Los inconformistas (o los cabras locas) nos peleamos constantemente con nosotros mismos, nos cuestionamos compulsivamente: ¿estoy dónde quiero estar?, ¿voy en la dirección correcta?, ¿qué me queda por hacer que no haya hecho ya?
Yo, para ver si soluciono tanta pregunta, he escrito aquellas cosas que haré antes de llegar a los cincuenta, que tampoco queda tanto. No os creáis.
Lo podéis leer todo en mi blog hermano Weloversize.
Besis.
“Por qué me resulta extraño decirle a la noche adiós” reza la canción. Pues a mí no sé si me resulta extraño pero últimamente me cuesta la vida retirarme a una hora decente. Vamos, que me cuesta tanto que no lo hago. La última noche que me secuestró fue la del pasado lunes.
A lo loco.
Parece que los lunes tienen algo alevósico y juerguista últimamente. Solo tenemos que recordar el anterior LUNES DE LENTEJAS. En esta ocasión el evento no iba de legumbres, sino de premios, de cine, de aplausos.
Y acaba la gala, y empieza el despiporre.
AGAIN.
Me parece apasionante que el día de la semana más odiado, el asqueroso Monday, se haya convertido en el inaudito momento del desorden semanal.
A diferencia de la canción, no veo esta racha de diversión nocturna post-cuarenta como algo tóxico, sino todo lo contrario. Es una decisión consciente y voluntaria tomada tras mi periodo de ostracismo antinoctámbulo.
Ya fui, volví, subí y bajé. He salido como una loca y me he encerrado en mi cueva, convulsionando ante cualquier plan postmedianoche. He dado volteretas de aburrimiento, he muerto de la risa y he resucitado con las responsabilidades apretándome el pescuezo. He sufrido por amor, por desamor, por los exámenes, por las broncas de mi madre, por la incertidumbre del futuro y por las mochilas del pasado. He sido la oveja negra, la empollona, la graciosa, la responsable, la marchosa, la guarra, la amiga que se va y la que nunca se irá, la novia sumisa, la amante lasciva, la hija perfecta y la madre majara.
Ya he sido muchas cosas, quizás demasiadas.
Y ahora soy yo, en minúscula, sin grandes aspavientos ni reivindicaciones. Se acabó el concurso. Mi yo, que no mi vida, es calma chicha. Ya no quiero ser la más alta, la más guapa, la más lista, la más buena.
Ahora solo soy la más yo.
La nocturnidad en la inmadurez (que se puede dar a cualquier edad, no nos engañemos) genera severas tensiones: qué me pongo, dónde vamos, quién va, irá el que quiero que vaya… Ahora, en lugar de todo eso está LA NADA. LA MARAVILLOSA NADA: el convencimiento de que si has decidido compartir tu tiempo con otros seres es porque así lo quieres y no porque toca. La tranquilidad de que si la ocasión se atasca y no aporta diversión, te vas a casa antes de que amanezca sin trauma alguno. El no esperar nada, en este caso, lo es TODO.
El solo ocuparse de pasarlo bien puede sonar superficial, egoÍsta e incluso gilipollas. Yo prefiero pensar que por fin ha llegado la tan ansiada LIBERTAD. Con mayúsculas. LIBERTAD para decidir, para dilucidar, para distinguir e incluso para intuir y ya no dejarte llevar, sino llevarte. Se acabó el “Ay quién maneja mi barca”. Mi barca es mía, así que la llevo yo, que lo mío me ha costado ser capitana.
Y la barca pesa un huevo. A veces se le fastidia el motor o se me resiste el timón. Nadie dijo que fuera fácil. Aún así, yo decido a dónde, por dónde y con quién voy. Que si otro decide mi rumbo, llegaré a su destino y no al mío. Me da PÁNICO imaginar que al echar la vista atrás veo cómo mi vida controló a mí y no a la inversa. Que al pasar la barca le dije al barquero, yo no soy bonita ni lo quiero ser. Quiero ser barquera.
