“No soy capaz” y “Puedo con todo”: dos frases muy comunes que nos joroban la vida

Sol Aguirre
lunes, 18 mayo
Cuántas veces os he contado que el lugar en el que he escrito mis mejores textos es en la ducha. Tiene sentido, porque cuando divagamos, cuando descansamos es cuando llegan las ideas. Y en esas estaba yo hoy, bajo el agua calentita y mis jabones de Rituals, cuando se me ha ocurrido que usamos constantemente nuestra capacidad como arma arrojadiza hacia nosotras mismas.
Nos autosaboteamos contándonos mentiras sobre lo que podemos llegar a conseguir y nos maltratamos empujándonos para conseguir cosas que igual nos la traen al pairo.
Me explico.
La primera manera de jorobarnos la vida es decirnos: “Yo no soy capaz”.
La segunda: “Yo puedo con todo”.
Y entre ambas podemos reventar nuestra vida y a nosotras mismas.
Porque una nos paraliza y la otra nos desconecta de todo lo importante. Nos agota.
Piensa en cuántas veces te has dicho que eras incapaz de hacer algo que, en realidad, te acercaría muchísimo a la persona que quieres ser y a la vida que quieres vivir.
Nos decimos que somos incapaces de hacer cosas que llevamos haciendo años. Un ejemplo claro lo contemplo cada día, cuando mis alumnas me cuentan que se ven incapaces de crear sus propios proyectos, esos en los que van a desempeñar exactamente la misma función que están llevando a cabo para la empresa en la que trabajan ahora.
Cómo es el coco de cabrón y de mentiroso.
Nos pasa con:
Cambiar de trabajo.
Poner límites.
Empezar de nuevo.
Aprender algo nuevo.
Tomar una decisión difícil.
Exponernos.
Separarnos.
Implementar hábitos.
Aquí os recuerdo algo que repetiré hasta la saciedad, porque se nos olvida: nuestro cerebro está diseñado para la supervivencia, no para la plenitud.
Para él, lo conocido es seguro.
Lo desconocido es peligro de muerte.
Así que cada vez que intentamos cambiar algo que para nosotras es importante, saltan todas las alarmas.
Entonces aparece esa voz machacante y castradora:
“No soy capaz”.
“Eso no es para mí”.
“Es demasiado tarde”.
“Yo nunca he sido así”.
Creemos que el miedo demuestra nuestra incapacidad, cuando muchas veces solo demuestra que estamos saliendo de lo conocido.
A eso le sumamos las creencias heredadas y ya tenemos un pastel impresionante:
“Más vale lo malo conocido”.
“No llames la atención, no destaques”.
“La vida es dura, todo cuesta sangre, sudor y lágrimas”.
“No sueñes tanto, se te está yendo la pinza”.
“Las personas como nosotras no hacen esas cosas”.
Frases que no cuestionamos y que acaban definiendo nuestra identidad y, por lo tanto, nuestra vida.
Pero luego está el otro extremo, que también tiene tela marinera.
Ese “voy a demostrar que sí puedo, que soy capaz”.
La obsesión por demostrar que llegamos a todo.
Que no necesitamos ayuda.
Que somos fuertes.
Productivas.
Imparables. Fuertes.
El problema es que muchas veces esa supuesta capacidad, fuerza, llámale equis, tampoco nace de la voluntad, de la autoestima, ni de la calma. No tiene nada que ver, ni con la vida que queremos vivir ni con la persona que queremos ser.
Nace de carencias.
De miedo a no valer.
De necesidad de reconocimiento. Y por eso nos lanzamos como locas a dejarnos la piel en objetivos que realmente son de otros. O que se suponen que tienen que ser los nuestros.
Nos subimos a la rueda de hámster y el resultado diario no tiene nada que ver con construir nuestra vida, sino de dejarnos la piel construyendo la de los demás.
Y claro, acabamos desconectadas, agotadas y confundiendo lo que valemos con lo que producimos.
Ambos extremos tienen algo en común: nos alejan de la persona que somos, de la satisfacción.
Porque encogernos y sobreexigirnos son la causa y el resultado de no formularnos las preguntas adecuadas:
¿Qué quiero realmente?
¿Cómo quiero vivir?
¿Cómo quiero sentirme?
¿Qué cosas valoro de verdad?
¿Qué precio no quiero pagar?
¿Qué significa para mí una buena vida?
Crecer, expandirnos, encontrar el equilibrio y a nosotras mismas consiste muchas veces en detectar qué partes de nuestra identidad están construidas desde el miedo y no desde la voluntad.
Atravesar el miedo no significa no sentirlo.
Significa dejar de permitir que decida por nosotras.
Hablo del miedo a esforzarnos y fracasar y hablo del miedo a no valer, que están en el fondo del “No soy capaz” y del “Puedo con todo”.
Creo que la verdadera capacidad no tiene nada que ver con aguantar más, correr más o demostrar más.
Ser capaz no es poder con todo. Es ser coherente, escucharte, observarte, construir una vida que tenga sentido PARA TI.
Y entender que no has venido aquí ni a guillotinar tus posibilidades, ni a demostrar constantemente cuánto eres capaz de soportar.
¿Cuál es el truco para encontrar el equilibrio? Yo voto, como siempre, por preguntarle a mi Yo de 99 qué decisiones tengo que tomar para que me dé las gracias por lo que he hecho con su tiempo, con su energía, con su talento.
Y voto por hacerle caso, claro.
P.D.: a veces, nos perdemos porque no tenemos un objetivo claro, no hemos hecho el ejercicio de parar y formularnos las preguntas adecuadas, que tienen que ver con la vida que queremos vivir. Te dejo AQUÍ un ejercicio que para mí supuso un antes y un después, al que vuelvo una y otra vez cada vez que necesito claridad y foco para saber lo que realmente quiero en la vida y empezar a diseñar los pasos hacia ello.
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