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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

Ser responsable no es lo mismo que ser autoexigente

Ya sabéis que pocas cosas me apasionan más que observar el comportamiento humano, incluido el mío. Tras los patrones que repetimos están escondidas todas nuestras creencias, las que nos aplastan y las que nos impulsan. Observando eso que hacemos una y otra vez, podemos dar con fórmulas sumamente útiles. Qué gusto me da agarrar esos comportamientos y convertirlos en teorías que luego comprobaré una y otra vez, conmigo misma y con las personas que me rodean. Y una de esas, llamémoslas teorías, es que muchas de nosotras, durante la mayor parte de nuestra vida hemos confundido ser exigentes con ser responsables. Y esa confusión nos ha salido cara. CARÍSIMA. Creernos responsables cuando en realidad estamos autoexigiéndonos hasta la saciedad nos agota, nos frustra, nos lleva a decisiones equivocadas. Decisiones equivocadas son las que se toman empujándote en lugar de cuidándote. Autoexigirnos todo el rato nos lleva a creer y a sentir que, hagamos lo que hagamos, nunca es suficiente. Que nunca SOMOS suficiente. Yo he vivido ahí la mayor parte de mi vida. Con esa idea clavada dentro de que había que dejarse la piel. Literalmente, porque vivía entre herpes, hongos, anginas… Un asquito. De hecho, escribí un texto que se llamaba “Ya no quiero dejarme la piel”, porque llegó un momento en el que entendí que vivir así no era era ya una opción válida para mí. Caemos en esa confusión porque la autoexigencia es listísima y se disfraza muy bien. Se presenta ante ti como fuerza de voluntad, como consistencia. Pero en realidad es dureza y automachaque. Te dice que no puedes parar, que no puedes aflojar, que no puedes descansar, porque eso es de vagas. Te pone el listón un poco más lejos justo cuando estás llegando. ¿Te suena? A mí, mogollón. La autoexigencia viene de la exigencia que hemos vivido fuera y que, sin darnos cuenta, se nos ha metido dentro. De crecer sintiendo que había que esforzarse más, aguantar más, demostrar más. De aprender que el descanso había que ganárselo y justificarlo y que la amabilidad con una misma era algo innecesario y egocéntrico. Así se construye una estructura mental basada en el castigo, no en la voluntad. En el “tira” y no en el “escucha”. En el “puedes con todo” y no en el “¿cómo estás?”. Un horror. La responsabilidad es otra cosa muy diferente. Responsabilidad es tenerte en cuenta. Es apartarte de la inercia. Es ocupar mucho espacio en tu propia vida. Es aprenderte, estudiarte, conocerte. Es saber qué te suma y qué te resta. Qué te expande y qué te apaga. Qué decisiones te acercan a la vida que quieres y cuáles te alejan, aunque estén bien vistas desde fuera. La mayor responsabilidad que tenemos no es cumplir expectativas. Porque desear es una cosa maravillosa que nos impulsa, que nos eleva. Pero la mayoría de las expectativas las implantaron en nosotras cuando no