Ayer escuché en el vestuario del gimnasio una conversación entre dos mujeres de unos cincuenta y pico. Una le contaba a la otra que estaba encantada con su novio, que era bastante más joven que ella. Toda ilusionada decía que era muy feliz y, entre risitas nerviosas, presumía de que el sexo era celestial. Tras ese relato lleno de intimidades y alegrías, la mujer se justificó añadiendo “pero es que yo lo he pasado muy mal, NO TE CREAS”.
Yo, que las oía sin verlas, estuve por asomarme entre las taquillas y aclararle a aquella señora que el sufrimiento anterior no era conditio sine qua non para sentirse tan bien ahora, que esos rollos sobre los castigos y los premios divinos no son más que una gran farsa que nos han metido entre pechos y espalda desde la niñez y que nos han programado para creer que nos merecemos lo malo pero nunca lo bueno.
No puedo evitar acordarme de aquella preciosa oración que rezábamos en mi colegio de monjas (sí, he dicho MONJAS. Así he salido…):
“Yo confieso ante Dios Todopoderoso, y ante ustedes hermanos que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión.
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Por eso ruego a Santa María siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a ustedes hermanos, que intercedan por mí ante Dios, Nuestro Señor. Amén”.
Ahí estábamos, a los 6 añitos canturreando semejante salvajada. Y claro, ASÍ NOS VA.
Ojito, que hasta tener la regla es culpa de alguien. Hay rumores según los que la menstruación es el castigo que heredamos de Eva, que fue una zorra pecadora que tentó a Adán (atontao perdido) y con ello jodió a la humanidad pa los restos. Así que los cólicos, las hemorragias y el dolor de tetas no son consecuencia de un proceso fisiológico, NO. Tenemos la regla porque nuestra tataratataratataatabuela fue un putón que sedujo a nuestro inocente tataratatataratatatarabuelo para chingar como cosacos.
Eva tentando (la muy perra).
Lo de “parirás con dolor” ya no voy ni a comentarlo. Culpa de la cerda de Eva también. Como si fuera posible sacar un Nenuco por el jilguero sin notarlo…
Y es que vamos por la vida pidiendo perdón:
Si sacas buenas notas lo justificas diciendo que “han preguntado lo que había estudiado” o “se habrán equivocado”. Qué vergüenza ser inteligente y/o responsable, por Dios.
Si te dicen que estás guapa, en lugar de dar las gracias y creértelo, será porque te has maquillado mucho o es que “me miras con buenos ojos”.
Si te tachan de buena madre pensarás que la cagas constantemente pero que nadie lo ha notado.
Si te felicitan por tu blog es porque tus amigos te quieren mucho y no te van a decir lo que piensan. Por supuesto, si te lo dice un tío es señal inequívoca de que quiere empotrarte.
Pero ¿por qué coño nos cuesta tanto reconocer que somos la hostia?
Nos sentimos culpables por ser guapos, listos, por ganar pasta, por tener un buen curro, por irnos de vacaciones, por follarnos a alguien maravilloso, por dormir 12 horas, por pasarnos un domingo en el sofá, por hacer pizza precongelada para cenar, por comer sin engordar,…
Nos educan para no ser libres. Todo en la vida han de ser derechos y obligaciones. No debes recibir nada a cambio de nada.
Nos manipulan para creer que los demás tienen poder sobre nuestra vida y nosotros sobre la vida de los demás. Sentimos que somos culpables de la felicidad o la infelicidad ajena, pero nunca pocas veces de la nuestra. Desde pequeñitos nos sueltan barbaries tales como “me pones de los nervios” o “me he enfadado por tu culpa”. ¿Te has planteado que lo que a ti te pone nervioso igual eres tú mismo y que quizás deberías centrarte en controlarte a ti y dejarme en paz a mí?
En fin, que aquí servidora es la primera a la que la culpa aplasta: por no currar más horas, por no estar más delgada, por leer menos de lo que debería, porque hoy no he llamado a mi madre y ayer no duché a mis hijos.
Mis monjitas me dirían que no me merezco mis vacaciones, tener amigos tan estupendos, estas tetas que no se caen, esa ex-pareja que me adora, que gente tan lista quiera escribir conmigo, lo bien que me lo paso en el karaoke, el polvazo del martes…
Nunca he sufrido muchisísimo. No he cumplido mi penitencia.
