Skip to main content

Etiqueta: Las Claves de Sol

El secreto de la felicidad

El secreto de la felicidad consiste en saber qué nos hace felices y rebozarnos en ello, así de simple. Ojo, y he escrito “simple”, no “fácil”. La simplicidad se basaría en los escasos pasos que te separan de lo que quieres. Es lo opuesto a complejo. La facilidad estaría relacionada con el esfuerzo que tienes que hacer para conseguirlo. Es lo opuesto a difícil.

Algunos ejemplos de objetivos cuya consecución es simple, pero para algunos nada fácil serían:

Hacer ejercicio es simple, solo hay que elegir qué es lo que voy a hacer: puedo correr, subir escaleras, ir a una clase en el gimnasio, apuntarme a baile, etc. Decido y me muevo. Nada más. Pero a algunos no les resulta nada fácil.

Lo mismo con comer tres frutas y dos raciones de verduras diarias. Simple a más no poder, entonces ¿por qué no lo hacemos?

Para viajar sola solo tienes que comprar un billete e ir al aeropuerto, o a la estación de tren, o ni eso, tan solo coger el coche y enfilar la carretera. Lo mismo con ir sola al cine, o a comer sola. O estar tan a gusto sola. No hay nada más simple, pero para algunas, de tan difícil, se convierte en imposible. O eso creen.

Dejar tu trabajo, si no te gusta, no puede ser más simple: carta de renuncia y Ciao, bacalao. Entonces, ¿dónde radica la dificultad?

Por el contrario, hay tareas sumamente complicadas, pero de lo más fáciles. Como el funcionamiento de un ordenador: lo encendemos, abrimos una aplicación y a teclear. Sin tener, la inmensa mayoría, ni puñetera idea de lo que albergan las entrañas del aparato.

¿Por qué insisto tanto en la diferencia entre estas dos palabras? Porque el lenguaje determina cómo pensamos, y nuestros pensamientos definen cómo nos comportamos y, por tanto, cómo somos. Vuelve a leer esta frase, querida lectora, porque puede resultar importantísima en tu camino hacia la felicidad. Paremos a pensar qué significan las palabras que nos decimos, para qué nos las decimos, dónde las hemos aprendido. Determinemos si nuestro lenguaje nos impulsa o nos frena y, desde ahí, decidamos cómo lo vamos a usar a partir de ahora. Cuántas veces vamos a dejar que el vocablo “difícil” nos clave al suelo de la insatisfacción.

Siguiente paso, una vez tenemos la distinción clarita, hemos de conseguir que lo simple nos sea cada vez más fácil. O, al menos, que la dificultad no suponga un freno invencible.

¿Cómo lo consigo?

Pues como se consigue todo, amiga, PRACTICANDO. La práctica consigue que la distancia entre lo simple y lo fácil disminuya. Este “practicando” sería la repetición en la implementación de los hábitos. Practicar sería, también, atravesar el miedo (a viajar sola, a dejar tu trabajo, a decirle adiós a tu pareja, a crear tu propio negocio, a ponerte una minifalda si es lo que te apetece). Porque una vez traspasado el primer miedo, el segundo se nos antoja mucho menos aterrador. Y el tercero, ni te cuento.

Practicar sería detectar qué creencias cercenan mi vida. Darme cuenta de lo que no creo merecer, de lo que no me creo capaz, de lo que creo posible o imposible.

De nuevo, practicar es simple, pero quizás no fácil. Lo sería mucho más si diéramos el tercer paso: imaginar lo que hay al otro lado de la dificultad, del miedo, de las creencias. Lo que hay al otro lado, te lo digo ya, no es más que la felicidad en la que quieres rebozarte. Lo que hay al otro lado es un cuerpo sano y fuerte del que te sientes orgullosa, la calma que llega cuando eres tu mejor compañía, la libertad que acompaña la seguridad en una misma, un trabajo en el que te sientes realizada, una vida en la que te quieres quedar.

La motivación para ponernos en marcha hacia lo que deseamos, solo llega cuando somos capaces de reproducir en nuestra mente lo que seremos, veremos, escucharemos y sentiremos después del esfuerzo, de realizar eso que ahora sabemos que es tan simple, pero que se nos antoja tan difícil. Es necesario desgranar en qué consiste nuestra particular dificultad y generar una estrategia que nos permita ver, a través del muro, la película de nuestra vida, la protagonista que deseamos ser. Conectar tanto con ella que podamos tocarla, observar cada una de sus características, enumerar lo que quiere, lo que no quiere y lo que va a hacer para agarrarse a lo primero y desechar lo segundo.

 

Ante el miedo: movimiento.