podíamos elegir y llevamos un montón de años viviendo bajo sus mandatos. Ya va siendo hora de liberarnos. Seamos desobedientes. Responsabilidad es no responder a estándares imposibles. No queremos ser supermujeres, queremos ser mujeres superfelices. Responsabilidad es no abandonarnos bajo la excusa de obligaciones que otros inventaron. Es escucharnos. Es hacernos cargo de nosotras mismas con toda la honestidad y toda la presencia. ¿Somos capaces de separar por completo esos dos conceptos? ¿De dejar de confundirlos? ¿De liberarnos? Pues no lo sé, la verdad. Yo me sorprendo acercándome a veces al lado oscuro, olvidándome de que mi deber supremo es tenerme en cuenta. La gran diferencia es que ahora veo llegar al monstruíto. Ahora tengo herramientas para hacerme cargo. Ahora sé de dónde viene esa voz gritona que me mete prisa y me pellizca, y ya no la confundo con la responsabilidad. Ahora sé que estoy siendo sumamente responsable cuando me pregunto cómo estoy, qué necesito y hago lo posible por procurármelo. He aprendido —y sigo aprendiendo— a llenar mi vida de mí. A no tratarme como un recurso inagotable. A decidir desde un sitio más adulto y más compasivo. Y es que cambiar el ángulo desde el que nos miramos lo cambia todo. Mirarnos desde la responsabilidad real nos vuelve más lúcidas. Nos permite estar contentas, disfrutar, descansar sin sentir que siempre estamos en deuda con un ente indeterminado. Ser responsable no es tratarte mal, es construir una vida en la que te quieras quedar. P.D.: si te apetece compartir este artículo en tus redes, porfa, pon el enlace. Les haces un favor a todas tus amiguis y, de paso, a mí. GRACIAS. P.D2.: Feliz San Valentín, si estás leyendo este texto el día en el que lo publico. Que viva el autoamor. Yo, para celebrarme, hoy voy a volver al Ejercicio del Día Ideal, porque creo que no hay mejor autoregalo que la claridad y el foco. Te dejo AQUÍ un PDF con el paso a paso, con todas las preguntas que yo me hago, con ejercicios para desbloquearte, por si te hace falta. P.D3.: si estás en un momento en el que sientes que quieres hacer un cambio en tu vida; llámale reinvención, evolución o viraje, te cuento que ya puedes apuntarte en la lista de espera de mi programa REINVÉNTATE. REINVÉNTATE es un programa de ocho semanas en el que, a través de mi experiencia personal, procesos estructurados y ejercicios prácticos acompaño a mujeres que quieren sustituir la parálisis por acción, conocer sus talentos y darles forma, así como reenfocar sus vidas a todos los niveles. Tienes AQUÍ toda la información. P.D4: estos días estoy recomendando el Bootcamp de Nayla Norryh “Tu programa insignia escalable” que yo hice y que fue el principio del crecimiento exponencial de mi negocio. Me dio foco, previsibilidad y mucha claridad mental. Si eres emprendedora en el entorno online y sientes que trabajas mucho pero con demasiada incertidumbre, aquí te dejo la info: https://formaciones.naylanorryh.com/bootcamp-tu-programa-insignia-2026/