Quizás me toque pagar a posteriori. Hostias, QUÉ MIEDITO.
Como no sé cuando empezará el martirio, decido que hoy seré libre. Así que de momento disfrutaré de este Nueva York maravilloso en el que me hallo, desayunaré una tostada carísima en Sarabeth´s, pasearé por mi Central Park, esta noche cenaré con mis amigas, reiremos hasta hacernos pis y esperaré con paciencia (pero sin culpa) el castigo divino que me merezco por tanta felicidad. AMÉN.
Lo reconozco, muero de amor cuando alguien que me lee se ríe con mis barbaries, comenta con las amigas, comparte mis conclusiones majaras sobres la menopausia, la madurez o la maternidad y luego me lo cuenta.
En los últimos días eso ha pasado varias veces y hoy cuando por fin me siento ante este teclado, con la pantalla en blanco y dispuesta a elucubrar sobre «Cómo follar en un idioma extranjero», «Estoy hasta las pelotas del verano» o «La crisis de los 40 (o se me caen las carnes que no es normal)», me doy cuenta de que HOY NO ES EL DÍA.
Hoy os voy a contar POR QUÉ ESCRIBO.
Escribía de niña, de adolescente, y después de un tiempo sin hacerlo, empujada por mis maravillosas amigas lo retomé en un blog que me hace inmensamente feliz.
Escribo porque no conozco otra manera de darle forma a esto que me escuece en el estómago y sale hacia mi garganta, mis ojos, mis dedos; escribo para desahogarme, para reirme, para llorar; escribo cosas que no me atrevo a decir o que quiero gritar en tu cara; escribo para hacer homenajes hasta ahora silenciosos; ESCRIBO PORQUE NO PUEDO NO ESCRIBIR.
Tampoco puedo dejar de leer.
Allende, Machado, Bécquer, Valdés, Ende, Gala, Hosseini… me salvaron del aburrimiento de la hija única y ahora de la soledad monoparental.
Neruda se me clavó con su poema número 20 y ahí sigue: «Puedo escribir los versos más tristes esta noche…» y lo vuelvo a leer y es como mirar la foto de un viejo amante; conoces sus recovecos, recuerdas su olor, su sabor…
Me gustan las palabras, respirarlas, masticarlas. Me asomo sobre ellas y me cuentan cosas que su forma no dice. Huelo lo que leo y también lo que escribo.
De adolescente escribía poemas. Quién me ha visto y quien me ve, ahora asalvajada perdida…
Solo Mario los leía.
Él fue mi único primer novio, «en las noches como ésta le tuve entre mis brazos.Le besé tantas veces bajo el cielo infinito…». Y pasados los años, los novios, las mujeres, los hijos, las canas… sigue queriéndome leyéndome.
A veces pienso que escribir es la única manera de volver a la niña que él quiso y que yo enterré bajo capas de acidez, cinismo y mala hostia. Mario y mis textos son lo único que tienen en común Aquella de entonces y Esta de ahora.
Escribo porque me da vergüenza exponerme pero me niego a vivir bajo la cáscara. Y por eso escribiría sin nadie que me leyera y escribo a pesar de que me leéis.
GRACIAS.
Anoche conocí a un chico guapo y joven de cojones narices. Le dedicaré otro post titulado “Cómo asaltar cunas en tres pasos” y puede que lo convierta en un curso monográfico que seguro tiene gran aceptación entre mis comadres. Pero eso será otro día.
La conversación con el apuesto mozo, el final de curso de los niños, la llegada del verano y que soy muy del reflexionar, me han empujado hoy hasta este, mi amado blog, que llevaba un mes abandonado.
Una piensa que tampoco ha cambiado tanto desde los 25. Pensamiento estúpido que corroboran tus compis de colegio cuando afirman que “estás igual”, probablemente proyectando en ti lo que desean para ellos mismos. Y UNA MIERDA.