Que levante la mano la que no se haya visto bloqueada, totalmente paralizada por el miedo. Un miedo tan enorme como invisible, que te invade y te abate. Tienes miedo a pensar, a decidir, a ser, a hacer. Le tienes miedo hasta al miedo. No quieres ponerle nombre al miedo, por si se hace más grande. No concretas cómo se llama en esa indecisión tuya, con lo que el miedo engorda y crece. No sabes dónde nació el miedo y no alcanzas a ver dónde acaba.

Tu miedo, ya te lo digo yo, nació en las cavernas, dentro del coco de tus antepasados, que sobrevivían gracias a un cerebro diseñado para tener miedo, para estar en alerta constante ante los bicharracos antropófagos y las miles de enfermedades sin solución alguna. Has heredado ese cerebro y lo que a ellos les salvaba la vida, a ti te la jode a base de bien.

Pendulamos entre el miedo al rechazo, el miedo a qué pensarán los demás, el miedo a la incertidumbre, el miedo a la soledad. Hay un miedo especialmente peligroso: el miedo al cambio, por mucho que, paradójicamente, seamos cambio. El miedo nos ancla al suelo sin dejarnos progresar, y la vida va de avanzar, de convertirte en otra que te mole más, cada día, cada minuto. Evolución, descubrimiento, aprendizaje, curiosidad. Libertad lo llaman algunos. Quiero saltar, pero me puede el vértigo. Me siento inquieta, nerviosa, acojonda perdida. Enfadada conmigo, incluso.

A veces, el pánico llega porque estamos mirando el problema demasiado de cerca: un matrimonio en el que ya no soy feliz, un trabajo que me hastía, una ciudad que no es mi escenario ideal, una amistad que hace tiempo que no lo es, un lo que sea que ya no quieres. Sumida del todo en mi minúsculo ecosistema no puedo definir dónde acabo yo y dónde empieza él. Siento que el miedo soy yo. Todo es miedo. Y quiero salir de aquí.

No es que no pueda más, es que no quiero más.

Porque, lamentablemente, el humano puede mucho, es capaz de aguantar cosas que le hacen insoportablemente infeliz. Tu desasosiego está tan próximo que no eres capaz de analizarlo. ¿Y si elevaras el dron? ¿Y si fueras capaz de observar la verdadera dimensión de tu problema en la inmensidad de los problemas de la inmensidad de humanos? ¿Y si colocaras tu problema en el lugar que le corresponde en tu ancha y larga vida? Distancia, amiga, distancia.

¿Y si dejaras de masticar el problema, porque ya se te ha hecho bola? ¿Y si lo escupes y ahora te concentras en buscar la solución? ¿Y si miras a otro lado y al mismo tiempo miras dentro? ¿Y si dejas de rebozarte en la que ya no quieres y empiezas a proyectar lo que sí deseas? Autoconocimiento, amiga, autoconocimiento.

Ojalá tuviera yo el antídoto para le miedo paralizante, pero no. Aunque me huelo que la acción espanta a la bestia. Cuando el canguelo te agarre los tobillos y te cuente que aquí tampoco se está tan mal, múevete. Déjalo atrás, no te creas su mentira, esa que te cuenta que lo que te espera al otro lado es el vacío, el peligro.

El movimiento es curativo, ¿pero, hacia adónde camino? me preguntarás. Hacia algo que te guste, que te eleve. Ahora toca aprender cosas nuevas. Invéntate lo que está por venir.  No tienes que saber lo que es, tienes que decidirlo. Planea, inventa, divaga, fantasea. Y camina. Con el coco y con el cuerpo.

Cuestiónate y cuestiona todo lo que te han enseñado sobre el miedo y sobre su supuesta antagonista: la seguridad. Disecciona las teorías que te cuentan que la seguridad vienen de un trabajo fijo, de un sueldo fijo, de una pareja fija, de una casa fija, de una opinión fija, de unos amigos fijos, de una vida fija. Decide si lo único seguro es lo inamovible. Si lo inamovible te hace feliz. Si el miedo, quizás, es la causa de la inmovilidad y también su consecuencia.

La perspectiva, imprescindible.

Escuchaba hace un par de días a dos amigos hablar sobre la historia de un científico, un señor listísimo, muy reconocido, una eminencia. Al parecer, alguien se inventó que los datos en una de sus publicaciones eran inciertos, o copiados, o algo así. Vamos, aseguraban que la eminencia mentía. Al cabo de unos años se demostró que no estaban en lo cierto, pero para entonces, según mis amigos “ya le habían destrozado la vida”. La eminencia perdió su trabajo, cayó en depresión, fue abandonado por su mujer y no sé cuántas cosas más. Por fortuna, la eminencia ahora se encuentra bien. Me alegro mucho por la eminencia.

