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Lo que he aprendido en la cuarentena

Que perder el olfato es un asco porque me gustan mis olores: las velas de vainilla, el suavizante de las sábanas limpias, el bizcocho de naranja, mis decenas de potingues que huelen a relax y felicidad. Los olores son infancia, son besos, son verano, son noches locas. Voy a perseguir olores y voy a coleccionarlos aún más que antes. La elegancia, el buen humor y el hogar a veces no se ven, pero se huelen.

Que los desayunos en cafeterías ideales son mi oasis de paz y de observación: desde ellas escudriño cómo se relaciona la gente y quién soy yo frente a un té y una tostada, acompañada por el silencio que adoro. Que no voy a renunciar a ese rato de conexión por muy apretada que esté mi agenda. Que mi agenda se llenará en la medida que yo decida y he decidido que la que ha de estar llena soy yo: de aire, de espacio, de claridad.

Ya lo sabía y me reafirmo: caminar es mi manera de enfocarme, de generar ideas, de recibir lo de fuera sin soltar lo de dentro. De conocer y conocerme. Quiero calles y quiero Madrid, y quiero Manhattan, y quiero Ciudad de México y quiero Barcelona. También París en mayo. Quiero ciudades, porque generan información y me regeneran a mí. Quiero movimiento, porque me mece y me calma.

Que no he echado de menos a mis amigos porque han estado ahí, porque siempre están. Al teléfono, en la pantalla, en mi sofá, tumbados en la playa, qué más da. Me acompañan, me empujan y me hacen reír, desde mi lado, aunque sea a diez mil kilómetros.

Que la soledad es mi tesoro y que voy a protegerla a cal y canto, le pese a quien le pese.

Que ser útil es la fuente de felicidad suprema, porque en esta situación de mierda, encontraba la luz compartiendo con vosotras, que me leéis; contando chascarrillos, aportando unas risas y toda lo que he aprendido sobre lo que nos mueve o debería movernos; rescatando la pasión de entre mis cuatro paredes para ofrecérosla lo mejor que sabía.

Que tengo más paciencia de lo que pensaba: vaya sorpresa. Con mis hijos, conmigo misma. Que respondo bien cuando sé que la solución no depende de mí. Que acepto y me centro en lo que sí puedo hacer sin obsesionarme con lo que no. Contentísima me tiene esto, mira tú.

Que la seguridad la dan las herramientas que tengamos para manejarnos en cualquier ecosistema; que de nada sirve saberse los ríos de España si no conoces tus fortalezas, tus debilidades, tus talentos, lo que te gusta, lo que detestas. La vida hay que navegarla y a veces se te hunde el barco. No busquemos flotadores, aprendamos a nadar.

Que hay mucha gente con ganas y otras que miran la vida de lejos. Acerquémonos a los primeros, por favor os lo pido.

Que todo depende del para qué: para qué hago deporte, para qué comparto mi vida con tal o cual, para qué me levanto cada mañana. No el QUÉ, sino el PARA QUÉ. Ojo.

Que me gusta lo bello, lo impecable, lo ordenado, lo limpio. Las teteras blancas, las flores de colores, las sábanas de flores. Que voy a tener la cocina más bonita del planeta, porque no me gusta cocinar, pero sí las cocinas. Y punto.

Que me llevo estupendamente con esto que soy. Aleluya, ya era hora.

Que echo de menos quedarme a ver la tele de madrugada y dormirme en el sofá, despertarme ya amaneciendo y meterme en la cama. Que durante el mes que mis hijos estén de campamento, voy a hacerlo cada puñetera noche.

Que las sonrisas se esconden en un chaparrón de madrugada, mientras contemplas las calles desiertas, o en una terraza al sol de abril, o en los pájaros volando sobre mi plaza, o en un altavoz que a lo lejos canta “We are the world”.

Que el cine, como las cafeterías, son irrenunciables y por eso esta noche me voy a ver “Cinema Paradiso”, que es la película más bonita del universo, con mi amigo Paulo, que es el mejor amigo del universo. Como todos mis otros amigos, claro.

Que el dinero está para gastarlo en gustazos: en masajes, en tazas preciosas, en viajes, en comida de la buena, en revolcarte en la vida sin ningún tipo de contención ni mesura. Que cada uno se lo aplique como mejor vea.

