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Etiqueta: felicidad

De añoranzas y felicidad en Nueva York

Hoy os escribo desde Mi Lugar en el Mundo, ha sido un día largo y maravilloso, estoy tan cansada como feliz. No pasaría nada si fabricara mañana este Lunes con Sol. O sí, porque la vida se diluye a nuestro paso y escribirla es la mejor manera de que la huella sea lo más fiel posible. No quiero que se derrita esta sensación rara de echar mucho de menos a los que andan por las Españas y, al mismo tiempo, saber que estoy donde debo estar para hacer lo que quiero hacer. Y ser feliz. Probablemente lo uno va con lo otro: tener una familia elegida apoyándome, animándome y diciéndome burradas por WhatsApp me impulsa a aislarme durante estos días con total tranquilidad. Qué importante es el buen amor, joder. Qué fuerte te hace.

En un domingo en el que he descubierto que el brunch en Brooklyn puede consistir en algo tan asqueroso como una hamburguesa con huevo, queso y bacon entre dos gofres y en el que he acabado bailando en un antro a las seis de la tarde, al tiempo que un chico de Barcelona (gay, por supuesto) me daba las gracias por existir mientras descubríamos mil amigos comunes, solo le puedo dar las gracias a la vida. La normalidad está sobrevalorada. Mucho.

En estas vacaciones de mi Yo Misma, donde no hay hijos, donde mi única responsabilidad es bucearme para crear desde el lugar apropiado, tengo clarísimo de que, antes de que me quiera dar cuenta, volveré a estar en mi querido Chamberí y que la rutina, tan necesaria como cochambrosa, se me agarrará a los tobillos. Pero serán los tobillos de otra. Porque los viajes te cambian, más si te lanzas a ellos con la esperanza y la seguridad de que de ellos saldrán nuevas historias que se trenzarán con la tuya y con las de quien las lea. Más si te fundes con la ciudad en la que tus piezas encajan desde el minuto en el que la pisas. Desde aquí miro a esa que camina sobre la rutina madrileña y a veces le arrearía dos hostias, la verdad. Porque derrapar por la vida no es necesario, sino asqueroso. Y no nos engañemos, el derrape es auto impuesto, vaya a ser que no seamos todo lo súper mujeres que debemos ser. Vaya una gilipollez.

Qué imprescindible el silencio, el mental y el físico, para anclarse a un punto muerto en el que colocar las piezas. La diferencia horaria ayuda mucho. Yo os escribo mientras dormís, mientras todos los míos duermen y una parte de mí lo hace con ellos. No hay exigencia, ni necesidad, ni contacto. En este escritorio de Lexington con la calle 92 estamos solo yo y esta pantalla a la que le cuento cosas. Y Nueva York mirándome desde la ventana frente a mí, oscura y destelleante.

Todos deberíamos tomarnos unas vacaciones de nuestra propia vida. Unos días para hacer inventario emocional y vital y, según el resultado, decidir sobre los borrones y cuentas nuevas, sobre nuestras prioridades e, importantísimo, sobre el lugar que ocupan las personas que nos rodean, sobre cuánto lugar ocupamos en ellos. Chorreemos amistad.

Qué necesario llenarnos de nuestras historias, de nuestras pasiones, de nuestra música, de nuestras películas, de recuerdos que sean solo nuestros y también compartidos, de nuestros sueños. Llenémonos de nosotros, los demás están de paso.

       

Qué quiero ser de mayor si ya soy mayor.

No tengo ningún talento, vaya una mierda. No me gusta mi trabajo, pero no sé a qué me quiero dedicar, qué aburrimiento. No hay nada que me apasione, soy una siesa. Frases que escuchamos demasiado a menudo. Buscamos la chispa de la vida y no la encontramos por ningún lado, vaya un asco, pero el caso es que TODOS, absolutamente todos, poseemos algún talento, el problema es que como no nos cuesta esfuerzo alguno, lo vemos como algo ordinario. 

Dibujar bien, hacer amigos, ser organizada, ser creativa, conectar personas, ser buena anfitriona, escribir con gracia, cocinar. El talento no tiene por qué ser tangible, pero, lo que es seguro es que, de una u otra manera ha estado presente durante toda tu existencia.

