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Etiqueta: Sol Aguirre

El secreto de la felicidad

El secreto de la felicidad consiste en saber qué nos hace felices y rebozarnos en ello, así de simple. Ojo, y he escrito “simple”, no “fácil”. La simplicidad se basaría en los escasos pasos que te separan de lo que quieres. Es lo opuesto a complejo. La facilidad estaría relacionada con el esfuerzo que tienes que hacer para conseguirlo. Es lo opuesto a difícil.

Algunos ejemplos de objetivos cuya consecución es simple, pero para algunos nada fácil serían:

Hacer ejercicio es simple, solo hay que elegir qué es lo que voy a hacer: puedo correr, subir escaleras, ir a una clase en el gimnasio, apuntarme a baile, etc. Decido y me muevo. Nada más. Pero a algunos no les resulta nada fácil.

Lo mismo con comer tres frutas y dos raciones de verduras diarias. Simple a más no poder, entonces ¿por qué no lo hacemos?

Para viajar sola solo tienes que comprar un billete e ir al aeropuerto, o a la estación de tren, o ni eso, tan solo coger el coche y enfilar la carretera. Lo mismo con ir sola al cine, o a comer sola. O estar tan a gusto sola. No hay nada más simple, pero para algunas, de tan difícil, se convierte en imposible. O eso creen.

Dejar tu trabajo, si no te gusta, no puede ser más simple: carta de renuncia y Ciao, bacalao. Entonces, ¿dónde radica la dificultad?

Por el contrario, hay tareas sumamente complicadas, pero de lo más fáciles. Como el funcionamiento de un ordenador: lo encendemos, abrimos una aplicación y a teclear. Sin tener, la inmensa mayoría, ni puñetera idea de lo que albergan las entrañas del aparato.

¿Por qué insisto tanto en la diferencia entre estas dos palabras? Porque el lenguaje determina cómo pensamos, y nuestros pensamientos definen cómo nos comportamos y, por tanto, cómo somos. Vuelve a leer esta frase, querida lectora, porque puede resultar importantísima en tu camino hacia la felicidad. Paremos a pensar qué significan las palabras que nos decimos, para qué nos las decimos, dónde las hemos aprendido. Determinemos si nuestro lenguaje nos impulsa o nos frena y, desde ahí, decidamos cómo lo vamos a usar a partir de ahora. Cuántas veces vamos a dejar que el vocablo “difícil” nos clave al suelo de la insatisfacción.

Siguiente paso, una vez tenemos la distinción clarita, hemos de conseguir que lo simple nos sea cada vez más fácil. O, al menos, que la dificultad no suponga un freno invencible.

¿Cómo lo consigo?

Pues como se consigue todo, amiga, PRACTICANDO. La práctica consigue que la distancia entre lo simple y lo fácil disminuya. Este “practicando” sería la repetición en la implementación de los hábitos. Practicar sería, también, atravesar el miedo (a viajar sola, a dejar tu trabajo, a decirle adiós a tu pareja, a crear tu propio negocio, a ponerte una minifalda si es lo que te apetece). Porque una vez traspasado el primer miedo, el segundo se nos antoja mucho menos aterrador. Y el tercero, ni te cuento.

Practicar sería detectar qué creencias cercenan mi vida. Darme cuenta de lo que no creo merecer, de lo que no me creo capaz, de lo que creo posible o imposible.

De nuevo, practicar es simple, pero quizás no fácil. Lo sería mucho más si diéramos el tercer paso: imaginar lo que hay al otro lado de la dificultad, del miedo, de las creencias. Lo que hay al otro lado, te lo digo ya, no es más que la felicidad en la que quieres rebozarte. Lo que hay al otro lado es un cuerpo sano y fuerte del que te sientes orgullosa, la calma que llega cuando eres tu mejor compañía, la libertad que acompaña la seguridad en una misma, un trabajo en el que te sientes realizada, una vida en la que te quieres quedar.

La motivación para ponernos en marcha hacia lo que deseamos, solo llega cuando somos capaces de reproducir en nuestra mente lo que seremos, veremos, escucharemos y sentiremos después del esfuerzo, de realizar eso que ahora sabemos que es tan simple, pero que se nos antoja tan difícil. Es necesario desgranar en qué consiste nuestra particular dificultad y generar una estrategia que nos permita ver, a través del muro, la película de nuestra vida, la protagonista que deseamos ser. Conectar tanto con ella que podamos tocarla, observar cada una de sus características, enumerar lo que quiere, lo que no quiere y lo que va a hacer para agarrarse a lo primero y desechar lo segundo.

 

Si quieres ser feliz, hazte preguntas.

Como coach, me paso la vida haciéndoles preguntas a mis coachees y también a las alumnas de mis cursos. Como persona, el descubrir la importancia de preguntar y preguntarme, me ha cambiado la vida.

