Ser responsable no es lo mismo que ser autoexigente
Ya sabéis que pocas cosas me apasionan más que observar el comportamiento humano, incluido el mío. Tras los patrones que repetimos están escondidas todas nuestras creencias, las que nos aplastan y las que nos impulsan. Observando eso que hacemos una y otra vez, podemos dar con fórmulas sumamente útiles. Qué gusto me da agarrar esos comportamientos y convertirlos en teorías que luego comprobaré una y otra vez, conmigo misma y con las personas que me rodean.
Y una de esas, llamémoslas teorías, es que muchas de nosotras, durante la mayor parte de nuestra vida hemos confundido ser exigentes con ser responsables.
Y esa confusión nos ha salido cara. CARÍSIMA.
Creernos responsables cuando en realidad estamos autoexigiéndonos hasta la saciedad nos agota, nos frustra, nos lleva a decisiones equivocadas. Decisiones equivocadas son las que se toman empujándote en lugar de cuidándote. Autoexigirnos todo el rato nos lleva a creer y a sentir que, hagamos lo que hagamos, nunca es suficiente. Que nunca SOMOS suficiente.
Yo he vivido ahí la mayor parte de mi vida.
Con esa idea clavada dentro de que había que dejarse la piel. Literalmente, porque vivía entre herpes, hongos, anginas… Un asquito. De hecho, escribí un texto que se llamaba “Ya no quiero dejarme la piel”, porque llegó un momento en el que entendí que vivir así no era era ya una opción válida para mí.
Caemos en esa confusión porque la autoexigencia es listísima y se disfraza muy bien. Se presenta ante ti como fuerza de voluntad, como consistencia. Pero en realidad es dureza y automachaque. Te dice que no puedes parar, que no puedes aflojar, que no puedes descansar, porque eso es de vagas. Te pone el listón un poco más lejos justo cuando estás llegando.
¿Te suena? A mí, mogollón.
La autoexigencia viene de la exigencia que hemos vivido fuera y que, sin darnos cuenta, se nos ha metido dentro. De crecer sintiendo que había que esforzarse más, aguantar más, demostrar más. De aprender que el descanso había que ganárselo y justificarlo y que la amabilidad con una misma era algo innecesario y egocéntrico.
Así se construye una estructura mental basada en el castigo, no en la voluntad. En el “tira” y no en el “escucha”. En el “puedes con todo” y no en el “¿cómo estás?”.
Un horror.
La responsabilidad es otra cosa muy diferente.
Responsabilidad es tenerte en cuenta. Es apartarte de la inercia. Es ocupar mucho espacio en tu propia vida. Es aprenderte, estudiarte, conocerte. Es saber qué te suma y qué te resta. Qué te expande y qué te apaga. Qué decisiones te acercan a la vida que quieres y cuáles te alejan, aunque estén bien vistas desde fuera.
La mayor responsabilidad que tenemos no es cumplir expectativas. Porque desear es una cosa maravillosa que nos impulsa, que nos eleva. Pero la mayoría de las expectativas las implantaron en nosotras cuando no podíamos elegir y llevamos un montón de años viviendo bajo sus mandatos. Ya va siendo hora de liberarnos.
Seamos desobedientes.
Responsabilidad es no responder a estándares imposibles. No queremos ser supermujeres, queremos ser mujeres superfelices. Responsabilidad es no abandonarnos bajo la excusa de obligaciones que otros inventaron. Es escucharnos. Es hacernos cargo de nosotras mismas con toda la honestidad y toda la presencia.
¿Somos capaces de separar por completo esos dos conceptos? ¿De dejar de confundirlos? ¿De liberarnos?
Pues no lo sé, la verdad. Yo me sorprendo acercándome a veces al lado oscuro, olvidándome de que mi deber supremo es tenerme en cuenta. La gran diferencia es que ahora veo llegar al monstruíto.
Ahora tengo herramientas para hacerme cargo. Ahora sé de dónde viene esa voz gritona que me mete prisa y me pellizca, y ya no la confundo con la responsabilidad. Ahora sé que estoy siendo sumamente responsable cuando me pregunto cómo estoy, qué necesito y hago lo posible por procurármelo.
He aprendido —y sigo aprendiendo— a llenar mi vida de mí. A no tratarme como un recurso inagotable. A decidir desde un sitio más adulto y más compasivo.
Y es que cambiar el ángulo desde el que nos miramos lo cambia todo.
Mirarnos desde la responsabilidad real nos vuelve más lúcidas. Nos permite estar contentas, disfrutar, descansar sin sentir que siempre estamos en deuda con un ente indeterminado.
Ser responsable no es tratarte mal, es construir una vida en la que te quieras quedar.
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