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Etiqueta: Las Claves de Sol

El tiempo es oro, pero ¿cuánto oro?

Nos pasamos la vida devanándonos los sesos sobre cómo ganar pasta, sobre cómo invertirla, sobre cómo ahorrarla. Decidimos lo que podemos o no podemos hacer y permitirnos en función de cuánto hay en el banco. Todo esto teniendo en cuenta que el dinero es algo recuperable, no como el tiempo. Un factor al que le prestamos mucha menos atención siendo un bien mucho más escaso y, por lo tanto, extremadamente valioso.

La mala gestión del tiempo es la mala gestión de la vida. Todos caminamos sobre una cuenta atrás de final desconocido sobre la que no recapacitamos. No es común que alguien te diga “no sé dónde han ido a parar los tres mil euros que tenía en el banco”, pero cada semana nos contamos que “no sé en qué se me ha ido el día”. Tres mil euros que puedes volver a ganar; un día que se ha perdido en la alcantarilla de la indecisión y la inacción.

No nos enseñan lo importante de la vida: la gestión de las emociones, quiénes somos y cómo organizarnos para que nos pase lo que queremos que nos pase. Ni siquiera sabemos cómo dilucidar qué queremos que nos pase. Pero las cordilleras y las capitales africanas al dedillo, oiga usted.

Como todo lo importante de la vida, organizar nuestro tiempo va de dentro afuera. Escribir tareas en la agenda es facilísimo, lo difícil es saber si van a llevarnos al lugar deseado; si honrarán nuestro propósito vital, el famoso Ikigai; si, tras su ejecución, seremos quienes queremos ser. Si nos consideraremos personas exitosas según nuestra personal e intransferible definición de éxito. Para unos es tener una casa enorme; para otros, vivir navegando. Disfrutar la libertad de elegir, en el sentido más amplio posible, debería ser un factor irrenunciable.

La frustración llega con el manido “no llego a todo”, como si eso fuera posible. Todo, a lo bestia, lo que me echen, sin cuestionarme que pretendo ejecutar seis tareas de cuatro horas cada una en un solo día. Porque más valgo cuanto más hago, aunque lo que haga sea, en el fondo, una nada agotadora. Las horas frente a la pantalla por encima de la productividad. La ignorancia de lo que es la eficacia, que no es lo mismo que la eficiencia, que tampoco sé de qué va.

Deberíamos simplificar nuestra vida para sacar el máximo partido a ese temporizador sobre el que vivimos, pero para saber con qué quedarnos necesitamos saber qué es lo importante y deshacernos de todo lo demás. Y lo importante es lo que nos provoca felicidad, o bienestar, o tranquilidad o llámalo como te dé la gana. Vivir no solo con lo que necesitamos, sino también con lo que queremos: el concierto de mi cantante favorito, mis clases de baile, los sábados en bici por la montaña, las tardes de cine, los paseos interminables por las calles de mi ciudad. Validar mis deseos por encima de juicios ajenos, que esa es otra, todos opinando sobre qué haces con tu bien más escaso y valioso.

Es imprescindible detectar cuáles de nuestras tareas son las que provocan el resultado que buscamos, para solo dedicarnos a ellas. Saltar de la rueda de hámster y analizar nuestras horas. Ser creativos en el diseño de nuestra vida. Quizás esos patrones heredados no son los que se ajustan a mi plan, porque quiero trabajar tres días por semana, o hacerlo desde cualquier lugar, o que me paguen por lo que sé y no por lo que hago.

No le damos valor al tiempo porque, entre otras cosas, no sabemos cómo valorarlo: puede ser en euros, en felicidad, en lo que decidamos. Solo si lo medimos podremos gestionarlo.

Las cosas por su nombre

El lenguaje está directamente relacionado con nuestros procesos mentales, con cómo conceptualizamos nuestro entorno y a nosotros mismos. Las palabras que usamos determinan nuestros pensamientos y, por ende, nuestras actuaciones.

Resumiendo, lo que nos decimos nos cuenta cuál es nuestra realidad y nos indica qué hacer ante ella. Una palabra que en español es de género masculino, como sol, para nosotros es potente, mientras para los alemanes, que disfrutan del astro en femenino, es algo más acogedor y gustoso.

