ser los nuestros. Nos subimos a la rueda de hámster y el resultado diario no tiene nada que ver con construir nuestra vida, sino de dejarnos la piel construyendo la de los demás. Y claro, acabamos desconectadas, agotadas y confundiendo lo que valemos con lo que producimos. Ambos extremos tienen algo en común: nos alejan de la persona que somos, de la satisfacción. Porque encogernos y sobreexigirnos son la causa y el resultado de no formularnos las preguntas adecuadas: ¿Qué quiero realmente? ¿Cómo quiero vivir? ¿Cómo quiero sentirme? ¿Qué cosas valoro de verdad? ¿Qué precio no quiero pagar? ¿Qué significa para mí una buena vida? Crecer, expandirnos, encontrar el equilibrio y a nosotras mismas consiste muchas veces en detectar qué partes de nuestra identidad están construidas desde el miedo y no desde la voluntad. Atravesar el miedo no significa no sentirlo. Significa dejar de permitir que decida por nosotras. Hablo del miedo a esforzarnos y fracasar y hablo del miedo a no valer, que están en el fondo del “No soy capaz” y del “Puedo con todo”. Creo que la verdadera capacidad no tiene nada que ver con aguantar más, correr más o demostrar más. Ser capaz no es poder con todo. Es ser coherente, escucharte, observarte, construir una vida que tenga sentido PARA TI. Y entender que no has venido aquí ni a guillotinar tus posibilidades, ni a demostrar constantemente cuánto eres capaz de soportar. ¿Cuál es el truco para encontrar el equilibrio? Yo voto, como siempre, por preguntarle a mi Yo de 99 qué decisiones tengo que tomar para que me dé las gracias por lo que he hecho con su tiempo, con su energía, con su talento. Y voto por hacerle caso, claro. P.D.: a veces, nos perdemos porque no tenemos un objetivo claro, no hemos hecho el ejercicio de parar y formularnos las preguntas adecuadas, que tienen que ver con la vida que queremos vivir. Te dejo AQUÍ un ejercicio que para mí supuso un antes y un después, al que vuelvo una y otra vez cada vez que necesito claridad y foco para saber lo que realmente quiero en la vida y empezar a diseñar los pasos hacia ello.

Quiero claridad y foco

Hay gente que opina porque tiene boca

Vivimos en una época en la que todo el mundo opina sobre todo. Sobre política, sobre relaciones, sobre moda, sobre cómo debes trabajar, criar, vivir. Lo que nos faltaba eran las redes sociales. Opiniones categóricas, muchas veces lanzadas con una seguridad que lo flipas y que, si rascas un poco, no siempre tienen sentido, Y entonces aparece la gran pregunta, el debate: ¿todas las opiniones son igual de válidas? ¿Son todas respetables? Hemos aprendido que opinar es un derecho. Y lo es. Pero a lo mejor nos hemos pasado de rosca y hemos confundido tener voz con tener criterio. Poder opinar con deber opinar. Y no es lo mismo. En absoluto. El criterio no es tener opinión sobre todo. Es saber sobre qué sí puedes opinar y sobre qué no. El criterio no es hablar más alto que el de enfrente, ser más categórico, emplear palabras más técticas. El criterio es pensar bien. Es tener capacidad para filtrar: lo que escuchas, lo que piensas, lo que dices y lo que decides. Hay opiniones que nacen de la experiencia, de la reflexión, de haber dudado antes de afirmar, de obtener mucha información muy diversa, de contrastar. Y hay otras que nacen de la