Ir al contenido principal

Etiqueta: felicidad

Lo importante de la vida es comer sobrasada

Será la madurez, será la primavera, pero no dejo de pensar en la moto gigante que nos venden en nuestra juventud, haciéndonos creer que la felicidad es una profesión, una casa, una persona. La felicidad, amiguis, son momentos.

Lo importante de la vida es bailar, comer sobrasada, escuchar Kiss FM, dormir en sábanas limpias, el chicle de sandía, los huevos fritos con la puntilla crujiente, las cerezas, la voz de Lianne La Havas, la luz que hay en verano justo después de que se ponga el sol.

Saber que tus amigos están muy cerca, aunque sea a miles de kilómetros. La voz de Andra Day. Tener muy claro que también esto pasará. La seguridad de que volveré a ser joven algún día. Tocarte las puntas del pelo cuando te lo acaban de cortar.

El olor a café aunque no me guste el café. Encontrar un Kit Kat olvidado en el cajón. Ese momento antes de dormirte en el que sabes que te estás durmiendo y te da gustito. Que alguien que no has visto en meses te envíe un mensaje escribiendo justo lo que necesitas leer.

La alerta de Google anunciando que tu cantante favorito viene de gira a España, el instante en el que compras las entradas y gritas de la emoción. El segundo en el que empieza a sonar la música y el corazón te late muy fuerte.

Las fresas con nata. El día que te levantas con el guapo subido. El día que no puedes con tu vida y te dicen lo guapa que estás, y encima es verdad. Un abrazo de los de cortar la respiración. Un morreo de los de verdad. El perfume de aquel chaval que te gustaba mucho (y te vuelve a gustar por unos instantes, mientras respiras su olor). Las pelis que te recuerdan eso que lleva tanto tiempo dormido. ESA canción.

Escuchar a alguien hablar en italiano, tener la seguridad de que vive en un sitio precioso porque todo en su país lo es, incluyendo la pasta carbonara. Recordar aquel viaje de final de BUP a Roma, Florencia y Venecia. Llamar a tu compi del cole para rememorarlo juntas.

Descubrir que todavía existe un helado que comías de pequeña. Comprártelo. Volver a tus ocho años.

Las nubes que parecen de algodón. El olor a champú en el pelo limpio. Abrir la ventana en un amanecer fresquito de verano y disfrutar del frío sabiendo que, en pocas horas, estarás achicharrada perdida. El botón de bloqueo en el móvil. Mirar la luna llena, cuando está enorme y le ves los ojos y la boca.

Viajar a un sitio nuevo y sentir, de inmediato, que te pertenece. Aunque luego cambies de opinión. El acento mejicano. La canción que te recuerda aquel rollete veraniego. Las casualidades bonitas que nunca lo son.

Tener la certeza de que hay piedras con las que nunca volverás a tropezar. Saber cual es tu lugar en el mundo. Que ese lugar sea frente a una página en blanco. Escribir durante horas.

Vosotras, leyéndome.

Otras 7 cosas que, a mis cuarenta y cinco, tengo clarísimas.

Hace unos meses, poco antes de mi cumpleaños, escribí un artículo sobre todas esas cuestiones que, a estas alturas, una ya tiene más que claras. Pero es que lo del autoconocimiento, gracias a Dios, nunca acaba. En este par de meses mi sabiduría ha aumentado a lo salvaje (o eso me creo yo) y como muestra, un botón.

Es mentira que la felicidad está en las pequeñas cosas. Charlar con mi amiga durante horas, sin haberlo planeado, en un banco del parque. Descubrir un escritor con el que, en otra vida, sin duda alguna, compartí útero porque si no son imposibles tantas coincidencias y ya sé que NADA ES CASUALIDAD. Comerme una pizza directamente de la caja mientras veo una peli con mis hijos. Sentarme a escribir en una cafetería bonita, tomarme un té English Breakfast con leche y engullir la mejor napolitana del planeta. Bailar hasta la extenuación con Camilo Sesto y Raffaella Carrá. Ver amanecer.  Nada de esto es pequeño, sino GRANDIOSO.

Yo, que me pongo del hígado con la música alta donde no corresponde, con el ruido incesante de mis hijos, con esos bares donde los camareros maltratan la vajilla, y las cafeteras parecen máquinas de vapor, me he dado cuenta de que tampoco soporto el silencio absoluto. Ese que te hace sentir que no hay nadie más en el mundo, pero de verdad, que se te mete en los entresijos y te pone tan triste que no te deja ni pensar.

