Queridas mías (y queridos míos), hoy es uno de los días más importantes de mi vida. De hecho, podría afirmar que es el segundo, después del día en que me entregaron a mis hijos. Hoy, martes 14 de febrero, sale a la venta mi primer libro.
Debería escribir algo muy lúcido, muy emocionado y muy inteligente pero es que la cabeza me da vueltas, LITERALMENTE. Mi novela, anoche, ya estaba en el top 100 de lo más vendido en Amazon y, aunque ya sabemos que eso de los rankings es relativo, y puedes vender diez libros y situarte en el número 20, no puedo evitar (ni quiero) ilusionarme de manera muy majara.
Como no soy capaz de pensar, ni mucho menos redactar, algo que de verdad exprese todo lo que esto significa para mí, iré al grano: quiero dar las GRACIAS. Sí, otra vez. Soy un coñazo. Dejadme, que hoy es mi día. GRACIAS a las y los que me leéis; a mis amigos, que me han empujado para que llegara hasta aquí y que van a seguir haciéndolo, que lo sé yo; a todos los que habéis comprado ya mi librito y a los que lo haréis; a Ana Orantos, que me abrió las ventanas de la vida; a mi Carmen, por hacer el book trailer perfecto; a Laurita, por expandirme, por difundirme, por gritarme a los cuatro vientos; a Paulo, por ser la chispa. Tengo que agradecer tanto que mejor paro aquí.
Ahora lo operativo: para los que preguntáis sobre formato, lugares de venta, presentaciones, etc.: mi libro se vende en versión digital, en versión papel y versión de todo, y debería estar en cualquier librería de España. Para los que vivís en el extranjero, de momento solo formato digital. Todo se andará. Para facilitaros el tema, he creado un apartado en mi blog con TODA la info, aquí tenéis el enlace. También están ahí las fechas y lugares de presentaciones y firmas.
Y, por último, como una imagen siempre es mejor que mil palabras, os dejo con pocas palabras y este vídeo, que resume estupendamente de qué va esto que he escrito. Yo no puedo visionarlo sin berrear de la emoción, espero que no os pase lo mismo.
Besos inmensos.
En un viaje a Nueva York, una atípica madre soltera decide emprender su particular camino hacia la felicidad.
El libro narra un año en la vida de Sofía, una mujer de 42 años, que vive en Madrid. En una visita a la Gran Manzana, toma una decisión: encontrar su lugar en el mundo. A lo largo de la historia, la acompañaremos en su cotidianidad, en sus viajes (geográficos y emocionales), y veremos cómo se enfrenta a sus miedos, a sus pasiones y a sí misma.
Sofía es cualquier persona que, en un momento dado, decide cuestionarse, replantear, desaprender, recordar lo que un día quiso ser y que, por cualquier razón, se quedó por el camino.
“Cada uno que haga de su capa un sayo” es una frase que pienso tatuarme mañana mismo. Para que no haya dudas, Google me comenta que eso significa “obrar alguien según su propio albedrío y con libertad en cosas o asuntos que a él sólo pertenecen o atañen”. O sea, que cada uno haga lo que le dé la real gana.
La voy a grabar en mi pellejo porque yo, que voy de transigente y de moderna por la vida, a veces soy MUY GILIPOLLAS. Me explico: soy tolerante con aquellas ideas que comulgan con las mías y con otras que, aunque no lo hagan, no choquen de frente con mis valores más profundos. Y eso, señores, según Wordreference.com, es ser intransigente, fanática, terca, obcecada, obstinada y tozuda. MAL, MAL, MAL.
Todo esto viene a que, hace unos días, celebramos una cena con amigos de toda la vida, de esos que ves una o dos veces al año porque vivimos lejos, uno de esos encuentros que acaban en descojono generalizado y con ese chorrito de pis que pedí a los Reyes Magos. Lagrimones de la risa. Conversaciones cochinas. Complicidad. Cariño inmenso. Felicidad enorme. En el fragor de la batalla, en plena exaltación de la amistad, se planteó la posibilidad de pasar un fin de semana juntos. Sin parejas, solo nosotros. Somos unos diez, más chicas que chicos. Joder, qué bien nos lo vamos a pasar. Si en cuatro horas andamos con el rímel por la barbilla, la que podemos liar en cuarenta y ocho…
Yo, que me falta tiempo para liarla parda allá donde voy, espeté “De aquí no se levanta nadie hasta que tengamos fecha”. Y dicho y hecho: tal finde de febrero. TODOS. ¿Conformes?. Un sí general.
