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Reflexiones de una majara

Lo importante de la vida (2ª parte)

Lo importante de la vida (2ª parte)

El primer día de primavera en el que abres las ventanas del balcón y así se quedan hasta la noche, porque no hace ni frío ni calor. El primer baño del verano, cada año. La primera vez que visitas Nueva York y luego todas las veces que la redescubres. El día en el que sabes que has aprobado la selectividad. El primer día en la universidad. El último, con la incertidumbre aplastándote el lomo, el orgullo, la nostalgia que sabes que vendrá. El primer viaje a Londres con tu amiga, las noches interminables, el té con leche que te acompañará lo que te queda de vida, porque te gusta y porque te recuerda a las risas frente al Big Ben. El primer beso, en un portal junto a la pajarería de tu pueblo, vestida con el uniforme, nerviosa perdida.

Estrenar agenda. Sentir el olor del jazmín paseando por tu isla sin saber muy bien de dónde viene, buscarlo, coger una florecita blanca y pegártela a la nariz el resto del día. El olor del pelo de tus hijos recién salidos de la ducha, cogerles de la mano, despertarles metiéndote en su cama haciendo cucharita. Los picnics en El Retiro, con tus amigos y tus niños, descalzarte y sentir el solete de marzo en la piel.

Comprarte unas sillas de terciopelo color mostaza que no pueden ser más bonitas. Respirar en paz. El primer día sin abrigo. El primer día con abrigo. Ver vídeos de gente que dibuja muy bien, que baila muy bien, que canta muy bien. Leer a Laura Riñón (y que te abrace desde su metro ochenta), escuchar “A la Folie” de Juliette Armanet, caminar por la calle Fuencarral mientras el mundo se pone en marcha. Descubrir restaurantes nuevos, buenos, bonitos, tranquilos. Comer un helado de coco. Bailar en casa con la esperanza de que pronto será en una pista de baile; en la de un karaoke, por pedir que no quede.

Las hojas nuevas de tus plantas, que increíblemente sobreviven a tu torpeza. La gente que huele a limpio. Las pinturas de Madrazo. Ver amanecer, agradecer que es un día más, también un día menos: habrá que aprovecharlo. Tener, por fin, algunas cosas claras: que esto va de hacerse preguntas todo el rato, que la felicidad está hecha de relaciones sanas y divertidas, que nadie te va a dar más de lo que crees merecer. Los desayunos bonitos, las libretas bonitas, la gente bonita.

La gente con buena letra, como mi socia, porque verlos escribir da paz y gustirrinín. Vivir donde quieres vivir, ser quien quieres ser. Hacer más listas con los “quiero” que con los “tengo que”. Eliminar de tu vocabulario la palabra “controlar”. Descubrir calles nuevas en tu ciudad. Que una amiga muy amiga se mude a tu ciudad. Que tu ciudad sea una alegre, con mucha oferta cultural, con cafeterías monísimas y que chorree belleza.

Buscar la belleza en cada gesto. Entender su importancia. Darte cuenta de que la infelicidad de algunos momentos la provocó la falta de belleza: en la gente que te rodeaba, en la casa donde vivías, en las gafas con las que veías el mundo. Jurarte que eso no se repetirá porque no se puede desaprender lo que una ya sabe.

Saberte.

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