Tres minutos El difícil equilibrio entre encerrarnos o estar siempre disponibles

Sol Aguirre
martes, 03 marzo
Hace unos días escuché un fragmento de una entrevista a Byung-Chul Han que me dejó pensando durante un buen rato. Defendía que perseguir la felicidad es agotador. Y reivindicaba quedarse en casa, en silencio, solos, lejos de la exposición constante y de la disponibilidad permanente.
Buscar la felicidad, tal y como la concibo yo, no me parece para nada agotador, sino de lo más divertido. Pero lo de quedarse en casa hizo sonar una campanita en mi cabeza.
Porque en las últimas semanas he estado bastante hacia dentro. MUY hacia adentro.
He dicho que no a viajes, he reducido planes al mínimo, he disfrutado muchísimo mi templo: mi casa, mi chimenea, mis tés, mi escritura. Este año me he propuesto no cruzar el Atlántico. No quiero jet lag, no quiero pasar muchos días fuera de ese hogar que he construido y que tanto me gusta. No quiero descolocarme. Me gustan mis rutinas.
Pero voy a admitir que, hace unos pocos días, sentí que me estaba pasando de frenada.
Porque irse al lado contrario (encerrarse del todo, reducir tu mundo al mínimo) no es equilibrio. Reconozco que me obsesiona encontrar el equilibrio en todo en la vida.
Tampoco es equilibrio vivir constantemente hacia afuera, quedando sin parar, aceptando toooooodos los planes, estando siempre disponibles, siempre accesibles, siempre en movimiento.
Necesitamos la soledad. Necesitamos el silencio. Necesitamos aburrirnos un poco para que algo dentro se mueva. Para, como dice Han, dar movimiento a nuestro mundo interior. Crear. Pensar. Ordenarnos.
Pero para que el mundo interior tenga algo que inventar, también necesitamos mundo exterior. Somos seres gregarios.
No hablo de hiperconexión, ni de pasarnos el día mostrando nuestra vida. Hablo de crear y cuidar vínculos. De buenas charlas. De intercambio. De esa magia que surge cuando te sientas a desayunar con alguien interesante y sales más despierta, más lista, con más ganas.
Esta semana he quedado con un buen puñado de mujeres divinas que me han presentado a otras mujeres divinas.
Cada vez me fascina más lo rico que es el universo femenino.
He notado algo que me ha encantado: han resucitado las ganas de escuchar, de preguntar, de compartir. He sentido cómo se reactivaba una parte de mí que estaba adormilada perdida.
Y he entendido que el equilibrio no es un punto fijo. Es una conversación constante contigo misma. Es ir cambiando los pesos de lado, según el momento, lo que necesites y lo que quieras.
El difícil equilibrio solo se consigue siendo dueña. Dueña de lo que pienso. De lo que hago. De cuándo digo que no. De cuándo digo que sí.
Es necesario saber cuándo está decidiendo la pereza y cuándo está decidiendo mi voluntad. Cuando estoy huyendo de lo que temo o me estoy dirigiendo a lo que quiero.
Yo, por ejemplo, le tengo miedo al cansancio. Mucho miedo. Pánico. La crianza en solitario de mis hijos me dejó una especie de “traumita” por el que tiemblo si pienso en acostarme tarde, en cansarme demasiado. Le tengo terror a volver ahí.
Y el miedo me protege, sí.
Pero también me limita.
¿Cuántas cosas me estaré perdiendo por decir que no a planes que en realidad me apetecen, solo por miedo a acabar cansada?
El objetivo no es no tener miedo. El objetivo es que no decida por mí.
Lo mismo que el objetivo no es no encerrarme nunca. Ni socializar siempre.
El objetivo es preguntarme:
— ¿Esto me nutre o me drena?
— ¿Estoy quedándome en casa porque lo necesito o porque me estoy escondiendo?
— ¿Estoy saliendo porque me apetece o porque quiero quedar bien?
— ¿Estoy diciendo que sí desde la ilusión o desde la culpa?
Equilibrio es poder decir que no a lo de fuera para reunirte con lo de dentro sin sentir que te estás perdiendo algo.
Y también poder ir hacia afuera sin sentir que estás reventando tu calma para siempre.
Equilibrio es elegir con intención.
Es saber que habrá semanas de mucha chimenea y otras de desayunos largos y llenos de risas. Que habrá temporadas de escritura en solitario y otras de conversaciones y movimiento.
Lo sano no es estar siempre arriba ni siempre hacia dentro. Lo sano es poder oscilar.
Entrar y salir.
Recogerte y expandirte.
Quedarte y exponerte.
Que no lo decida la presión social.
Que no lo decida la pereza.
Que no lo decida el miedo.
Que lo decidas tú.
Ahí, creo, empieza el verdadero equilibrio.
P.D.: creo que hay tres temas que nos roban el equilibrio y el poder sobre lo que nos pasa.
- El Síndrome de la Impostora, que no nos deja crecer, porque no nos sentimos lo suficientemente válidas, preparadas, listas.
- No saber decir que NO, porque la culpa nos ataca y le tenemos miedo a lo que el otro pueda pensar.
- Las relaciones tóxicas, sobre todo, familiares y laborales.
- Podrás inscribirte en una, en dos, o en las tres con un descuentazo bien hermoso.
- Son grabadas, así que podrás disfrutarlas en cuanto te inscribas. Las tendrás disponibles de por vida.
- Acompaño los videos con cuadernos de ejercicios que te guiarán en el paso a paso hacia la verdadera transformación.
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