Si colocaras tu vida sobre una línea imaginaria y viajaras desde tus cinco años, pasando por tus diez, tus quince, tus veinte, hasta llegar a la actualidad y luego siguieras unos diez años más… Si en cada una de esas edades te preguntaras qué se te daba bien, con qué disfrutabas, con qué soñabas… Si hubiera un hilo invisible que uniera todo ese tiempo recogiendo ese elemento común que ha estado presente desde que recuerdas, obtendrías eso que algunos llaman “El elemento”. Eso que te hace único, con lo que vibras, o con lo que vibrabas hasta que la vida se te tragó y decidió por ti. Dejaste de bailar, de escribir, de hacer muñecos de plastilina que eran una auténtica pasada.

De eso no se puede vivir, estudia algo de verdad, asegúrate un sueldo fijo. 

El sábado pasado, en mi adorada Librería Amapolas, mientras disfrutaba en un brunch literario con mi igualmente adorado Javier Aznar, una de las asistentes contaba que a ella le encantaría abrir una librería, pero que “había que comer”. Laura, la propietaria de Amapolas la miró sonriente. Laura come, os lo aseguro, y bebe. Vino del bueno a poder ser. Laura abandonó su trabajo como azafata para lanzarse sobre su sueño y, como la tía es lista y le apasiona lo que hace, le va de perlas desde que abrió en enero ese espacio que más que un local es un hogar. Cualquier día me coloca un camastro entre Virginia Woolf y Karen Blixen.

En la línea de la vida de Laura, como en la mía, como en la de tantas, la escritura y la lectura han sido esa vía sobre la que hemos caminado desde que tenemos memoria. No podíamos no escribir. No podíamos no leer. De vez en cuando ha llegado el descarrile, pero ha sido inevitable volver al camino correcto. Inevitable porque sin nuestras letras la vida sería plana y gris. Lo mismo le ha pasado a la lectora que me escribió contándome que, a sus cuarenta y pico, se había apuntado a las clases de baile que abandonó allá por los 80 y que se había comprado una Harley Davidson porque era su ilusión desde siempre. No tiene carnet, pero se lo está sacando. Ole ella.

 

Y es que la rutina, las obligaciones y los agobios nos empujan en la dirección contraria al genio de la lámpara. Ese que nos preguntaría qué es lo que haríamos si el dinero, la estabilidad y los prejuicios no nos preocuparan. Ese que se encargaría de solventar todos los inconvenientes, que se aseguraría de que no fracasáramos. Porque el fracaso da mucho miedo, aunque no sepamos muy bien ni en qué consiste. Yo juraría que fracasar es quedarse quieto por los siglos de los siglos, pero allá cada uno.

12 razones por las que adoro Nueva York

Por qué Nueva York

12 razones por las que adoro Nueva York

Muchas me preguntáis por qué siento este amor por Nueva York, cuáles son mis lugares favoritos, cuándo empezó este romance. Y os contaría que me apasionan las ciudades, la información constante que recibes en ellas sin darte apenas cuenta, que esa amalgama de humanos de tantos colores, culturas y credos se me antoja apasionante. Podría hablaros de la libertad que sentiré cuando, en pocos días, aterrice allí. Al perderme por tantas calles humeantes en las que inventaré tantos personajes, de cómo allí formo parte de algo más grande que yo, de que la Gran Manzana me abraza nada más llegar. Os diría que hay una paz extraña al sentir que vuelvo, no que voy; al tener mis rutinas en un lugar que está a seis mil kilómetros del Madrid donde vivo.

Podría hacer una lista de lugares gloriosos en los que incluiría mi puente de Central Park, el mercado de Union Square, las estanterías de Strand Books, los bancos de Madison Square Park donde engullo pizzas de Eataly en su caja de cartón mientras disfruto de las luces del Empire State y me muero de risa con mis amigas. Incluiría la caminata sobre el puente de Brooklyn al anochecer, para luego contemplar los rascacielos desde el otro lado, sin prisa, anonadada por esa grandiosidad que me deja sin aire a pesar de que la he observado más de cien veces.

Os diría que es obligatorio ir a  “Sleep no more”, la obra de teatro interactiva y muda en la que te pierdes en un hotel, con una máscara que te tapa la cara, y que puedes repetir actividad cuantas veces quieras porque nunca verás la misma función. En mi lista de recuerdos favoritos está la proyección de “La historia interminable” en Prospect Park y la de “Cocktail” en el Museo Intrepid, que es un portaaviones (espero que este año les den por poner “Top Gun”). Las tardes tirada con mis amigas en el césped de Bryant Park, escribir en la Biblioteca de Nueva York, ir a un musical, caminar desde el Meatpacking hasta el Soho pasando por Washington Square para ver al pianista bajo el arco. Visitar Williamsburg y el barrio judío ortodoxo en Brooklyn para que el contraste me deje ojiplática. Cenar coreano en Gaonnuri, con vistas a la ciudad que nunca duerme. Visitar la Frick Collection, el Guggenheim, el MOMA. Pegarme el lujo de tomar el té en la cafetería de Bergdorf´s. Visitar Barney´s y sus vestidos rollo gala de los Oscar.