En cuanto a nuestras relaciones, el manido “¿Cómo estás?” toma una nueva dimensión cuando lo preguntas con intención, con interés, con cariño, con ganas de escuchar. Si no lo sientes así, mejor sustituirlo por un “Buenas tardes, te veo bien”, vaya a ser que el de enfrente se sienta con la necesidad de desahogarse. Porque ojo, si nos interesa todo el mundo, quizás no nos interese, en realidad, nadie. El que mucho abarca, poco aprieta, de toda la vida de Dios. La energía y el tiempo son finitos, coloquémoslos en el lugar adecuado.

Y del sincero “¿Cómo estás?” al implícito “¿Qué necesitas?” Por si hay algo en lo que podamos ayudar. A veces, es simplemente escuchar, hacer de espejo, dar perspectiva o conversación. O proponer soluciones, agitar conciencias, arrearle una colleja al apalanque vital de un amigo.

El problema surge cuando estamos siempre dispuestas a preguntarle al prójimo, pero no hacemos lo mismo con nosotras. Es asombroso lo que una autopregunta puede simplificar la vida y, por ende, mejorarla. Qué revelador puede ser algo que siempre ha estado ahí, esperando a que lo destapáramos con una simple pregunta.

En la respuesta al cómo estoy, encontraríamos el reconocimiento de las emociones que estoy sintiendo en ese momento: estoy triste, asustada, alegre, enfadada. Solo identificando puedo manejarme, decidir qué hago con eso que me pasa.

Lo siguiente es qué necesito. Si estoy cansada, necesito descansar. Sí, sí, no mires hacia otro lado. Lo necesitas y, si lo necesitas, te lo procuras, porque no te mereces menos. Punto.

O alejarte de esa persona, cambiar de trabajo, aprender algo nuevo, mudarte, ponerte en forma, hacer un Marie Kondo a lo salvaje, respirar, organizarte mejor, quererte más, simplificar, cortarte el pelo, mirarte y verte.

Quizás necesitas ordenar: mente, casa, escritorio porque has descubierto que la maraña te ataca y ante la pregunta ¿Por dónde empiezo? Te has dicho que por el principio, por colocar cada cosa en su cajón, en el del armario y en el de tu coco. Lo que es dentro es fuera y muchas veces pasa lo mismo a la inversa.

Puede que al llegar al un lugar nuevo te hayas sentido a disgusto sin saber muy bien por qué. O al contrario, qué gustito esta casa, esta ciudad. Y te preguntas. Y te respondes. Recuerdas qué es lo importante para ti, todo eso que es imprescindible para que te sientas divinamente en tu propia piel. Lo que vienen siendo tus valores y tus principios.

Y, analizando tu posible desazón, te das cuenta de que esa gente que te rodea no tiene demasiado que ver contigo, porque grita, porque critica, porque lo importante para ellos no es lo mismo que para ti, porque no respetan el espacio que compartís. O porque el lugar al que has llegado no es bonito y a ti la belleza te da felicidad, o aborreces el calor o el frío y aquí te achicharras o te congelas. O lo que sea, pero solo a través de las preguntas lo vas a poder reconocer. Solo podemos gestionar aquello de lo que somos conscientes. Y todo eso que ignoramos nos controla a nosotras, así que cuántas más cosas saquemos de la trastienda, mejor.

Validar tus respuestas es otro de los pasos necesarios para avanzar, para pasar del lugar que ocupas a otro mejor. Cuando te dices que eso que necesitas es una chorrada, mal vamos; cuando te tachas de tiquismiquis o te excusas pensando que tampoco estás tan mal y que hay gente que está peor, no avanzas. También hay gente que está mejor, chavala, y sin duda lo han conseguido validando su voluntad, sus decisiones y sus criterios.

A la hora de ahorrarnos energía y frustraciones, preguntémonos si nuestro esfuerzo en tal asunto tiene alguna posibilidad de crear efecto. Seamos realistas y honestas, porque increíblemente no nos lo planteamos e, increíblemente, nos pasamos la vida dándonos cabezazos contra muros ajenos, pretendiendo que el de enfrente cambie su conducta, su manera de ser y comportarse, olvidándonos de que solo tenemos influencia sobre la persona que somos. Pero yo dejo la vida pasar, agarrada al “Soy perezosa, torpe, desafortunada”, viendo como imposibles proyectos que otras humanas como nosotras demuestran que son de lo más factible: ponerme en forma, llegar puntual, emprender, aprender inglés o divorciarse.

Otras preguntas útiles tienen que ver con los miedos, ¿de dónde viene mi miedo al fracaso?, ¿y mi miedo al qué dirán? ¿Quién me lo ha enseñado? ¿De verdad las posibles consecuencias de lo que sea son tan catastróficas?

Seguimos con las creencias, ¿Qué hechos empíricos demuestran que no soy capaz? ¿Y qué hechos demuestran lo contrario? ¿Hay alguien en mi familia que comparta esas mismas creencias sobre lo que una merece, sobre lo que es posible, sobre cómo se consiguen las cosas y sobre quién las consigue?