Lo que necesitas no es más exigencia, sino más claridad

Llevo días con varios flecos pendientes: que si recabar info sobre un seguro de salud, ir a buscar una tarjeta para el garage, limpiar el coche, recoger unos cuadros que tengo enmarcando desde antes de Navidad, recoger unos pantalones de la costurera, etc. Cosas pequeñas, la verdad. Ninguna dramática, enorme, super complicada. Ninguna urgente. Puedo seguir viviendo. Así que ahí siguen: en la lista. En la cabeza. Pesándome en la sesera. Como te podrás imaginar, no es que no sepa lo que tengo que hacer. Ni siquiera que no tenga tiempo, porque ya sabemos que sacamos tiempo para lo que es prioritario. Entonces, ¿por qué narices llevo semanas sin quitarme esa carga mental? ¿Por qué no he reservado un par de horas en la agenda para quitarme todo eso de encima? Hoy, al despertarme, lo he descubierto. Bueno, más concretamente, al hacer mi visualización diaria, esa en la que conecto con mi Yo del Futuro. Porque esa Yo nunca posterga, ni nada parecido. Tiene una calma mental alucinante a consecuencia de ello, claro. Me he dado cuenta de que una parte de mí está esperando que alguien se ocupe de esas cosas. Como si fueran a resolverse solas. Como si fueran responsabilidad de otro. Ya me contarás tú a mí quién va a ser, si no tengo pareja, asistente personal, ni nada de nada… Así que ahí siguen los flequitos, ¿te suena esta historia?, ¿te pasa? Hoy, mientras me paseaba por la casa divina de mi Yo del futuro, me he dicho algo muy simple: soy una adulta responsable. Y, además, soy poderosa, cual Diosa del Olimpo Vikingo. Y después de tomarme mi Cola Cao, antes de ponerme a currar, me he sentado a escribir mis páginas matutinas y a contarme todo eso que he descubierto sobre mí misma, y luego me he puesto a organizar el día, antes de entrar en la vorágine del curro. No desde la exigencia, sino desde la responsabilidad y el compromiso conmigo misma. Contándome que mi calma depende de que me quite esas mierdecillas de encima. Haciéndome cargo. Creo que muchas de nosotras confundimos actuar desde la adultez con empujarnos más. Con exigirnos más. Pero no va de eso. No va de ser duras. Va de ser claras. De definir nuestras tareas y de contarnos cuándo y para qué las vamos a completar. ¿De dónde viene esa exigencia extrema y esa falta de claridad y compromiso? De que nos hemos acostumbrado a cumplir órdenes. Desde pequeñas. En el cole, en casa, en el trabajo. A que nos digan qué tengo que hacer ahora, qué es lo siguiente, qué se espera de nosotras. Y ahí lo hemos hecho la mar de bien. Somos unas ejecutoras impecables cuando se trata de cumplir lo que otro manda. El problema es que nadie nos ha entrenado en la iniciativa. En decidir. En hacernos cargo de nuestra propia vida sin esperar permiso, validación o instrucciones externas. Y cuando no hay una orden clara que viene de fuera, nos quedamos en pausa. Postergando. Arrastrando cosas que pesan más por lo que ocupan en la cabeza que por lo que realmente son. Hablo de hacer recados, del deporte que siempre dejo para luego y se convierte en nunca, de empezar a trabajar en mi currículum porque llevo tiempo pensando en cambiar de curro, de agendar ese día de spa que ansío, de organizar el finde con las amigas, etc. Muchas de las cosas que se nos atascan no es porque sean difíciles, sino porque siguen colocadas en un lugar infantil: a ver cuándo se resuelve estoa ver si alguien me ayudaa ver si tengo más ganas. Y la verdad es que podemos esperar sentadas a que eso pase. Actuar como las adultas divinas que somos no es hacerlo todo hoy. Es decidir. Es cerrar bucles interminables. Es dejar de mirar para otro lado. Lo pendiente no solo ocupa tiempo, ocupa espacio mental. Cada fleco abierto es un recordatorio constante de que estás evitando algo. Y eso desgasta mogollón. Mucho más que sentarte un rato y finiquitarlo. Cuando tomas una decisión, cuando haces esa llamada, cuando ordenas ese asunto, te cuentas algo muy importante, algo así como: tranquila, lo tengo controlado, estoy al mando. Eso es poder. No necesitamos más exigencia. Necesitamos saber qué depende de nosotras y qué no. Elegir una cosa. Solo una. Y hacerla. No para ser productivas, sino para ser dueñas y señoras. La proactividad no es una cuestión de personalidad, es una elección. Y es la única manera de que nos pase lo que queremos que nos pase. Nadie va a venir a ordenar nuestra agenda. Nadie va a terminar por nosotras lo que evitamos. Y eso no es una mala noticia, es una liberación tremenda. Porque cuando dejas de esperar, empiezas a dirigir. Y eso lo cambia todo. P.D.: el ejercicio que me proporciona esa claridad que necesito es, sin dudarlo, el del Día Ideal. Implementarlo periódicamente en mi vida ha supuesto un antes y un después, y como yo estoy aquí para compartir lo que me sirve, he diseñado para ti una guía con el paso a paso de ese ejercicio y además:
  • La explicación científica sobre cómo tu cerebro procesa la información y por qué este ejercicio funciona.
  • Preguntas clave que te ayudarán a detectar creencias limitantes que pueden estar frenándote sin que te des cuenta.
  • Ejercicios de respiración y conexión con el cuerpo para desbloquear tensiones y tomar decisiones con más claridad.
Esta guía es para ti si quieres:
  • Tener claridad sobre lo que realmente quieres
  • Sentirte alineada con tus valores y decisiones, sin dejarte llevar por lo que “deberías” hacer o por lo que otros esperan que hagas
  • Detectar creencias y bloqueos que no te dejan pasar a la acción
  • Tomar decisiones desde la calma y la seguridad
  • Tener una herramienta práctica a la que puedas volver cada vez que necesites redefinir tu camino
Puedes descargar tu guía AQUÍ.