Parece que el uso de palabras genéricas en masculino, como piloto o perito, reduce el número de mujeres que recordamos en esa profesión y también influye sobre la proporción de varones o hembras respecto a un grupo que tenemos en mente. Seguro que también tiene algo que ver en nuestras aspiraciones y esperanzas.

No voy aquí a postular por pilota o perita, tranquilos, pero sí por cuestionarnos hasta qué punto generalizamos mentalmente dependiendo de una A o de una O. También por recapacitar sobre las diferencias entre resolutivo y marimandona, o minucioso e histérica, por hablar de otros palabrejos usados a menudo en función de qué letras hay en mis cromosomas.

Ya que lo tenemos claro, la pregunta es por qué no lo usamos a nuestro favor, y no solo cuando hablamos de género. También nos empeñamos en suavizar el lenguaje, en ablandar el pico para caminar sobre unas medias tintas sin demasiado sentido.

Por ejemplo, la conocida zona de confort: ese trabajo que no te gusta, un matrimonio que te hastía, un cuerpo que te pesa más que impulsarte. A qué alma de cántaro se le ocurrió titular a eso confort o, lo que es lo mismo, comodidad.

Probablemente a alguien incapaz de hacer el esfuerzo por escapar de una situación a la que deberíamos denominar cárcel emocional o mierda descomunal o si me quedo un minuto más, me tiro por el balcón. Habría que ver entonces cuantos se quedaban ahí, inertes, viendo la vida pasar. Seguro que muchos, pero sin excusa.

Seguimos con las inexactitudes que son mentira. Como mi marido me ayuda en casa, pues qué ideal es y qué suerte tengo, como si no viviera ahí, como si los niños fueran del portero. Porque si te pones objetiva y numérica y ves que te zampas el 90% de las labores domésticas, te entra un desasosiego extraño, un mosqueo muy molesto. Normal. Pues nada, canto en los dientes si baja la basura, maja.

Lo mismo pasa con las personas. Nos mentimos acerca de ellas porque no nos atrevemos a dejarlas marchar. Porque un novio que te marea quizás en el fondo no es especialito, sino un pedazo de cabrón.

Lo mismo con algunos familiares o supuestos amigos.

Y es que las cosas son lo que son, no lo que se dice que son. Ojo con las patologías que algunos llaman amor en lugar de dependencia, egoísmo o maldad absoluta. Qué miedito.

La diferencia entre ser y estar también daría para un buen debate y para la curación de muchos complejos, así como la confusión entre lo normal y lo común, que nos lleva a vivir la vida de otros que no sabemos ni quienes son. A meternos en cajas que nos aprietan y que huelen fatal.

Lo que percibimos como imposible, razonable o difícil decreta cómo gestionamos nuestra vida. Si en lugar de sueño lo llamamos meta, igual movemos el culo para conseguirlo. Ah no, que estoy la mar de a gusto en mi zona confortable, aunque me pinche y me duela.

No es lo mismo querer, que necesitar, que poder. Lo suyo es querer muchas cosas y necesitar pocas. Y poder hasta donde te dé la gana. Hay cosas que se saben y hay otras que se deciden, entre las unas y las otras anda oculto el criterio y el pensamiento crítico. No estoy tan mal es estar fatal. Mejor saberlo para solucionarlo.

Gloria Steinem (o atreverse a brillar)

Hace un par de años le regalé a una amiga el libro Mi vida en la carretera de Gloria Steinem. Ella ha hecho lo propio con sus conocidas y amigas porque, hoy, sigue agradeciéndome tal chorreo de inspiración y quiere que mucha gente se empape de la libertad y la energía de esta señora superlativa que acaba de ganar el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.

Steinem no sólo encarna la lucha por la igualdad de las mujeres, sino también la energía, la perseverancia y la claridad mental que disfrutan las personas que nunca olvidan lo que aprenden ni dejan de lado aquello que consideran justo.

Ella decidió brillar y contagiar su brillo a otras, sabedora de que, al destacar, le caería la del pulpo. Pero es que no hace daño quien quiere, sino quien puede, y nadie puede con semejante intención y con tanto foco colocado en el lugar correcto.

Cada día hablo con mujeres que me cuentan su miedo al cambio, su miedo al fracaso, su miedo a ser ellas mismas. Del miedo como forma de vida. Lógico, teniendo en cuenta que nos criamos convencidas de que la existencia es, por defecto, una línea recta y sosa. Que lo mejor que te puede pasar es que no se desvíe mucho, que no haya grandes desajustes. Nada de sustos. No te muevas que molestas, no hables que te escuchan, no te comportes diferente vaya a ser que otros se ofendan.