Que no sabemos lo que pasará mañana y por eso hemos de anclarnos a lo de hoy y olvidarnos de lo de ayer porque ya no nos sirve. Que lo que nos sirve hay que descubrirlo, más que buscarlo.

 

 

 

 

Hay gente que quiere raro

Hay gente que quiere raro, que entiende el amor como posesión, como expectativa, como surtidor. Hay gente que no sabe que el cariño no se divide, sino que se multiplica. Hay quien dice querer mucho, pero lo importante es querer bien; dar lo que el otro necesita y no lo que a uno le da la gana ofrecer. Y tan importante como el QUÉ es el CUÁNDO y el PARA QUÉ. Hay quien defiende que el amor incondicional existe, y quizás es cierto, pero no debería. No es sano querer a quien nos hace pequeños, a quien nos ignora, a quien nos marea, a quien nos usa para su provecho aunque no se dé cuenta. El desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento y el hecho de que haya ignorantes emocionales no les da derecho a someternos.

Hay quien cree que el autoamor es egoísmo, pero es todo lo contrario. La vida empieza en uno y, desde ahí, hacia su entorno. Coloquémonos nosotras en el lugar que nos corresponde y a los demás no les quedará más remedio que situarse donde no estorben, donde aporten, donde formen parte de un baile armónico y no de una batalla campal.

Hay quien intenta convencerte de que nadie te querrá igual que él. Toda la razón. Y MENOS MAL. Porque el que no desea que elijas a quien querer es que se pasa tu felicidad por salva sea la parte. El amor es, ante todo, LIBERTAD. Nadie te la da, es tuya, aunque lo hayas olvidado. No es que tengas que recuperarla, solo sacártela del bolsillo y mostrársela al resto. Lo mío es mío, no hay manera humana de que me lo robes si yo no te lo entrego. Y no deberíamos entregarnos JAMÁS.  Ni prestarnos. Ni olvidarnos en aras de ocupar esto que somos con otras presencias, por divinas que nos puedan parecer.

Hay quien quiere raro y te quiere a ratos, a trompicones, con horarios y con chantajes. Lo lícito es sentir que intercambias, no que te aplastan, no que te apagan. No a regalar un precio excesivo por unas migajas de quien solo tú has colocado en un pedestal ficticio.

Hay quien quiere raro y se esconde, o se hace omnipresente, o las dos cosas. Hechos y palabras en direcciones opuestas. Grandes carnavales o miseria. Mucha forma sin fondo alguno. Exigencias, demandas, obligaciones, castigos disfrazados. Deberíamos vernos reflejados en el de enfrente. Brillar más cuando aparece. Ser más nosotras que nunca. Quien quiere bien es catalizador, no segadora.

Hay quien no respeta cuando decides que hasta aquí y se escuda en la imposibilidad de vivir sin eso que le das. La trampa mortal de creerte importante porque otro te lo cuenta. Somos naranjas enteras, somos el árbol entero. Queramos a pesar de no necesitar, porque necesitar a veces es raro y siempre es mentira. La necesidad es usar, es servir y es no ver al otro. Mejor querer sin carecer: elegir, decir “esto sí y esto no, porque lo quiero y punto”. Hay quien, si te dejas, te arranca la voluntad de merecer. Y te mereces el cielo, no lo dudes. Es preferible que te duela el alma a que te la roben.

Hay quien es y está. Y hay quien no puede estar porque el ser le queda muy lejos. Esos no valen, que se vayan a la mierda, o donde quieran. Cosa suya. Y hay quien te quiere valiente, libre, independiente, resolutiva, inteligente, lista, decidida, guapa, sociable, exitosa, hambrienta de sueños y viajes y belleza y vida. Esos son los que quieren normal. Y normal no siempre es común, a menudo es todo lo contrario.

 

 

 

 

Diez maneras de animarte (a la mierda con el bajón cuarenteno)

Si fuera psicóloga, seguramente este artículo se llamaría de otra manera. Pero soy coach, amiguis y lo nuestro va de generar un plan de acción que nos lleve desde donde estamos hasta donde queremos estar. Vivo en Guadalajara y me quiero mudar a Madrid, a ver cómo lo consigo; me he dado cuenta de que he de ganar más pasta para vivir como quiero vivir, planifiquemos cómo conseguirlo; me he propuesto ponerme en forma, vamos a por ello; hoy estoy de bajón y no me mola nada esta sensación, por mis ovarios que remonto. Y así la vida.