Dos libros para entender por qué te cuesta tanto priorizarte

Ando estos días sumergida en la lectura de “Los interesantes”, un libro que, como siempre, me recetó mi adorada Laura Riñón, de Librería Amapolas. Cuál es mi sorpresa cuando veo que, en esa novela, mencionan “El drama del niño dotado” de Alice Miller, un libro que me recomendó mi psicóloga hace ya mil años y que yo, a su vez, he recomendado por activa y por pasiva, porque me parece un imprescindible a la hora de entender las conductas, las creencias y las mierdas de muchas de nosotras. De ahí surgió la idea de este artículo de hoy, porque hay lecturas que quizás no son cómodas ni fáciles, pero sí deberían ser obligatorias, porque nos ayudan a entender por qué somos como somos. Ponen palabras a nuestras incomodidades. El primer libro es El drama del niño dotado, de Alice Miller. El segundo, Madres arrepentidas, de Orna Donath. Aparentemente hablan de cosas diferentes. Uno de la infancia. Otro de la maternidad. Pero la verdad es que hablan de lo mismo. El drama del niño dotado pone el foco en la capacidad que tenemos para adaptarnos emocionalmente (y aquí no considero la adaptabilidad como algo positivo). Muchas éramos niñas sensibles, inteligentes, responsables. Niñas que “no daban problemas”. Súper obedientes. Niñas que aprendieron demasiado pronto a detectar qué necesitaban los adultos y a convertirse en eso mismo dejando de lado su identidad y sus necesidades, porque a esa edad, el vínculo es imprescindible para sobrevivir. El problema es que esa habilidad, tan aplaudida mientras nos portamos la mar de bien, se convierte en una trampa silenciosa cuando crecemos: no sabemos identificar lo que realmente queremos, nos devora el miedo a decepcionar, nos carcome la culpa al poner límites, nos autoexigimos hasta límites insospechados. ¿Te suena? Madres arrepentidas entra en un terreno todavía más peliagudo. No porque ataque la maternidad, sino porque se atreve a mencionar algo que el discurso dominante no permite: que hay mujeres que, aun queriendo a sus hijos, se arrepienten de haber sido madres. No son monstruos, son mujeres que tomaron decisiones que obedecen a un marco cultural donde la maternidad no se cuestiona, se da por sentada. Por defecto, serás madre. Aquí el foco no está en si tener hijos es bueno o malo, lógicamente, sino en la ausencia de elección real. En lo poco que las mujeres se preguntan, con toda la información y la honestidad, si esa es la vida que quieren. En lo difícil que es admitir que eso no es lo que quieres cuando ya no hay marcha atrás. Por cierto, te dejo aquí el episodio de podcast en el que te hablo de tres verdades sobre la meternidad sobre las que no suele hablarse. A lo que íbamos, ambos libros hablan de vidas vividas desde la adaptación. Desde el tengo que. Desde la expectativa ajena. Uno explica cómo aprendimos a desconectarnos de nosotras para no perder el amor de nuestros cuidadores. El otro cuenta qué pasa cuando esa desconexión se alarga durante décadas y se convierte en decisiones irreversibles. No son libros que busquen culpables. No demonizan a ni a padres, ni a madres, ni a hijos. Lo que hacen es poner palabras donde normalmente hay silencio. Miran de frente asuntos que normalmente evitamos ver. Están llenos de honestidad Y la honestidad, aunque nos duela, es el primer paso imprescindible hacia una vida más libre. P.D.: si te apetece compartir este artículo en Instagram, porfa, añade el enlace. Les facilitas mucho la vida a quienes quieran leerlo y a mí también, GRACIAS. P.D2.: Hablando de libros, el próximo 14 de febrero, a las 12:30, tendré el honor y el gustazo de presentar con Paulo G. Conde su última novela “Las ventanas sin rejas” en la librería “Amapolas en octubre”. Si estáis por Madrid, será un gusto veros. No se puede reservar plaza, así que yo, de vosotras, iría un ratito antes, abren a las 12. Allí tendréis ejemplares, claro. Si no andáis por los madriles, podéis leer la sinopsis y comprar AQUÍ la novela. No sabéis la ilusión que me hace esto y lo nerviosa que estoy. Y lo que me encantó la historia que nos cuenta Paulo en la novela, porque él siempre encuentra la manera de rascar debajo de la superficie, de contarnos mil historias en una sola, de reflejar lo maravilloso y lo miserable del ser humano para que reflexionemos sobre ello. P.D.3: si eres de las que se ha sentido identificada cuando hablaba de que no sabemos lo que queremos realmente porque nos hemos ido adaptando en lugar de decidiendo, quizás te sean de utilidad estos cinco ejercicios que he creado para reconectar con tus deseos, para validarlos, para poner claridad y para honrar tu divina voluntad. Si quieres:
  • Dejar de justificar eternamente lo que quieres ahora o lo que ya no quieres.
  • Dejar de postergar tus deseos y darles prioridad, al fin
Descarga aquí tus ejercicios. Espero que te sirvan, Sol