El ojo siempre sobre la opinión de los demás, a mí que me den. Nada de ambiciones, chavala, eso es de prepotentes. Mantén un perfil bajo. Ve de puntillas por la vida. Que nadie se entere de que has pasado por aquí.

Pero es que aquí lo importante es crear impacto, dejar huella, recordarte cada día que lo suyo es multiplicar y no dividir, evolucionar y revolucionar. Dar puñetazos en la mesa y golpes de melena. Pasarte por el arco del triunfo lo establecido para dibujar una historia única y sólo tuya, que empuje a otras, no a imitarte, sí a seguirte. Hostión a la mediocridad.

En un mundo complicado, la solución no es ni la inercia ni la inmovilidad, sino la evaluación de la realidad y de aquello que somos; el abandono del conformismo y la resignación. El mundo no avanza gracias a los culos pegados a los sofás.

Gloria se pasó la infancia en la carretera gracias a los viajes en furgoneta con su padre, que se buscaba la vida allá donde fuera. Los viajes y las búsquedas no son más que participación activa, aprendizaje, apertura de mente. Saber de dónde salgo, quizás a dónde llego y, con suerte, qué camino tomar. Liderazgo y autoliderazgo, que lo llaman ahora. Incertidumbre en estado puro, con el pánico que le tenemos, siendo lo único que existe.

Estar dispuesta a hacer las maletas en cualquier momento es una actitud mental que lo cambia todo, que define a los que se saben sólidos, adaptables, inteligentes hasta la médula; valientes. Más aún cuando naciste en un tiempo (que sigue siendo este tiempo, ojo, qué pena) en el que lo común, que no lo normal, era que te agarraras a un matrimonio, a la maternidad, a la cocina y santas pascuas. Nada de inventar una vida apasionante, niña, que eso es para ellos.

Menos mal que algunas cometen la locura de ignorar esos mandatos y se empeñan en abrir camino, en convertirse en un ejemplo al que mirar cuando lo cómodo (llámalo aburrido, llámalo cárcel) no nos sirve, porque nos anula, y a nosotras lo que nos gusta es existir a lo grande, como ha hecho Gloria.

Hijos adolescentes: el gran festival. 

Este es uno de esos textos que surgen más desde la duda y el desconocimiento que desde la intención de aportar luz. Aquí, la que necesita una bombilla tamaño gigante es servidora. Qué alguien me diga cómo se hace esto, porque yo no tengo ni flores. 

Y es que, por mucho que nos digan, no te imaginas lo dura que puede ser la maternidad en general y la de un adolescente en particular. Dos en mi caso. Toma ya. 

Medito cada mañana nada más despertarme para conseguir un extra de paciencia y rollo zen, para convencerme de que hoy el día transcurrirá en paz. Siempre en mi eje, no gritaré, ejercitaré mi paciencia, practicaré la comunicación no violenta. Tengo herramientas, que soy coach, joder, que yo sé de qué va esto.

Cinco minutos me dura el rollo pacífico, a veces menos. Porque la capacidad de mis retoños para acabar con el silencio y la paz mental es muy superior a la mía por mantenerla. Hay que reconocerles esa habilidad. Es bajarse de la cama y empezar la batalla.

Respira, Sol, respira. 

  Y aquí están los gritos del mayor.     Respira.     Y los golpetazos del pequeño.     Respira, hoy lo vas a conseguir.    Y más gritos.    Ni respiraciones ni hostias, desquicie matinal conseguido. OTRA VEZ. 

Creo que la cosa sería más llevadera si yo lo hubiera sido menos, es decir, cuando uno la ha liado parda entiende mucho mejor que otro lo haga. Supongo. O al menos esa es mi conclusión cuando me desahogo con mis amigos tras la enésima salida de tiesto de cualquiera de mis vástagos y me confirman que ellos también se pasaron las normas por el jander en multitud de ocasiones. Les restan importancia porque sus gamberradas de adolescencia no les han impedido ser adultos felices y responsables, que es todo lo que uno debería querer ser. 

Me pregunto de dónde sale tal impermeabilidad en cuanto a los valores que una les intenta contagiar y tal inventiva a la hora de crear conductas tocadoras de pelotas, ovarios en este caso.  