Me quedé con ese “ya le habían destrozado la vida”. Me resonaba como una campana entre oreja y oreja, Mientras intentaba entender el hecho de que cualquier persona tenga el poder de lograr algo tan enorme, tan salvaje, tan definitivo.

Recordé todas las veces en las que he escuchado la misma frase en boca de alguien, refiriéndose a su ex, a su jefe, a su madre.

Resolví que lo que tienen en común todas esas personas es la enorme importancia que le dan a la validación externa, al reconocimiento, al peso de los otros sobre lo que sienten, piensan o hacen. Cuando, encima, su tiempo y su atención se concentran en un solo ámbito, el resultado puede ser catastrófico. Y es que solo puede destrozarte aquel al que le has entregado algo indispensable para ti, cuando tu felicidad, tu dignidad y tu vida se basan en lo que otros dicen o piensan sobre lo que eres o haces.

Ojo, las mentiras, los abusos, las decepciones son una putada y son indeseables y duelen y te revuelven, pero nunca deberían destrozarte. La RAE nos cuenta que destrozar es despedazar, destruir, hacer trozos. Estropear, maltratar, deteriorar. Aniquilar, causar gran quebranto moral. Fatigar o producir gran malestar físico. Derrotar o aplastar al enemigo o contrincante.

El destrozo no nos gusta, el destrozo es una mierda. Evitemos el destrozo.

Y no digo evitemos a los que destrozan, porque, de hecho, no lo hacen. Otra cosa es que hayamos de alejarnos de la mala gente a la máxima velocidad posible.

Vade retro, Satanás. Que te aguante tu tía Rita.

Lo que te destroza es la ausencia de compartimentación en cuanto a las bases de tu vida. Has puesto todos los huevos en la misma cesta, has apostado tus ahorros a un solo número. La cesta se ha caído, han cantado otro número, te han destrozado la vida. O eso dices. O eso sientes.

Si describes cuáles son las áreas de tu vida, tendríamos los amigos, el trabajo, la familia, la pareja, tus aficiones, el estudio, el desarrollo de tu vertiente espiritual y seguro que alguna más. Tu energía se reparte entre todas ellas, al igual que tus ilusiones, tus deseos, tu tiempo (el mental y el físico). Te dedicas a ellas usando la motivación intrínseca, esa que viene provocada por el disfrute y la pasión. Las llevas a cabo aunque nadie te viera, aunque nadie te aplaudiera, aunque nadie te pagara. Las eliges porque potencian lo que eres, porque te acercan a ser la persona que quieres ser (independientemente de que te vean, te aplaudan, te paguen). En algún momento, alguna fallará: lo dejarás con tu pareja, un amigo te fallará, tendrás un problema en el trabajo. Un problemón quizás. En todos esos casos sentirás tristeza, o enfado, o dolor. O todo al mismo tiempo. Pero no te destrozarán la vida, básicamente porque no pueden, porque no les has dado ese poder. Porque el poder es tuyo y está repartido en muchas cestas, has apostado a muchos números. Has decidido no arriesgar nada de lo que es importante para ti: tu esencia, tu dignidad, tu persona en toda su extensión.

Pongamos nuestra atención en lo que es realmente importante para nosotras, tomemos la perspectiva necesaria para vernos a nosotras, a los que nos rodean, al mundo entero. Observemos el diálogo interno y convirtámoslo en uno que nos impulse en lugar de hundirnos y asegurémonos de que nadie nos puede destrozar, porque hemos construido un eje invencible.

Decir(me) que no

Decir que no a lo que no. A lo que no me gusta, a lo que no me nutre, a lo que no me alegra. A lo que no me lleva al lugar que quiero ocupar. No a quien me empuja y no a lo que me aprieta. O a quien me sujeta, a lo que me frena. A quien me grita, a quien abusa. No a quien no intercambia, pero sí usa. A quien  no escucha que ahora no, que así no, que no y punto.

No a lo feo, a lo mediocre, a lo caótico y a lo desequilibrado. A la incoherencia, a la cobardía, al engaño. Al trecho que hay entre lo dicho y lo hecho.

Decir que no a la postergación, a lo gris, a lo de siempre sin más argumento. A la queja, al victimismo, al pesimismo, a la pesadez, al conformismo y a la resignación. Al pez que se muerde la cola por los siglos de los siglos. No al sufrimiento. No al interés ese de Andrés, a lo hueco, a lo falso. No a los clavos ardiendo, a las soluciones rápidas que ni son solución ni son nada. No a la guarnición que oculta lo realmente importante. No a los vendehumos que se aprovechan de la vulnerabilidad ajena.

No a los trucos, sí a la magia, claro.

Decir que no a la envidia, a la crítica destructiva, a la excusa, a la paja en el ojo ajeno. No a la pereza, a la rendición, a la dejadez, a la inercia, a la sumisión, al agotamiento, a la culpa. No a saltarme la disciplina que me hace libre. Al egoísmo y al egocentrismo, a la prepotencia. Al desorden, el de por fuera y el de por dentro. A la suciedad, la de por fuera y la de por dentro.