Me sentía vacía y lo solucioné así

Todas tenemos días rarillos, forman parte de la vida. Yo creo que no se le ha de dar importancia si son días, pero cuando la cosa rara se convierte en semanas o meses, ahí, amiga, toca remangarse e investigar un poco. Ordenar el coco y ponerle nombre a lo que nos pasa, porque si no es imposible darnos lo que necesitamos en cada momento. El caso es que, durante la última semana, me he estado notando medio hastiada, no muy enfocada, sin esa chispa de la vida que disfruto normalmente. Y, claro, si llevas tiempo por aquí, ya me conoces. Me puse manos a la obra. Mi manera de meterme en harina con lo que me pasa por el coco es casi siempre bucearme en mis páginas matutinas, hacerme muchas preguntas, mirar hacia adentro, que es donde están TODAS las respuestas. Y di con la clave de mi hastío. No estaba triste. No estaba desmotivada. No estaba cansada. Estaba VACÍA. Escribiendo me di cuenta de algo que me dio, a partes iguales, alegría y una rabia tremenda: sin darme cuenta había abandonado un hábito que me flipa y que es absolutamente indispensable para mí. Hay que ver, cómo es la inercia vital, que te arrastra por mucho que la conozcas y la veas venir. Para mí es básico leer o escuchar cada día a gente que me inspire, a gente mucho más lista que yo y que hable de cosas que no desconozco o de una manera innovadora. Gente que me enseña, que me hace pensar, que me da ganas de ser mejor. Que me cuenta que hay todo un mundo ahí afuera que está a mi disposición para que aprenda de él. que hay más mundo del que cabe en mi cabeza. Y llevaba demasiado sin leer, sin escuchar, sin absorber. ¿Cómo he llegado al abandono de la inspiración? Me he pasado semanas produciendo, produciendo, produciendo. Dando, dando, dando. Vaciándome sin rellenar el depósito. Centrándome en el HACER en lugar de en el SER. Y claro, así ni hay chispa ni madre que la parió. Porque el ser humano NECESITA inspiración. No es algo extra para cuando tienes tiempo (entre otras cosas porque no lo vas a tener, lo tienes que CREAR). La inspiración es ese estímulo que nos conecta con ideas nuevas, con perspectivas distintas, con posibilidades que no habíamos contemplado. Es gasolina mental y emocional. Cuando nos inspiramos, el cerebro se expande, y nosotras con él. Aumenta la creatividad. Ordena el pensamiento. Despierta nuestra curiosidad, qué IMPRESCINDIBLE es la curiosidad para tener una vida plena. Inspirarnos no es consumir contenido a lo loco, sin criterio. Es exponernos conscientemente a ideas que nos alimentan, nos cuestionan y nos sorprenden. Así que decidí retomar mi hábito, claro. La vida va a de agarrarnos con uñas y dientes a lo que nos hace bien. Pero como todo hábito que queremos implementar o recuperar, necesitaba concreción y claridad. Lo que está difuso no se hace. Me pregunté: ¿qué puedo hacer cada día, sin excusa alguna? Respuesta: escuchar una charla de TED Talk al día. Son diez minutos de . Diez. En su web puedes crearte un usuario, elegir los temas que te interesan y tener un historial para revisitar lo que te ha gustado. Facilísimo. Y cuando algo es fácil, se hace. En el coche, salvo que me apetezca mucho escuchar música, escucharé podcast. Pero organizados previamente. Nada de perder tiempo buscando. La organización es una de las claves más infravaloradas a la hora de retomar hábitos. Hemos de ponérnoslo MUY fácil. Me he descargado algunos episodios del podcast de BBVA Aprendemos Juntos, que me encanta. Otros de “Entiende Tu Mente”, que es otro de mis favoritos. Y estoy investigando otros podcast de autoconocimiento y psicología que nunca he escuchado. Ya te contaré. Y escuchar está muy bien, pero si hay algo que me apasiona y me inspira, es leer. Ya os he contado alguna vez que me resisto a leer de manera puntual la newsletter de los viernes de mi querido Paulo G. Conde (@paulifero). Las acumulo durante varias semanas (ojito a mi capacidad de contención), porque así, en lugar de leerle durante cinco minutos, puedo hacerlo durante media hora. Ya tocaba, así que me lancé sobre los seis artículos que tenía pendientes y, qué maravilla señoras, porque pocas cosas te llenan más el alma que la capacidad de algunas personas para ver siete capas por debajo de la superfície, para percibir lo intangible y ofrecértelo en forma de palabras magistralmente ordenadas. El resultado de volver a mi hábito de inspiración diaria ha sido inmediato. He sentido como si fuera un barril seco perdido y que, de repente, empieza a llenarse. Escucho a mis neuronas burbujear del gustirrinín. Este barril que soy yo no se está llenando solo de conocimiento, sino de algo mucho más valioso: perspectiva. Esa que se pierde cuando te enredas solo en lo tuyo y cuando solo produces hacia fuera. La inspiración nos recuerda para qué hacemos lo que hacemos. Nos devuelve el entusiasmo. Nos coloca en un lugar mental más grande, más flexible, más vivo. Diez minutos al día te cambian. Ahora solo falta convencernos de que es necesario prestarnos atención, hacernos preguntas, sabernos merecedoras de todo lo bueno. Te planteo esta pregunta, por si te sirve, y me encantará que dejes tu respuesta en comentarios, porque compartir es de guapas y así nos inspiramos las unas a las otras: ¿De dónde estás sacando tu gasolina últimamente? Porque dar, dar y dar sin llenarte no es ser generosa. Es ser irresponsable contigo misma. P.D.: si quieres compartir este texto en tu Instagram (gracias), porfa, pon el enlace, les facilitas la labor a quienes les interese y también a mí. P.D.: si estás en uno de esos momentos rarillos, quizás sientas que necesitas retomar las riendas de tu vida. He diseñado para ti un audio con dos ejercicios super prácticos que a mí me sirven para pasar de la deriva a la autogestión. Puedes descargártelo aquí. Espero que te sirva. Feliz semana, querida. Sol

