Ya no quiero dejarme la piel

Sol Aguirre
lunes, 11 agosto
Durante la mayor parte de mi vida, me he dejado la piel en todo lo que he hecho.
En los estudios, siempre fui una niña de dieces. Hice un máster de dos años en uno (no recuerdo ver la luz del sol durante aquel curso), presenté el Plan de Empresa en junio, en lugar de en septiembre, porque en verano tenía que trabajar. Eso suponía currar doce horas durante los findes.
En el trabajo, antes de reinventarme, no me permitía salir de la oficina antes de que anocheciera. Las jornadas de doce horas eran lo habitual, también me zampé unas cuantas de veinticuatro. El estrés carcomiéndome viva por dentro y por fuera.
En la crianza de mis hijos, yo sola. Echándome todo a las espaldas, controlando hasta el último detalle. Sin pedir ayuda. Porque eso era una buena madre, eso era una buena mujer (a todas las mujeres que tenéis hijos: PEDID, PAGAD TODA LA AYUDA QUE PODÁIS, yo habría sido mejor madre sin ese agotamiento insoportable. Y sobre todo, habría sido una tía feliz, no una tía desesperada)
En todo me he dejado la piel. Siempre me he esforzado más de lo necesario, por si acaso. Por si no era suficiente. Porque sacar un ocho no era una opción. Porque no currar sin descanso no era una opción. Por si alguien dudaba de mí y por si yo misma dudaba de mí, también, claro. Me levantaba, todavía me levanto a veces, con la lista de tareas en la mente, sin plantearme que hoy puedo descansar, no hacer nada, no ser útil. Pasaba los días sin preguntarme qué quería sentir, quién era yo, cómo estaba, qué necesitaba.
Y durante mucho tiempo funcionó. O eso creía yo, claro. Porque avanzaba, conseguía. Era buena, joder. Buenísima. A mi alrededor, comentarios que contaban que tú consigues siempre lo que te propones, que no hay nada imposible para ti.
Y yo, mientras tanto, perdiéndome, sin darme cuenta.
Pero hay en nosotras una sabiduría que siempre se las apaña para salir a la superficie.
Una incomodidad que no sabes de dónde viene, ni a dónde va, pero que si observas con atención y paciencia te cuenta cosas sobre ti.
Quizás te das cuenta de lo a gusto que estás en un día en el que, por casualidad, la agenda no está llena.
O te quedas mirando, embelesada, la imagen de alguien que simplemente lee en una cafetería o en un banco.
O te vas una semana de vacaciones y alucinas con todo lo bueno que sientes cuando hay espacios llenos de NADA. (De eso te hablo en ESTE artículo)
O sientes un pellizco de incomodidad si alguien de tu edad te comenta que ya no trabaja, que solo disfruta, porque ha ganado el dinero suficiente como para estar tranquila el resto de su vida.
Le preguntas a esa incomodidad de donde viene y siempre te lleva al mismo sitio, al lugar en el que creciste escuchando y viendo y sintiendo que hay que trabajar todo el día todos los días. Muy duro. Que si no, no eres nadie y no se consigue nada. Que si paras, si no te dejas la piel, no vales. Todo tiene que costar mucho o no hay mérito en ello.
Todo eso duele y te das cuenta de que ni siquiera es tuyo.
Sostienes una manera de vivir que no te pertenece, pero te la has creído tanto que ni la cuestionas. Ni miras más allá.
Empecé a preguntarme, casi sin notarlo ¿y si no fuera así? ¿Y si no hiciera falta dejarme la piel para tener una vida bonita, que me guste? ¿Y si el esfuerzo no fuera sinónimo de valor, y el descanso no fuera señal de vagancia, sino de autoamor? ¿Y si se pudiera conseguir lo mismo —o incluso más— pensando en mí, eligiendo eficiencia sobre esfuerzo, cuidándome?
En esas estoy, ensayando otra manera de estar en el mundo. Más estratégica. Más tranquila. He descubierto que conseguir claridad mental es tan poderoso y productivo como una jornada de trabajo maratoniana.
Que el descanso nutre más que cien tareas hechas desde el agotamiento.
Quizás sea la edad. O las cosas que una va viendo con los años. Gente que se va demasiado pronto. Vidas que cambian en un segundo. El cuerpo que avisa. O a lo mejor simplemente he llegado a un lugar desde el que me permito parar. Soltar. Elegir. Sin culpa.
Ahora pienso mucho más en disfrutar que en conseguir. Me interesa más la calma que la productividad y, adivina, desde ahí, me acerco mucho más rápido y mucho más fácil a todo lo que quiero en la vida.
Me muevo más por placer que por presión. Y, sobre todo, ya no me doy cabezazos contra muros ajenos. Cada cual que haga lo que quiera. Yo ya no entro en esa guerra.
No necesito medallas. No necesito ser la mejor. No necesito que me validen por lo que hago, ni por cuánto hago, ni por cómo lo hago. He decidido vivir desde otro sitio y ando en ese camino. Yo solo quiero estar a gustísimo, y en el agotamiento no hay de eso.
Sigo luchando contra la incomodidad de la contemplación, de una agenda con huecos. Me repito que no soy una tía vaga, sino una tía en vías de ser libre.
Y libre es todo lo que queremos ser.
P.D.: en todo este camino, me estoy peleando para no justificarme, ni ante mí misma ni ante los demás, por cambiar esta inercia mía. Por si andas en las mismas, te he preparado cinco ejercicios que te ayudarán a honrar tu voluntad, para dejar de posponer lo que quieres, para tomar decisiones desde lo que QUIERES, no desde lo que TIENES QUE. Los tienes AQUÍ.
P.D2.: todo esto que te he contado, tiene mucho que ver con el merecimiento y en ESTE episodio de mi podcast con Charuca te hablamos de que te mereces el cielo, de dejar de sentirte culpable por gastar en ti, de tratarte como la maravilla que eres.
P.D3.: te mereces muchas cosas maravillosas y yo estoy preparando una de esas. La única experiencia presencial desde 2023, que no se volverá a hacer, al menos, hasta finales de 2027.
Será el fin de semana del 27 de septiembre e incluye una formación que se llama “Del Debería al Quiero” y que es para ti si quieres:
- Despertarte cada mañana con claridad sobre lo que quieres, sin el peso de la confusión constante
- Tomar decisiones con seguridad, desde la conexión contigo misma, no desde la aprobación ajena
- Darle la suficiente importancia a tu voluntad como para trabajar por lo que TÚ quieres y abandonar lo que ya no quieres
- Sentirte libre y disfrutar del tiempo que te dediques
- Defender lo que quieres ante ti misma y ante los demás, sin necesidad de justificarte constantemente
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