Decir que no a aguantar, al “me compensa”, a la deriva consecuencia de no agarrar el toro por los cuernos. Decir que no a lo que me apetece ahora mismo para decirle que sí a la persona en la que me quiero convertir. No a la tozudez, al orgullo malentendido.

No a la evasión que acompaña a la inconsciencia, a la irresponsabilidad, al poder sobre una misma. 

Si quieres ser feliz, hazte preguntas.

Como coach, me paso la vida haciéndoles preguntas a mis coachees y también a las alumnas de mis cursos. Como persona, el descubrir la importancia de preguntar y preguntarme, me ha cambiado la vida.

En cuanto a nuestras relaciones, el manido “¿Cómo estás?” toma una nueva dimensión cuando lo preguntas con intención, con interés, con cariño, con ganas de escuchar. Si no lo sientes así, mejor sustituirlo por un “Buenas tardes, te veo bien”, vaya a ser que el de enfrente se sienta con la necesidad de desahogarse. Porque ojo, si nos interesa todo el mundo, quizás no nos interese, en realidad, nadie. El que mucho abarca, poco aprieta, de toda la vida de Dios. La energía y el tiempo son finitos, coloquémoslos en el lugar adecuado.

Y del sincero “¿Cómo estás?” al implícito “¿Qué necesitas?” Por si hay algo en lo que podamos ayudar. A veces, es simplemente escuchar, hacer de espejo, dar perspectiva o conversación. O proponer soluciones, agitar conciencias, arrearle una colleja al apalanque vital de un amigo.

El problema surge cuando estamos siempre dispuestas a preguntarle al prójimo, pero no hacemos lo mismo con nosotras. Es asombroso lo que una autopregunta puede simplificar la vida y, por ende, mejorarla. Qué revelador puede ser algo que siempre ha estado ahí, esperando a que lo destapáramos con una simple pregunta.

En la respuesta al cómo estoy, encontraríamos el reconocimiento de las emociones que estoy sintiendo en ese momento: estoy triste, asustada, alegre, enfadada. Solo identificando puedo manejarme, decidir qué hago con eso que me pasa.

Lo siguiente es qué necesito. Si estoy cansada, necesito descansar. Sí, sí, no mires hacia otro lado. Lo necesitas y, si lo necesitas, te lo procuras, porque no te mereces menos. Punto.

O alejarte de esa persona, cambiar de trabajo, aprender algo nuevo, mudarte, ponerte en forma, hacer un Marie Kondo a lo salvaje, respirar, organizarte mejor, quererte más, simplificar, cortarte el pelo, mirarte y verte.

Quizás necesitas ordenar: mente, casa, escritorio porque has descubierto que la maraña te ataca y ante la pregunta ¿Por dónde empiezo? Te has dicho que por el principio, por colocar cada cosa en su cajón, en el del armario y en el de tu coco. Lo que es dentro es fuera y muchas veces pasa lo mismo a la inversa.

Puede que al llegar al un lugar nuevo te hayas sentido a disgusto sin saber muy bien por qué. O al contrario, qué gustito esta casa, esta ciudad. Y te preguntas. Y te respondes. Recuerdas qué es lo importante para ti, todo eso que es imprescindible para que te sientas divinamente en tu propia piel. Lo que vienen siendo tus valores y tus principios.

Y, analizando tu posible desazón, te das cuenta de que esa gente que te rodea no tiene demasiado que ver contigo, porque grita, porque critica, porque lo importante para ellos no es lo mismo que para ti, porque no respetan el espacio que compartís. O porque el lugar al que has llegado no es bonito y a ti la belleza te da felicidad, o aborreces el calor o el frío y aquí te achicharras o te congelas. O lo que sea, pero solo a través de las preguntas lo vas a poder reconocer. Solo podemos gestionar aquello de lo que somos conscientes. Y todo eso que ignoramos nos controla a nosotras, así que cuántas más cosas saquemos de la trastienda, mejor.

Validar tus respuestas es otro de los pasos necesarios para avanzar, para pasar del lugar que ocupas a otro mejor. Cuando te dices que eso que necesitas es una chorrada, mal vamos; cuando te tachas de tiquismiquis o te excusas pensando que tampoco estás tan mal y que hay gente que está peor, no avanzas. También hay gente que está mejor, chavala, y sin duda lo han conseguido validando su voluntad, sus decisiones y sus criterios.