Hay gente que te explota en la cara

Hay personas que parecen majas mientras tú te adaptas. Son simpáticas, graciosas, quizás un poco caóticas. Llegan tarde, cancelan planes, dicen cosas que luego no cumplen. A sí mismas y a los demás también. Y tú piensas que no pasa nada. Porque no quieres ser tiquismiquis. Porque, total, tampoco es para tanto. Hasta que un día sí lo es. Hasta que ese desorden empieza a afectarte. A complicar tu agenda, porque tú habías organizado tu puzle vital y, en el último momento, resulta que no puede quedar porque se le olvidó OTRA VEZ que tenía no sé qué. Porque pretende contagiarte ese cacao mental y vital suyo. Y entonces, con toda la calma, dices algo muy simple. Muy poco dramático. Muy poco agresivo. Algo del tipo: MIRA, CARI, ESTO NO. Y ahí pasa algo que no te esperabas de esa persona tan simpática, tan alegre. No hay conversación. No hay escucha. Hay explosión. La Bomba de King África convertida en ser humano. Te atacan. Se ofenden. Te plantan el cartel de injusta, poco comprensiva. Le dan la vuelta a la tortilla con una soltura que da miedito y, cuando te quieres dar cuenta, estás tú explicándote por haber dicho algo tan básico como que por ahí no. Ese tipo de personas no están reaccionando al límite que acabas de poner, sino a todos los que no pusiste antes. Y eso es importante entenderlo. Porque tu “esto no” no es violento. ES TARDÍO. Llega después de mucho adaptarte, de muchas consideraciones. Después de muchas veces en las te has incomodado tú para no incomodarla a ella. Y cuando el límite llega, no lo reciben como una información, sino como un ataque. Como una traición. Como si les estuvieras quitando algo que daban por hecho: tu disponibilidad, tu comprensión infinita, tu elasticidad. Y entonces aparece la culpa. La maldita culpa. Te comes el tarro preguntándote si lo podrías haber dicho mejor. O en otro momento. Con otras palabras. De otra manera. La culpa es esa vocecita que te dice que igual has sido demasiado brusca, que igual no hacía falta, que igual te has pasado. NO, NO, NO. Cuando alguien reacciona con agresividad a un límite que has definido con todo el con respeto, Tú no tienes un problema de formas. Vosotras tenéis un problema de vínculo. Una persona mínimamente sana puede sentirse incómoda, sorprendida o incluso dolida cuando alguien le marca un límite. Pero puede pensarlo. Puede hablarlo. Quien explota necesita atacarte a ti para no mirarse a ella. Para no hacerse cargo. Para no asumir su incoherencia. Para no responsabilizarse de sus saraos. Y aquí viene lo que he aprendido de poner ese límite (porque sí, amiga, te estoy contando una historia que es mía, para variar): poner un límite no te obliga a gestionar la reacción del otro. No tienes que convencer a nadie No tienes que justificarte una y otra vez. No tienes que hacerte cargo de su enfado. A veces creemos que poner límites es solamente aprender a decir que no, cuando la verdad es que el aprendizaje es otro mucho más profundo y más amplio: aceptar que hay personas que van a desaparecer de tu vida cuando tú empiezas a tratarte bien. No porque sean malas. No porque tú seas mejor. Sino porque la relación solo funcionaba mientras tú tragabas. Y eso no puede ser, esa no es la persona que quieres ser. Y eso duele. Porque te gustaría que la otra persona entendiera, reflexionara. Pero la vida adulta va mucho de asumir que no todo el mundo puede acompañarte para siempre. Si tú te cuidas y el otro te ataca, esa relación no es que sea complicada, es que es incompatible con la persona que has decidido ser. Porque la paz no siempre llega con conversaciones y acuerdos. A veces llega cuando decides que vas a decir “Hasta aquí” antes de que alguien te explote en la cara. P.D.: no necesitamos justificaciones ni excusas para decir “ya no quiero esto” ni postergar infinitamente lo que realmente queremos, pero nos cuesta dejar de hacerlo. Con tal de ayudarte, he diseñado cinco ejercicios que te ayudarán a:
  • Dejar de buscar justificaciones externas para dejar lo que ya no queremos
  • No postergar nuestros deseos, aprender a priorizarlos o, al menos, a ponerlos al mismo nivel que los deseos de los demás
  • Reconectar con lo que realmente queremos, dejar de ignorarlo.
Puedes descargar los ejercicios AQUÍ.