prisa, del impulso, del copiar y pegar lo que hemos leído o escuchado sin cuestionarlo demasiado. De demostrar. Hay opiniones que buscan aportar y otras que solo buscan evitar el silencio, con lo necesario que es. Antes de soltar cualquier asunto por nuestra boca, estaría bien que nos hiciéramos algunas preguntas: Esta opinión mía… ¿Está hecha desde el conocimiento o desde la ignorancia? ¿Desde la curiosidad o desde la necesidad de tener razón? ¿Desde la calma o desde la emoción asalvajada? ¿Desde la intención de construir o desde la de atropellar? Y ahora vamos al lado opuesto, no al que la emite, sino al que la escucha: no basta con escuchar una opinión, hay que preguntarse también, qué le pasa al que la emite. Porque cuando no hay criterio, opinamos desde cualquier sitio: desde el enfado, desde el miedo, desde el ego, desde la necesidad de que me acepten, de que me aplaudan. Y entonces todo vale. Todo suena igual. Todo parece válido. Y, en mi opinión, no lo es. Tengamos criterio al emitir y criterio al recibir. Porque, si no has desarrollado un criterio propio, cualquier opinión te tambalea. O te hunde. Sin criterio, te afecta lo que dice esa persona que no está viviendo tu vida, que no tiene tu contexto, que no se está jugando lo que tú te estás jugando. Que proyecta sobre ti sus miedos, sus frustraciones, su odio, sus mierdas. Hay otro filtro que deberíamos aplicar, directamente relacionado con el lugar desde donde está emitida la opinión: la intención. ¿Para qué está hecha esa opinión? No es lo mismo opinar para ayudar que opinar para impresionar. No es lo mismo compartir que imponer. No es lo mismo construir que destruir. Y muchas veces escuchamos cualquier cosa, dejamos que se nos cuele dentro sin habernos preguntado en ningún momento para qué me están diciendo lo que me están diciendo. Y tendremos que preguntarnos, también (y aquí llega la incomodidad) si caemos en el vicio de opinar de todo también nosotras. ¿Opinamos de cosas sobre las que no sabemos demasiado? ¿Repetimos discursos sin haberlos pasado por el propio filtro? ¿Nos cuesta decir “no tengo ninguna opinión sobre esto”? Yo creo que decir y decirnos “No sé” varias veces al día es una muestra de inteligencia, de humildad, de criterio, de respeto por una misma y por los demás. No se trata de callarnos siempre, evidentemente, sino de afinar mucho lo que soltamos por nuestra boca y de elegir bien a quién escuchas. De construir el criterio suficiente para que solo se te cuele dentro lo que está dicho desde el lugar adecuado y con la intención correcta.   P.D.: si te apetece compartir este artículo en Instagram, porfa, pon el enlace, le facilitas mucho la vida a quien le interese y a mí también, GRACIAS. P.D2.: si cuando ha aparecido la palabra “criterio” has sentido un pellizquito de incomodidad, porque quizás piensas que no tienes las cosas claras, porque a lo mejor hace tiempo que la inercia te atropella y andas un poco perdida, porque sientes que te has centrado tanto en el “tengo qué” que se te ha olvidado el “quiero”, tengo algo para ti: 5 ejercicios sumamente prácticos para reconectar con tu voluntad, para dejar de centrarte solo en las obligaciones y empezar a vivir desde la libertad de lo que SÍ QUIERES. Los tienes aquí, espero que te sirvan: quiero mis 5 ejercicios.

