Sobre pellizcos en el alma, inspiración y Milena Busquets

El miércoles pasado, Milena Busquets presentaba en Madrid su último libro, un recopilatorio de artículos llamado “Hombres elegantes y otros artículos”. Milena Busquets es verdad, es ligera, es deslumbrantemente frívola, es inteligente. Posee una peculiar naturalidad extra elegante, es intensa y para nada dramática.

Me enamoré de sus letras con su segunda novela “También esto pasará”. Fue uno de los tres libros que me acompañaron mientras escribí “Algún día no es un día de la semana”. Cada uno de ellos tenía un propósito claro: “Noches sin dormir”, de Elvira Lindo, me paseaba por Nueva York; “No me dejes” de Màxim Huerta, me devolvía al fondo cuando aparecía mi tendencia de ir a la superficie; Milena era mi espejo, mis tripas, mi GPS.

Hay gente a la que admiras por lejana, por distante. No es el caso: Milena tiene mi edad, es de Barcelona, tiene dos hijos, es soltera, pasa los veranos en esa Costa Brava en la que yo crecí, va en chanclas, va despeinada. Yo escribiría como Milena si fuera capaz.

Ella desgaja mis recovecos cuando escribe “a veces lo único que nos separa del desastre absoluto son unas uñas pintadas de rojo”. Fija un norte cuando afirma que “A mí me gustan los tíos que me dan ganas de ser  más lista de lo que soy. Normalmente me dan ganas de ser más tonta”.  Porque después de eso no hay duda de donde debes colocarte ante tu próximo contrincante amoroso. Otra cosa es que decidas desviarte y joderte la vida.

Leerla me coloca en un lugar del que nunca debería moverme, al menos creativamente. Dos capas por debajo de la piel, donde no hay adornos. Donde las historias se me agolpan entre oreja y oreja. Las mías y las de otros, y las que no existen, pero quiero que existan. Me siento en la silla correcta para contemplar la realidad y también para contarla. Vuelvo a enamorarme de todos mis novios. Me siento con mi uniforme en el pupitre del colegio, huelo las mimosas del enorme patio y abrazo a mis amiguitas. Soy mejor madre. Estoy más triste y soy inmensamente feliz. No me queda más remedio que contarme las verdades, aunque me jodan, precisamente porque joden. Se me sale la vida por las orejas.

El caso, y volviendo al momento de la presentación de su libro, es que mi admirada escritora y yo nos seguíamos en las redes hace años. En una ocasión me envió un mensaje “Cuando vengas por Barcelona tomemos un café”. Al borde del colapso me quedé. Cuando admiro, admiro salvajemente. Ella desapareció del mundo virtual. Contó en la presentación que algunos la insultaban y decidió que aquel no era su lugar. Cabrones asquerosos (esto lo digo yo, no ella). Cuando terminó su charla, me acerqué para que me firmara el libro. “Mujer, por fin nos conocemos”, dijo Milena. Y yo sentí como se me saltaban los ojos de las órbitas y el corazón de como se llame el sitio donde se ubica. Y charlamos un ratito. Y me dijo que quería leerme, y yo le regalé mi libro, y le marqué las páginas en las que la menciono a ella y a su madre. Y salí de aquella librería con una emoción tan bestia que hasta me pesaba. Mientras caminaba, resolví lo suertuda que soy por entusiasmarme tanto ante sus letras, por disfrutar como una majara con algunas voces, por el cariño inmenso hacia mis amigos e, incluso, por esas cicatrices que dejaron en mí algunos arañazos.

Hay gente que te pellizca el alma sin saberlo, que enciende la mecha de eso que quieres ser, que es el después de un antes insulso. Amémosles sin mesura.

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