Me gustan las ciudades y cada vez más. La playa o el pueblecito encantador si no hay más remedio y solo un ratito. Mi último descubrimiento: Ciudad de Méjico. Qué maravilla de clima, señores. Qué gentes tan amables. Qué restaurantes. Qué de todo. Yo, desde que celebré allí mi cumple, solo quiero ser mejicana. Bueno, mejicano-escandinava, por aquello del vikinguismo y tal. No es que reniegue de mi españolidad, es que ya llevo mucho tiempo siendo ibérica y me apetece un cambio.

Esa es otra: no concibo la vida sin cambios. Por mucho que admire a aquellas compis del cole que se quedaron en el pueblo, se casaron con su primer novio y disfrutan de una vida de lo más sosegada, tengo la absoluta seguridad de que, en este caso, uno nace y no se hace. Nací con el culo inquieto y de mal asiento, con una tendencia enfermiza a la actividad; con una fobia tremenda al aburrimiento, al “Y si”, al “Podría haber”, al arrepentimiento por lo no hecho. Cambiaría los muebles cada seis meses, me mudaría de ciudad todos los eneros. Quiero oler a perfumes nuevos; conocer a desconocidos; que Spotify me descubra, cada día, la canción de mi vida.

Tengo clarísimo que la casualidad no existe, ya lo decía más arriba. Es pura estadística: hay cosas que de tan improbables son IMPOSIBLES. Sí, en cambio, las causalidades nos muestran claramente el camino que debemos seguir. Las señales están ahí, esperando a que queramos verlas. Arriba las antenas. Abajo las creencias, los miedos, los complejos.

Ahora sé que reírse de tonterías no es de tontos y sí lo es el postureo, el qué dirán, las apariencias. El humor nos salva la vida. Cada vez. Todos los días.

Pero no todo es sabiduría a medida que arrancamos hojas del calendario. NO. Mi yo de los veinte entendía mucho más de diversión sin medida, de despreocupación, DE MORREOS. Porque algo estoy haciendo mal cuando no me morreo desde el Pleistoceno. De sexo ya ni hablamos, pero es que eso es secundario. Lo que de verdad importa es el besuqueo, y hablo totalmente en serio.

Quién sabe, quizás para los cuarenta y seis haya resuelto también esta cuestión y superado la frustración, o, en el mejor de los casos, ande de nuevo pegando lengüetazos a diestro y siniestro.

Ojalá.

Feliz Cumpleaños, querida Yo.

Ayer, amiguis, cumplí 45 años.

Yo, que siempre fui muy gilipollas para estas (y para otras) cosas entro en pánico cada vez que se acerca la fecha. Si son números redondos y la decena es mayor de 2, ya ni os cuento. Previendo la catástrofe decidí huir, tomar distancia, ser durante unos días otra Yo: una sin edad, responsabilidades, ni rutina. Y cogí un avión rumbo a un lugar lejano que siento muy cerca, porque los buenos amigos (y la bendita tecnología) consiguen que 9.000 km no sean nada, que la distancia no sea el olvido y que la vida que ellos tienen allí aquí, sea también un poquito mía.

Qué gran decisión, queridas. Porque solo arreándole una patada a la rueda de hámster una vuelve a ser UNA. Solo así puedes sumergirte en eso que eres y no pasar por encima cual lancha motora. He descubierto más cosas sobre mí misma en tres días de maravilloso exilio que en un año de túrmix vital.

He recordado lo que me fascinan los desayunos tranquilos, los paseos, los silencios cómodos; que me manejo tremendamente bien durmiendo cuatro horas cuando lo agradable me rodea; que nunca encontraré palabras para describir lo inmensos son mis amigos, lo bien que me quieren, lo salvajemente ilimitado de nuestro amor.

Me he dado cuenta de que, sin quererlo y gracias a Dios, hace tiempo que me afeité la lengua y vacié el tintero. He puntuado unas cuantas íes, he tachado a algunos y he subrayado a otros. JAMÁS dejaré de cometer locuras por ver a Mi Cantante Favorito, por visitar Mi Lugar en el Mundo, por comerme la vida hasta empacharme y luego volver a empezar.

Sé, aunque a veces se me olvide, que aún soy capaz de llorar de emoción escuchando una voz, leyendo una frase; que se me erizan los vellos contemplando “La noche estrellada” de Van Gogh, que las mariposas estomacales andan por ahí, esperando que la ocasión lo merezca.

Tengo claro que la vida es más vida desde que decidí escribirla. Y, desde luego, que NUNCA dejaré de hacerlo. Porque me quedan muchos rincones que explorar aquí dentro, muchas Sofías que regalaros, tantísimo que seguir agradeciéndoos.

Nada me devolverá mis veinte, ni mis treinta, ni el día de ayer, en el que me prepararon sorpresas que ni en el mejor de mis sueños aparecerían y en el qué toqué con estas manitas la verdadera felicidad, pero tengo la absoluta seguridad de que lo que está por venir será aún más fascinante.

La vida siempre lo es.

