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Etiqueta: felicidad

las claves de sol

Lunes con Sol, 15/4/19 (sobre problemas fabulosos y la importancia del singular)

las claves de sol

Problemas

El otro día un amigo señaló que yo tenía un problema de adicción con las napolitanas de chocolate de La Duquesita. Y con el Cola Cao, añadí yo. Y tengo el mismo problema con las voces prodigiosas, con los párpados carnosos (que me vuelven loca), con los buenos morreos, con Nueva York, con las tazas chulas de borde grueso, con mis maravillosos amigos. Otro problema es mi amor a los potingues que huelen bien, a los potingues en general. Soy adicta a las libretas bonitas, a los bolis de colores y a las pelis de superhéroes super buenorros. Tengo un problema, también, con el sol de abril y de mayo. Con tumbarme en pelotas a notar el calorcito sin que me achicharre. Con sentarme en mi balcón minúsculo, taza chula en mano, para cotillear a los transeúntes e imaginarme sus vidas. Problema es mi incapacidad para salir de una librería sin un libro en mano, aunque tenga treinta sin leer en casa. Tengo un problema con la necesidad imperiosa de reír a carcajadas todos los días, con sacarle la punta humorística a cualquier chorrada, con el rodearme de seres que dicen tantas o más barbaridades que yo. Problemas tenemos todos, y a mí los míos me encantan.

El plural del singular

Estos días hablo mucho con mi amiga Sandra. Después de treinta años con su marido, hace cinco se divorciaron. Ella intenta rehacerse, ya no de la separación, que ahora mismo le sabe a gloria bendita. Con lo cachonda mental que es ella no sé cómo ha podido aguantar a semejante sosainas durante tres décadas. Manda cojones que encima haya sido él el que haya decidido cepillarse a su secre y pirarse con ella. En fin, a enemigo que se va, puente de plata. El caso es que Sandra necesita volver a hacerse, recordar quién es. Recuperar sus gustos, sus manías. Quiere repescar los sueños que se ahogaron entre las obligaciones maternales. Quiere pasarse por el toto los comentarios de los padres del cole super religioso que ven FATAL que a ella le haya dado por plantarse un bikini para ir a la playa en lugar del bañador que tapaba sus preciosas carnes. Una divorciada medio desnuda en la playa. Una divorciada divina con permiso para acostarse con cualquiera, ir a bares con los amigos y salir hasta las tantas los fines de semana en los que el sosainas tiene a los niños. Con cuarenta y muchos, cuando se supone que la vida va cuesta abajo y ya no te mereces ilusionarte, qué mala perra.

De momento, Sandra tiene un objetivo claro: dilucidar lo que realmente le gusta para dedicarse a ello. Necesito recuperar el brillo. A veces, mientras charlamos sobre la vida, ella empieza a llorar. Igual que lloró cuando se cepilló al primer amante PostMaridoSoso. Cuánto tiempo sin que alguien la tocara con ganas, sin ganas de que nadie la tocara. Yo sé que valgo, pero ya no sé para qué. Cómo sería yo sin esos treinta años de anulación completa. La autorespuesta es un silencio, un agujero negro que me río yo del que fotografiaron la semana pasada. No sé cómo tomar decisiones. Me he acostumbrado a que otros las tomaran por mí. Durante años mi opinión no ha contado. Me hacía sentir tonta, inútil. He sido la mujer de, la madre de. He desaparecido. No sé ni por donde empezar a buscarme. No encuentro el principio del hilo para empezar a tirar. Necesito la aprobación constante de cualquiera. Estoy pendiente constantemente de lo que otros pensarán de mí. Ya no sé hablar en singular.

Y a mí se me iban revolviendo los entresijos a escuchar a esa mujer tan despampanante por dentro como por fuera, preguntándome en qué momento decidió entregarle su autoamor a otro. Vaciarse a cambio de que la quisieran, aunque la quisieran fatal ¿Por qué ante el primer “No vales para nada” no desapareció por siempre jamás? Y es que mala gente dispuesta a alimentar su ego a costa de la infelicidad de otros siempre la habido y siempre la habrá, pero joder, huyamos de ellos.

Yo era muy joven, no había conocido a nadie más, pensaba que eso era lo normal.