Oeoeoeoeoeoeoeoeeeeeeeee.
VAMOS, QUE NOS VAMOS.
Hubo quien asomó el morro con alguna duda: ¿pero no es un poco pronto? Solo queda un mes. Gritos. Amenazas. PERO QUÉ COÑO DICES, ANIMAL. Nos queremos. Nos queremos mucho. Veámonos hoy, y en un mes, y luego más. Anda, calla. Anda, calla…
Otro, en un minimomento de intimidad, me confesó que “ya verás, tendré pollo en casa”. Y, claro, como la intransigente gilipollas que soy, me lancé a su cuello: pero por qué.
Te vas con tus compis de toda la vida.
Tu libertad es tuya.
No entiendo nada.
No hacemos nada malo.
Vaya tela.
Solo vas a pasártelo bien.
La despedida fue menos dolorosa porque sabíamos que, en poco tiempo, íbamos a pasar el mejor finde de la historia de la humanidad.
Vamos a organizar el tema billetes de tren. AY, AY, AY, QUÉ EMOCIÓN.
En un día, las chicas lo teníamos todo listo y preparado, los chicos ni mú. ¿Chicos? ¿Hola? ¿Chicos? HOLAAAAAAAAAAAAAA.
La respuesta no se hizo esperar. Bueno, un poco sí.
No sé yo si ese finde me va bien.
Id vosotros ya si eso.
Es que tengo un cumpleaños.
Es que los horarios no me van bien.
ES QUE MI ABUELA FUMA Y NO SABES DE QUÉ MANERA.
Otra vez yo, la intransigente gilipollas llama uno por uno a los integrantes masculinos de la banda. ¿Esta desbandada no será porque hay varias personas de la pandi que tienen un coño entre las patas, VERDAAAAAAAAAAD? Porque me parecería muy fuerte. Te vas con tus compis de toda la vida. Tu libertad es tuya. No entiendo nada. No hacemos nada malo. Vaya tela. Solo vas a pasártelo bien.
Resumiendo, os cuento que, en efecto, el finde de amigos se ha transformado en el finde de AMIGAS.
Yo entré en una pequeña cólera interna. Con las ganas que yo tengo. No les hace ilusión. Cómo son capaces de perderse esta puta maravilla. Cómo pueden someterse de esta manera. Joder, qué rabia.
Y le he dado muchas vueltas, muchas más de las que debería, COMO SIEMPRE. Y pienso que le tienen miedo a la libertad, a pasárselo que te mueres un finde por si el resto de la vida luego no es igual de maravillosa. Porque uno de Ellos me comentó que no se acordaba de que uno se podía reír tantísimo después de los cuarenta, y a mí entonces me dieron muchas ganas de abrazarle y sentí un espasmo el estómago. Porque yo en la vida solo quiero comer, dormir, ducharme, escribir y mearme de la risa, si es cada día, pues mejor. Como puede ser que no les pase a TODOS lo mismo.
Llegados a ese pensamiento absolutamente talibán, decido que soy, aparte de talibana, GILIPOLLAS por varias razones:
¿Quién dice que ese miedo a la libertad sea menos dañino que mi terror a perderla?
¿Por qué sus ansias de estabilidad, de tranquilidad, de falta de conflicto son peores que mis ansias de disfrute salvaje, que mi terror al aburrimiento, a morirme sin haber hecho todas esas cosas que me entusiasman?
¿Qué me hace pensar que esta lucha continua mía por SIEMPRE MÁS ARRIBA, por SIEMPRE MEJOR es más válida que el “esto es lo que hay, para qué complicarse”?
¿Desde cuándo pelearse con la vida, con el tiempo, con el cansancio es la única opción que existe?
Porque la libertad no sirve solo para tomar decisiones, también para no tomarlas. Para no hacer, en lugar de hacer. Para querer menos, en lugar de vivir constantemente en el “QUIERO MÁS”. Y más. Y luego más. Para dejar que otros decidan, para conformarse con aquello que los demás esperan de ti.
Y mientras decido cómo me curo de esta intransigencia mía, de este pánico a no aprovechar cada minuto de mi existencia, sigo rezando a todos los dioses para que cambiéis de opinión y vengáis a pasar lo que va a ser, SIN DUDA, el mejor fin de semana del planeta, de la historia, de nuestra vida.
