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Reflexiones de una majara

El día que ganó Trump

El día que ganó Trump

El día que ganó Trump

El día que ganó Trump me desperté muy temprano, a pesar de que era fiesta en Madrid. Para no variar, lo primero que hice fue mirar el móvil. ANDA QUE NO: Twitter, Facebook, mi chat con las golondrinas neoyorquinas… Todo echaba chispas. “Joder” pensé para mis adentros. Y luego pensé muchas cosas más que no os voy a contar porque no me gusta hablar de política. Lo dejaremos en que habría sido bonito ver un par de tetas en la cima del mundo.

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Decidí que, ya que las tetas de Hillary se quedan dónde estaban, yo iba a pasear las mías. Hoy no es un buen día pero habrá que mejorarlo. En Madrid hace sol. Desde mi ventana no veo (gracias a Dios) el pelo amarillento de Donald. Vámonos a las calles, que para eso están.

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Me fui a desayunar a “La Central”. Sí, no hago más que retozar entre obras literarias, a ver si se me pega algo bueno. Allí había quedado con una actriz, llamémosla Blanca, hacia la que el destino me ha empujado incansablemente durante los últimos años: amigos comunes que dicen que me parezco mucho a ella, de ahí a leer mutuamente nuestros textos, de ahí a casualidades muchas y de ahí a quedar por Twitter.

Qué modernas somos.

Cómo molamos.

Qué emoción.

Nada más llegar, Blanca me informa de que en la mesa de al lado hay dos italianos. No podía ser de otra manera. Ese universo que me ama y me anima como sea. Los italianos, que son maravillosos porque sí. Siempre he dicho que lo que hay que ser en esta vida es italiano. Y allí estábamos, en nuestro primer encuentro, con la confianza que da el haberse leído y saber que, entre esas líneas nuestras, hay poco de ficción y mucho de desahogo asalvajado, con la complicidad de las que, esa mañana, se sentían un tanto perdedoras.

Una cosa llevó a la otra, que si “Italianos queridos, ¿tenéis azúcar moreno?”, que si “Chicas, esto no es azúcar moreno, es blanco pero teñido”, que si “No nos digas eso que es lo que nos falta después de lo de Trump”, para finalizar en una conversación larguísima, con una mesa a modo de Mar Mediterráneo de por medio.

Sin entender muy bien por qué, supe que uno de ellos, un tío de mi edad, simpático (claro, como TODOS los italianos) había perdido la virginidad en un campo precioso (porque así son ellos, nada de la vulgar cama de tus padres), con una chica que se sintió MUY culpable tras el acto, por lo que él le dijo, muy amoroso, que estuviera tranquila, que iría a confesarse a “su” cura (porque los italianos tienen cura propio). Cumplió su palabra y allá que se metió en el confesionario. El cura echó a temblar, las travesuras del chaval hacían estragos en el pueblo. “Cuéntame”, le dijo el sacerdote. “He hecho el amor” contestó el púber. Contra todo pronóstico, el cura salió del chiringuito y espetó un maravilloso “Vaya tontería, pensaba que habías matado a alguien”, seguido de un “¿Hay amor?” y, ante la respuesta afirmativa del chico, terminó con un “Pues entonces está bien. Disfruta”.

VIVA ITALIA, VIVA EL CURA Y VIVA LA PASTA CARBONARA.
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A continuación nos contó que se mudó a Florencia (él era del sur) para estar con esa chica porque “Si hay que hacer el amor, que sea en Florencia”.

VIVA FLORENCIA, VIVA LA CHICA Y VIVA RAFAELLA CARRÁ.
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Tras el tema de la confesión, seguimos con las diferencias entre Barcelona que, según decían nuestros italianos, es como una lasaña, “La gente está por capas, no se mezcla” y Madrid que “Es como un cocido, con el chorizo, la patata y los garbanzos todo junto”.

Cuánta razón. Lo que hace el callejeo desmesurado…

Hablamos del carácter mediterráneo; nos contaron de un pueblo llamado Alba, la capital de la trufa blanca, que hay que visitar sí o sí; elucubramos sobre cómo era Madrid hace veinte años, cuando habían llegado ellos; nos quejamos de que antes la gente soñaba más.

Cuando nos quisimos dar cuenta había pasado hora y pico. Allí estaba yo, con tres desconocidos, arreglando el mundo: el español, el italiano, el americano. Y porque no había más tiempo, que si no…

Volví a mi casa pensando que lo grandioso se manifiesta en los gestos más cotidianos y que NADA ES CASUALIDAD. He desayunado muchas veces en “La Central” normalmente sola, como a mí me gusta. Tomo mi tostada, mi té negro y miro a los transeúntes pasar. Sin más.

Pero el día que ganó Trump no era un día cualquiera, la vida me debía una de arena.

Tras la decepción por saber que no será una persona con ovarios y sí una con peluquín anaranjado, la que va a presidir el planeta, decidí que si el sexo con amor no es pecado para un cura, el sexo a secas es bueno para todos; añadí a mi lista de asuntos pendientes ponerme ciega a trufa blanca en Alba y, por supuesto, hacer el amor en Florencia; recordé que estoy muy orgullosa de haber nacido en el Mediterráneo y que me gusta la lasaña y también el cocido, según el momento.

El día que ganó Trump, no voy a mentir, me puse triste. Sentí que habíamos fracasado. Leí a Beckett y me dije: “Lo intentamos. Fracasamos. No importa. Intentémoslo de nuevo. Fracasemos otra vez. Fracasemos mejor”..

Por esta vez, he fracasado bien (creo).

giphy

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