3 preguntas para diferenciar lo que quieres de lo que necesitas

A veces lo que queremos y lo que necesitamos no solo no coinciden, sino que se enfrentan. Queremos tirarnos en el sofá y lo que necesitamos es ir al gimnasio. Queremos escribirle al mareador de turno y lo que necesitamos es bloquearle para siempre jamás. Queremos comer pizza y lo que nuestro cuerpo necesita es verdura. Queremos tener razón y lo que necesitamos es paz. Todas estamos escindidas. Una parte de nosotras busca placer inmediato, alivio, gratificación. La otra —la más sabia— pide coherencia, salud, propósito. A mí me sirve mucho pensar que mi Yo futura es la más lista, porque sabe cuáles son las consecuencias de mis decisiones, porque no está sometida a las tentaciones, a los impulsos. A esa Yo es a la que le he de hacer caso. Lo que quieres tiene que ver con el deseo momentáneo; lo que necesitas, con tu bienestar. Lo que quieres te calma por un rato; lo que necesitas te construye. Y muchas veces, cumplir con lo que necesitas implica hacer cosas que no te apetecen nada. Levantarte antes para meditar, decir que no a una cita que te drena, no revisar el móvil y concentrarte en lo que realmente te hace avanzar, cocinar algo rico y sano en lugar de pedir comida rápida. Todas esas pequeñas acciones, consecuencia de pequeñas decisiones, repetidas en el tiempo, definen la calidad de tu vida. Yo creo que no estamos aquí para satisfacer nuestros impulsos, sino para conocernos tanto que podamos elegir desde la intención, desde la voluntad, desde quiénes queremos ser y cómo podemos vivir. Lo que queremos puede cambiar cada cinco minutos; lo que necesitamos permanece. El truco está en distinguir una cosa de la otra antes de actuar. Cuando le haces caso solo a tus ganas, te das un gustazo. Cuando le haces caso también a tus necesidades, te das estructura, coherencia y paz. Y eso —aunque cueste un huevo, sobre todo al principio— nos sienta infinitamente mejor, porque nos entrega el poder, nos convierte en las reinas y señoras que lo que nos pasa. La voluntad y el placer no son enemigos, si llevas tiempo por aquí, sabrás que soy una firme defensora de los gustazos, pero hay que aprender cuándo hay que escuchar a cada uno. A veces el placer está en el después, en la satisfacción de haber hecho lo correcto aunque no fuera lo fácil. Ya que estamos a principios de, año, con los propósitos burbujeando, con la intención de implementar unos cuantos hábitos, vamos a empezar con uno que tiene que ver con que antes de dejarte llevar por el impulso, pares. Respira. Hazte preguntas. Para ayudarte, te dejo tres preguntas que te ayudarán a diferenciar entre lo que quieres y lo que necesitas:
  1. ¿Esto me da placer momentáneo o bienestar duradero? Si la respuesta tiene fecha de caducidad corta, puede que te apetezca pero quizás no te hace bien (esa llamada al mareador, ese cigarro, el cuarto café, ver otro episodio de tu serie y acostarte tarde, priorizar las necesidades de otros por delante de las tuyas…). Si te deja tranquila, si te acerca a un objetivo, si tu Yo del futuro te va a felicitar por ello, es una necesidad.
  2. ¿Qué versión de mí estoy alimentando con esta decisión? ¿La que busca evasión o la que busca avanzar?
  3. ¿Cómo me sentiré mañana si hago esto (o si no lo hago)? La perspectiva de un día suele bastar para saber si estás actuando desde la coherencia con la persona en la que te quieres convertir o desde el impulso, que te ancla a esa versión de ti a la que le quieres ir diciendo adiosito.
Poco a poco, si aprendes a hacerte las preguntas correctas, tus patrones mentales empezarán a cambiar y, poco a poco, lo que quieres y lo que es bueno para ti se convertirán en una sola cosa. La evasión, la irresponsabilidad contigo misma empezará a desaparecer. Y eso —créeme— cambia la vida entera.  

P.D.: hablando de cambiar la vida entera, mañana, 11 DE ENERO, querida mía, SE CIERRAN LAS PUERTAS DE PERTENÉCETE, el programa que ya ha cambiado la vida de unas cuantas mujeres.