Vamos al color del cristal con el que veo la vida ¿Cuál es? ¿Me frena o me impulsa? ¿Conozco a gente que vea la vida de un color más bonito? ¿Qué puedo aprender de ellos? ¿Es mi actitud ante lo que me pasa la que más me ayuda a conseguir lo que quiero?

Y para ir acabando, la madre de todas las preguntas ¿Qué quiero? Porque difícilmente voy a conseguir algo que no deseo, que no sé lo que es. Es más, probablemente, más que encontrarlo, tengas que crearlo. Dejar de esperar para empezar a caminar. Una pista, eso que quieres de verdad te acerca al equilibrio, a la paz, a la estabilidad de la de verdad. No confundamos conceptos: hay gente muy centrada escalando el Everest o siendo funambulista, y gente muy desquiciada frente a un ordenador de ocho a tres.

El secreto es conectarte con tu esencia y, desde ahí, decidir y actuar. Darle al coco, pero para bien, no en un bucle que no lleva a nada. Análisis, creatividad y solución. Saber qué historia te has contado y cuál es la que te quieres contar a partir de ahora.

Muchas me preguntáis cómo saber lo que quieres. Ay, amiga, a veces no hay que saber, sino que decidir, pero no a tontas y a locas, sino después de haber buceado a tope en todo eso que nos hace felices y en todo eso que genera el efecto contrario. Para colmo de complicaciones, esos conceptos son cambiantes y esas marchas interminables que eran la felicidad absoluta a tus veinte, son el infierno a los cuarenta. La persona con la que querías estar a todas horas es una presencia insoportable unos años después. El trabajo con el que soñabas te hastía que no es ni medio normal. Y es que somos cambio. El truco es aceptarlo y navegarlo, saber por dónde sí y por dónde no. Simple, pero no fácil.

La respuesta siempre se esconde en la pregunta correcta.

Impactemos

Escuchaba el otro día a mi amigo David Barrado en la presentación de su libro “Peligros cósmicos” diciendo que la Tierra sigue aquí porque durante millones de años, la moneda siempre ha caído de cara. Nos hemos librado de supervolcanes, meteoritos, desastres galácticos varios. Somos un puñetero milagro, básicamente. Eso en cuanto al tema planetario. Luego pasamos al tema individuo: qué ínfimas posibilidades había de que nuestros tatarabuelos se molaran, y luego se molaran todos los demás que vinieron después. Un embarazo de nuestra querida madre con final feliz, unos cuantos años evitando cornisas sueltas y aquí estamos, siendo algo improbable a más no poder.

Lo mínimo que nos podemos exigir es hacer algo de provecho para honrar al universo y honrarnos a nosotras. Celebrarnos, e invitar a esa fiesta a cuanta más gente mejor. Si nos caen bien, claro.

Porque de qué va la vida sino de crear impacto, de convertirnos en el después de un antes que ya no, que ya fue, que hasta luego. Y no solo para los demás porque, en estas ansias nuestras de que los prójimos nos presten atención, se nos olvida que, si no dejamos huella en nuestros entresijos, difícilmente lo haremos en los de otros. Sería como esperar las ondas en el agua antes de tirar la piedra.

El impacto es, básicamente, cambio. Qué putada, con el canguelo que nos da. Paradójico, dado que somos cambio: nos arrugamos, crecemos, menguamos, pasamos de un instante a otro que no es el mismo continuamente, nos enamoramos, nos cabreamos, nos ilusionamos y nos apalancamos, decimos Diego donde dijimos digo. Nos vamos, llegamos, nos volvemos a ir.

Hay cambios, como los de arriba, inevitables. De esos, algunos son deseables y otros nos tocan los ovarios soberanamente. Aceptación, amiga, y mucha meditación y mucho yoga y mucha autogestión. En cuanto a los evitables, que decida nuestro criterio y no nuestro miedo.

Algunos rehúyen el más mínimo movimiento, porque temen a lo desconocido, y en ese reposo eterno se pierden la vida misma. Sentaditos en el tren, contemplan sus posibilidades pasar por la ventanilla sin plantearse jamás bajarse y empezar a rebozarse en novedades, ilusiones, sobresaltos, aventuras, decepciones. Decisiones. Y más decisiones.

Evitan el salto y con él, el impacto, claro. Abortan su después y el después de todos esos a los que su gesto podría inspirar. Qué penita.

No siempre me gustó saltar. De pequeña era tímida, o miedosa, o ignorante de lo que de verdad importa. Mis libros y mis amigas del pueblo de la Costa Brava me bastaban. Para qué más. Lo mismo de adolescente. Ni saltos, ni piedras, ni impactos.

Pero un año fatídico en el que se me fue alguien demasiado joven y otro alguien, ya mayor y demasiado esclavizado, me mostró que puedes quedarte sin tiempo antes de lo previsto o puedes tirarlo enterito a la basura si lo pasas con quien se zampa tus alas. Y me prometí que, en el rato que me quedaba sobre el Planeta Milagroso, la iba a liar parda. No es para menos.