De ahí la importancia de reeducarnos aferrándonos a la libertad, a la autoestima, a lo que es el verdadero amor: uno que te hace crecer, que amplía tu mundo, que no te juzga, que te acepta como eres y te potencia. Querer mucho no es querer bien. Lo que para algunos es amor, en realidad es afán de posesión, de rellenar carencias. El buen amor no te apaga: te enciende, te eleva, te alimenta. El que te quiere bien no te quita, te da. No te dice “Como yo nadie te querrá” con tono de amenaza. El que te quiere bien no te necesita, te elige. Puedes vivir sin la persona amada, pero decides no hacerlo. El buen amor no te enferma, te cura.

   

Lunes con Sol, 8/4/19 (sobre un divorcio maravilloso, un concierto y algunos finales)

Un concierto

Hace unos días recogí uno de los regalos más maravillosos que me han hecho en la vida: el concierto de Zaz en Madrid, que os anunciaba en otro de mis artículos. Todavía estoy en trance. Qué voz, qué músicos, qué escenario. Qué manera de ver a alguien que disfruta el escenario al mismo nivel que tú alucinas con su garganta prodigiosa. Qué privilegio ser testigo de esa mezcla de talento y sensibilidad. Qué suerte disfrutarlo tantísimo. Me pregunto qué debe sentir esa mujer tan simpática cuando los aplausos no la dejan irse a descansar, si es consciente de que, durante un rato, nos lleva a un lugar que deberíamos visitar más a menudo. La música, amiguis, nos salva la vida. La de verdad.

Una reflexión

Me llama una amiga para contarme que su novio la ha dejado. Que no hay otra, que ella es estupenda. Que ya no está enamorado, nada más. Y ella retorciéndose en el bucle de la culpa: qué he hecho mal, por qué a mí. Como nada es casualidad, en la misma semana, un amigo me confiesa que su relación le hastía, que su novia es una tía majísima, lista de narices, independiente, interesante a más no poder, pero que él ya no quiere estar con ella. Pues déjala. Pero si no ha hecho nada malo, cómo la voy a dejar.

Y concluyo que mi amigo y mi amiga son dos caras de la misma moneda: no sabemos que nuestras decisiones dependen exclusivamente de nosotros, no de cómo sea el de enfrente, así que no podemos entender que el otro decida pirarse por algo tan simple como que le da la gana. De ahí al desastre emocional, un paso.

El divorcio

Recibo un mensaje de mi amiga Carlota desde las Américas. Hoy se celebra el enésimo juicio sobre su divorcio. Enésimo porque él siempre quiere más. Ella le mantuvo durante casi quince años, pero no le basta. Él quiere que, durante la próxima década, Carlota le pague una mensualidad porque ella gana más (normal, teniendo en cuenta que él se ha estado rascando las pelotas mientras ella curraba quince horas al día, cuidaba de los niños y le pagaba las cervecitas). No le basta el maltrato psicológico contínuo. No le basta nada a este individuo que desata mis peores instintos.

A él no le basta, pero a mí sí. Y a ella también.

A ella le basta con dormir sola, en paz. Con cenar tranquila con sus amigas sin recibir quince llamadas en dos horas. A ella le basta con pensar que este verano pasaremos muchísimo tiempo juntas, sin niños, Aleluya. Nos basta con saber que volveremos a ser jóvenes durante un mes entero, que nos iremos de bares sin hora límite, como cuando estábamos en la carrera y recorríamos Barcelona en moto. Y conocíamos a tíos guapos en los semáforos y nos besábamos con tantos como nos diera tiempo en una noche. Nos basta con tener la seguridad de que nos reiremos a carcajadas cada puto día, que se nos escapará el pis, que los lagrimones nos destrozarán el rímel. Que bailaremos hasta el amanecer y volveremos a casa con los zapatos en la mano. Que, sin quitarnos nuestros vestidos noctámbulos, comeremos espaguetis directamente del tupper, sin calentar, para después seguir bailando en el salón. Que al despertar nos lanzaremos a las calles para encontrar un brunch en el que ofrezcan Bloody Mary, que es divino para la resaca. Nos basta con que nos dé la medianoche sentadas en cualquier banco del camino entre su casa en la mía, charlando sobre lo divino y lo humano. Que comeremos pizza de una caja de cartón, en la calle, improvisadamente. Nos basta con pasar dos horas despidiéndonos en la puerta del metro porque, después de treinta años, no nos da la vida para contarnos todo lo importante, para planear todas nuestras empresas, para divagar sobre los miles de sueños que, sin duda, cumpliremos.