No estás saturada, estás dispersa

Hay una frase que escucho constantemente, muchas veces en mi propia cabeza: “No puedo más, tengo demasiadas cosas”. Y muchas veces es verdad. Hay momentos de la vida en los que todo se junta: los hijos que la han liado, esa cosa de trabajo que se ha ido retrasando y justo llega ahora que voy de culete, el cuadro de fusibles de casa que falla y me quedo a oscuras. Decisiones, cambios, imprevistos todo junto en el mismo momento. Pero otras muchas veces, más de las que nos gusta admitir, no es que estemos saturadas, es que estamos dispersas. Y no es lo mismo. Ni de lejos. Porque la saturación tiene que ver con el volumen. Y la dispersión tiene que ver con cómo gestionamos ese volumen. Aprendí esto no hace demasiado, en un día de esos en los que tienes la sensación de tener el plato llenísimo. Mil cosas en la cabeza, la sensación de “No llego”, la prisa que no te deja ni disfrutar ni concentrarte. El cabreo de estar otra vez así. Coño, tía, que tú das clases de planificación. Totalmente cierto, y la verdad es que la mayoría del tiempo, todo va sobre ruedas. Pero una es humana. Entonces hice lo que hago cuando siento que la barca de la vida está yendo a su puta bola: me senté a escribir. Esto que me pasa ¿Es exceso de tareas, o es falta de foco? ZASCA. No era la cantidad. Era la mezcla. Porque había cosas pequeñas (responder un par de mensajes, hacer una llamada, cerrar un tema pendiente), cosas importantes (avanzar en un proyecto, replantearme el calendario anual de formaciones), cosas personales (organizar varios temas de mis hijos, planificar fisio y ejercicio para cuidar mi espalda), todo revuelto en el mismo momento, todo compitiendo por mi atención al mismo tiempo. Sin orden. Sin jerarquía. Y claro, así el cerebro colapsa. Normal. Porque nuestro cerebro no está diseñado para tener diez frentes abiertos a la vez. Está diseñado para enfocarse, avanzar y cerrar. Y descansar, claro. Cada tarea abierta, cada “luego lo hago”, cada “tengo que esto y esto y lo otro”, es como una campanita sonando en tu cabeza, como una cuerda tirando de ti. Cada una en una dirección diferente. Y cuando tienes veinte, no avanzas. Te enredas. La dispersión no es tan visible como la saturación. No es tan tangible, tan evidente. La dispersión es más traicionera. Porque parece que estás siendo productiva, pero empiezas muchas cosas y no terminas casi ninguna. Cambias de tarea cada diez minutos. Estás todo el día ocupada y no has hecho nada realmente importante. Importante es algo que te acerca a lo que quieres. Es acabar el día cansada, pero sin ver el fruto de tu esfuerzo. ¿Te suena? A mí, mogollón. Como aquí estamos para ser constructivas, tendremos que ver cómo solucionamos este asunto de la dispersión. Y siempre tendemos a la misma solución: seguir haciendo, hacer más, agotarnos. Acabar con esa dispersión pasa por hacer menos pero mejor. Por parar, mirar el cuadro completo, decidir y priorizar. Para mí, la clave ahora mismo está siendo: Elegir 1, 2 o 3 cosas importantes al día. Y hacerlas con todo el foco, olvidando todo lo demás. Con el móvil en un cajón, claro. No quince. No “a ver si puedo con todo”. No “voy viendo”. Elegir. Y eso implica renunciar. A otras tareas. A otras ideas. A la fantasía imposible de que hoy sí, hoy sí que voy a poder con todo. Spoiler: no vas a poder. Nadie puede. Ni falta que hace. Pero sí puedes decidir hacer lo que es importante ahora mismo. Y cuando pones en práctica esto, que parece tan sencillo, como por arte de magia, aparece la calma. Oye, con la misma cantidad de tareas y las mismas horas en el día. Magia potagia. Pero es que la calma no viene de tener la agenda vacía, básicamente porque eso es imposible. Viene de saber que estás donde tienes que poner tu atención, donde está tu mente. La dispersión, en cambio, es ruido constante. Es estar en todo y en nada. Es no poder descansar ni trabajando ni parando, porque siempre hay algo tirando de ti. O empujándote. Así que hoy te dejo una pregunta, que espero que te sirva tanto como a mí: ¿Estás saturada o estás dispersa? Y si la respuesta es la segunda, prueba esto mañana: Antes de empezar el día, elige tres cosas. Solo tres. Y no te muevas de ahí. Sé muy obediente a ti misma. Sé férrea. Cuando termines una, pasas a la siguiente. Y así todo el rato. Lo demás puede esperar. Tu paz mental, no. P.D.: Si te acabas de dar cuenta de que llevas tiempo dispersa a más no poder y, a consecuencia de ello, tu vida anda un tanto caótica, te dejo aquí un audio de solo 30 minutos con dos ejercicios prácticos que a mí me ayudan muchísimo a retomar las riendas de la vida, a decidir cuál es el siguiente paso a dar. Lo tienes AQUÍ. Espero que te sirva.