Bailar sin pausa en un bar del East Village en el que una señora con pinta de farmacéutica me echa las cartas y, apalancada en la barra, hablar con todo el mundo, porque así son los yankees de comunicativos. Volver a casa de madrugada en un taxi amarillo sin suspensión y con un conductor con turbante. Seguir bailando en casa de mi amiga de la facultad, que se mudó allí hace mil años, con el pijama puesto y dando las gracias a todos los dioses del Olimpo por dejarme ser joven otra vez, por darme un tiempo sin hijos, sin responsabilidades, sin más preocupación que la de no despertar a los vecinos.

Escribir en las cafeterías, que las letras se me salgan del cuerpo sin orden ni concierto, fundirme con la historia que estoy contando. No saber dónde acaba mi protagonista y dónde empiezo yo. Y qué más da.

Tener la seguridad de que se acercan cuarenta días de inmersión en esto que soy, de que algo cambiará aquí dentro, porque así son los viajes, los del cuerpo y los del alma.

Sobre pellizcos en el alma, inspiración y Milena Busquets

El miércoles pasado, Milena Busquets presentaba en Madrid su último libro, un recopilatorio de artículos llamado “Hombres elegantes y otros artículos”. Milena Busquets es verdad, es ligera, es deslumbrantemente frívola, es inteligente. Posee una peculiar naturalidad extra elegante, es intensa y para nada dramática.

Me enamoré de sus letras con su segunda novela “También esto pasará”. Fue uno de los tres libros que me acompañaron mientras escribí “Algún día no es un día de la semana”. Cada uno de ellos tenía un propósito claro: “Noches sin dormir”, de Elvira Lindo, me paseaba por Nueva York; “No me dejes” de Màxim Huerta, me devolvía al fondo cuando aparecía mi tendencia de ir a la superficie; Milena era mi espejo, mis tripas, mi GPS.

Hay gente a la que admiras por lejana, por distante. No es el caso: Milena tiene mi edad, es de Barcelona, tiene dos hijos, es soltera, pasa los veranos en esa Costa Brava en la que yo crecí, va en chanclas, va despeinada. Yo escribiría como Milena si fuera capaz.

Ella desgaja mis recovecos cuando escribe “a veces lo único que nos separa del desastre absoluto son unas uñas pintadas de rojo”. Fija un norte cuando afirma que “A mí me gustan los tíos que me dan ganas de ser  más lista de lo que soy. Normalmente me dan ganas de ser más tonta”.  Porque después de eso no hay duda de donde debes colocarte ante tu próximo contrincante amoroso. Otra cosa es que decidas desviarte y joderte la vida.

Leerla me coloca en un lugar del que nunca debería moverme, al menos creativamente. Dos capas por debajo de la piel, donde no hay adornos. Donde las historias se me agolpan entre oreja y oreja. Las mías y las de otros, y las que no existen, pero quiero que existan. Me siento en la silla correcta para contemplar la realidad y también para contarla. Vuelvo a enamorarme de todos mis novios. Me siento con mi uniforme en el pupitre del colegio, huelo las mimosas del enorme patio y abrazo a mis amiguitas. Soy mejor madre. Estoy más triste y soy inmensamente feliz. No me queda más remedio que contarme las verdades, aunque me jodan, precisamente porque joden. Se me sale la vida por las orejas.

El caso, y volviendo al momento de la presentación de su libro, es que mi admirada escritora y yo nos seguíamos en las redes hace años. En una ocasión me envió un mensaje “Cuando vengas por Barcelona tomemos un café”. Al borde del colapso me quedé. Cuando admiro, admiro salvajemente. Ella desapareció del mundo virtual. Contó en la presentación que algunos la insultaban y decidió que aquel no era su lugar. Cabrones asquerosos (esto lo digo yo, no ella). Cuando terminó su charla, me acerqué para que me firmara el libro. “Mujer, por fin nos conocemos”, dijo Milena. Y yo sentí como se me saltaban los ojos de las órbitas y el corazón de como se llame el sitio donde se ubica. Y charlamos un ratito. Y me dijo que quería leerme, y yo le regalé mi libro, y le marqué las páginas en las que la menciono a ella y a su madre. Y salí de aquella librería con una emoción tan bestia que hasta me pesaba. Mientras caminaba, resolví lo suertuda que soy por entusiasmarme tanto ante sus letras, por disfrutar como una majara con algunas voces, por el cariño inmenso hacia mis amigos e, incluso, por esas cicatrices que dejaron en mí algunos arañazos.