Elijamos el impacto y elijámoslo ya. Si solo nos atrevemos con lo conocido, conozcamos más, sepamos más, preguntémonos más. Demos ese primer paso imprescindible, aterrador y mágico. Fijémonos en los que saltaron antes. Hagámoslo dirigiéndonos a, y no solo huyendo de. Seamos conscientes de nuestra pequeñez y de nuestra inmensidad.

De lo poco que importamos y de lo mucho que podemos significar.

La importancia de entender.

Lo importante de la vida es entenderla, entenderte y entender al de al lado. Entender a tus hijos, a tus padres, a tus amigos, a tus clientes.

Entender tus motivaciones, tus pasiones, tus por qués y tus para qués. Para qué te acercas, para qué te alejas, para qué te limitas, para qué te cuidas o te descuidas. Tus talentos, tus debilidades.

Entender qué es el amor, la amistad, y qué no lo es. Qué es la dependencia y qué es el egoísmo. Cuál es la fuerza te mueve y cuál la que te aplasta.

Entender el arte, la trascendencia, el alma. Tu alma. Qué te emociona, para perseguirlo sin tregua. Para huir de lo gris, de lo plano, de lo mediocre.

Entender, quizás sin ponerle nombre; pero sabiéndolo, desenredándolo, dibujándolo.

Entender la grandeza y la mierda, reconocerlas a kilómetros para decidir. Escalar la una y rechazar la otra. Entender los aplausos y también los abucheos. Relativizarlos. Nada es tan grave, tú tampoco.

Entender que también esto pasará. Entender lo intangible, lo invisible, los silencios y lo que se esconde tras los gritos. Tus resortes, tus interruptores, tus emociones, tus vellos erizaos, qué te conecta con qué. Con quién.

Entender qué te eleva y qué te hunde, qué te llena, qué te enciende. Qué es excelente y qué es chapuza. Lanzarte sobre lo primero, claro. Sin mesura. Sin culpa. Entender que lo correcto y lo equivocado dependen de tantas cosas incontrolables. Entender que la culpa no ayuda a nada.

Entender lo que otros dicen y los que otros son. Lo que nos equilibra y lo que nos marea. La diferencia entre el egoísmo y la responsabilidad. Y el autoamor, claro. Cuándo luchar y cuándo es mejor rendirse. O apartarse.

Entender la diferencia entre PODER, QUERER Y NECESITAR, porque de eso dependen tus relaciones, tu felicidad y el lugar donde colocas la energía. No siempre que quieras podrás, pero podrás más. Seguro.

 

El NO que nos define

Dedico algunas tardes a leer y recortar páginas que me llaman la atención, ya sean las que ocupan playas caribeñas, muebles de diseño escandinavo o entrevistas a gente que me inspira. No guardo los recortes, los dejo sobre mi escritorio, porque me gusta ver lo que me gusta.

La inspiradora de hoy ha sido Isabel Coixet, que comienza su presentación contándole al periodista todo aquello que no soporta. Interesante, porque a la mayoría nos cuesta definirnos más allá de nuestro trabajo incluso en términos positivos, ya no te cuento en negativos, con lo feo que queda, con el pie que da a que otros te lleven la contraria. Qué miedito. Ella se queda tan a gusto: que si no me gusta Quim Torra, que si no me gustan las peleas del feminismo.

Lo que no te gusta te define tanto como lo que sí, determina en qué sentido decidir y cuánto de valiente y de autónomo tienes. La Coixet afirma sin esperar a que otros le den la razón, se basta y se sobra, que es lo que todos deberíamos hacer. Hay que ser inteligente para detectar y valiente para manifestar, porque tras el discurso llegan las críticas. Que se lo cuenten a quienes defienden que no quieren ser madres y les cae la del pulpo, como si le negaran su derecho a otras. O a los que rechazan ofertas por las que otros matarían, pero tú quién te has creído que eres. A la Coixet le ofrecieron un ministerio y a la vista está que dijo que no. Con las que algunos lían por estar ahí, hay que ver.

El respeto que el prójimo muestra ante tus aseveraciones tiene mucho que ver con la claridad, el convencimiento y la naturalidad con las que las defiendes. No nos tomamos en serio a quien vive pidiendo perdón, escondido bajo complejos, ansiando contentar al planeta entero, sin éxito, claro. En cambio, no rechistamos ante el que no ofrece resquicio en sus argumentos, y no hay argumento mejor que la absoluta subjetividad cuando el asunto solo te afecta a ti. El “sobre gustos no hay nada escrito” de toda la vida de Dios, ese que no respetan los que se ven atacados por la libertad ajena.