Queridos Reyes Majos, antes meterme en faena quiero comentaros lo rápido que pasa el tiempo. Parece que fue ayer cuando os escribí mi carta del 2016 y ha pasado ya un año. MUY FUERTE.
Lo primero, hablemos un poco sobre mis regalos del año pasado, que eran básicamente:
TENER SEXO DEL BUENO.
Pues hijos míos, no me habéis traído ni del bueno, ni del malo. Ni tíos guarros guarrísimos, ni limpios limpísimos. Vuestras razones tendréis.
PERDER TRES KILOS.
Ahí siguen y juraría que les acompañan un par más. Es verdad que no me he portado bien en lo que se refiere al zampar y que tampoco le he dado mucho al deporte, pero la intención era que lo consiguierais a base de VUESTRA magia, no de MI sacrificio.
Lo más importate: os pedí que mi amiga se divorciara del del hijo de la gr******** p***, pedazo de c****.
Y LO HA HECHO. ALELUYA. GRACIAS. GLORIA AL CIELO.
Por lo demás, mis hijos siguen con sus notas de mierda y mi mejor amigo aún vive en Pernambuco. Repito peticiones, a ver si este año caen.
Os pedí inspiración y talento para escribir, y ovarios para seguir yendo contra corriente.
Lo del talento es MUY discutible, pero oye que entre mis amiguis y lo raro que está el mundo, tengo inspiración para dar y regalar. Y nado contra la corriente, contra el viento, contra la marea y contra lo que haga falta. GRACIAS.
Reyes Majos de mis amores, ni siguiera me atreví a pedíroslo, pero os cuento que he escrito un libro, que se llama “ALGÚN DÍA no es un día de la semana”, que a mí me gusta mucho y que el 14 de febrero estará en las estanterías de los apellidos que empiezan por “A”. Sí, en San Valentín, porque es un libro para los enamorados, PERO DE SÍ MISMOS, que deberíamos ser todos.
Por favor, haced que les guste a los lectores, que firme en muchos sitios. Quiero ver las caras de estos seres tan majos que me saludan a través de la pantalla.
Para ahorrar tiempo y tinta podéis apuntar para todos los años venideros lo de escribir un libro, y una obra de teatro, y una serie, y una peli. Y varias canciones. Ah, también quiero ser columnista en alguna revista, o en un diario. O en una revista y un diario. Sois magos, sacad tiempo de donde no lo hay.
Sigo queriendo perder los kilos sobrantes y os cambio lo del sexo por unos buenos morreos, de esos que marean, que tienen el ritmo adecuado, que te dejan la barbilla desollada.
Os comento que me haría MUCHÍSIMA ilusión conocer a Milena Busquets, soy MUY fans. Y a Elvira Lindo. Y a Benedict Cumberbatch, para ver esas manos de cerca y escuchar esa voz en directo.
Compradme entradas para los conciertos de Vanesa Martín, Emelí Sandé, Ana Carolina, Mi Amiga y Mi Cantante.
Organizadme, por favor os lo pido, más cenas con los compis del cole.
He llegado a una edad en la que me gusta que mi pasado forme parte de mi presente. Quiero recordar quién fui para entender lo que soy. ME ENCANTA estar con esos que me conocen de verdad, porque entonces no había filtros. Porque nunca pasaré con nadie tanto tiempo como pasé con ellos. Porque, con mis amiguis de las monjas, vuelvo a tener catorce años. O diez. O cinco.
Dadme risas de las de no poder parar, de las de dolor de barriga y chorrito de pis.
Llevadme al karaoke y, por favor, nunca me devolváis la vergüenza que perdí allá por el 92.
Voy acabando, queridos Majos, que yo lo de los límites nunca lo tuve muy claro. Solo una última cosa: proveedme de primeras veces, de ilusión, de ganas.
Para escribir esto me he tenido que ir a un Starbucks al más puro estilo Carrie. La ocasión lo merece. Podría deciros que “le pasó a una amiga mía” pero no iba a colar, así que seré sincera.
Me encantan los masajes, no me canso de ser masajeada y mi día ideal SIEMPRE empezaría con un buen masaje. Me he dado masajes en varios países, en Tailandia ya ni os cuento. Con esto lo que quiero decir es que me han dado muchos masajes de muchos tipos, muchas personas.