A la hora de ahorrarnos energía y frustraciones, preguntémonos si nuestro esfuerzo en tal asunto tiene alguna posibilidad de crear efecto. Seamos realistas y honestas, porque increíblemente no nos lo planteamos e, increíblemente, nos pasamos la vida dándonos cabezazos contra muros ajenos, pretendiendo que el de enfrente cambie su conducta, su manera de ser y comportarse, olvidándonos de que solo tenemos influencia sobre la persona que somos. Pero yo dejo la vida pasar, agarrada al “Soy perezosa, torpe, desafortunada”, viendo como imposibles proyectos que otras humanas como nosotras demuestran que son de lo más factible: ponerme en forma, llegar puntual, emprender, aprender inglés o divorciarse.

Otras preguntas útiles tienen que ver con los miedos, ¿de dónde viene mi miedo al fracaso?, ¿y mi miedo al qué dirán? ¿Quién me lo ha enseñado? ¿De verdad las posibles consecuencias de lo que sea son tan catastróficas?

Seguimos con las creencias, ¿Qué hechos empíricos demuestran que no soy capaz? ¿Y qué hechos demuestran lo contrario? ¿Hay alguien en mi familia que comparta esas mismas creencias sobre lo que una merece, sobre lo que es posible, sobre cómo se consiguen las cosas y sobre quién las consigue?

Vamos al color del cristal con el que veo la vida ¿Cuál es? ¿Me frena o me impulsa? ¿Conozco a gente que vea la vida de un color más bonito? ¿Qué puedo aprender de ellos? ¿Es mi actitud ante lo que me pasa la que más me ayuda a conseguir lo que quiero?

Y para ir acabando, la madre de todas las preguntas ¿Qué quiero? Porque difícilmente voy a conseguir algo que no deseo, que no sé lo que es. Es más, probablemente, más que encontrarlo, tengas que crearlo. Dejar de esperar para empezar a caminar. Una pista, eso que quieres de verdad te acerca al equilibrio, a la paz, a la estabilidad de la de verdad. No confundamos conceptos: hay gente muy centrada escalando el Everest o siendo funambulista, y gente muy desquiciada frente a un ordenador de ocho a tres.

El secreto es conectarte con tu esencia y, desde ahí, decidir y actuar. Darle al coco, pero para bien, no en un bucle que no lleva a nada. Análisis, creatividad y solución. Saber qué historia te has contado y cuál es la que te quieres contar a partir de ahora.

Muchas me preguntáis cómo saber lo que quieres. Ay, amiga, a veces no hay que saber, sino que decidir, pero no a tontas y a locas, sino después de haber buceado a tope en todo eso que nos hace felices y en todo eso que genera el efecto contrario. Para colmo de complicaciones, esos conceptos son cambiantes y esas marchas interminables que eran la felicidad absoluta a tus veinte, son el infierno a los cuarenta. La persona con la que querías estar a todas horas es una presencia insoportable unos años después. El trabajo con el que soñabas te hastía que no es ni medio normal. Y es que somos cambio. El truco es aceptarlo y navegarlo, saber por dónde sí y por dónde no. Simple, pero no fácil.

La respuesta siempre se esconde en la pregunta correcta.

Impactemos

Escuchaba el otro día a mi amigo David Barrado en la presentación de su libro “Peligros cósmicos” diciendo que la Tierra sigue aquí porque durante millones de años, la moneda siempre ha caído de cara. Nos hemos librado de supervolcanes, meteoritos, desastres galácticos varios. Somos un puñetero milagro, básicamente. Eso en cuanto al tema planetario. Luego pasamos al tema individuo: qué ínfimas posibilidades había de que nuestros tatarabuelos se molaran, y luego se molaran todos los demás que vinieron después. Un embarazo de nuestra querida madre con final feliz, unos cuantos años evitando cornisas sueltas y aquí estamos, siendo algo improbable a más no poder.

Lo mínimo que nos podemos exigir es hacer algo de provecho para honrar al universo y honrarnos a nosotras. Celebrarnos, e invitar a esa fiesta a cuanta más gente mejor. Si nos caen bien, claro.

Porque de qué va la vida sino de crear impacto, de convertirnos en el después de un antes que ya no, que ya fue, que hasta luego. Y no solo para los demás porque, en estas ansias nuestras de que los prójimos nos presten atención, se nos olvida que, si no dejamos huella en nuestros entresijos, difícilmente lo haremos en los de otros. Sería como esperar las ondas en el agua antes de tirar la piedra.

El impacto es, básicamente, cambio. Qué putada, con el canguelo que nos da. Paradójico, dado que somos cambio: nos arrugamos, crecemos, menguamos, pasamos de un instante a otro que no es el mismo continuamente, nos enamoramos, nos cabreamos, nos ilusionamos y nos apalancamos, decimos Diego donde dijimos digo. Nos vamos, llegamos, nos volvemos a ir.