Mi Yo del Futuro me ha dicho que necesito estas 3 cosas

Hace unas semanas te contaba que cada mañana, nada más despertar, hago una visualización: bajo una escalera de caracol vestida con una alfombra blanca de lo más divina, abro una puerta y me encuentro con mi Yo del futuro en una casa preciosa. Esa Yo de edad indeterminada es una tía sabia y segura de sí misma a más no poder. Chorrea calma por sus cuatro costados. Cada mañana, le pregunto a esa Yo futura qué he de hacerme para disminuir la distancia que existe entre nosotras. A veces me suelta reflexiones profundas, otras me regala una piedra feísima sospechosamente parecida a las que venden en Tiger, pero hace unos días, en lugar de ponerse mística, fue de lo más directa. Me miró y me dijo: necesitas tres cosas. Orden. Merecimiento. Rituales. Nada más. Y nada menos. La verdad es que me encantó lo que me dijo, porque me gusta lo concreto. Claro, que luego yo tuve que interpretar esas tres palabras. Profundizar. Entender por qué y para qué había elegido esas y no otras. Las Yoes del futuro te dan pistas, pero no te solucionan la vida, eso lo tiene que hacer una. Asi que me puse manos a la obra y lo que entendí fue esto: Lo primero que necesito es orden. La verdad es que esto es algo que se repite mucho en mis páginas matutinas. Y no es que sea desordenada, pero siempre podemos mejorar, enfocarnos en algo en concreto. Yo quiero orden en casa, en la cabeza, en la vida. Pero no como herramienta de encorsetamiento y rigidez, sino todo lo contrario, como manera de encontrar la calma y el descanso. Porque el desorden no es solo estético, es mental, es emocional. Es ese cajón que no abres porque sabes que dentro hay caos. Es esa lista interminable de cosas empezadas y no terminadas. Es tener tantas ideas que te hierve la cabeza. El desorden ocupa espacio, pero sobre todo ocupa energía. Y lo que me decía mi Yo del futuro, con esa calma suya tan gloriosa, es que no necesito hacer más, sino menos. Soltar, ordenar, decidir. El orden no te quita libertad, te la devuelve. Lo segundo: merecimiento. ZASCA. Porque mira que yo os hablo de merecimiento y mira que he avanzado en este aspecto, pero es que siempre hay camino que recorrer. Y la verdad es que, si me observo, hay veces en las que claramente siento que no merezco: descansar, liberarme de responsabilidades que son de otros, cambiar rutinas que ya no me favorecen. Pasar de todo un poco más. El merecimiento no es el premio por hacer las cosas bien. Es el punto de partida. Es lo que te permite empezar a hacerlas. A vivir como quieres vivir. Y lo tercero: rituales. No hábitos productivos, no rutinas perfectas de esas que salen en Instagram de gente que se levanta a las tres de la mañana. Rituales. Esas pequeñas cosas que se repiten y que te ordenan por dentro. Mis páginas matutinas, mis paseos, mis estiramientos, mi té mirando por la ventana. Cosas que no parecen importantes, pero que lo son, y mucho, porque son una parte enorme de la persona en la que me quiero convertir. Porque los rituales apagan el ruido, crean estructura, le dicen a tu cerebro que estás a salvo. Esas tres cosas no son objetivos, sino condiciones. Sin orden en el sentido más amplio de la palabra, no hay espacio para poder crear (proyectos, ilusiones, la vida que quiero). Sin merecimiento, no me voy a dar permiso para todo lo anterior. Sin rituales, no voy a tener la solidez y la calma para sostener todo eso. Con el tiempo, y gracias a mi