Lunes con Sol, 1/4/19 (sobre Idris, libros neoyorquinos y mentiras que nos joden la vida)

Nueva York es una ventana sin cortinas

Ando como una loca leyendo libros ambientados en Nueva York. En el próximo viaje que haré con Sola en Nueva York en julio incluiré algunas sorpresillas literarias interesantes y quiero estar preparada. El último que he leído es “Nueva York es una ventana sin cortinas”, de Paolo Cognetti.

“El lugar que he tratado de relatar es una ciudad muy parecida a Nueva York, pero que no es “de verdad” Nueva York. Como Nueva York, está construida sobre el granito, pero también sobre el material impalpable de la imaginación: está hecha de islas, puentes, edificios y de infinitas páginas de papel. La habitan ocho millones de personas, más aquellas que nadie se ha puesto a contar, los personajes que viven en los relatos, las novelas, los poemas.”

Me llamó la atención el título porque me recordó a “Ventanas de Manhattan” de Muñoz Molina, con el que tanto me identifiqué en su momento cuando narraba su proceso de escritura por la Gran Manzana.

El de Cognetti es un libro mezcla de guía histórica, geográfica y literaria clasificada por zonas. Me cautivó cuando, al principio de la novela, leí algo que yo plasmé en mi novela como “Esa ciudad a la que, curiosamente, siempre tengo la sensación de volver, no de ir”. Os la recomiendo si habéis ido o estáis pensando en ir a Nueva York. Y si no también.

Luther

Acaban de estrenar la quinta temporada de “Luther”, la serie policíaca que protagoniza Idris Elba. Como los de Netflix no tienen un pelo de tontos, han hecho doblete con el hombre vivo más sexy del mundo y han lanzado también “Turn up Charlie”, de la que solo aguanté quince minutos. Y mira que me gusta Idris, y mira que está tremendo, y mira que es alto, y mira que madredelamorhermoso, pero la serie, de momento, es intragable. Como no tengo palabra ni nada que se le parezca, fijo que me la zampo en cuanto acabe con “Luther”, que también ha bajado el nivelón, pero que se deja ver, y muy bien, además. Cómo lleva el abrigo este hombre, amiguis.

Como ya nos conocemos, os comento que se quita la  camisa como a los veinte minutos de empezar el primer capítulo, que es algo a lo que no nos tiene acostumbradas, lamentablemente. Ahora que ya sabes lo que nos gusta, danos más, Idris, please.

Todo es mentira

En un espléndido domingo de terraceo me comentaba un amigo muy listo que anda jodido: ha dejado su trabajo para dedicarse a su sueño. La ilusión está muy bien, pero la inseguridad, la ausencia de esa estabilidad que el resto de sus amigos tiene y que él  siempre ha visto como producto de unas creencias heredadas, ahora le afecta. Vértigo, miedo, un poco de todo. Pareja, casa, hijos. Llegar a los cuarenta sin encajar en los patrones acojona hasta al más pintado. 

“Todo es mentira”, le espeté.

Me miró con una mezcla de “Ya lo sé” y “Desarrolla eso”.

