Somos los lugares que habitamos

Sol Aguirre
lunes, 03 agosto
Hace unos días escuché en Instagram a una chica que hablaba de cómo los lugares nos moldean, cómo una ciudad, una casa en la que hemos vivido, genera una identidad. Y de que, a veces, con tal de liberarnos de las etiquetas que nos han, o nos hemos, puesto necesitamos cambiar de ubicación.
A lo mejor estás pensando que esto es un rollo sin fundamento alguno. Un dato: el psicólogo Harold Proshansky dijo hace más de cuarenta años que los lugares no son solo un escenario físico, sino una parte fundamental de quiénes somos.
Nuestro cerebro no solo recuerda lo que pasó en un sitio determinado.
También recuerda quién éramos allí.
Y esa identidad implica una memoria, a nivel cerebral y a nivel físico, que conecta lugares con emociones.
Esta es una cuestión sobre la que he pensado largo y tendido a lo largo de los últimos años. Una de las razones es que, a la inmensa mayoría de la gente, Ibiza le parece un lugar maravilloso y a mí me provoca un rechazo que es incluso corporal. Me genera ansiedad, quiero salir huyendo cada vez que voy.
Soy consciente de la belleza de la isla. De su mar. De sus atardeceres. Pero Ibiza me escuece, me pincha, me escupe.
¿Por qué? Por la historia que me cuento cuando estoy allí, que tiene que ver con lo que sufrí durante tantos años.
Para quien no sepa: mi familia vive allí, yo trabajaba allí en la empresa familiar. Lo pasé TAN mal durante TANTO tiempo que, ya no digo mi mente, mi cuerpo, es incapaz de ir a la isla y no revivir el trauma. Porque yo estoy convencida de que ese sufrimiento, ese estrés que me mantenía enferma perpetuamente, se han convertido en trauma.
He intentado cambiar la historia, de hecho, el verano pasado, conseguí aguantar una semana allí porque me centré en hacer algo que me fascina: bañarme sin parar. Soy Piscis y, si me das un charco, yo me sumerjo y me olvido de (casi) todo.
Quizás te estés preguntando por qué sigo yendo, si lo paso tan mal. Voy lo mínimo y solo para ver a mis padres.
Escuchando a esa chica en Instagram, pensé en que me he ido de todos los lugares en los que crecí: Ibiza, Lloret de Mar, Barcelona…
Construí mi vida de adulta en Madrid, he pasado mucho tiempo en Nueva York, hace un par de años me mudé a las montañas. Me he alejado, inconscientemente, de todos esos sitios donde era la responsable, la obediente, la estudiosa, la capaz, la de siempre. La graciosa. La hija de.
Me pregunto si lo hice para mudar de piel, para descubrir y decidir quién soy en realidad, despojada de las expectativas ajenas y también de las propias. Y me respondo que SÍ, en mayúsculas y en negrita. No creo en las casualidades, sí en todo eso que perseguimos a nivel inconsciente.
Me fui para ser quien quiero ser y vivir la vida que quiero vivir.
Y me doy cuenta más de veinte años después. Cómo es el coco…
Cómo me gustaría que este texto, que estoy viendo que durará más de tres minutos, fuera lo más parecido a un diálogo.
Me encantaría que me contaras si te pasa, si vas a casa de tus padres y empiezas a comportarte como la niña que fuiste. Si hay lugares en los que te tensas automáticamente.
Si hay ciudades que te regalan calma, lugares en los que parece que todas las piezas de tu puzle encajan.
A mí eso me ha pasado siempre en Nueva York y estoy convencida de que tiene que ver con ser invisible en medio de ese caos maravilloso. Con la liberación de que nadie te conozca, de que nadie sepa cómo se supone que soy. De poder inventar mis rutinas, mi manera de funcionar y de relacionarme con el mundo. De hablar en un idioma que no tiene nada que ver con la persona que he sido hasta ese momento.
De situarme en un escenario en el que puedo crear el personaje que me venga en gana.
Porque parte de lo que me pasa no tiene que ver conmigo, sino con el escenario en el que intento ser yo.
A veces queremos cambiar nuestra vida, cómo nos sentimos, nuestros hábitos, sin cambiar nada de lo que forma y alimenta esa vida.
Seguimos desayunando en el mismo sitio, viendo a la misma gente, recorriendo las mismas calles, entrando en la misma oficina, haciendo exactamente el mismo camino y esperamos convertirnos en una persona diferente.
Somos, de alguna manera, una conversación constante entre nuestro cerebro y los lugares donde vivimos.
Por eso dos personas pueden sentirse completamente diferente viviendo en la misma ciudad, porque lo importante no es el sitio en sí, sino el significado que ese sitio tiene para cada una.
Proshansky decía que las personas también eligen determinados lugares porque esos lugares encajan con la identidad que quieren construir.