Si no te fijas, quizás pueda parecerte que esos pimpollos veinteañeros y tú no sois tan diferentes, pero míralos… Huelen a libro nuevo, a juguete de Navidad, a vacaciones de verano. Ellos están llegando y tú llevas tiempo aquí. Podrías escribir el guión de sus próximos 20 años sin equivocarte demasiado. Pero no lo haces porque ahí está la gracia, en caminar a tientas y dibujar tu propio mapa.
Volviendo al tema, ni para mejor ni para peor, pero NO ESTOY IGUAL que a mis 25, ni que a mis 35. El cambio Porfuera es fácil de ver. Ahí están las fotos: aquellas carnes prietas, la ausencia de ojeras y de estas malditas patas de gallo que NO HAY MANERA de difuminar digan lo que digan los fucking anuncios de Lancôme.
El Pordentro ya es otra cosa. Ay el Pordentro, ese que no se ve, PERO QUE SE NOTA.
Hay Pordentros muy jodidos, que viven de recuerdos y creen que aquellos momentos rollo Verano Azul de los 80 fueron lo mejor que les ha pasado y les pasará. Tendrán que vivir de rentas Veranoazulescas pa los restos. Las ilusiones no existen en esos Pordentros. La vida, para ellos, es una sucesión de rutinas preacordadas entre sus karmas y sus carnes. Para esos Pordentros la Felicidad es la ausencia de conflicto, SIN MÁS.
Y luego están los OTROS Pordentros. Esos que con los años ganan en perspectiva y que, aunque no escarmientan en cabeza ajena (frase favorita de mi amada madre), han tenido tiempo de hostiarse mil veces con su cabeza propia. A esos Pordentros les mueve la ilusión: por ver a un amigo, por hacer un viaje, por ir a un concierto, por cortarse el pelo, por escribir…
Los Pordentros Ilusionados y Escarmentados saben que “También esto pasará”, que de mal de amores no se muere, que hay noches en las que es mejor retirarse a tiempo, que hay que perdonar lo perdonable y empezar de cero mientras puedas.
No voy a hacer demagogias sobre lo maravilloso de la madurez, qué coño. Me molaba mogollón mi Pordentro (y ni os cuento mi Porfuera) infantil, adolescente, juvenil. Pero sé que no volveré al primer beso de aquel verano del 86, ni recorreré mi el mundo en mi Vespino, ya no me dejaré anochecer en la playa mientras mis amigos juegan al voley con las melenas al viento (actualmente calvicies incipientes). Ya no me matricularé en la Facultad de Derecho ni estrenaré mi carpeta de la Universitat de Barcelona (los de allí sabéis de lo que hablo), tan azul y tan nueva cada septiembre. Ya no descubriré Nueva York ni iré a mi primer concierto.
A este Pordentro le toca buscar otras Primeras Veces. Ahora se tiene que currar la chispa de la vida porque la que venía de serie se agotó hace tiempo.
Sí, mi Pordentro es Ilusionado, pero reconozco que mis momentos de felicidad máxima llegan cuando me subo a la máquina del tiempo y paso un finde sin hijos, con las amigas, enajenándome en el karaoke y volviendo a casa, zapato en mano, a la hora a la que normalmente me levanto.
Ayer le pregunté a aquel chaval qué quería ser de mayor. “Feliz” me dijo Él (que olía a libro nuevo, a juguete de Navidad, a vacaciones de verano). “FELIZ”. Quise decirle muchas cosas, como que más le vale serlo YA, desde anoche y para siempre.
Me encantaría decirle, a Él y todos los de su especie juvenil, que la vida está hecha de etapas, que todas tienen su encanto, que con los años uno gana en experiencia, sabiduría, sosiego… y que no echo de menos aquellos años de tersura cutánea y cerebral.
Pero mentiría.
Mañana llega el verano y ahí seguiré, buscando más Primeras Veces, cada vez más difíciles y cada vez más escasas.
Cuando un amigo se va…
A todos nos ha pasado. Uno o varios amigos se van a trabajar a otro país y nos quedamos en el mismo sitio pero sin ellos. Algo se muere en el alma… pero yo he aprendido mucho con su ausencia y te lo cuento en WeLoverSize. Si quieres leerme, haz click aquí.
Besazos