Es mentira que en algún momento llegamos a un sitio y ya está todo hecho. Es mentira que los hijos dan la felicidad si no la tenías de antes. Es más, a veces se la devoran sin remedio. Son mentira las familias perfectas de Instagram. Es mentira que el mejor de la clase es el que saca las mejores notas. Es mentira que los mejores de la clase tendrán el mejor trabajo. Es mentira que el mejor trabajo es el mejor pagado. Es mentira que puedes controlar los sentimientos de los otros, así que más te vale dejar de currarte el amor del prójimo o acabarás hecho mierda. Es mentira que eres lo que haces y vales más cuanto más haces. Es mentira que no se puede vivir del arte y es mentira que hay vida sin arte. Debemos sentir que pertenecemos a un lugar, echar de menos lo conocido, no podemos reinventarnos del todo, hay que tener un lugar al que volver: mentira. Es mentira que hay que conformarse con lo que tienes aunque no te satisfaga porque todo el mundo lo hace. Es mentira que todo el mundo se conforma, pero como los quejicas hacen más ruido, los vemos más. Qué coñazo. Los felices van a lo suyo, no te golpean el hombro con su frustración. Son mentira los todos, los nadie, los siempre y los nunca. Es mentira el amor romántico eterno. Son mentira la estabilidad y lo seguro, porque la vida se guarda manotazos inesperados ante los que solo puedes flotar. Es mentira que los que deciden no le tienen miedo a nada, se lanzan a pesar de él.

       

200 gilipolleces que me hacen inmensamente feliz

Porque nunca son suficientes y ya hacía mucho que no alimentaba esta lista.

176.Que, en menos de quince días, escucharé a Zaz en directo. Rezo todas las noches para que incluya “Eblouie par la Nuit” en el repertorio. Si lo hace, lloraré. Mucho.

177.Hablar de gilipolleces durante horas con mis golondrinas del otro lado del charco. Mandarnos fotos de tíos buenos con tatuajes. Recordarnos que, pase lo que pase, ahí nos tenemos, abrazándonos sin que importe la distancia, diciendo la palabra justa en el momento justo. Queriéndonos inmensamente. Recordarnos que este verano pasaré mucho tiempo por aquellos lares y relamernos planeando noches de pizza en Madison Square Park, cines al aire libre, libertad sin hijos, desayunos eternos, fiestas del pijama, bailes en el salón de María, manipedis a tres, picnics en Central Park que se alargarán tanto que se hace de noche sin que nos demos cuenta.

178. Este momento de la Jurado. TANTOS momentos de la Jurado. La letra de “Se nos rompió el amor”, de “Mi amante amigo”, de “Lo siento, mi amor”. Su vozarrón. Ella entera.

https://youtu.be/ZF3bEEsk-X8

180. Que hayan estrenado la quinta temporada de “Luther”. Viva Idris y viva la madre que lo parió.

181. Los morreos nuevos. Los morreos de los que no puedes escaparte. Aunque quieras. Porque no quieres.

182. Recibir a mis hijos con una bronca al llegar del cole y que me abracen diciendo “Vamos a empezar bien la tarde, mami”. Que tengan la confianza de decírmelo, la sabiduría de reconocer lo que es importante de verdad. El orgullo al comprobar que son infinitamente más listos que yo. Sus brazos agarrándome fuerte.

183. Los potingues orgánicos que huelen bien y te dejan la piel divina, como los de Ami Iyok. Especial mención a su Kombu Nectar, a base de kombucha, que lo mismo te sirve de aceite desmaquillante que de mascarilla nocturna. Ah, y su Slow Liquid, un aceite que mezclo con la hidratante Iyökbalance. Hasta el packaging es bonito, de mandera de chopo. Un gustazo todo.

184. El segundo viaje con Sola en Nueva York en julio. Conformarme con que sea la mitad de inspirador y emocionante que el que hicimos en diciembre. Las ansias de conocer a esas mujeres con las que compartiremos nuestro lugar en el mundo. La curiosidad por saber qué las ha llevado a acompañarnos. La ilusión por prepararles sorpresas. Los nervios por saber si les gustarán.

185. Los días de marzo en los que hace calorcito y te pones chanclas y las terrazas están llenas y te tomas un Trinaranjus con patatas fritas de bolsa mientras rajas con tus amigos de lo divino, lo humano y las series de Netflix.

186.Un abrazo largo, de los que hablan.

187. Los desayunos dominicales con mi pandilla de científicos, tan listos, tan guapos. Que cuenten cosas de la energía, la materia y las células. Mirarles anonadada intentando descifrar esos cerebros inmersos en fórmulas que solucionan problemas que la mayoría ignoramos. La seguridad de que conseguirán acabar con enfermedades que nos parten la vida.

188.Amanecer en El Retiro cuando no hace ni frío ni calor. Los patos nadando, tan tranquilos. Tan parecidos a los de mi otro parque de allende los mares.