En Madrid me aficioné a un sitio thai maravilloso y carísimo de esos que abren siete días a la semana, 14 horas al día. Pero hostia, me dejaba el sueldo, así que decidí probar masajes thai más plebeyos y un amigo me recomendó un local que me pareció cutre pero oye, a mitad de precio que las superthai.
Allá voy yo y qué alegría más grande cuando veo que por dentro es monísimo y muy zen.
Y aparece el masajista en cuestión: pelos rasta hasta la cintura y cejas depiladas rollo Spock.
Se me ha escapado una tribu urbana nueva, está claro. Me quedo un tanto patidifusa y pienso que o se recoge el pelamen o se le llenará de aceites esenciales.
Me lleva muy amablemente a la colchoneta colocada en el suelo que hará las veces camilla. No camilla, rastas hasta el jander… Empiezo a pensar en las posturas y en como lo vamos a hacer para que no me restriegue los mechones por el body (a estas alturas ya veía yo que el joven no se iba a hacer ningún tipo de recogido capilar).
Me pongo las bragas de papel rollo Dodotis (esto va mejorando) y allá que le espero yo boca arriba tapada con unas telas étnicas a juego con las rastas.
Y empezamos.
Rasta Spock tenía las manos totalmente congeladas, JODER. Me cabreo. Poco a poco se le van calentando.
Aquello no era tan thai como mis amadas thai carísimas pero bueno, su aceitito caliente, presión adecuada…
Y me pongo boca abajo.
Qué bien, ha llegado el momento. Tengo contracturas hasta en la rabadilla y el momento masaje espalda es siempre celestial. Además, Rasta Spock me había preguntado dónde las tenía. “Aquí”, había dicho yo, señalando mi lomo. No había pérdida. “Entre los omoplatos, sobretodo” había concretado, por si no percibía las contracturas tamaño mandarina. No podía fallar.
Mujeres del mundo que teneis una talla de sujetador superior a la 85 … Sabéis que cuando te pones boca abajo, el pechamen sale por los lados ¿no? Bien, yo no estoy precisamente plana, con lo cual por los lados sale BASTANTE. Pero el tema es que en los flancos no tengo contracturas, con lo cual las glándulas mamarias no habían molestado jamás para nada, HASTA QUE LLEGÓ RASTA SPOCK.
Prueba gráfica de tetamen asomando.
No me preguntéis en que Escuela Thai estudió, o donde se pensaba que estaban mis omoplatos.
Me masajeó los flancos, o sea la media teta que se me salía por ambos lados, aproximadamente 76 veces.
QUÉ MOMENTO, SEÑORES… ¿Qué hago?, ¿le digo algo?, ¿se trata de un movimiento nuevo desconocido por las thai pero muy en voga entre los masajistas thai semijamaicanos?, ¿o me está metiendo mano descaradamente? Si ese es el caso ¿lo disfruto? Joder, desagradable no es, aunque el rollo Rasta Spock no es lo mío…
Decido relajarme y disfrutarlo, DE MOMENTO.
Ni que decir tiene que, llegado el momento, las contracturas que tengo en el culo las encontró y las trató, PERO A BASE DE BIEN.
Braga dodotis metida por el jander hasta el intestino y, hala, a amasar.
Acaba la manoseada trasera, volvemos a darme la vuelta. “Si por detrás me ha puesto fina, lo de por delante ya puede ser sideral”, pensé yo.
El chaval, muy profesional, me planta una toallita tapándome las tetas (las que ya me había manoseado hasta la saciedad) y ME BAJA LA BRAGA DODOTIS HASTA EL MÁS ALLÁ.
O sea, no me ves las tetas pero me estás viendo el jilguero. BIEN.
Toca el masaje barriguil.
No sé donde pensáis que acaba la barriga por la parte inferior, pero yo os lo voy a aclarar: justo donde empieza la rajita. O sea, la parte superior del chirri pertenece al abdomen, al menos en la zona de Tailandia donde Rasta Spock estudió.
Os recuerdo que para más inri, yo estaba con los ojos cerrados, así que tampoco tenía muy claro por donde pasaba la mano, era todo un rollo sensorial. Pero vaya, que sensorialmente tengo muy claro donde tengo la barriga y donde el parrús.