       

150 gilipolleces que me hacen inmensamente feliz.

Ay, amiguis, lo que me alegra a mí cada vez que se me ocurre una gilipollez nueva que apuntar en esta lista, que empezó aquí, siguió aquí y ya veremos cuando acaba. Porque las cositas que nos hacen felices deberían ser cada vez más numerosas y lo que nos toca las narices cada más escaso. Escribamos esas chispas de la vida, vaya a ser que se nos olviden.

126. Que mis amadísimos padres se lleven un fin de semana a mis hijos. Ya, esto no lo dicen las madres perfectas de las revistas, pero yo, que de perfecta tengo más bien poco, lo digo, lo grito y lo reitero.

127. Directamente relacionada con la 126. Tras dejar a las criaturas en el tren, hacerme un masaje tailandés que me deje totalmente anestesiada, pillarme un platazo de pasta en el italiano de la esquina y cenármelo mientras me quedo sopa en el sofá sabiendo que al día siguiente dormiré hasta que reviente.

128. “El Gran Showman”. No solo sale Hugh Jackman, que ya sería razón suficiente para alegrarle la vida a cualquiera. Es que esa música, esas coreos, ese vestuario. Las ganas de saltar en la butaca y gritar  THIS IS MEEEEEEEEEEEEEE.

Ah, y ojito con Zac Efron, que no le veía yo el qué, pero ahora va a ser que sí.

129. Leer durante horas. “El olvido que seremos”, “La verdad sobre el caso Harry Quebert”, “Vivir en las nubes anuncia tormenta”. Todos tan diferentes. Todos me han alegrado las noches últimamente.

130. Vosotras, lectoras amiguis. Vuestros mensajes me hacen llorar de la risa, o de la emoción, o de la felicidad más grande cada día de mi vida. Una vez más, GRACIAS.

131. Los huevos fritos con salchichas Oscar Mayer y pan del bueno.

132. Que Idris Elba esté rodando una nueva temporada de “Luther”. Qué barbaridad,  qué despliegue de sex appeal del bueno, PORELAMORDEDIOS.

133. Zamparme un brunch dominical con mi panda de Grekis. Atragantarme de la risa cada vez. Saber que nuestras barbaridades no tienen límite, QUÉ BIEN.

134. Descubrir sitios nuevos y cuquis donde desayunar, comer bollería hipster y beber té en una tetera ideal.

135. Darle una patada a la rutina, a la rueda de hámster que me tiene frita. Ir al cine entre semana, escaparme para arrearme un tratamiento facial supercalifragilístico, darme un paseo por Madrid porque hoy es hoy.

136. Ir a mi clase de yoga, que me deja los chakras finos filipinos. Falta me hace. Y a la de Body Combat, que liarse a hostias con el aire también relaja que no veas.

137. Que las amiguis que viven fuera de Madrid vengan a visitarme. Pasarnos horas en el sofá poniéndonos mascarillas, comentando las revistas, comiendo pan con queso. Viendo vídeos musicales de los 80, parodias de Martes y Trece, las ocurrencias de Mario Vaquerizo, Alaska y la Juanpe.

138. Empezar una serie nueva y ver que me flipa desde el primer capítulo. Especial mención a “Younger”. Sí, vale, Nico Tortorella tiene mucho que ver. Soy superficial, Y QUÉ.

139. Ver tres tíos buenos por la calle en un día. O cuatro. O cinco. De ahí no he pasado.

140. Planear mi próximo viaje a Nueva York. Queda poquito. Soñar con que esa ciudad forme parte de mi vida aún más. Un ratito aquí, un ratito allí.

141. Pensar que pronto cumpliré cuarenta y cinco tacos, y que lo voy a celebrar de la mejor manera posible. Ya os contaré.

142. Pensar que pronto cumpliré cuarenta y cinco tacos, y que sigo estando como las maracas de Machín. Tener la seguridad de que en veinte años andaré igual, O PEOR MEJOR.

143. Los auriculares inalámbricos. Debería repartirlos la Seguridad Social.

144. La vela de vainilla y rapsberry de Cerería Mollá. Quiero comérmela.

145. El nuevo perfume de Tiffany. El Universo bendiga a la amigui que me lo regaló. Inconmensurable.

146. El masajeador de espalda que me compré en Atocha. Da vueltas sobre mis contracturas gigantescas y se pone calentito. Orgásmico totalmente.

147. Ordenar la casa. Bueno, la sensación después de ordenar la casa. Qué bienestar físico y mental, qué claridad. QUÉ BIEN, COÑO.

148. Que mi amiga, recién divorciada de un Australopithecus egocéntrico y cabrón, y tras MUCHOS años de solo currar, criar hijos y aguantar, se esté cepillando a un montón de buenorros veinteañeros. OLE CON OLE Y CON OLE.