189. Los planazos de cena y peli en casa con mis amigos. Con pelis de tíos buenos, de risa, de miedo. Las carcajadas cuando se les escapan al asustarse ante obviedades muy obvias. Mis hijos flipando sin entender que hace nada éramos ellos. Que, a veces, aún somos ellos.

190. El olor a pan tostado por la mañana. Untarlo con sobrasada de la buena.

191. En verano, la música que llega por la noche a mi ventana desde algún concierto, desde algún hotel donde la gente baila. Una guitarra, un piano, una canción de José José, intensa de cojones.

192. Arreglar un día de mierda escuchando “Don´t stop me now”, de Queen. Relativizar. Nada es tan grave, yo tampoco.

193. Los huevos estrellados. Con jamón.

194. Impartir mis talleres de escritura digital. Que, ante la petición popular, he organizado uno en Valencia para mayo. El de Sevilla está al caer. Que me hayan llamado desde la Escuela Europea de La Haya (sí, Holanda) para que me vaya para allá y les cuente de qué va esto que enseño. Todo muy fuerte. Todo muy por encima de mis mejores sueños. Gracias, Universo.

195. Los bocatas de foie-gras y queso que me hacía mi madre para ir al cole.

196. Las manos de mi tía Marisol, tan parecidas a las de mi madre, a las mías. Esos gestos tan sutiles y reconocibles.

197.Las palomas de Plaza Catalunya a las que me encantaba dar de comer cuando era pequeña, aunque me daban miedo. Mis hijos, a los que les encanta dar de comer a las palomas, aunque les dé miedo.

198.Que un amigo que hace tiempo que no ves te cuente que le va bien, que su vida tiene sentido, que es feliz. Fundirte con él en esa felicidad.

199.Volver a mi pueblo, a la playa de mi primer beso, a mi habitación donde aún están los pósters de Tom Cruise en Top Gun y Cocktail. Visitar a mi vecina, recordar los días interminables de piscina, que enseñé a nadar a sus tres hijos, que nos conocimos jugando con la Botilde del Un, dos, tres

200.Ver fotos de hace treinta años en las que me moría de risa abrazada a la amiga con la que hablé anoche, quererla cada día más. La seguridad de que ese amor es eterno, chispeante, sanador.

 
lunes con sol

Lunes con Sol en México (25 de febrero de 2019)

lunes con sol

Los amaneceres

Desde una terraza altísima, frente a los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, he visto amanecer varios días en la Ciudad de México. Es lo bueno del jetlag. En pijama, té en mano, con mis amigos, tan despeinados como yo, descojonados de la risa, observando esa ciudad interminable, ruidosa, colorida y amigable. Respirando profundamente cuando mi tocayo asoma entre las montañas y nos cuenta que hoy es un día más y un día menos. Escribirlo me empuja a poner el despertador, vaya a ser que me lo pierda, no porque TENGO QUE, sino porque QUIERO. Cómo lo cambia todo un simple verbo. Voy a probar a usar el segundo a todas horas. Deberíamos ver ese espectáculo más a menudo para recordarnos que, con el amarillo deslumbrante, se nos regala otra oportunidad y podemos aprovecharla o pasar de puntillas haciendo como que esto de vivir no va con nosotros. Tengo que buscar donde amanece así de bien en Madrid, para que el Sol me recuerde que no soy eterna y me deje de hostias.

Los tatuajes

Como siga visitando esta ciudad voy a parecer un cómic. Sí, ha caído otro tatuaje. Esta vez ha sido un avión de papel en mi muñeca izquierda, el mismo que luce en la derecha mi amigo del alma. Porque, en la línea de mi vida, los viajes son perspectiva, decisiones, felicidad, libertad absoluta. Porque la distancia no es el olvido, para nada. Porque deberíamos volar más a menudo. Porque hoy estoy aquí y mañana quién sabe. Porque es mejor andar por la vida ligeritos, por dentro y por fuera.

