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4 formas en las que te estás autoexigiendo sin darte cuenta

Sol Aguirre

lunes, 25 mayo
Últimamente hablo mucho de autoexigencia, quiero desmenuzar esa voz machacona que hay en nuestra cabeza, porque nos agota, porque nos roba la posibilidad de sentirnos plenas y satisfechas. Nos pasamos la vida haciando y haciendo, sintiendo que nunca es suficiente. Es como intentar llenar un barril con un agujero en el fondo. Pocas mujeres conozco que no tengan esa sensación de que siempre podrían haberlo hecho mejor, o más rápido, o antes. Da igual lo que consigas, tú sigues empujándote, en lugar de felicitarte. A veces, esa autoexigencia se disfraza. Porque así es nuestro cerebro de listo y de cabrón. Él quiere conseguir su objetivo, que es que sigas igual que siempre, así que esconde sus tretas y, en lugar de presentarse como una voz dura, agresiva, se manifiesta en forma de responsabilidad, de ambición, de ganas de hacerlo lo mejor posible. Y claro, como esa autoexigencia está tan bien envuelta, no la cuestionas. La das por válida. La integras como parte de tu forma de estar en el mundo. Cuántas veces me decís “Jo, Sol, parece que me estés viendo, lo clavas”. No te estoy viendo a ti, pero llevo años observándome a mí, y lo de la autoexigencia me ha llevado a límites para nada sanos. A un bucle mental y a un cansacio que nadie debería sentir. El problema es que solo podemos gestionar aquello de lo que somos conscientes. Así que vamos a ponerle nombre a algunas de las formas en las que la autoexigencia te la está jugando sin darte ni cuenta. La primera: nunca te parece suficiente lo que haces. Terminas algo y, en lugar de parar un segundo, de reconocerlo, de darte un mínimo espacio, de felicitarte, ya estás pensando en lo siguiente. En lo que falta. En lo que podrías haber hecho mejor. Y así entras en una rueda en la que siempre estás como en deuda contigo misma. No hay línea de llegada. No existe la sensación de “vale, esto está bien”. Nos pasa en el trabajo, nos pasa con la maternidad. Incluso, de una manera un tanto perversa, nos pasa con el autocuidado: no he hecho suficiente deporte, no tenía que haberme comido ese cruasán… Y ojo, que debemos cuidarnos como las Diosas del Olimpo Vikingo que somos. Pero eso es una cosa y otra muy diferente es usar la vida entera como arma arrojadiza contra nosotras mismas. La segunda: solo valoras el resultado, no el proceso. Si logras lo que quieres, menosprecias el esfuerzo, la constancia, las decisiones incómodas que eso te ha costado. Como si no tuviera valor, como si tú no tuvieras valor. Porque sientes que vales por lo que haces, y lo que haces nunca te parece suficiente. Si el resultado, encima, no es el que esperábamos (malditas expectativas), entonces ya es la debacle: tiramos a la basura todo lo hecho, aprendido, trabajado en el camino. Si no llegamos a la perfección, frustración total. Tampoco sabemos muy bien qué es perfecto. Porque vamos subiendo el listón a medida que llegamos a lo que en principio queríamos, ya sea en facturación, en kilos perdidos, en horas trabajadas. Y claro, así es imposible sentir satisfacción. La tercera: te comparas, muchas veces, sin contexto. Observas a otra persona y automáticamente sales perdiendo. Sin preguntarte de dónde viene, cuánto tiempo lleva, qué recursos tiene, en qué momento vital está. Solo ves una foto fija de su vida y te abofeteas con ella como si fuera una verdad absoluta. Te comparas con los puestos de trabajo de otras, con sus cuerpos, con su forma de vida (la que te imaginas, que igual no tiene nada que ver con la realidad), con la calma que parecen tener ante situaciones que a ti te desquician, con el dinero que crees que ganan. Y, si en esa comparación, al menos, encontráramos la inspiración, el impulso necesario para ir tras nuestros sueños, pues oye, de algo ha servido. De lo contrario, solo nos hunde. Te aconsejo, si te sientes reflejada en esto de las comparaciones, que escuches este episodio de podcast en el que hablo, entre otras cosas, de la diferencia entre envidia e inspiración y cómo usar esa distinción a tu favor. Puedes escucharlo aquí. Y la cuarta: confundes disciplina con presión constante. La disciplina te regala libertad. La presión te aplasta y te agota. Crees que para avanzar tienes que estar siempre apretando, como empujando una piedra muy pesada hacia lo alto de una montaña. Siempre haciendo. Siempre exigiéndote un poco más. Y no. La disciplina no es vivir en tensión. La disciplina bien entendida también supone descanso, pausas, espacios donde no estás produciendo. Tenemos que entender que la autoexigencia mal calibrada no nos hace avanzar más. Nos hace vivir peor. Nos desconecta de lo que sí estamos consiguiendo, nos mete en una sensación constante de insuficiencia y, a la larga, nos agota. Te invito a que esta semana elijas una de esas formas con las que la autoexigencia se disfraza. Solo una. Y obsérvala. Porque tenemos que darnos cuenta para poder hacernos cargo. Solo vamos a detectarla. Cazar la autoexigencia al vuelo es la mejor manera de dejar de obedecerla. P.D: si compartes este texto en tus redes, porfa, incluye el enlace, ayudas a quienes quieran leerlo. Gracias de antemano. P.D.: si te has visto identificada, puede que esa autoexigencia te esté bloqueando. Te dejo aquí el enlace a un documento en el que comparto contigo 3 ejercicios sumamente prácticos que yo uso cuando me veo en esas, cuando no sé hacia donde tirar, cuando solo veo niebla y no soy capaz de definir cuál es el primer paso a dar. Puedes descargarlo aquí