“No le veo el qué a este restaurante tan caro y tan famoso”, “el tío ese que cobra un pastón por conferencia me parece un cantamañanas”, “no me gusta el campo”: las afirmaciones que para unos suponen brazadas contra la corriente, para los Coixets del planeta no es más que bañarse despelotado en aguas mansas y cristalinas. Y es que la resistencia nos la creamos nosotros, o nos la han creado los que nos educaron para pertenecer al rebaño y no cuestionar. Y no cuestionarnos.

El rebaño es infeliz mientras mira de reojo a las ovejas negras que campan felices, a su puñetera bola. Las ponen verdes mientras envidian su desparpajo e intentan comprender por qué insisten en no someterse a estereotipos que algún desconocido se inventó cuando estaba aburrido y tenía muchas ganas de joder al prójimo.

Observamos las negaciones para entristecernos, pero las ignoramos cuando suponen una pista de quiénes somos y qué hemos venido a hacer aquí. Las enarbolamos para recordarnos de lo que no somos capaces, lo que no sabemos hacer, lo que no hemos aprendido, pero nos resistimos a ellas cuando se tratan de defender nuestros límites, nuestro tiempo o nuestras opiniones. El no como guillotina o el no como representación de la solidez y la coherencia: voto por lo segundo.

Dispersas o arborescentes: esa es la cuestión

Nos pasa, me pasa, te pasa. Te gastas un empane total que te impide saber qué día de la semana es o para qué has ido a la cocina. En el caso de algunas, como la que escribe, esta nube gris que nos acecha no ha hecho más que incrementar la disgregación mental habitual.

Dónde he dejado las llaves, qué hace el mando de la televisión en la nevera, por qué lleva dos días la ropa mojada dentro de la lavadora.

Cené hace unos días con unas señoras que saben mucho acerca del funcionamiento del cerebro. Comentando con ellas que ando como pollo sin cabeza y que me cuesta la vida centrarme en una sola idea, ya sea escribiendo, impartiendo charlas o hablando con mis queridos hijos, una dijo: “No te preocupes, tienes pensamiento arborescente”.

Ah, vale.

Sin saber todavía si eso es mejor, peor o igual que ser dispersa de narices, el nombre me gustó más. Árbol, ramas, qué bonito. Y tiene lógica, además.

Teniendo en cuenta la influencia que tienen las palabras con las que nos definimos sobre nuestro autoconcepto y autoestima, lo de la ramificación me parece más constructivo que el resto de adjetivos que conocía hasta ahora para describir el solape de ideas, el chorreo de imágenes continuo. El enredo y el olvido, uno detrás de otro.

Qué cruz, Señor. Y qué cansancio.

La solución pasa por saber cómo funcionamos los que, en lugar de caminar sobre una línea, nos conducimos entre un laberinto de emociones, posibilidades, recuerdos y asociaciones mentales. El hemisferio derecho de nuestro coco funcionando a todo lo que da. Para nosotros se convierte en una tortura el darle forma a un proyecto, estructurar una reunión o un discurso, hacer un plan de fin de semana.

Como contrapunto, menos mal, somos capaces de pensar fuera de la caja, expresión americana para definir a los que aportan soluciones diferentes y creativas a problemas de siempre. La ventaja es la velocidad, el problema es el caos y la hipersensibilidad.

Coger esa masa gigantesca e informe para convertirla en palabras se convierte en tarea casi imposible.

Te levantas pensando y te acuestas pensando. Y, a veces, sueñas pensando. Quizás haces más cosas que la mayoría, ya que se te ocurren más cosas que a la mayoría. Pero siempre tienes la sensación de que no has hecho lo suficiente, porque es imposible que el mundo real tome la velocidad de tu pensamiento.

Y maldices cada idea que llega en la ducha porque no puedes apuntarla. Sabes que desaparecerá para siempre jamás, devorada por los otros millones de ideas que están esperando en la cola, histéricas.

Y aguantas la respiración esperando a que salgan. Pero nunca acaban, las muy cabronas.

En los exámenes, lo aprendido llega mucho más rápido de lo que la mano puede reflejar y te da miedo que se te olvide, entonces apuntas palabras sueltas a toda velocidad en los márgenes, y a lápiz, para poder borrarlo.

Consecuencia de la velocidad en la escritura es la mala letra. Cuántas veces me llamó el profesor en la facultad para que le leyera el examen. Incluso a mí me costaba entenderme.

Cuando llega el momento de analizar una noticia, te aturde la sensación de no saber por dónde empezar. Eres capaz de colocarte en tantos ángulos que te mareas. El de al lado expone su opinión con total claridad, y sabes que la tuya está ahí, oculta en la maraña, pero no la encuentras.

Un arma útil para aliviar esta anarquía es la escritura. Cazar lo que orbita a mi alrededor y plasmarlo en un papel, a mano, porque así obligamos al cerebro a sintetizar y autorregular. A canalizar y regular. Escribir es, en esto como en todo, alivio y exorcismo. Menos mal.