Cuánta frustración, amigas. Qué sensación de que todo tu esfuerzo y tu cariño resbalan retrete abajo. Qué puto agotamiento. Y la culpa, claro, contándote que podrías hacerlo mejor, que en algo estás fallando; que eres una histérica porque tampoco es para tanto, pero que no te descuides un pelo porque en cualquier momento lo es. La culpa, tan inútil y tan molesta.

Repito: qué puto agotamiento. 

La naturaleza es sabia y me hizo abstemia, porque si no, aparte de harta estaría alcoholizada.

Lo que nos faltaba era el confinamiento del 2020. El planeta andaba de lo más relajado, pero yo curraba doce horas al día, cocinas y limpiezas aparte, mientras recibía llamadas de los tutores porque mis vástagos no se conectaban al puñetero Zoom. Todo ello aderezado por un precioso coronavirus que me robó el gusto y el olfato y la energía. Conectarse al cole no, pero cargarse un iPad y un Mac, eso sí. Ya os digo que el coronavirus en mi confinamiento fue lo de menos. 

Y es que es que querer a veces no es poder cuando entra en juego la voluntad de otro ser humano en edad de comprobar límites a todas horas. Cuando la realidad es que nuestro poder acaba donde acaba nuestra persona y lo único que cabe es seguir en línea recta, machacando las tres famosas ces: coherencia, consistencia y constancia. Y rezar, o lo que sea que hagamos los ateos en lugar de rezar, para que todo eso surta efecto. Y procurarte un entorno que te entienda, te apoye y te abrace y no te juzgue cuando maldigas y despotriques y te desesperes. Y tomarte la vida con humor y autoamor, porque no hay mal que cien años dure (ni cuerpo que lo resista, ojito).

 

Teletrabajo: cómo disfrutarlo todo el rato (o casi)

No sé en qué momento estás leyendo este texto, querida lectora. Si el teletrabajo se habrá extinguido o si se ha convertido en la nueva normalidad. Si, además de imposición es ya un gustazo o si no hemos sido capaces de adaptarnos. O si cada uno hace lo que mejor le parece teniendo en cuenta su productividad, sus circunstancias y qué es lo que le da felicidad. Ojalá esto último. 

 Escribo estas letras el 13 de abril de 2021, os lo cuento por aquello de contextualizar. Mucha gente teletrabaja en el planeta entero y lo que, para unos, es una bendición, para otros es el infierno.  

 ¿Cuál es la diferencia entre unos y otros? 

 En general, los pros del teletrabajo están bastante claros: no se pierde tiempo en traslados, la conciliación es más fácil.  

La mayor desventaja es, en general, la falta de contacto con otros seres humanos que genera sensación de desconexión, soledad, tristeza y, a veces, dejadez en forma de pijama y pelos alborotados. No me cuido, no me veo bien, no me siento bien: un clásico.

Hay quién se concentra más en la oficina y hay quién lo consigue en la soledad del hogar. Hay quien gestiona mejor su tiempo cuando la lavadora y la tele están lejos y otros que consiguen resistirse a las tentaciones hogareñas sin problema con lo que su jornada se alarga hasta el infinito. Hay quién para el teletrabajo es fuente de estrés y para quien es un regalo. A estos últimos: felicidades. Para ti, persona que no disfruta currando en casa, es este artículo. 

Vamos a por unos cuantos consejillos para hacer del teletrabajo algo más llevadero. Lo primero es desmenuzar las razones que te desagradan de esta situación para trazar un plan de acción. Lo de siempre: dónde estoy, donde quiero estar, qué necesito para llegar de A a B, qué herramientas tengo, qué es lo que tengo que conseguir:

