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Lo que necesitas no es más exigencia, sino más claridad

Sol Aguirre

lunes, 09 febrero
Llevo días con varios flecos pendientes: que si recabar info sobre un seguro de salud, ir a buscar una tarjeta para el garage, limpiar el coche, recoger unos cuadros que tengo enmarcando desde antes de Navidad, recoger unos pantalones de la costurera, etc. Cosas pequeñas, la verdad. Ninguna dramática, enorme, super complicada. Ninguna urgente. Puedo seguir viviendo. Así que ahí siguen: en la lista. En la cabeza. Pesándome en la sesera. Como te podrás imaginar, no es que no sepa lo que tengo que hacer. Ni siquiera que no tenga tiempo, porque ya sabemos que sacamos tiempo para lo que es prioritario. Entonces, ¿por qué narices llevo semanas sin quitarme esa carga mental? ¿Por qué no he reservado un par de horas en la agenda para quitarme todo eso de encima? Hoy, al despertarme, lo he descubierto. Bueno, más concretamente, al hacer mi visualización diaria, esa en la que conecto con mi Yo del Futuro. Porque esa Yo nunca posterga, ni nada parecido. Tiene una calma mental alucinante a consecuencia de ello, claro. Me he dado cuenta de que una parte de mí está esperando que alguien se ocupe de esas cosas. Como si fueran a resolverse solas. Como si fueran responsabilidad de otro. Ya me contarás tú a mí quién va a ser, si no tengo pareja, asistente personal, ni nada de nada… Así que ahí siguen los flequitos, ¿te suena esta historia?, ¿te pasa? Hoy, mientras me paseaba por la casa divina de mi Yo del futuro, me he dicho algo muy simple: soy una adulta responsable. Y, además, soy poderosa, cual Diosa del Olimpo Vikingo. Y después de tomarme mi Cola Cao, antes de ponerme a currar, me he sentado a escribir mis páginas matutinas y a contarme todo eso que he descubierto sobre mí misma, y luego me he puesto a organizar el día, antes de entrar en la vorágine del curro. No desde la exigencia, sino desde la responsabilidad y el compromiso conmigo misma. Contándome que mi calma depende de que me quite esas mierdecillas de encima. Haciéndome cargo. Creo que muchas de nosotras confundimos actuar desde la adultez con empujarnos más. Con exigirnos más. Pero no va de eso. No va de ser duras. Va de ser claras. De definir nuestras tareas y de contarnos cuándo y para qué las vamos a completar. ¿De dónde viene esa exigencia extrema y esa falta de claridad y compromiso? De que nos hemos acostumbrado a cumplir órdenes. Desde pequeñas. En el cole, en casa, en el trabajo. A que nos digan qué tengo que hacer ahora, qué es lo siguiente, qué se espera de nosotras. Y ahí lo hemos hecho la mar de bien. Somos unas ejecutoras impecables cuando se trata de cumplir lo que otro manda. El problema es que nadie nos ha entrenado en la iniciativa. En decidir. En hacernos cargo de nuestra propia vida sin esperar permiso, validación o instrucciones externas. Y cuando no hay una orden clara que viene de fuera, nos quedamos en pausa. Postergando. Arrastrando cosas que pesan más por lo que ocupan en la cabeza que por lo que realmente son. Hablo de hacer recados, del deporte que siempre dejo para luego y se convierte en nunca, de empezar a trabajar en mi currículum porque llevo tiempo pensando en cambiar de curro, de agendar ese día de spa que ansío, de organizar el finde con las amigas, etc. Muchas de las cosas que se nos atascan no es porque sean difíciles, sino porque siguen colocadas en un lugar infantil: a ver cuándo se resuelve estoa ver si alguien me ayudaa ver si tengo más ganas. Y la verdad es que podemos esperar sentadas a que eso pase. Actuar como las adultas divinas que somos no es hacerlo todo hoy. Es decidir. Es cerrar bucles interminables. Es dejar de mirar para otro lado. Lo pendiente no solo ocupa tiempo, ocupa espacio mental. Cada fleco abierto es un recordatorio constante de que estás evitando algo. Y eso desgasta mogollón. Mucho más que sentarte un rato y finiquitarlo. Cuando tomas una decisión, cuando haces esa llamada, cuando ordenas ese asunto, te cuentas algo muy importante, algo así como: tranquila, lo tengo controlado, estoy al mando. Eso es poder. No necesitamos más exigencia. Necesitamos saber qué depende de nosotras y qué no. Elegir una cosa. Solo una. Y hacerla. No para ser productivas, sino para ser dueñas y señoras. La proactividad no es una cuestión de personalidad, es una elección. Y es la única manera de que nos pase lo que queremos que nos pase. Nadie va a venir a ordenar nuestra agenda. Nadie va a terminar por nosotras lo que evitamos. Y eso no es una mala noticia, es una liberación tremenda. Porque cuando dejas de esperar, empiezas a dirigir. Y eso lo cambia todo. P.D.: el ejercicio que me proporciona esa claridad que necesito es, sin dudarlo, el del Día Ideal. Implementarlo periódicamente en mi vida ha supuesto un antes y un después, y como yo estoy aquí para compartir lo que me sirve, he diseñado para ti una guía con el paso a paso de ese ejercicio y además:
  • La explicación científica sobre cómo tu cerebro procesa la información y por qué este ejercicio funciona.
  • Preguntas clave que te ayudarán a detectar creencias limitantes que pueden estar frenándote sin que te des cuenta.
  • Ejercicios de respiración y conexión con el cuerpo para desbloquear tensiones y tomar decisiones con más claridad.
Esta guía es para ti si quieres:
  • Tener claridad sobre lo que realmente quieres
  • Sentirte alineada con tus valores y decisiones, sin dejarte llevar por lo que “deberías” hacer o por lo que otros esperan que hagas
  • Detectar creencias y bloqueos que no te dejan pasar a la acción
  • Tomar decisiones desde la calma y la seguridad
  • Tener una herramienta práctica a la que puedas volver cada vez que necesites redefinir tu camino
Puedes descargar tu guía AQUÍ.