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Reflexiones de una majara

12 cosas que, a mis cuarenta y cinco, tengo clarísimas.

12 cosas que, a mis cuarenta y cinco, tengo clarísimas.

Vale, no tengo aún los cuarenta y cinco, pero me falta y menos. El caso es que haciendo inventario emocional y físico de todos estos años que ya llevo a cuestas, me alegra darme cuenta de que he aprendido unas cuantas cositas sobre el mundo en general y sobre mi persona en particular.

Tengo clarísimo quienes son mis amigos de verdad. No importa si llevan toda la vida conmigo o si llegaron hace poco. No pueden ser más heterogéneos y más personajes. Y buena gente. Porque mis amiguis son buenos, esa es su característica común. No hay dobleces, lo que ves es lo que hay. También reconozco a los tóxicos. Huy, quita. QUI-TA.

Por mucho que me entusiasme la idea, jamás seré una tía zen, ni relajada, ni nada que tenga que ver con no desquiciarse. Sí, me llamo Sol y soy una histérica. Es lo que hay.

También me encantaría chorrear glamour por los cuatro costados, pero no me peino, mis pijamas son de traca y me da un perezón tremendo diseñar mis outfits, así que: vaquero + sudadera + zapatillas. Cambio los colores a diario por aquello de no aburrir al personal, y punto. Lo de las raíces capilares ni lo comentamos. Lo de los pelánganos en las patas mejor tampoco. Dejémoslo en que soy graciosa, pero glamourosa PARA NADA.

Aleluya porque ya sé qué cosas me hacen perder el sentío: escribir, Nueva York y las croquetas. Por nombrar solo tres. Pero tengo más de cien. Lo juro.

También he aprendido lo que NI DE COÑA: las dietas en las que paso hambre, la gente pesimista, el zumo de pomelo. Y unas cuantas más.

Disfruto con viajes, masajes y comidas de las buenas mucho más que con bolsos, abrigos o pendientes. Y NUNCA dejaré de adorar unos buenos bailes, los disfraces porque hoy es hoy, las diademas de plástico con luces intermitentes.

Por mucho que lo intente, tengo claro que jamás entenderé esto de que el tiempo pase y ya no tenga veinte años. Como me decía ayer un amigo hablando de nuestros fiestones de hace dos décadas, “Cuando no sabíamos que la libertad, la juventud y las noches sin fin se desvanecerían como una puesta de sol”. Lloré, claro. Qué cabrón. Cambiaría esta tía sabia y madura por aquella majara saltarina ahora mismo. 

Ya hace mucho que no me marean, porque he aprendido que las relaciones, como casi todo en la vida, son sota, caballo y rey. Huelo a los Mareadores a dos kilómetros de distancia. Porque huelen, creedme, Y DE LO LINDO. Otra cosa es que nos queramos tapar las narices y autoengañarnos. Yo ahora me fío de mi instinto más que del GPS. Y así me va, que no pillo desde el Pleistoceno.

Durante mucho tiempo me obsesionó no saber qué tipo de madre sería. Pues soy ESTA madre, parecida a muchas, diferente a todas. Desastrosa y maravillosa a partes iguales (espero). No me creo lo de las Madres Perfectas, así que ya no las miro, ni aspiro a parecerme a ellas. MENOS MAL.

Me invade el pragmatismo: es más fácil pintarse los morros de rojo que acertar con el eye liner; las pizzas precongeladas no solo no matan, sino que te salvan la vida; la ropa bien tendida no precisa planchado alguno. Qué alivio.

A estas alturas ya sé que “No hay pena que cien años dure”, que “No por mucho madrugar amanece mas temprano”, que “Dios aprieta pero no ahoga” y que, desde luego, “Quien bien te quiere NO TE HARÁ LLORAR”. Quizás de aquí a mi cumple aprenda alguna cosilla más. Quién sabe.          

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