  • Para pasar de la sensación de tristeza a la alegría:
    • Baila, chavala. Ya, esto no sale en los demás artículos que has leído sobre este tema, pero es MAGIA. Las canciones veraniegas son anclajes naturales que te llevan al momento en el que las escuchabas; tu hermoso cerebro, que no distingue realidad de recuerdo, se cree que andas en cualquier garito playero y se pone a fabricar sustancias gustosas que te dan buen rollo. El movimiento relaja tus músculos y te regala endorfinas, hormonas de la felicidad. Levántante con tus témazos favoritos y verás el cambio. Te dejo aquí mi lista de Spotify “Bailoteo Pandémico”.
    • Rodéate de belleza, llénate de ella: algunas me habéis comentado que os gusta el hecho de vestir cómodas cuando estáis en casa. Una cosa es la comodidad y la otra es el rollo indigente. Otra cosa no, pero modelitos con goma en la cintura y monos, hay por todas partes. Invierte, que aún te queda un rato de teletrabajo, querida. Perfúmate, peínate. Si te apetece, dale al rímel y al pintalabios rojo ¿Cómo que nadie te ve? Te ves tú, que eres la importante aquí.
    • Otra de las ventajas de estar en casa, según mis encuestas, es no tener que llevarte el tupper a la oficina y comer mejor. Pues aplícate el cuento. Porque las cinco claves del autocuidado son comer sano, hacer ejercicio, dormir un mínimo de siete horas, descansar y hacer algo que te guste. Yo añado meditar, de eso hablamos más adelante. Móntate un plato bonito, como si estuvieras en un restaurante, trátate como la reina que eres en cada comida del día.
    • A estas alturas supongo que ya tienes un espacio destinado al curro. Ponle unas florecitas, una vela que huele bien, escoge tu taza favorita para ir bebiendo (hidrátate, por el amor de Dios). Que mires tu mesa y digas Joder, qué bonito. Así da gusto.
  • Para pasar de la mala a la buena gestión de tu tiempo:
    • Crea rutinas: me levanto, hago ejercicio, me ducho, desayuno bonito y a tal hora me siento a trabajar (o cómo a ti te vaya mejor según cómo funciones). Nada de poner lavadoras o limpiar los cristales en medio de la jornada: reservo un tiempo al día para hacerlo, el que mejor me vaya teniendo en cuenta cuál es mi hora de mayor productividad laboral. Ten en cuenta que la buena gestión de tu tiempo es la buena gestión de tu vida y que para conseguirla, has de tomar decisiones y llevarlas a cabo.
    • Destierra el teléfono mientras trabajas, a un armario. Tenerlo sobre la mesa disminuye tu productividad aunque no lo cojas.
    • Programa todo lo programable: correos, publicaciones en redes, etc.
    • Apunta todo lo que tienes pendiente para liberar espacio mental.
    • Una cosa a la vez: no a la multitarea.
    • Usa herramientas que midan el tiempo que te lleva cada tarea para poder agendar siendo realista y para saber en qué se te va el tiempo. Yo uso Toggl.
  • Para pasar del estrés a la calma: 
    • Con la buena gestión del tiempo ganarás mucha,
    • Medita cada día, o practica yoga o mindfulness. Hay que darle un descanso al mono loco que tenemos por cerebro, es salud, es autoamor y es felicidad.
    • Relativiza, ¿este problema te parecerá igual de grave en un mes?
    • Camina cada día. Menear el cuerpo es liberar la mente.
  • De la sensación de soledad a la socialización: según las circunstancias de cada uno, si tienes hijos o no, ayuda en casa o no, pareja que es un 50% o no (de esto ya hablaremos en otro post) quizás puedas quedar para tomar café cada día con amigas que estén en la misma situación y vivan cerca, o bajar a trabajar un rato a la cafetería de debajo de tu casa, o agendar llamadas diarias con gente a la que no ves desde hace tiempo porque la mierda marciana no nos deja movernos. Saber que habrá un rato de charla al final del día, un gustazo, un algo bonito cambia la percepción de toda la jornada.

Contaros que para mí fue crucial, cuando decidí emprender, el encontrar un espacio de coworking donde estar en contacto con gente en mi misma situación. Quién sabe si las empresas, de aquí en adelante, optarán por descentralizar y dar la opción a sus empleados de trabajar cerca de su casa, destinando una parte de su presupuesto al alquiler de espacios de este tipo. Matas varios pájaros de un tiro. Ahí lo dejo. De nada.