Pequeños gestos cotidianos (o cómo hacer que tu vida sea mierda o maravilla)

En este verano aún pandémico estoy aprendiendo unas cuantas cosas, o mejor, confirmando algunas que ya me olía. Una de ellas es la consabida importancia de los hábitos, esas pequeñas cosas que hacemos o que no hacemos cada día y que, en treinta años, se convierten en una montaña. De mierda o de maravilla, según sea la cosa o la omisión de la cosa.

He vuelto al pueblo en el que crecí tras treinta años sin pisarlo prácticamente. Mis compañeras de clase, que en mi mente siguen teniendo catorce años, llevan coleta y visten un uniforme de pata de gallo azul tienen cuarenta y ocho, como yo, claro.

El contraste entre mi idea y la realidad, entre la de los ochenta y la del siglo veintiuno, es mayor o menor según eso que han repetido hasta la saciedad, ya sea deporte, beber como cosacas, olvidarse de sí mismas, estudiar, viajar, vivir en equilibrio, aprenderse, drogarse lo más grande, hundirse en el sofá o dibujar una sonrisa por jodidos que vinieran los tiempos.

Mentes tan consumidas como los cuerpos que ocupan, o seres de luz: felices, descojonadas, chorreando ganas.

Lo de siempre, las decisiones que un día tomaron y que detonaron el resto de decisiones, el resto de mañanas, de noches, de meses y de años. De décadas. El crecimiento o el hundimiento. La alegría o la degradación. Y entre ambos extremos, un abanico no demasiado variado, la verdad. No hay medias tintas en esto de joderse a una misma o de tratarse la mar de bien.

También he sabido de sus padres, aquellos que tenían nuestra edad cuando nosotras compartíamos pupitre. Los treinta años de repetición se han convertido en sesenta en su caso. Todo multiplicado a la enésima potencia. Dejando de un lado las escasas variables que dependen de la suerte, las existencias y los cuerpos y las almas bien tratadas siguen transitando con ilusión, que es causa y es consecuencia: el pez que se muerde la cola encantado de la vida.

Los que chorreaban amargura a los cuarenta y ocho, son un despojo a los setenta y ocho, como era de esperar.

De nada sirve lamentarse porque lo hecho, hecho está. Ojalá poder viajar al futuro para mirarnos en un espejo que nos cuente la cruda realidad, esa que es producto, casi siempre, de lo que nosotras queremos y nos queremos. De la historia que nos queremos contar. De si hemos sabido evolucionar o hemos dejado tantos vacíos sin llenar que el vacío se nos ha zampado vivas.

Ojalá aprendiéramos de los errores propios y ajenos y nos dedicáramos a pensar un rato al día quiénes queremos ser esta tarde, la semana que viene, dentro de cincuenta años. Y del pensamiento al plan: al paseo cada mañana; a venerar la belleza en toda su extensión, empezando por nosotras; a decir que no a lo que nos jode y perseguir lo que nos abraza. A darnos cuenta, lo primero, y a hacernos cargo, lo segundo.

Ojalá, poder viajar al pasado para contarnos todo lo que ahora sabemos y conseguir que la de catorce aplauda a la de ahora. Y la de ahora a la de setenta y ocho. Con eso lo tendríamos todo.

             

Reaprender a relacionarme: simple, pero no fácil.

No podemos elegir lo que no sabemos que existe: repito esta frase cada día por varias razones. Porque, para mí, la felicidad radica en decidir, en elegir, y también en avanzar. Y no hay avance sin conocimiento, sobre nosotras mismas, sobre el mundo, sobre el producto de mezclar todos esos elementos.

La frase aplica a un vestido, a un sueldo, a una ciudad o a una manera de vivir y comportarse. Pasarse la existencia encerrado en uno mismo, en tu burbuja, en lo de siempre, en lo que ya sabes solo lleva a la ignorancia de una vida mejor al otro lado del muro. Al humano le encanta lo conocido aunque lo conocido le joda vivo. Le encanta aferrarse a su “Yo soy así” aunque eso le convierta en la mitad de lo que realmente es.

Los patrones en las relaciones no escapan a esta realidad. Nos tratamos y tratamos teniendo en cuenta lo que nos han enseñado, o mejor, lo que hemos aprendido. Si hemos aprendido dulzura y respeto en nuestra familia, así actuaremos. Si hemos aprendido gritos e imposición de poder, tiraremos por ahí, sometiendo o sometiéndonos. O nos enseñan que podemos decir que no, que hasta aquí, que a mí me hablas bien o dejaremos que nos vapuleen por los siglos de los siglos. O vapulearemos. O las dos cosas.

Lo que nos inoculan en nuestras familias, de pequeñas, determinará quiénes somos el resto de nuestra vida. Qué miedito, ¿no? Tranquila, falta la segunda parte: a no ser que descubras otras maneras de relacionarte y decidas aprenderlas, cueste lo que cueste, porque de todos es sabido que aprender un idioma es mucho más difícil a los cuarenta que a los cuatro. Difícil, pero no imposible. Las ganas todo lo consiguen, y la acción, claro. Nadie dijo que rebelarse no doliera.