Ahí ya me empiezo a plantear seriamente que la cosa se puede desmadrar (aún más) y me vuelven a asaltar las dudas: ¿Y si baja más la mano?, ¿me dejo o le fostio? Por un lado la cosa era cachondona, pero cuando lo físico me ponía tontorrona, lo cerebral me recordaba el look Rasta Spock y la líbido se iba a tomar por c**o.
“Y yo que había venido a relajarme y me estoy contracturando aún más…”
Acabamos con la zona pélvica y vamos a la craneal.
Y ahí es cuando la problemática que yo había planteado al principio, se manifiesta. Rasta Spock sentado en la parte superior de la colchoneta, masajeándome pescuezo (por fin me toca alguna contractura alejada de mis zonas erógenas) y una de sus rastas dando paseíllos por mi jeto.
CANGONTÓ LO QUE SE MENEA.
Vamos terminando y el joven me envuelve cual rollito de primavera en las telas étnicas.
Él que me pregunta qué tal y yo medio adormilada, medio al borde del colapso le balbuceo que “Bien”, añadiendo mentalmente “¿y tú, cari, te has quedado a gustito?”
Y el colega que se abalanza para darme dos besos y yo, que por el desarrollo de los acontecimientos pienso que me puede meter la lengua hasta el duodeno.
No lo hace.
“Chato, si me besas, que tampoco es necesario (las thai no me besan JAMÁS), lo haces cuando esté vestidita y pagando y NO EN BOLAS HECHA UN CANELÓN.”
Ya vestida y por las calles no salía del shock. Y en estos casos lo mejor es llamar a una amiga. A poder ser a alguna que se vaya a descojonar.
-Mabel, querida, salgo de un masaje thai dado por un Rasta Spock y juraría que me ha pegado la metida de mano del siglo.
La otra se descojona, más por imaginar las rastas y las cejas together que porque me metan mano y encima pagando.
Le planteo varias preguntas :
– Tía y si la cosa hubiera ido más lejos, ¿qué hago? ¿me dejo?.
-Pues si te ape…
Siguiente cuestión:
– ¿Y le dejo propina?
– Pero qué dices tía, para nada. Que lo hace porque quiere. Si acaso te tiene que hacer descuento.
Joder, cuanta sabiduría encerrada en un cuerpo tan pequeño.
Pasados los días, cada vez tengo más claro que Rasta Spock se puso fino filipino y me asaltan más dudas… ¿vuelvo? La verdad es que me cobraron la mitad que las thai y tampoco estuvo mal. ¿Si vuelvo pensará que me ha gustado y quiero aún más?
En un momento dado y si lo negocio bien, podría sacar descuento a cambio de disimular y hacer ver que tengo contracturas en sitios donde no hay ni músculos. Al final, lo que más me molestó fue el paseo de su rasta por mi cara…
De repente recuerdo un capítulo de Sexo en Nueva York en el que Samantha se ofende porque un masajista buenorro no le provee del final feliz que le había dado a otras clientes. Con lo que me mola a mí la serie, Samantha y los finales felices.
Superintrépida, cojo el teléfono para pedir hora con Rasta Spock. Y le visualizo, tan Rasta y tan Spock. Y visualizo también al masajista buenorro de Samantha. Joder, nada que ver. Seamos realistas, yo nunca fui de sucedáneos.
Así que decido no llamar y volver a mis queridas thai. Sí, me cobran el doble, PERO ME ESTRESAN LA MITAD.
Estoy de comprar uniformes, libros, libretas y demás bártulos escolares hasta las mismísimas narices. Los niños están del hígado y yo con ellos. Aún no sé qué días tienen las extraescolares. No puedo organizarme. La chica que me ayudaba ha vuelto a Ucrania. Me da vueltas la cabeza. Voy a morir, o algo parecido. Ayer empezó el cole y espero que en una semana mi vida vuelva a sus cauces o me dará un flus de los graves.
En el instante en el que mis pensamientos fatídicos van a desembocar irremediablemente en una crisis histérica necesito escuchar una de esas canciones que quitan el sentío o, en este caso, lo devuelven. A mí la música me calma, me anima, me cura. Durante los últimos días he sobrevivido gracias a “La bicicleta”.
Los niños se peleaban quince veces al día, yo me ponía “La bicicleta”.
No encontraba polos blancos talla ocho en ninguno de los cuatro Corteingleses visitados, me ponía “La bicicleta”.