  • Del no desconectar del trabajo a saber cuándo y cómo hacerlo:
    • Sé obediente a tu agenda y a eliminar los ladrones de tiempo.
    • Comunica cuál es tu horario a las personas que normalmente no lo respetan.
    • Agenda el ocio y coloca en tu agenda alguna actividad al final de tu jornada que te obligue a apagar el ordenador (tu hora de caminar, tu visita al gimnasio, ese café con las amigas, etc.)
    • Si eres de las que no puede evitar mirar el correo en el móvil y esto se convierte en un peso más que en una ventaja, desinstala la aplicación. Así, radicala perdida.
    • Cuando sientas el impulso de seguir trabajando llegada la hora marcada para el final de la jornada, respira y piensa cómo te sentirás si sigues y cómo te sentirás si te obedeces y te dedicas tiempo a ti, reina mora. Descansar te convierte en alguien más productiva y más feliz.

Y esto es todo de momento, amigas. Ojalá nos sirva.

     

Como si no hubiera un mañana.

Me preocupa, a veces diría que me obsesiona, el paso del tiempo. Ni entiendo ni acepto ese concepto tan confuso del hacerse mayor, ni gestiono demasiado bien el equilibrio entre aprovechar el tiempo y vivir relajada. Todavía no he encontrado la manera de compatibilizar mis prisas por avanzar con mi necesidad de descansar. Todo lo que tengo es tiempo, pero no sé cuánto, y eso limita mis posibilidades de control y me pone nerviosa. En estas ando cuando llega a mis manos “Filosofía ante el desánimo”, de José Carlos Ruiz, un autor que me gusta porque me provoca ganas de escribir y porque me obliga a debatir conmigo misma. De eso, entre otras cosas, trata la filosofía, supongo.

El caso es que hoy he llegado a la parte en la que habla de mi querido amigo. Nos cuenta cómo, en la antigua Grecia, había tres dioses que representaban el tiempo: Cronos, que marca nuestro tiempo de vida; Aión, que simboliza el tiempo que dedicamos a lo que tiene sentido para nosotros, y Kairós, como estandarte del momento adecuado, de la suerte. Cuánto ayuda poseer una clasificación de lo borroso para trenzar lo que se enreda en la cabeza de una.

Perseguimos aprovechar todas las oportunidades posibles mientras desarrollamos nuestro propósito en nuestra particular e incierta cuenta atrás: de eso va la existencia (o debería). Parece simple, pero no es fácil, porque no lo es la conexión con esto que somos; lograr y mantener la cuadratura del círculo; encajar nuestro puzle interno, con tantas piezas y tan diferentes. Los obstáculos aparecen en forma de pereza, de decisiones basadas en decisiones de otros, de una tozudez estúpida que pretende derribar muros ajenos.

Y mientras tanto, Cronos pirándose sin solución, Aión de vacaciones y Kairós desesperado ante nuestra inutilidad.

Para los que le restan importancia a la fusión con uno mismo, el no disfrute es una constante de lo más llevadera, pero para los que conocemos el ensamblaje perfecto; qué se siente cuando estás dónde, con y cómo deseas, a qué huele y a qué sabe la plenitud lo opuesto es un pellizco asquerosamente doloroso. Te despides de cada hora lamentando que no haya valido la pena y te devanas los sesos para resolver la ecuación: no sé qué he de hacer para desembrollarme, cómo tirar del extremo de un hilo que no conozco.

Hay obstáculos conocidos por todos: un trabajo que me aburre, una pareja que ya no es lo que fue, la ausencia de aficiones. Pero a veces es un lugar, aparentemente sin razón alguna, el que nos roba la inspiración. Idealizamos un pueblo en la costa o en la montaña sin preguntarnos si estamos dispuestos a pagar el precio por el silencio y las vistas al mar. Vida social y cultural limitada, pocas novedades, misma gente y mismas conversaciones por lo siglos de los siglos. Para algunos, esa línea recta es el paraíso; para otros, una losa invisible que no logran identificar. Me pesa la vida y no sé por qué.

Cuando se asoman a la civilización, despiertan, brillan, tintinean. Les gusta, pero tampoco vislumbran la razón y se dicen a sí mismos que son raros, que si el paraíso es para unos debe serlo para todos, ignorando su individualidad y qué lo importante es saber qué es lo importante, ya sea respirar aire puro o ir al teatro cada semana, levantarte entre árboles o descubrir una cafetería a la semana. Desmenuzar de qué está hecha nuestra particular chispa de la vida es el primer paso para honrar el regalo que Cronos, Aión y Kairós nos han hecho; validar nuestras singularidades, el segundo; el tercero, aprender a disfrutarlas como si no hubiera un mañana, porque no sabemos si lo habrá, aunque nos gustaría.