Hay gente que te pellizca el alma sin saberlo, que enciende la mecha de eso que quieres ser, que es el después de un antes insulso. Amémosles sin mesura.

El miedo al cambio: una mierda gigantesca

Hasta ayer no había visto la nueva campaña de Adecco, “Tu propósito”. Os lo dejo por aquí, mucho mejor que lo disfrutéis a que os lo cuente.

Ya he escrito mil veces sobre la felicidad, sobre la necesidad de tomar decisiones que nos lleven hacia nuestro objetivo en la vida, de la urgencia de conocer cuál es ese objetivo. Vivimos sumergidos en toneladas de información y, sin embargo, o precisamente por ello, andamos desconectados de esto que somos, de nuestros Pordentros. Tenemos a un click las realidades de personas que se dedican a los asuntos más variopintos; que lograron su sueños; que han convertido los viajes, las magdalenas o la música en su medio para subsistir. Podemos investigarlos, seguir su plan de principio a fin, incluso preguntarles por él. Pero nuestras creencias o, lo que es lo mismo, nuestros miedos, nos dejan ciegos y sordos. Y un poco gilipollas.

Eso es muy difícil.

Yo no soy capaz.

De eso no se puede vivir.

Ya estoy bien como estoy.

Tampoco estoy tan mal.

Todo el mundo vive así.

Cien mil excusas para no admitir la realidad: TENEMOS MIEDO.

Miedo a la soledad y por eso no abandonamos una relación que se murió hace milenios. Miedo a lo desconocido, así que no cambio de ciudad, de trabajo o de amigos que no lo son. Miedo al qué dirán y no salgo del armario, me tiño el pelo de azul o me tomo un año sabático. Miedo al fracaso, mejor no lo intento. Miedo al compromiso. Miedo al dolor. Miedo a pensar, a replantear, a decirlo en voz alta porque entonces esto será una realidad y la realidad me aplastará. Pero es que ya te está aplastando, lo que pasa es que te has acostumbrado al peso.

Cuentan en Adecco que tres de cada cuatro españoles no han alcanzado su propósito laboral. Añado dos observaciones: muchos no saben ni qué es eso del propósito, no tienen ni idea de que uno es libre de definir aquello a lo que se va a dedicar. Lo segundo: el propósito laboral no es un cajón apartado de la vida misma. Somos uno, con una vida, con un cuerpo, con un alma. Es imposible remover una zona sin que las otras tiemblen.

Nuestros valores son exactamente los mismos en la habitación de la familia, en la de los amigos, en la del trabajo, en la de la pareja, en la de nuestra gloriosa soledad. La mayoría no paramos a pensar qué es eso que refleja nuestras convicciones más importantes, nuestros intereses, nuestros sentimientos. Piloto automático y a tomar por el jander. Pero si queremos paz, queremos paz desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Y lo mismo pasa con el entusiasmo, la honestidad, la libertad, la lealtad y una larga lista que nos convierte en seres únicos, satisfechos y plenos. O no, si nos pasamos los días ignorando lo que es importante para nosotros.

Mis valores desembocan en pensamientos y, de ahí, a la parte visible: lo que hago. Si lo que hacemos se arrea de hostias con lo que creemos, mal vamos. Si ni siquiera creemos: desastre total. Vacío, insatisfacción crónica, ajco supino.

Con suerte, llega un hostión tal que espabilas y te ves obligada a saltar de la rueda de hámster. Un despido, un divorcio, una depresión, una enfermedad provocada por tanta jartura. Ahora sí que no me quedan más narices: quién soy, qué me gusta, quién quiero ser, hacia donde voy, cómo llego hasta allí. Me un da miedo tremendo, pues lo haré con miedo.