Tenía que visitar tres webs diferentes para comprar todos los libros de texto, me ponía “La bicicleta”.
Y así estoy, que no sé si tengo cara de Shakira o de Carlos Vives.
Pero ahora, que ya tengo los pelos más de punta imposible, los colombianos no me bastan. Necesito un temazo que no solo me alegre la vida, sino que me evada, que me traslade a otra dimensión en la que no existen los carpesanos, los menús diarios, los calcetines azul marino de la talla treinta y cinco, que es la más demandada del planeta y por eso desaparecen antes de que los cuelguen en el expositor.
Ay amiguis, amiguiiiiiiiiiiiiiiiiiiis, qué momentazo siento en mis entresijos. Esa melodía me ha acompañado en Nueva York tantos días, en tantos lugares, durante el tiempo que he pasado allí este verano, escribiendo y disfrutando, que en el fondo viene a ser lo mismo. La escuché en una serie y, como soy tope de obsesiva, me la puse en bucle y a lo loco… Y allá voy, hacia esa galaxia lejana en la que no existen ni las prisas, ni las responsabilidades, ni las papelerías.
Llevo días dándole vueltas a la razón de aquella felicidad que solo puedo calificar como SUBLIME, para poder reproducirla en la vida real. Me niego a pensar que ese estado de nirvana se da exclusivamente en la Gran Manzana.
Sigo escuchando mi canción neoyorquina. Extasiada.
Nos hinchamos (o al menos yo lo hago) a leer textos sobre cómo disfrutar los detalles y agarrarnos al aquí y el ahora, sobre cómo enfocarnos y evitar distracciones que nos roban energía. Pues ahí está, básicamente, el secreto de lo que podríamos denominar “mi alegría manhattaniana”. Aquí la menda se alejó del mundanal ruido, aunque pueda resultar a primera vista paradójico, ya que hablamos de la capital del mundo. Pero es que el aislamiento no depende de dónde esté tu cuerpecito, sino de dónde coloques tu sesera. Y la mía vivía encantada levantándose muy temprano, paseando por Central Park a las siete de la mañana, contemplando ese contraste espectacular entre lagos, árboles y rascacielos. Mi sesera zen se limitaba a caminar, escribir y ver a mis dos amigas. Nada más. Y así cómo el que mucho abarca poco aprieta, el que poco abarca, aprieta a lo salvaje.
Mientras me duchaba no cavilaba sobre qué haría para cenar, solo me duchaba.
Cuando reía con mis amigas sobre la hierba de Bryant Park, quería parar el tiempo.
Si me sentaba a desayunar en un bar, lo hacía sin prisas.
Cual súperhéroe mutante andaba yo, con los sentidos hiperdesarrollados, por esas calles, por esas cafeterías en las que me sentaba a escribir durante horas. Escuchaba conversaciones, observaba a los transeúntes para luego soltar una serie enorme de cavilaciones discordantes en mi preciosa libretita azul de Moleskine. Porque esa es otra: nada como escribir para darte cuenta, para estar presente.
No había prácticamente mensajes de Whatsapp, ni mil amigos con los que quedar. No existían los horarios. En mi nevera, una botella de leche. En mi armario, siete modelitos, unas sandalias y mis zapatillas de deporte. En el baño, eso sí, ochenta potingues (que una es minimalista, pero no tanto). La tranquilidad de que mis hijos se lo estaban pasando de muerte con los abuelos y nuestros varios Facetimes diarios, remataban el plan.
Ahí estaba yo, en un lugar dónde, lejos de huir de mí, era mucho más yo.
Decido que mañana mismo desayunaré con calma mientras le doy al boli sobre mi libreta azul, que apagaré los datos del móvil el rato que me dé la gana, que, de camino a la oficina, respiraré esta ciudad que me gusta tanto como aquella.
Uf, ya me siento mucho mejor, mis pulsaciones han vuelto a la normalidad y la idea de forrar los veinticuatro libros que tengo ante mí ya no me produce convulsiones. Nada es para tanto. Viva mi canción, viva Nueva York, viva el césped de Bryant Park.
Como todos los buenos viajes, este me ha cambiado. Que lo sé yo. Me he visitado y me he gustado. Mucho. He conocido un país nuevo, que está entre mis orejas, mis costillas y mis pies.
Ahora que ya sé dónde estoy, iré a verme a menudo.
Chiquis, estoy extremadamente emocionada: han reestrenado “La Historia Interminable”.
