Consejos, los justos.

Creo que no todas las opinones son respetables, quizás sí las personas que las emiten. Las que tienen que ver con negar derechos, por poner un ejemplo, son un asco. Las que no pedimos, también. No confundamos sinceridad con intromisión o mala educación. Y las que están basadas en el egoísmo, la envidia y la mediocridad, pues más de lo mismo: una mierda.

Todas pedimos opiniones ajenas en un momento dado. A veces, acertamos al hacerlo. Dudamos y le preguntamos a alguien con quien compartimos criterio o que, por su experiencia, tiene en cuenta asuntos que nosotros ignoramos. Arrojan luz sobre nuestra oscuridad, compartimentan, ponen cada cosita en su cajón. Nos ayudan.

Pero cuando lo de estar pendiente de cómo los demás actuarían se convierte en lo habitual, o en lo de siempre, ahí empiezan los problemas. Para empezar, porque algo dice eso de la confianza en nosotras mismas, en la autoestima. Y también porque cuando una, en lugar de mirar hacia adentro y analizar el propio engranaje, se pasa la vida escuchando lo de alrededor, se pierde sin remedio. Tengamos claros cuáles son los valores que nos mueven, hagamos una lista con ellos y planeemos cómo caminar por la vida usándolos como brújula. Todo lo que me acerque a lo importante, estupendo. Si me empuja en la dirección contraria, vade retro. 

La vida del adulto, ya lo sabemos, es un follón de narices. En el mejor de los casos, nos enfrentamos a decenas de disyuntivas cada día: que si la maternidad, que si el curro, que si la pareja, que dónde está el equilibrio vital. En el peor, otros deciden por nosotros. Qué asco más grande. El estrés que nos provoca tanto reto, lo podemos tomar como una amenaza (qué miedo más grande, me paralizo) o como un reto (yo estoy lo resuelvo por mis santos ovarios). Todo, o mucho, es cuestión de diálogo interno y de darle vitaminas y alegría a tu cuerpo, Macarena.

Cómo saber si andamos a la deriva o llevamos el timón es fácil: ¿te pasas la vida pendiente de cómo el de enfrente resolvería tus saraos? ¿Ante un comentario ajeno se tambalean tus argumentos? Si ambas respuestas son afirmativas, plantéate de quién es la vida que estás viviendo y, recuerda, esto no es un ensayo.

¿Cómo acertar a la hora de pedir consejo? Lo primero, asegúrate de que lo necesitas. Quiero ir a vivir a una ciudad grande por su oferta cultural, la variedad de seres humanos y las oportunidades laborales. Pues fenomenal, lo tienes claro. Y tienes miedo, pero eso no lo va a solucionar nadie más que tú. Cuidado, porque quizás, en un intento de apaciguar tus temores, se los sueltas al primero que pasa, uno con el que no compartes criterios. Ese que te dirá que la ciudad es muy cara (por mucho que tengas pasta), muy insegura (se lo imagina, no es que lo sepa) y muy ruidosa (por más que a ti te importe un huevo el tema sonoro). Y te apropiarás de sus fantasmas y ellos de tus ilusiones. Catástrofe sideral.

Habla con quienes miran y caminan en la única dirección correcta, p´alante. Con los valientes, que no insensatos. Con los que respetan vuestras diferencias. Con los que aprenden de los errores y de los aciertos. Con los que admiras. Con los que saben dónde están y hacia dónde van. Con los que terminan las cosas que empiezan. Con los que predican con el ejemplo. Con quienes tienen claro el precio que están dispuestos a pagar para conseguir lo que quieren y también los límites que nunca rebasarán. Con aquellos cuya ética está por encima de cualquier meta.

Habla con la niña que fuiste antes de que la vida enterrara tus talentos y tus pasiones. Nadie te conoce mejor que ella.

 

 

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