Los huevos

He descubierto el plato perfecto, cómo puede ser que no se me hubiera ocurrido antes. Tortillas de maíz, frijoles machacados, huevo frito, aguacate y cilantro. Hay qué ver, qué facilito, con todo lo que me gusta. Para rematar: batido de mango, nuez y yogur. Lo importante que es parar a pensar cuales son las gilipolleces que le hacen feliz a uno. Voy a darle vueltas para inventar más comidas, tan gloriosas como esta. Me veo comiendo Cola Cao con croquetas y acelgas.

Las mujeres

Nada es casualidad y justamente esta semana se celebraba aquí la Advertising Week Latam (AWLATAM para los amigos). Mil conferencias y ponencias sobre publicidad, mundo digital, etc. Y mucho hablar de mujeres, de cambios, de igualdad. No sé si para bien o para mal, pero la cosa no cambia demasiado a ambos lados del océano. Quizás en España ya tenemos asumido que lo normal (o habitual, o común) sea que las chavalas deambulemos sueltas por el mercado laboral y aquí andan un pasito por detrás, pero por lo demás, todo clavado: el síndrome de la impostora, los micromachismos, los macromachismos, el hacer el doble para conseguir la mitad. Y un mensaje unánime de todas las mujeres que hablaron: como no te lo creas tú, no se lo va a creer nadie, así que ya sabes, arriba tus ovarios. Todo muy inspiracional, hasta se me saltó alguna lagrimilla. Mi propósito: ser ponente en AWLATAM el año que viene. Para contar lo que es la escritura digital. Para empujar a muchas a que se pongan el mundo por montera y se enteren de lo fabulosas que son . Chimpún.

Las trajineras.

Amiguis, amiguis, amiguis: cómo es posible que no hubiera yo ido a las trajineras de Xochimilco (sí, ya hemos hecho mil chistes absurdos y guarros con el nombre). Os cuento que las trajineras son unas barcazas de colorines donde se meten unas veinte personas y navegan por una especie de canales de lo más… folclóricos. Algunas trajineras llevan mariachis, otras puestos de comida. Cada trajinera está llena de música y gente liándola parda, cantando, bailando. No van a motor, no, pa qué. Las conducen unos chavales clavando unos palos enormes en el fondo de los canales (así tienen los brazos). El caso es que se chocan unas con otras, se atascan, todos gritan, se saludan. Divertidísimo, queridas. Bailé como las locas. Canté a Camilo Sesto, a Gloria Trevi, a Yuri. Que viva el karaoke acuático.

Las lectoras

Tras recibir varios mensajes de lectoras mexicanas, organicé un cafecito con algunas. Allá que vinieron un ramillete de tías simpatiquísimas. Lo que nos reímos planeando una base de datos internacional de mareadores, de malos folladores. Con qué velocidad nos animamos a contar nuestras historias, como la de aquella chica que acababa de dejar a su noviete porque este le sugirió que se relajara con lo del empoderamiento. En su conversación salieron expresiones como “Señor feudal” y “nuestras abuelas estaban más calladitas”. Y nada, que la fabulosa lo mandó a tomar por el jander ipso facto y se vino a tomar unos cafés más ancha que larga. Otra, tras dedicarse al mundo de la comunicación, acababa de reinventarse y ahora es sumiller. Una divina. Lidia, española, vive aquí desde hace solo cuatro meses. Con treinta añitos ya ha vivido en Hong Kong y Sidney. Y lo que le queda. Cuánta sinergia, cuanta alegría y cuánto humor. No puedo estarle más agradecida a la vida por conocer a tanto portento.

Felices cuarenta y seis.

Cuarenta y seis y fabulosa, que diría nuestra amada Samantha Jones. Como os contaba hace unas semanas, decidí celebrar otra vez mi cumple por tierras mexicanas. Porque quería que la rutina no asistiera a mi celebración, porque me gusta colocarme en punto muerto para empezar un nuevo ciclo, porque aquí me lo paso tan, tan, tan bien y porque en esta ciudad tengo amigos de esos que te cambian la vida. No sé si os pasa, pero a mí me da por realizar inventario vital cada vez que le doy una vuelta al Sol. Y en mi recuento, aunque haya epígrafes que tachar, salen ganando los que subrayo en fosforito. Subrayo esa cuarta edición de mi novela, mi viaje con Sola en Nueva York y esas quince tías a las que nunca olvidaré (que por cierto, repetimos en agosto, ya os iré contando), los pasos de cebra madrileños con mis frases impresas, los talleres de escritura digital que tanto disfruto y que me dan la oportunidad de conocer a algunas de vosotras, las risas interminables con mis coleguis, mi columna semanal en El Español (porque yo siempre quise ser columnista), la ilusión por nuevos proyectos que superan con creces cualquiera de mis muchos sueños. Ahí sigo, en la persecución incansable de la felicidad, en la búsqueda de mi lugar en el mundo. Felicidades, querida yo. Gracias por acompañarme.