149. Esta versión de esta canción. Gracias, Paulo, por descubrírmela. Sara Bareilles. Loren Allred. Me encantan los vozarrones.

150. Una vez más y cada vez más: ESCRIBIR. Porque ya es como respirar. Porque esto no es lo que hago, es lo que soy. (Y mucha de la culpa es vuestra)

 

Enrollarse con un tío casado (y otras muertes lentas)

Hoy me ha llamado mi amiga Cristina emocionada perdida. Se ha morreado con el tío que le gusta.

-Tía, tía, tía, tíaaaaaaaaaaaa cómo mola morrearse con uno que te gusta de verdad. 

-¿A que sí? Mucho más que con uno que encuentras por las calles.

-Que es lo que hago normalmente.

-Exacto.

Hasta aquí todo muy bucólico, amiguis, pero es que ese que le gusta a rabiar, que te mueres, que lo flipas, que es ideal, AYAYAYAYAYAYYYYY tiene un par de pegas:

  1. Está casado.
  2. Trabaja con ella (con mi amiga, no con la mujer).

Yo lo veía venir, porque Cristina me había hablado de este mozo y yo conozco a mis amiguis que son muy tremendas y muy incontrolables. También porque estas historias tienen SIEMPRE el mismo hilo conductor: empiezan con un tonteo inocente, un JIJIJUJUJAJA que pasa a no ser tan inocente, seguimos con unos comentarios picantes, luego vienen los besitos que son una tontería insignificante y ridícula y que han pasado solo porque era la fiesta de Navidad de la empresa e íbamos pedo, lo siguiente es una metida de mano furtiva, y la cosa siempre termina con un polvo descomunal.

Y otro.

Y otro.

Y otro.

Y ROMANCE AL CANTO.

Una vez metidos en harina nos encontramos SIEMPRE con la misma cantinela: que si va a dejar a la mujer, o que parece que no la deja porque ahora mismo no es buen momento (o porque él es así de buena persona, que es una excusa que a mí me alucina especialmente), o que no me importa porque él me quiere, que es que con la otra no fornica desde hace años, lo suyo es costumbre y lo nuestro amor del bueno y BLABLABLABLABLA.

Cristina ha hecho lo que tantas otras: meterse en la boca del lobo. Sin paracaídas, sin red y sin casco.

Nada es casualidad y hay MILLONES de tíos en el planeta que no están casados. Habría que preguntarse por qué a Cristina le gusta el Hombre Casado y no otro. No, no me vale que es el más encantador del mundo, que no hay otro como él. Nadie es único, aunque muchos se lo crean. Tampoco me trago ese clásico “Tranquila, que no no me cuelgo, no soy tonta”.

Ya, amigui, YA.

Le he dicho a Cristina lo que ella ya sabe porque es muy lista y porque la cosa tampoco es demasiado difícil.

Sal de ahí. Corre. Te hará sufrir. Te arrepentirás. A todas les pasa lo mismo. No te metas en ese sarao. Pues anda que no hay maromos. Contrólalo ahora que puedes. Es un tío infiel y lo sabes de antemano. No vale la pena.

Y luego otra vez. En bucle. A ver si así conseguía grabárselo en el cerebelo o en la materia gris o donde coño se guarden las cosas del querer.

Me he quedado yo pensativa al colgar con Cristinita. Masco la tragedia, Y DE QUÉ MANERA. El Hombre Casado se lanzó a morrearla sin cortarse un pelo y lo volverá a hacer y, ay madre mía, lo que tiran unos buenos lengüetazos. Y de la lengua a chirri hay tres palmos escasos.

Poco más puedo hacer para evitar la hecatombe, pero por si acaso, desde aquí hago un llamamiento a Cristina y a las que andáis como ella: pensad en el después, en todas las que ya han pasado por algo así, en la de lagrimones que se desperdician por no parar a tiempo. Con lo que mola la vida, pa qué autojodérnosla voluntariamente.

Ahí lo dejo.      

Hagamos listas, pero de las buenas.

Las tías somos muy de las listas, eso es así. De ahí, supongo, nuestra locurita con las libretas y los bolis. El caso es que, aunque muchas veces son inútiles, hay unas cuantas listas que nos pueden alegrar la vida, y mucho.

1. Molas mucho, y lo sabes, y si no, ya te lo digo yo. Escribe todas esas características tuyas que te convierten en una tía Fabulosa. Porque eres buena amiga, buena madre; porque hoy te has zampado una napolitana de chocolate y un café con sacarina; porque has aprendido a decir BASTA o estás en ello; porque hoy POR FIN, el eyeliner del ojo izquierdo te ha quedado CASI igual que el del derecho.

Te cuento el resto en mi blog hermano, Weloversize.