El dolor de un millón de euros

Sol Aguirre
lunes, 13 octubre
Escribo estas letras, querida suscriptora, a las seis de la mañana de un viernes, justo veinticuatro horas antes de que tú las recibas. Ya es raro, porque suelo preparar mis artículos con antelación, para dejarlos dormir y repasarlos con calma, para quedarme tranquila, para tachar tareas, que es algo que me encanta.
Pero este texto es diferente, porque sale de un lugar diferente. Diría que es casi una necesidad: la de contar qué me está pasando esos días y que eso que me pasa cale en ti.
Vale, es lo que intento normalmente, compartir lo que me sirve, pero esto es otra cosa, porque nace de la vulnerabilidad más absoluta. De saberme frágil.
Uf, lo leo y me escuece. Por algo será.
Por si no me has seguido en redes estos días (que no me extrañaría, porque Instagram nos oculta que da gusto), te resumo: tuve un Covid, di una formación de dos días, cargué peso, mis lumbares protestaron, volvieron a protestar y luego protestaron tanto que me dejaron inutilizada DEL TODO. De ahí el título de estos #TresMinutos: si hace cuatro días me dicen que me dan un millón de euros por levantarme de la cama o del suelo, los pierdo.
Enfrentarme a la IMPOSIBILIDAD es algo a lo que no estoy acostumbrada. Y eso está bien, porque lo desconocido nos enseña mucho sobre nosotras mismas y sobre el margen de maniobra que tenemos sobre la vida.
Ahora viene la parte que me gusta, la de compartir mis reflexiones, por si os sirven, que hoy será corta, porque aunque el dolor ha sido exterminado gracias a una reata de drogas dignas de un cantante de Rock desdentado, estoy débil que lo flipas y mi capacidad de concentración es equivalente a la de una mosca.
Primera reflexión: soy la tía más afortunada del planeta. Pensarás que el Diazepam me está afectando más de la cuenta. Pues sí, porque voy todo el día como borracha; pero no, porque este dolor físico innombrable no se ha convertido en daño del alma gracias a una cantidad de gente que no se puede contar con los dedos de las dos manos. Que ha estado ahí para lo que pudiera necesitar: mi amiga del cole, Marta Solá, que es traumatóloga en Milán y ha estado indicándome: que si faja, que si corticoides, que si calor… Llamándome antes de entrar a operar a las siete de la mañana, pendiente en todo momento. Mi amigo médico, que me ingresó y me dijo “tu confía en mí” y me llenó las venas de cosas que consiguieron que pasara de no poder moverme a sentarme con toda la tranquilidad al lado de un conductor que él mismo contrató para que me llevara a casa.
Ni qué decir tiene que, con el colocón, le pedí matrimonio (a mi amigo, no al conductor). Llorando, además, normal que dijera que no. Igual también influye que lleva veinte años casado con la tía más guapa de la galaxia.
Mi amiga farmaceútica, que me ha preparado un pack de suplementos para que me recupere como una campeona. Mi amigo fiel, que me ha puesto los calcetines, me ha levantado de la silla, me ha tapado por las noches, lloro de amor.
Todos los que han estado pendientes a cada momento, dispuestos a salir cagando hostias para sostenerme, en el sentido más amplio de la palabra.
Mi vecina, que martirizó a su fisio hasta que me vio, cambiando su agenda. La cantidad de seguidoras médicos ofreciéndose para lo que pudiera necesitar. Ya el colmo es que el dueño de la fábrica de la faja lumbar que llevo, la vio por Instagram y se ofreció para enviarme lo que necesitara porque “con lo que tú ayudas, esto es lo mínimo”.
Vale, ya estoy llorando. Joder, qué bien.
Segunda reflexión: me voy a repetir, pero intensificándome un poco, que la ocasión lo merece. CUIDÉMONOS. Estos días ha habido quien ha debido pensar que andaba muy estresada o que había forzado la máquina, eso he intuido por sus mensajes. No ha sido el caso, de verdad. Se ha dado, simplemente, la tormenta perfecta. Quizás debía haber ido al fisio antes, sí. O cargado menos peso, puede. Pero me cuido. Solo que a partir de ahora, lo del autocuidado y el mimo va a dar incluso ASCO.
Porque ha venido mi Yo de dentro de quince años y me ha contado que tengo ahí en la lumbar un puntito débil que ahora no es nada pero que me puede joder la vida. Y a mí, si lo puedo evitar, no me jode la vida nada ni nadie.
Así que la semana que viene tengo cita en medicina integrativa, para que me miren hasta la última célula de este cuerpo glorioso que me tiene que durar milenios. El 25 de septiembre me voy a un taller de mi profe de yoga, Elena Ferraris, en el que nos enseña a fortalecer el core. Mi entrenador, Mario Orellana, ya me ha preparado un programa enfocado a dejarme la espalda como Hulk, Thor, el Capitán América y la Capitana Marvel. Pilates a mansalva. Y todo lo que encuentre. Ah, y lo que pese, que lo lleve MRW, que también tienen que vivir.
El estrés lo mantengo muy a raya, tengo que decir. Mis montañas ayudan mucho en eso, pero más yoga va a haber, ya te lo digo, por el coco y por todo.
Tercera reflexión (pues menos mal que esto iba a ser breve): hay y va a haber momentos jodidos. De todo tipo. No nos dejemos ir, por favor.
Resbalar por la vida no debería ser una opción.
Porque todo mejora un pelín si, al levantarte, aunque te duelan hasta las pestañas, enciendes una vela que huele que te flipa (especial mención a la de vainilla de Cerería Mollá y a las de Charuca). Si te pegas una duchita calentita escuchando a Teddy Swims y luego te hidratas con algo que huela bien (aunque no te puedas agachar y solo llegues hasta el culete). Si, al levantarte, antes de tomarte el Omeprazol, el ibuprofeno, la vitamina B y los probióticos (porque el estómago también se descompone, CLARO) te pones tu perfume favorito y haces lo mismo antes de irte a dormir. Si, ya que estás metida en casa todo el puto día, te plantas una mascarilla capilar perenne, para que, cuando puedas salir, tengas el pelo más brillante de la galaxia.
Al final, querida mía, estoy hablando de verte, de escucharte y de mimarte como siempre deberíamos hacer, solo que a veces lo necesitamos más.
Da igual si es una lumbalgia de mamut, una ruptura, una pérdida. La receta es siempre la misma: amor, responsabilidad y autocuidado.
Yo ya no sé cuántos minutos dura esto, la verdad, así que solo te cuento un par de cosas más:
- Móntate una vida lo más ideal posible, joder, porque no sabes cuándo llega la tormenta. Y si ha llegado ya, con más razón. Te dejo aquí el paso a paso de mi Ejercicio del Día Ideal, de cómo lo hago yo, de cómo planeo, diseño, sueño. En cuanto me pueda sentar media hora seguida (escribo esto tumbadita en la cama, co la esterilla calentita en la riñonada) voy a rehacer este ejercicio y me voy a montar un Día Ideal que va a hacer historia.
- En el último episodio de mi podcast te hablo de 3 estrategias para dejar de vivir con prisa. La prisa no se incluye en un Día Ideal, ya te lo digo. Escúchalo aquí.
Chavalas, que me han nominado por tercer año consecutivo como una de las Top100MujeresLíderes. Flipo en colores y aplaudo fuerte, la verdad. Si te parece que algo lidero, que algo impacto, que algo influyo para que estemos todas cada vez un poco mejor, puedes votarme aquí. Te lo agradezco desde ya, hermosa.Mil gracias por leer hasta aquí, querida mía. Feliz vida, Sol
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