Yo futura, voy entendiendo que ser quien quieres ser no tiene que ver con revolucionar la vida a lo loco, sino con crear los contextos para ir inventándote poco a poco. Cuántas veces nos enroscamos en lo grande, en lo inalcanzable. Hoy, de parte de tu Yo futura, te invito a que, en lugar de preguntarte qué tienes que hacer con tu vida, te preguntes esto: ¿qué necesita la mujer en la que te quieres convertir? Y hazle caso, aunque te pida algo tan poco espectacular como ordenar un cajón, descansar sin culpa o tomarte un té mirando por la ventana. P.D.: hoy a medianoche termina la oferta del Día del Libro, querida mía. Solo por unas horas más tienes todos mis libros con un 20% de descuento y mi audiolibro a mitad de precio. Los tienes todos aquí. Un abrazo, Sol

Llega el Día del Libro: 3 recomendaciones (maravillosas)

Para mí el Día del Libro es el Día de Sant Jordi, es la Rambla de Catalunya llena de puestos con rosas y libros, es volver a mi infancia y a mi juventud. Mi sueño, desde chiquitina, era ser una de esas personas que firma libros con una cola enorme de gente delante. Y lo cumplí durante dos años, gracias a muchas de vosotras. ¿Por qué no han sido más? Tengo que pensarlo en profundidad, pero una de las razones es que los sueños, si los toqueteas mucho, se desgastan. Otra, y acabo de darme cuenta, es que, en mi primer Sant Jordi, volvió a mi vida alguien absolutamente excepcional. Allí estaba, haciendo cola, mi adorado S. Sin avisar. Después de tantos años sin vernos. Le abracé mucho y le senté a mi lado mientras la cola se diluía y yo terminaba de saludar y firmar. Nos quedamos charlando allí solos, hasta entrada la noche. Y no volvimos a separarnos, hasta que la vida insistió en demostrarnos que no somos eternos. Quizás es una tontería, pero no quiero amontonar recuerdos que tapen aquel momento. Todavía no estoy preparada para volver al mismo lugar sabiendo que él no estará. Dicho esto, amigas, CELEBREMOS LA LITERATURA. Sant Jordi es la excusa perfecta para sumergirnos entre libros, para llevarte a casa una historia que te acompañe durante días (o semanas o años), que te haga pensar, que ensanche tu mirada y tu vida, que te haga disfrutar. Este año te recomiendo tres libros MUY diferentes entre sí en cuanto a momento vital de sus autores, en cuanto a contexto histórico, en cuanto a lenguaje. Y muy similares en cuanto a algo que para mí es importantísimo en un libro: están llenos de verdad, de honestidad. Vamos allá: “Otra vida por vivir” de Theodor Kallifatides Kallifatides nació en Grecia y emigró a Suecia de joven, allí desarrolló toda su carrera literaria escribiendo en sueco (algo que me parece fascinante del todo). Durante décadas vivió entre dos lenguas, dos culturas y dos identidades. Por eso, su vuelta a Grecia en este libro no es solo un viaje geográfico, sino profundamente emocional: es volver a preguntarse quién es después de toda una vida entre dos mundos. Narra el final de una etapa, el cuestionamiento profundo, casi el cierre de un ciclo. Reflexiona sobre la vejez, la creatividad, el sentido de seguir escribiendo cuando sientes que, a lo mejor, ya lo has contado todo. Hay una sensación constante en el libro de conversación íntima, casi de confesión. ¿Por qué me ha gustado tanto? Porque me gusta que me inviten a hacer inventario de mi propia vida, a aceptar que hay momentos en los que toca mirar hacia adentro y entenderse. Me gusta que me planteen preguntas de difícil respuesta.