Hay cambios, como los de arriba, inevitables. De esos, algunos son deseables y otros nos tocan los ovarios soberanamente. Aceptación, amiga, y mucha meditación y mucho yoga y mucha autogestión. En cuanto a los evitables, que decida nuestro criterio y no nuestro miedo.

Algunos rehúyen el más mínimo movimiento, porque temen a lo desconocido, y en ese reposo eterno se pierden la vida misma. Sentaditos en el tren, contemplan sus posibilidades pasar por la ventanilla sin plantearse jamás bajarse y empezar a rebozarse en novedades, ilusiones, sobresaltos, aventuras, decepciones. Decisiones. Y más decisiones.

Evitan el salto y con él, el impacto, claro. Abortan su después y el después de todos esos a los que su gesto podría inspirar. Qué penita.

No siempre me gustó saltar. De pequeña era tímida, o miedosa, o ignorante de lo que de verdad importa. Mis libros y mis amigas del pueblo de la Costa Brava me bastaban. Para qué más. Lo mismo de adolescente. Ni saltos, ni piedras, ni impactos.

Pero un año fatídico en el que se me fue alguien demasiado joven y otro alguien, ya mayor y demasiado esclavizado, me mostró que puedes quedarte sin tiempo antes de lo previsto o puedes tirarlo enterito a la basura si lo pasas con quien se zampa tus alas. Y me prometí que, en el rato que me quedaba sobre el Planeta Milagroso, la iba a liar parda. No es para menos.

Elijamos el impacto y elijámoslo ya. Si solo nos atrevemos con lo conocido, conozcamos más, sepamos más, preguntémonos más. Demos ese primer paso imprescindible, aterrador y mágico. Fijémonos en los que saltaron antes. Hagámoslo dirigiéndonos a, y no solo huyendo de. Seamos conscientes de nuestra pequeñez y de nuestra inmensidad.

De lo poco que importamos y de lo mucho que podemos significar.

La importancia de entender.

Lo importante de la vida es entenderla, entenderte y entender al de al lado. Entender a tus hijos, a tus padres, a tus amigos, a tus clientes.

Entender tus motivaciones, tus pasiones, tus por qués y tus para qués. Para qué te acercas, para qué te alejas, para qué te limitas, para qué te cuidas o te descuidas. Tus talentos, tus debilidades.

Entender qué es el amor, la amistad, y qué no lo es. Qué es la dependencia y qué es el egoísmo. Cuál es la fuerza te mueve y cuál la que te aplasta.

Entender el arte, la trascendencia, el alma. Tu alma. Qué te emociona, para perseguirlo sin tregua. Para huir de lo gris, de lo plano, de lo mediocre.

Entender, quizás sin ponerle nombre; pero sabiéndolo, desenredándolo, dibujándolo.

Entender la grandeza y la mierda, reconocerlas a kilómetros para decidir. Escalar la una y rechazar la otra. Entender los aplausos y también los abucheos. Relativizarlos. Nada es tan grave, tú tampoco.

Entender que también esto pasará. Entender lo intangible, lo invisible, los silencios y lo que se esconde tras los gritos. Tus resortes, tus interruptores, tus emociones, tus vellos erizaos, qué te conecta con qué. Con quién.

Entender qué te eleva y qué te hunde, qué te llena, qué te enciende. Qué es excelente y qué es chapuza. Lanzarte sobre lo primero, claro. Sin mesura. Sin culpa. Entender que lo correcto y lo equivocado dependen de tantas cosas incontrolables. Entender que la culpa no ayuda a nada.

Entender lo que otros dicen y los que otros son. Lo que nos equilibra y lo que nos marea. La diferencia entre el egoísmo y la responsabilidad. Y el autoamor, claro. Cuándo luchar y cuándo es mejor rendirse. O apartarse.

Entender la diferencia entre PODER, QUERER Y NECESITAR, porque de eso dependen tus relaciones, tu felicidad y el lugar donde colocas la energía. No siempre que quieras podrás, pero podrás más. Seguro.

 

El NO que nos define

Dedico algunas tardes a leer y recortar páginas que me llaman la atención, ya sean las que ocupan playas caribeñas, muebles de diseño escandinavo o entrevistas a gente que me inspira. No guardo los recortes, los dejo sobre mi escritorio, porque me gusta ver lo que me gusta.

La inspiradora de hoy ha sido Isabel Coixet, que comienza su presentación contándole al periodista todo aquello que no soporta. Interesante, porque a la mayoría nos cuesta definirnos más allá de nuestro trabajo incluso en términos positivos, ya no te cuento en negativos, con lo feo que queda, con el pie que da a que otros te lleven la contraria. Qué miedito. Ella se queda tan a gusto: que si no me gusta Quim Torra, que si no me gustan las peleas del feminismo.