     

Cómo mandar a la mierda el síndrome de la impostora.

Es una epidemia, una plaga de dimensiones catastróficas. Mujeres desconfiando de sus capacidades por mucho que la evidencia demuestre que son inteligentes, válidas, exitosas. No me merezco esto que tengo, cualquier día descubren que soy un fraude. Oye, y que da igual si te sacaste la carrera con notazas, si llegas a los objetivos en el curro, si te han dado premios a troche y moche.

Esto ha sido cosa de la suerte. Como no me lo curre en plan salvaje (más aún) todo se va a la mierda, porque como no soy ni muy lista ni muy hábil ni muy nada. Y si me sale bien será gracias a que me he dejado la vida en ello, no a que yo sea muy lo más de lo más, así que a la próxima (o sea, mañana mismo) volveré a desgañitarme viva. Y así hasta la eternidad.

A lo mejor es que, en el fondo, no quiero destacar porque, históricamente, a las que intentan asomar la cabecita de entre la multitud, se las ha castigado: por marimandonas, por sabiondas, por tocapelotas. Me rompo los cuernos por sobresalir, pero hay algo que me empuja hacia abajo y ese algo es mi miedo a no encajar en la creencia mastodóntica de que los que suben son Ellos. Alguna Ella, pero pocas, solo las de cualidades supercalifragilísticas. No es mi caso.

Tus amiguis te ven como una tía lista, talentosa y fabulosa, tú opinas lo mismo de ellas. Todas pensáis que la de enfrente está como una cabra ¿Cómo me vas a admirar tú a mí, si tú eres lo más de lo más, y yo voy parcheando y derrapando día sí y día también? Me ha dicho que estoy muy mona porque me ve con buenos ojos. Yo me veo unos pelacos horribles. Por no hablar del óvalo facial, que se me deshace por momentos. ¿Lo de mi ascenso? Esta vez se la he colado a mis jefes, pero no volverá a pasar.

Y el caso es que el puñetero síndrome no discrimina, que lo mismo Kate Winslet piensa que no es tan buena actriz, como que Jennifer López no ve muy claro que valga para el choubisnes. Lo de los setenta millones de discos vendidos es puritita casualidad.

¿Qué hay hombres que sufren este mal? Pues sí, pero es que lo nuestro es masivo, queridas. El síndrome nos posee de una manera muy salvaje desde pequeñitas.

Y como a problemas, soluciones, vamos a ver si arrojamos un poco de luz sobre esta cosa tan molesta y así nos valoramos un poquito más y nos machacamos un poquito menos. Propongo lo siguiente:

  • Haz caso tus amiguis: porque si ellas, que son tan fantásticas creen que tú lo eres, habrá que darles la razón. No va a ser lo único en lo que estén equivocadas. Diles que escriban una lista de tus cualidades, imprímela y te la plantas al lado de la cama, o en el baño, o donde sea que la veas cada dos por tres.
  • Observa a tu alrededor, ¿de verdad el resto es tan guay y tú tan mediocre? Venga, VA.
  • Habla con otras. Con cualquiera. Lo típico de hablar con las madres a la puerta del cole o en la sala de espera del médico. Saca el tema, date cuenta de que ellas, como tú, como tantas están majaras perdidas con el rollo de la impostora. Y no por lo de mal de muchas, sino para comprobar que es un rollo metan tuyo, de ellas, de tantas.
  • Deja de compararte con el resto del planeta y, si no puedes evitarlo, coño, compárate con todos, no solo con los de las cúspides. Y si te comparas con tu yo de hace un par de años, pues mejor que mejor.

Y ya me cuentas.