¿Te cuesta muchísimo tomar decisiones? ¿Te frenan las dudas, la culpa, el miedo a equivocarte? ¿Por mucho que te lo propones no consigues pasar a la acción y, si lo consigues, no eres constante? ¿Sientes que no ocupas espacio en tu propia vida, que otras personas o las circunstancias mandan más en lo que te pasa que tú misma? Si has respondido afirmativamente a una o a varias de estas preguntas, PERTENÉCETE es para ti.

Quiero inscribirme

Estas cosas tan bonitas cuentan las alumnas de la primera edición de PERTENÉCETE: Para mí, con la sesión 1 ya he amortizado el curso. Solo puedo darte gracias, gracias y mil veces gracias. Estoy emocionada con la lagrimilla en los ojos. Jolín, y pese al esfuerzo para pagar el curso, te digo VIVA PERTENÉCETE!!! Ole tú. Veo el precio barato y todo. Hemos aprendido tantoooooo en soo dos sesiones, que no me quiero imaginar pasados los 3 meses, no me voy a reconocer. Gracias, Sol Diles (a las que preguntan por PERTENÉCETE) que está siendo un viaje sin retorno hacia nuestra mejor versión, que ya en la segunda sesión está amortizado. Soy una Pertenéceta y estamos en la tercera sesión y me da la sensación de que te debo dinero. Más que amortizado, Sol. Es una gozada. Tres sesiones y ya estoy notando cambios, sol. Pertenécete me está cambiando y con ello a los de mi alrededor. He puesto algún límite que no imaginaba y todo va mejor, tema personal y laboral. Gracias, Sol. Gracias, amiga (aunque no me conozcas) por enseñarme tanto. Solo es la quinta sesión y ya tengo clarísimo que es el mejor autoregalo que he podido hacerme. Sol, madre mía lo potentes que son los ejercicios de Pertenécete. Llevo un buen rato anclada en mi cuaderno, escribiendo y soltando tantos nudos. Llorando y viendo con esperanza renovada los próximos días, semanas y planes. Gracias. Gracias de corazón. Vale cada céntimo.

Quiero pertenecerme

Estas son las preguntas más frecuentes que me estáis haciendo sobre PERTENÉCETE:
No le voy a poder dedicar mucho tiempo al curso hasta finales de febrero, ¿me aconsejas apuntarme o esperar a otra edición?
No puedo aconsejar a nadie, pero os cuento tres cosas:
  • No aseguro al 100% que vaya a haber otra edición de PERTENÉCETE.
  • Si hay otra edición, será, como pronto, en 2027 (han pasado dos años desde la primera edición)
  • Tenéis el contenido disponible de por vida.
Espero haber ayudado.  
Con muchas ganas de cambiar de vida, pero con miedo (miedo a que sí funcione) ¿es para mí?
Totalmente, con tal de hacer esos cambios hay que mirar de frente a tus miedos y a tus creencias. En PERTENÉCETE los trabajamos a fondo para que nos dejen definir correctamente nuestros objetivos, tomar las decisiones correctas, ser las dueñas de lo que nos pasa. Ya sabes, no somos eternas.  
Si estoy contenta con mi vida en general, ¿me recomiendas hacerlo? Disfruto escuchándote
Yo soy de las que piensa que no hay que estar mal para querer estar mejor. Otra cosa es que revises lo que vamos a tratar en PERTENÉCETE: miedos, creencias, gestión de la culpa y la procrastinación, gestión emocional, definición correcta de objetivos, implementación de hábitos y sistemas de vida, planes de acción eficaces… Y digas, “Huy, lo hago todo increíble”, entonces, pues no.  
¿Puedo regalarlo?
Puedes regalar PERTENÉCETE muy fácilmente, simplemente pon el nombre y el mail de la persona en el formulario y avísale de que le va a llegar un correo con un regalo que le va a servir un montón. (Gracias por regalarme)  
Escucho tu podcast, he leído “Apréndete”, ¿este programa me aportará algo nuevo?
Absolutamente sí. De hecho, te diría que el 100% de las alumnas de la 1ª edición habían leído mi libro, hecho otros cursos, escuchado mi podcast y esto es lo que dicen… Pertenécete ha sido la formación con más impacto que he recibido en mi vida, y ya tengo bastantes años. Su contenido, su metodología, los tempos, todo ha sido perfecto. – FRANCESCA Súper completo, súper útil, muy práctico, nada pesado, con muchísimos aprendizajes, una pasada. – MARÍA Ha superado con creces mis expectativas, con los ejercicios, las recomendaciones de libros y las charlas TED, las masterclass… Gracias infinitas Sol. – MAR Me ha parecido una maravilla. Todo lo que he recibido en las sesiones es brutal. Me ha encantado tu naturalidad y lo bien que lo explicas todo. Muy entendedor con los ejemplos. – BEATRIZ