Lo que no te gusta te define tanto como lo que sí, determina en qué sentido decidir y cuánto de valiente y de autónomo tienes. La Coixet afirma sin esperar a que otros le den la razón, se basta y se sobra, que es lo que todos deberíamos hacer. Hay que ser inteligente para detectar y valiente para manifestar, porque tras el discurso llegan las críticas. Que se lo cuenten a quienes defienden que no quieren ser madres y les cae la del pulpo, como si le negaran su derecho a otras. O a los que rechazan ofertas por las que otros matarían, pero tú quién te has creído que eres. A la Coixet le ofrecieron un ministerio y a la vista está que dijo que no. Con las que algunos lían por estar ahí, hay que ver.

El respeto que el prójimo muestra ante tus aseveraciones tiene mucho que ver con la claridad, el convencimiento y la naturalidad con las que las defiendes. No nos tomamos en serio a quien vive pidiendo perdón, escondido bajo complejos, ansiando contentar al planeta entero, sin éxito, claro. En cambio, no rechistamos ante el que no ofrece resquicio en sus argumentos, y no hay argumento mejor que la absoluta subjetividad cuando el asunto solo te afecta a ti. El “sobre gustos no hay nada escrito” de toda la vida de Dios, ese que no respetan los que se ven atacados por la libertad ajena.

“No le veo el qué a este restaurante tan caro y tan famoso”, “el tío ese que cobra un pastón por conferencia me parece un cantamañanas”, “no me gusta el campo”: las afirmaciones que para unos suponen brazadas contra la corriente, para los Coixets del planeta no es más que bañarse despelotado en aguas mansas y cristalinas. Y es que la resistencia nos la creamos nosotros, o nos la han creado los que nos educaron para pertenecer al rebaño y no cuestionar. Y no cuestionarnos.

El rebaño es infeliz mientras mira de reojo a las ovejas negras que campan felices, a su puñetera bola. Las ponen verdes mientras envidian su desparpajo e intentan comprender por qué insisten en no someterse a estereotipos que algún desconocido se inventó cuando estaba aburrido y tenía muchas ganas de joder al prójimo.

Observamos las negaciones para entristecernos, pero las ignoramos cuando suponen una pista de quiénes somos y qué hemos venido a hacer aquí. Las enarbolamos para recordarnos de lo que no somos capaces, lo que no sabemos hacer, lo que no hemos aprendido, pero nos resistimos a ellas cuando se tratan de defender nuestros límites, nuestro tiempo o nuestras opiniones. El no como guillotina o el no como representación de la solidez y la coherencia: voto por lo segundo.

Dispersas o arborescentes: esa es la cuestión

Nos pasa, me pasa, te pasa. Te gastas un empane total que te impide saber qué día de la semana es o para qué has ido a la cocina. En el caso de algunas, como la que escribe, esta nube gris que nos acecha no ha hecho más que incrementar la disgregación mental habitual.

Dónde he dejado las llaves, qué hace el mando de la televisión en la nevera, por qué lleva dos días la ropa mojada dentro de la lavadora.

Cené hace unos días con unas señoras que saben mucho acerca del funcionamiento del cerebro. Comentando con ellas que ando como pollo sin cabeza y que me cuesta la vida centrarme en una sola idea, ya sea escribiendo, impartiendo charlas o hablando con mis queridos hijos, una dijo: “No te preocupes, tienes pensamiento arborescente”.

Ah, vale.

Sin saber todavía si eso es mejor, peor o igual que ser dispersa de narices, el nombre me gustó más. Árbol, ramas, qué bonito. Y tiene lógica, además.

Teniendo en cuenta la influencia que tienen las palabras con las que nos definimos sobre nuestro autoconcepto y autoestima, lo de la ramificación me parece más constructivo que el resto de adjetivos que conocía hasta ahora para describir el solape de ideas, el chorreo de imágenes continuo. El enredo y el olvido, uno detrás de otro.

Qué cruz, Señor. Y qué cansancio.

La solución pasa por saber cómo funcionamos los que, en lugar de caminar sobre una línea, nos conducimos entre un laberinto de emociones, posibilidades, recuerdos y asociaciones mentales. El hemisferio derecho de nuestro coco funcionando a todo lo que da. Para nosotros se convierte en una tortura el darle forma a un proyecto, estructurar una reunión o un discurso, hacer un plan de fin de semana.

Como contrapunto, menos mal, somos capaces de pensar fuera de la caja, expresión americana para definir a los que aportan soluciones diferentes y creativas a problemas de siempre. La ventaja es la velocidad, el problema es el caos y la hipersensibilidad.

Coger esa masa gigantesca e informe para convertirla en palabras se convierte en tarea casi imposible.