La noticia no tendría mayor importancia si no fuera porque esa historia, ese libro, es en gran parte culpable de que yo esté aquí escribiendo. Me lo leí en bucle, varias veces, en años diferentes. Fui Atreyu, lloré con Bastian, soñé con montar ese dragón blanco de la suerte tantas noches…
Creía que, si Bastian logró entrar en ese mundo imaginario quizás yo, a base de leer y leer sin pausa, podría conseguirlo también. Yo quería ser un personaje de cuento, de película, de novela. Yo ansiaba convertirme en una mujercita de Louise May Alcott, vivir en “Torres de Malory”, tener un Gremlin, volar como Mary Poppins.
No pudo ser y entonces decidí que si no podía vivirlo, lo escribiría. Al fin y al cabo, es lo mismo.
Volvamos a la película, a esa sala de cine en la que volví a mis diez años hace tan solo dos días. Fui sola, como a mí me gusta. Para saborear, oler, masticar esa historia que ahora, con mirada adulta, descubro llena de moralejas, metáforas y enseñanzas.
Ártax, el caballo de Atreyu, muere ahogado en el pantano de la tristeza porque se deja, porque ya no le importa nada, ¿os suena de algo? Por no hablar de ESA NADA que amenaza con destruir Fantasía por culpa de los humanos que ya no imaginan, ni sueñan, NI SE ILUSIONAN.
Lloré.
Lloré mucho gracias esa Emperatriz Infantil que lo único que necesita para sobrevivir es que le den un nombre nuevo. Lo único que la salvará es REINVENTARSE.
Lo único que nos salvará es reinventarnos.
En diciembre me fui de viaje. Uno de esos viajes al pasado que marca, quieras o no. Como sé que la memoria es muy caprichosa (o en mi caso, muy mierder) decidí escribir una especie de diario de aquellos días. Poco a poco, aparte de apuntar con detalle los terremotos emocionales que, en efecto, me atacaron (que ya lo sabía yo que iba a pasar), empecé a divagar.
Porque esa es una de las tantas maravillas que te aporta la escritura, que empiezas en plan sencillito y se te acaba yendo la pinza que no es normal. La primera vez te da vergüenza pero, con la práctica, lo de proyectar, soñar y montarte películas se convierte en tu día a día. Y eso hice: crear en esa libreta marrón una vida ideal, la mía, en la que viviría parte del año en Nueva York (porque a mí Madrid me vuelve loqui también), me dedicaría exclusivamente a escribir y me cepillaría a Jason Momoa (porque sí, se me ha muerto el chirri, pero este lo resucita, FIJO QUE SÍ).
De ese viaje hace solamente ocho meses.
Ayer llegué a Nueva York.
HOY os escribo con vistas a Central Park y haré lo mismo, cada día, durante las próximas tres semanas, creando algo que hace seis meses era utopía pura y dura.
Increíble pero cierto.
Esta vida, que nadie os engañe, es mágica.
Ya lo decía el dragón Fújur: “Never give up and good luck will find you” (nunca te rindas y la suerte te encontrará). Lloré al escucharlo y lloro al escribirlo (estoy de un sensible que es MUY FUERTE).
Quizás peco de descerebrada, de infantil, de crédula, de fantasiosa, de tonta del culo. QUÉ MÁS DA.
Amigas de mis entresijos, que me leéis, que me compartís, que me decís unas cosas TAN preciosas que se me saltan los lagrimones, varias cosas os tengo que decir y las numero o me lío (estoy tan dispersa como sensiblera):
Por Dios, compraos una libreta marrón, o fucsia o verde pino. Soñad en ella. Que la Nada no os atrape. La Nada es una mierda como un piano.
Juntaos con gente que tenga sus propias libretas, que entiendan vuestros sueños, que los alimenten. Siempre arriba, siempre adelante. El resto, a tomar por c***.
Llevad al cine a vuestros hijos, contadles historias, leed delante de ellos y así ellos leerán. Eliminad de su vocabulario lo “imposible”, el “no lo conseguiré”, el “no puedo” tan, tan, tan asqueroso. Que no pierdan, al crecer, esa emoción loca por lo más nimio.
Por último, GRACIAS. Gracias inmensas y emocionadas. Gracias, una vez más, por leerme, por compartirme, por ser mis amigas virtuales, por acompañarme en mi sueño, ya realidad.