Buscamos contextos que confirmen quién creemos ser o quién queremos llegar a ser.
Si soy creativa me sentiré atraída por barrios con librerías, galerías o cafeterías donde escribir.
Si busco calma quizás quiera naturaleza o pueblecitos. Yo he aprendido a vivir sin prisa en mis montañas. Por más velocidad que quieras meterle, las moreras dan frutos cuando toca. Los corderitos que nacen detrás de mi casa crecen a su ritmo. Todo eso se me mete dentro y me ralentiza.
No es solo una preferencia estética, sino una búsqueda de coherencia entre el entorno y la identidad.
Quizás, a estas alturas del texto, te estés preguntando si es posible cambiar el significado que le damos a un lugar. La realidad es que los lugares no tienen un significado por sí mismos, les asignamos uno basado en nuestras experiencias.
¿Podemos reescribir esa historia?
Dice la ciencia que sí, si acumulamos vivencias nuevas que acaban pesando más que las antiguas. Podemos volver a un lugar que nos duele y fabricar nuevos recuerdos. Nuestro cerebro AMA anticipar lo que a pasar y cuando empiezan a pasar cosas diferentes, no es que borremos el pasado, es que deja de ser el único pasado que existe allí.
Quizás tu casa te recuerda un matrimonio profundamente infeliz, quizás estés pensando en venderla, en irte a otra donde empezar desde cero (que nunca es desde cero), o a lo mejor puedes decidir que allí serás una persona que organiza cenas con las amigas, que se monta tardes de películas y palomitas. Quizás te sientes a leer con tu té y tu vela en el mismo sillón en el que antes llorabas.
Quizás cambies la historia que esa casa te cuenta sobre ti misma.
Yo creo que la verdadera libertad aparece cuando consigues dejar de ser la persona que ese lugar esperaba que fueras.
Cuando leas estos seis minutos (últimamente me alargo que da gusto) yo estaré en la isla. En remojo, espero.
Fabricando recuerdos bonitos para contarme otro cuento. Uno lleno de risas con las amigas, de amaneceres frente al mar. De bailoteos.
Amontonando alegría sobre los recuerdos dolorosos, para no verlos nunca más.
P.D.: si te apetece compartir este texto en tus redes, porfa, incluye el enlace. Le facilitas la labor a quien quiera leerlo y, de paso, a mí. Gracias de antemano.
P.D2: he creado para ti cinco ejercicios que tienen bastante que ver con lo que te he contado. Porque yo siempre quise ser una persona organizada, porque eso me da paz. Porque mi Yo del Futuro no va como pollo sin cabeza, se sabe dueña de sus horas. Nadie me enseñó, pero yo he aprendido a planificar para que me pase lo que quiero que me pase y he creado para ti un cuaderno con un ejercicio diario para cinco días:
DÍA 1
Descubre por dónde se está escapando realmente tu tiempo.
Muchas veces pensamos que el problema son las grandes obligaciones.
Pero descubrirás que el verdadero desgaste suele esconderse en decenas de pequeñas decisiones que repites automáticamente cada día.
Al terminar este ejercicio entenderás por qué acabas agotada incluso los días en los que sientes que “no has hecho nada importante”.
DÍA 2
Descubre qué parte de tu vida estás viviendo por obligación.
Aprenderás a diferenciar las cosas que haces porque realmente quieres de las que haces por culpa, miedo a decepcionar o simplemente porque llevas tantos años haciéndolas que nunca te has planteado si siguen teniendo sentido.
Descubrirás que muchas de tus decisiones no nacen de tus prioridades, sino de reglas que aprendiste hace mucho tiempo.
DÍA 3
Cuestiona las historias que llevan años robándote tiempo.
¿De verdad pasaría algo terrible si dejaras de hacer algunas cosas?
¿O llevas demasiado tiempo actuando para evitar consecuencias que ni siquiera sabes si ocurrirían?
Este ejercicio te ayudará a distinguir entre los hechos y las historias que tu mente lleva años contándote.
Y ahí recuperarás muchísimo más margen del que imaginas.
DÍA 4
Descubre el lugar que ocupas en tu propia vida.
Harás un ejercicio muy visual que te permitirá comprobar cuánto espacio ocupan el trabajo, la casa, los hijos, las obligaciones y cuánto espacio ocupas tú.
Probablemente entenderás por qué hace tanto tiempo que sientes que tu vida siempre empieza cuando terminas de encargarte de la de los demás.
Y descubrirás por qué cuidarte no es egoísmo. Es responsabilidad.
DÍA 5
Decide cómo quieres vivir.
No terminarás este cuaderno con una lista de tareas.
Terminarás tomando una decisión.
Una sola.
La que puede empezar a cambiar la forma en la que usas tu tiempo y, sobre todo, la forma en la que te relacionas contigo misma.
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