Te levantas pensando y te acuestas pensando. Y, a veces, sueñas pensando. Quizás haces más cosas que la mayoría, ya que se te ocurren más cosas que a la mayoría. Pero siempre tienes la sensación de que no has hecho lo suficiente, porque es imposible que el mundo real tome la velocidad de tu pensamiento.

Y maldices cada idea que llega en la ducha porque no puedes apuntarla. Sabes que desaparecerá para siempre jamás, devorada por los otros millones de ideas que están esperando en la cola, histéricas.

Y aguantas la respiración esperando a que salgan. Pero nunca acaban, las muy cabronas.

En los exámenes, lo aprendido llega mucho más rápido de lo que la mano puede reflejar y te da miedo que se te olvide, entonces apuntas palabras sueltas a toda velocidad en los márgenes, y a lápiz, para poder borrarlo.

Consecuencia de la velocidad en la escritura es la mala letra. Cuántas veces me llamó el profesor en la facultad para que le leyera el examen. Incluso a mí me costaba entenderme.

Cuando llega el momento de analizar una noticia, te aturde la sensación de no saber por dónde empezar. Eres capaz de colocarte en tantos ángulos que te mareas. El de al lado expone su opinión con total claridad, y sabes que la tuya está ahí, oculta en la maraña, pero no la encuentras.

Un arma útil para aliviar esta anarquía es la escritura. Cazar lo que orbita a mi alrededor y plasmarlo en un papel, a mano, porque así obligamos al cerebro a sintetizar y autorregular. A canalizar y regular. Escribir es, en esto como en todo, alivio y exorcismo. Menos mal.

Pequeños gestos cotidianos (o cómo hacer que tu vida sea mierda o maravilla)

En este verano aún pandémico estoy aprendiendo unas cuantas cosas, o mejor, confirmando algunas que ya me olía. Una de ellas es la consabida importancia de los hábitos, esas pequeñas cosas que hacemos o que no hacemos cada día y que, en treinta años, se convierten en una montaña. De mierda o de maravilla, según sea la cosa o la omisión de la cosa.

He vuelto al pueblo en el que crecí tras treinta años sin pisarlo prácticamente. Mis compañeras de clase, que en mi mente siguen teniendo catorce años, llevan coleta y visten un uniforme de pata de gallo azul tienen cuarenta y ocho, como yo, claro.

El contraste entre mi idea y la realidad, entre la de los ochenta y la del siglo veintiuno, es mayor o menor según eso que han repetido hasta la saciedad, ya sea deporte, beber como cosacas, olvidarse de sí mismas, estudiar, viajar, vivir en equilibrio, aprenderse, drogarse lo más grande, hundirse en el sofá o dibujar una sonrisa por jodidos que vinieran los tiempos.

Mentes tan consumidas como los cuerpos que ocupan, o seres de luz: felices, descojonadas, chorreando ganas.

Lo de siempre, las decisiones que un día tomaron y que detonaron el resto de decisiones, el resto de mañanas, de noches, de meses y de años. De décadas. El crecimiento o el hundimiento. La alegría o la degradación. Y entre ambos extremos, un abanico no demasiado variado, la verdad. No hay medias tintas en esto de joderse a una misma o de tratarse la mar de bien.

También he sabido de sus padres, aquellos que tenían nuestra edad cuando nosotras compartíamos pupitre. Los treinta años de repetición se han convertido en sesenta en su caso. Todo multiplicado a la enésima potencia. Dejando de un lado las escasas variables que dependen de la suerte, las existencias y los cuerpos y las almas bien tratadas siguen transitando con ilusión, que es causa y es consecuencia: el pez que se muerde la cola encantado de la vida.

Los que chorreaban amargura a los cuarenta y ocho, son un despojo a los setenta y ocho, como era de esperar.

De nada sirve lamentarse porque lo hecho, hecho está. Ojalá poder viajar al futuro para mirarnos en un espejo que nos cuente la cruda realidad, esa que es producto, casi siempre, de lo que nosotras queremos y nos queremos. De la historia que nos queremos contar. De si hemos sabido evolucionar o hemos dejado tantos vacíos sin llenar que el vacío se nos ha zampado vivas.

Ojalá aprendiéramos de los errores propios y ajenos y nos dedicáramos a pensar un rato al día quiénes queremos ser esta tarde, la semana que viene, dentro de cincuenta años. Y del pensamiento al plan: al paseo cada mañana; a venerar la belleza en toda su extensión, empezando por nosotras; a decir que no a lo que nos jode y perseguir lo que nos abraza. A darnos cuenta, lo primero, y a hacernos cargo, lo segundo.

Ojalá, poder viajar al pasado para contarnos todo lo que ahora sabemos y conseguir que la de catorce aplauda a la de ahora. Y la de ahora a la de setenta y ocho. Con eso lo tendríamos todo.