El mecanismo es simple, que no fácil. Lo primero: interiorizar el hecho de que la mayoría de los “Yo soy” son en realidad “Yo estoy” o “Me han enseñado que soy”, un poco como la caverna de Platón: no veo todo lo que hay, así que me convenzo de que no hay. Lo segundo es estar dispuesto, querer cambiar, ser una esponja en todos los momentos de nuestra vida; olernos que esas sombras de la caverna me ocultan una verdad que quiero explorar, y echarle ovarios, porque la valentía es otro ingrediente indispensable en esto de cambiar, aunque sea para bien. Porque no todos están dispuestos a aceptar que vas a pirarte del lugar en el que te colocaron: pues tú verás si te acostumbras o te piras, en tal caso: ADIOSITO.

Paralelamente, es necesario generar un criterio que nos ayude a filtrar lo que sí nos gusta y lo que no (los gritos, el cariño, la tensión, la paz, la reflexión, el control extremo, la buena gestión), porque no todo vale. Y validar el criterio, claro, porque la inseguridad nos lleva a buscar aprobación ajena y eso es entrar otra vez en la rueda de hámster. Las opiniones son como los culos, cada uno tiene el suyo y el tuyo es tan divino como todos los demás.

Como siempre, la clave para mejorar está en la observación de esas conductas que nos gustan, que nos atraen más que la que hemos practicado hasta ahora: observamos a la que es ordenada porque eso le facilita la vida; a quien respeta; a quien considera a sus semejantes como semejantes y no como esbirros; a quien es capaz de gestionar sus emociones; a quien cumple su palabra; a quien crea belleza con su presencia, en su casa, en sus conversaciones; a quien es detallista y ofrece un regazo blandito y amable; a quien es educado en cualquier situación; a quien es capaz de decir que no y establecer límites. A las familias que se tratan como familia, y no como un enemigo a machacar.

Observamos y nos convencemos de que podemos ser así, porque queremos ser así, lo que pasa es que no lo sabíamos. Así que vamos a desgranar cada detalle de esas conductas: cómo se organizan, qué es importante para esas personas, qué es lo que siempre hacen y qué es lo que nunca, qué decisiones toman, sus porqués y sus para qués; podemos, incluso, hacerles preguntas, porque seguro que están dispuestos a ayudarnos. Nos contarán, seguramente, que les sale de forma natural porque así lo han vivido desde la cuna. Y nos daremos cuenta de lo importante que es transmitirles lo correcto a nuestros hijos, si los tenemos.

Una vez observado y desgranado todo ese mogollón de comportamientos que nos gustan y queremos implementar, solo nos queda copiar. Ojo, que no se trata de convertirse en otra, sino de reaprender y adoptar una postura vital que nos acerque a esa que queremos ser, a generar vínculos que sean vínculos y no guerras, y no ignorancia, y no Yo mando y tú obedeces, y no competición. A un camino que tenga que ver con lo que es realmente importante para mí y que he ignorado hasta ahora porque me contaron que solo había una manera de vivir y relacionarme, una que me convertía en esclava de esquemas ajenos, que me obligaba a someterme a designios que no tienen nada que ver conmigo.

Ya va siendo hora de conquistar la libertad, querida.

     

Cosas que he aprendido (esta semana)

Que amo el silencio por encima de unas cuantas cosas y que por eso voy a perseguirlo. Vale, esto ya lo sabía, pero no hago más que corroborarlo. Que hay un pueblecito en el Baix Empordá llamado Monells que es sumamente medieval, bonito y silencioso donde pienso pasar algunos días de mi vida, porque hay lugares que te abrazan en cuanto los vislumbras y a los abrazos hay que hacerles caso.

Que hay abrazos que no caducan, que no decaen, como esos que me estoy dando sin pausa y sin prisa con las amigas con las que compartí colegio durante tantos años. Que hay personas con las que todo está contextualizado, que son desde siempre, que son familia, que son esa parte de ti que se quedó por el camino mientras crecías o decrecías, según el caso. Que treinta años no son nada si aquel chaval con el que paseabas en moto durante horas sigue siendo igual de amable, de risueño y de tierno que a los quince. El fondo, la forma, lo de siempre.

Que las casas, los cuerpos y los cerebros se estropean si no los usas, si no los aireas, si no los mantienes. Que el cuerpo más bonito del mundo se convierte en escombro cuando lo maltratas y que la mente se derrite con esa misma facilidad. Que eso que haces cada día un poquito es una barbaridad al cabo de treinta años, ni te cuento al cabo de sesenta,  y es lo que define quién eres y quién serás. Puede ser beber, hacer ejercicio, drogarte, leer, pasear, regodearte en tu propia mierda o compartir tiempo con gente maravillosa, tú eliges. Que, lamentablemente, a veces solo te das cuenta cuando ya no hay marcha atrás y que, afortunadamente, muchos estamos aún a tiempo de tomar las decisiones adecuadas: esas que nos harán aplaudir cuando no quede tiempo hacia delante y hayamos celebrado todo el que hay detrás.