Ojalá no fuera necesaria la debacle previa a la reacción. Ojalá cada mañana nos levantáramos con un para qué vital claro y cristalino. Ojalá tuviéramos el valor de preguntarnos todos los días si nos gusta la película de nuestra vida, si nuestro personaje es fruto de nuestras decisiones o de las de otros. Ojalá nos hubieran enseñado que ese guión es cosa nuestra y que nunca es tarde para reescribirlo.

lunes con sol

Lunes con Sol, 22/4/19 (Sobre unos días sin niños y la importancia de verse a una misma)

lunes con sol

La música y las duchas

Mis hijos se han quedado con los abuelos unos días y lo que, a primera vista, pudiera parecer algo superficial e irrelevante, unos días de no escuchar el mamimamimami constante, ocuparse de cenas y comidas y pensar (porque lo que no sabe la gente que no tiene hijos es que, cuando los tienes, no hay tiempo para pensar, sobre todo en una misma) se ha convertido en un ejercicio regenerador de efectos supersónicos. Y es que se nos olvida que la maravilla que es escuchar música por las mañanas, el placer que es levantarse con la mente en blanco y sentarte a tomar tu té en ese sillón que ves de refilón durante meses. El no tener nada que hacer al principio te da hasta vértigo porque la rueda de hámster lleva tanto tiempo en marcha y a tal velocidad que pararla es tarea complicada. Tienes tiempo para quedarte en la cama mirando al techo y fantasear sobre un viaje a Australia. Para recordar aquella noche de karaoke, la última vez que pasaste una noche de sexo salvaje. Tiempo para morirte de sueño en el sofá viendo tu serie favorita porque no te da la gana de irte a dormir temprano. Tiempo para ducharte con calma y ponerte todos esos jabones que huelen a gloria bendita uno encima de otro. Tiempo para leer un libro del tirón, para hablar con tu amiga por teléfono durante horas. Para escribir porque sí: tus deseos, tus sueños, tu vida.

La intimidad

La semana pasada organicé firma y charla en mi isla, Ibiza. Hasta allá fueron un ramillete de tías de lo más simpáticas. Que nadie espere en mis reuniones que hable de mi libro si no me lo piden. Yo lo que quiero es saber de vosotras, si sois felices, que os hizo leerme, qué os ha llevado hasta esa librería. Porque la experiencia me ha enseñado que lo que buscamos en compartir sin ser juzgadas, sentir la libertad de que digamos lo que digamos, nos vamos a sentir comprendidas. Así que varias de las amiguis se lanzaron a contar su intimidad, a confesar que se sentían las cuidadoras en su relación, que ellas habían crecido, se habían encargado de ser su mejor versión, de culturizarse y quizás sus compañeros no habían sentido esa necesidad. Se habían apalancado. Contaban, también, que si esa relación se acabara, no se veían viviendo con nadie. Saben disfrutar de su soledad, la llenan con mil planes, con lecturas, con autoamor. Y a mí me encanta saber todo eso.

La estufa de las relaciones

Por alguna razón que no conozco pero que me encanta, me consultáis mucho sobre relaciones sentimentales. A mí, que la última la tuve allá por el 92. El caso es que, aunque ni soy psicóloga ni consejera matrimonial, la lógica me indica que cuando uno no es feliz por las circunstancias que sean, debe solucionarlo. La mayoría de comentarios tratan sobre un tío que a ratos te hace caso y ratos no, o sea, un Mareador de toda la vida de Dios. Pienso que si, al observar la película de tu vida, tu personaje no te encanta, si no es la persona que tú quieres ser, si no sientes orgullo desmedido al verte, algo hay que solucionar. Es duro, sí, la felicidad precisa de decisiones complicadísimas. Una analogía clarísima es esa en la que equiparamos las relaciones (ya sean de amistad, sentimentales, familiares…) a una estufa: tú metes leña y has de sentir calor. En el momento en el que, por mucha leña que metas, sigues congelada, hay que abandonar esa estufa. Y lo más importane: rodéate de amigos fabulosos, que estén ahí para abrazarte cuando lo necesites, para escucharte y abrirte los ojos por más que escueza. Ojalá estas letras hagan reaccionar a alguien que anda jodida, de verdad.

La radio

Sigo incrédula ante la cantidad de sueños cumplidos, amiguis. Y todo gracias a vosotras, que conste. Siempre quise escribir un libro (bueno, muchos), ser columnista y tener una sección en la radio. Y pasado mañana, el miércoles 24 de abril, estreno sección en Radio 4G, se llamará #ConSolTorio y la podeís escuchar aquí. El martes recopilaré temas desde mi cuenta de Instagram, seleccionaré algunos y los trataremos en directo, pero si queréis dejarme alguna sugerencia por aquí, la recojo encantada. Gracias por acompañarme todo el rato, amadas mías.