«La vuelta al mundo en 72 días” de Nellie Bly Desde que supe de su historia, me entusiasmó Nelly Bly. Qué guerrera, qué visionaria. Nellie Bly fue una de las primeras periodistas de investigación en el mundo, pionera del periodismo encubierto en Estados Unidos, en un momento en el que las mujeres no podían, ni de lejos, aspirar a algo que no fuera escribir sobre maquillaje o ser secretarias. Desarrolló su carrera entre 1880 y principios de 1890. Una de sus hazañas más conocidas es que se infiltró en el Blackwell’s Island Asylum, un hospital psiquiátrico, que estaba en Roosevelt Island, una isla pegada a Manhattan. Destapó las condiciones horribles en las que estaban los enfermos y consiguió que hubiera reformas y mejoras en el sistema. Ahora el hospital ya no existe y lo han convertido en apartamentos de lujo, pero lo que sí se puede visitar en Roosevelt Island es un grupo de esculturas precioso, que se creó hace pocos años en homenaje a Nelly Bly. Se llama The Girl Puzzle, porque es el título de uno de los textos que ella escribió cuando tenía solo 18 años. En él reflexionaba sobre el papel de la mujer en la sociedad y se inspiró en la idea de que las mujeres eran tratadas como piezas sueltas, sin encajar del todo en ningún sitio. Como un puzle mal resuelto. Dio la vuelta al mundo en 1889. Una mujer viajando sola, investigando y publicando en ese contexto era algo absolutamente revolucionario. Decidme que no es alucinante lo que hizo esta señora, en esa época, a esa edad. Fascinante. Este libro es un recopilatorio de sus escritos e incluye su famoso viaje alrededor del mundo en 72 días, que fue una carrera contra el tiempo llena de trenes, barcos, retrasos, y decisiones tomadas a toda velocidad. Bly fue alguien que se metía donde nadie quería mirar y que usaba lo que veía para generar impacto real. A mí me ha encantado porque es lo contrario al libro anterior. Es dinamismo, curiosidad, valentía. Porque hay momentos para reflexionar y otros en los que hay que actuar. “Madonna no nació en Wisconsin” de Natalia Moreno Y luego está Natalia. Que la amo, la verdad. Qué tía tan creativa, tan simpática, tan inteligente. Este no es un libro autobiográfico como tal, pero casi. Porque lo que cuenta nace de una mirada muy personal, muy particular sobre la identidad, el éxito, la construcción de una misma. El libro utiliza a Madonna como punto de partida, pero en realidad habla de nosotras. De cómo nos construimos, de cómo nos contamos quiénes somos, de cómo nos adaptamos o nos traicionamos para encajar. Natalia desmonta cosas todo el rato: expectativas, versiones antiguas de una misma, ideas que creíamos que eran inamovibles. El libro se sitúa en ese punto en el que ya no puedes seguir siendo quien eras, pero todavía estás viendo quién puedes llegar a ser. El lenguaje de Natalia es descarnado, crudo, absolutamente directo, a veces incómodo, a veces salvaje. No suaviza nada. Este libro te gustará si lo que buscas es sacudirte, cuestionarte y desmontar versiones de ti que ya no están alineada con quien eres ahora. Tres libros. Tres momentos muy diferentes. Tres maneras de escribir y de ver la vida. Que, en el fondo, son tres recordatorios de que no somos una sola cosa, gracias al cielo. Espero que te hayan servido estas recomendaciones, siéntete libre de dejar las tuyas en los comentarios. Y como una también escribe y celebra Sant Jordi, te cuento que, desde hoy y hasta el 25 de abril, tienes todos mis libros y packs con un 20% de descuento y el audiolibro de “Apréndete” a mitad de precio. Aquí puedes verlos todos. Muchas me preguntáis cuál leer primero y es que mis cinco libros son varios mundos diferentes. Empezamos por el primero “Algún día no es un día de la semana”, mi única novela. Si quieres reírte muchísimo y reflexionar muchísimo te gustará esta historia en la que acompañamos durante un año a Sofía Miranda en su búsqueda de la felicidad. Viajes geográficos, emocionales. Odas continuas a la amistad. Unas cuantas hostias vitales y mucho aprendizaje. Lo tienes aquí. Luego tenemos mis tres recopilatorios de artículos, que son perfectos cuando te apetece leer cinco minutos y acabar algo con un sentido, con un aprendizaje. Yo los leería en el orden en el que los escribí: “Las primeras veces”, “Todas mis vidas” (escrito en los tiemps de pandemia) y “Tres minutos”. Los tienes aquí. Y, por último, “Apréndete”, el único sobre autoconocimiento que he escrito hasta la fecha. Es el libro que me habría gustado leer a mí para aprender a tomar buenas decisiones. Hago un recorrido, paso a paso, sobre todos los elementos que necesitamos dominar para diseñar una vida en la que nos queramos quedar. Aquí lo tienes en papel Aquí tienes el audiolibro. Feliz Día del libro, feliz vida, hermosas mías.