Que no hay mayor aprendizaje que observar a los que ya lo han hecho, o a los que no lo han hecho. A los que lo hicieron bien y a los que lo hicieron mal. A los que se dejaron llevar o a los que agarraron el volante.

Que la Sol de cuarenta y ocho le arrearía bastantes más collejas a la de doce que a la inversa. Por qué tan obediente, por qué tan responsable, por qué no seguiste escribiendo, so gilipollas. Menos mal que aquí estás, ensimismada ante el teclado mientras tus adolescentes duermen. Menos mal que un día decidiste preguntarte, chata.

Que la adolescencia va por libre y no tiene nada que ver con tu voluntad o con tus sermones y que mejor es respirar y rezar para que todo salga bien en lugar de darte cabezazos contra muros ajenos. Y mientras tanto disfrutar, ir un poco a tu bola. No te lo están haciendo a ti, solo les está pasando. No tienes la culpa. No hay que empujar todo el rato. Nada es tan grave, ellos tampoco.

Que la sabiduría no es otra cosa que observar, elegir y aplicar. Que la valentía, la creatividad y la ambición se entrenan, como todo. Que la ambición no es querer tener más, sino querer ser mejor. Que ser mejor es saber más.

Lo que yo quiero ser.

Escribo estas letras sobrevolando el Atlántico. Voy hacia mi querida Ciudad de México. Y me leo y me emociono. Hace exactamente dos años andaba yo por tierras mexicanas, en un momento en el que necesitaba estar en casa, arropada por mi familia elegida, que es la mejor familia. Y es que, como comentaba hace poco mi querida Anne Igartiburu, el hogar está donde está tu amor. Y mi mucho de mi amor está esparcido entre Polanco, la Roma, nuestros desayunos en el jardín del Four Seasons y los paseos por la avenida Amsterdam.

Doce horas de avión dan para mucho. Para mucha lectura, mucho pensar y mucha película. Tenía pendiente desde hace años ver “El exótico Hotel Marigold”. Tenía pendiente desde hace meses, también, estar a solas con esta cabeza mía, tan dispersa, tan movida, tan cansada últimamente. Y de la combinación entre película y soledad ha surgido una idea. Qué bien, cuánto hacía que no pensaba sin prisa, que no se encendía esa chispa que me lanza sobre el teclado. Escuchaba el otro día en una charla TED que una idea es cualquier cosa que puede cambiar la manera en la que la gente ve el mundo. Y una idea es, también, cualquier cosa que puede cambiar la manera en la que nos vemos a nosotras mismas. Para vernos es necesario, lógicamente, tomar el tiempo necesario para mirarnos.

En la peli, algunos de los personajes se regodean en la queja, en la amargura. Todos conocemos a algunas personas que pinchan como erizos, ante las que te mantienes en guardia porque no sabes por qué ni para qué, pero alguna razón encontrarán para aguarte la fiesta, por imposible que pueda parecer. Por reprochar e intentar que te sientas culpable. Alejémonos de esos, por favor os lo pido.

También conocemos, menos mal, a otros que deciden (porque es una decisión, que nadie se confunda) ponerse los cristales de colorines a la hora de contemplar el mundo y a sí mismos. Que contagian su dulzura, que son tu casa. Y siento la necesidad imperiosa de posicionarme. Se me olvidan los grises, el enorme abanico, las medias tintas. Solo me apetece el rosa, o mejor el fucsia. El fucsia chillón a más no poder.

Y se me ocurre que mi idea, la de hoy, es que, si la vida va de crear impacto, mejor inventar uno suave, brillante, blandito y divertido.

Mi idea no va de tener una vida fácil, sino una vida grande. Llena. Que se me salgan por las orejas los encuentros, las charlas interminables, los amigos nuevos y los viejos amigos.

Mi idea es que si voy a dejar huella, chorreará purpurina y lentejuelas. Y luz, para saber por dónde voy y para compartirla con otras. Yo quiero ser el abrazo, la sonrisa, el lugar seguro, la sal y la pimienta, el baile y las risas; catalizador, gasolina y trampolín. Y la alegría, siempre la alegría; el aire fresco o el abrigo, según convenga; el ejemplo de lo que sí, la valentía, la libertad; Quiero ser buena y justa; aplaudir, agradecer, perdonar y perdonarme; quiero ser tan sabia como joven, hasta que me muera de vieja.

Mi idea principal, desde ya, es generar cosas que cambien la manera en la que la gente ve el mundo y a sí mismos. Que lo vean mucho y que lo vean bien, porque no podemos elegir algo que no sabemos que existe o de lo que no nos creemos capaces.

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