En este último caso, os digo que todas deberíamos tener un botiquín emocional a mano: un amigo, una canción, una peli, una actividad que me saquen del bucle mental de que vaya mierda más grande, que siempre estoy igual, que no le veo el sentido a nada, que no sé hacia donde tirar, que vaya plasta estoy hecha, que me aburro yo a mí misma, y vuelta a empezar.

De alguna manera le tienes que separar la boca de la cola a este pez del desasosiego, chavala. Empieza por donde menos te cueste y pide ayuda si es necesario. Habrá a quien una manipedi completa le salve el día; otras os lanzaréis, como yo, sobre el boli o el teclado para vomitar los revoltijos interiores.

Y a todas un chute de sustancias de las buenas, nos dejan finas filipinas. Aunque nos resulte difícil de interiorizar, hay cuatro hormonas que nos apañan un día malo: la endorfina, la serotonina, la dopamina y la oxitocina. Podría pasar tres años escribiendo sobre estas sustancias que generamos los humanos, pero seré breve y práctica, que no hay tiempo que perder. Aquí os propongo maneras de generar estas drogas naturales que mejoran nuestro sistema inmunológico, modulan el apetito y nos ponen contentas a más no poder:

1. Menéate: bailar, correr, caminar, lo que te de la gana. Una horita al día. ¿Por qué os creéis que propuse en Instagram el reto de los siete kilómetros diarios? Pues eso, a mover el pandero.

2. Tomar el solete, pero ojo, no en las horas de más calor y siempre con protección, que si nos arrugamos y nos manchamos conseguimos el efecto contrario: la mala hostia.

3. Cumplir objetivos: ojo, que no hace falta pisar la cima del Everest. Haz una lista de pequeños, o grandes objetivos. Leer los veinte minutos que te has propuesto, dejar la casa como una patena o acabar ese informe, practicar diez minutos de yoga. Qué gustazo da poner la crucecita al lado de la tarea.

4. Dedícale un rato (o muchos) a algo que te entusiasme y te interese: haz fotos, colabora con una ONG, aprende italiano, cambia los muebles de sitio.

5. Come saludable, y tú sabes lo que es eso: fruta, verdura, proteina, grasa en su justa medida, cantidades razonables. Fuera azúcar.

6. Escucha música: es salud, es belleza, es alegría y es dopamina.

7. Habla con tus amigos, abrázales en cuanto puedas y luego no pares.

8. Fornica, pero ojo, aquí hay que mirar con quién, que te puede salir el tiro por la culata, generar oxitocina a chorros durante una hora y luego llorar durante un mes. No a los Mareadores, no a nada que no te haga sentir como una reina, que es lo que eres.

9. Medita: hay mil aplicaciones para ello. Yo estoy siguiendo los veintiún días de meditación con Deepak Chopra. Por cierto, te recomiendo su libro “Las siete leyes espirituales del éxito”, todo ciencia y sentido común. El éxito es ser feliz, ni más ni menos.

10. Haz un Marie Kondo exhaustivo vital: o sea, limpia tus armarios, tu tiempo y tus relaciones. Quédate con lo que te haga sentir divinamente y manda a la mierda lo que no te aporte, sea un jersey que no te pones, un trabajo que te hastía o una persona que te absorbe la energía, sea un vecino, tu compi de oficina o tu madre. Así de crudo y así de necesario. Verás que bien te quedas.

Y podríamos seguir, pero con esto tenemos suficiente. Hormonémonos, chavalas, pero desde dentro.

Lo que nadie puede hacer por ti.

Nadie va a ser feliz por ti, ni nadie te va a hacer feliz por mucho que quiera, porque tuyo es el poder y tuya la responsabilidad de perseguir eso que para unos está hecho de cantar, para otros de curar gente y para otros de escalar las montañas más altas, sean reales o figuradas. Cada uno con lo suyo. Nadie puede decidir si lo que quieres en la vida es conseguir la tranquilidad suprema, o ganar pasta como si no hubiera un mañana, o aprender algo nuevo cada día, o viajar sin parar, o todo junto, porque nadie siente tus mariposas estomacales, ni tus vellos como escarpias, ni nada de lo que te indica que esto sí, así sí.

Nadie va a conseguir que te quieras a lo loco, por mucho que te cuente cómo hacerlo. Él no puede, ni tiene por qué, saber qué te revuelve, qué te emociona, qué te apasiona, qué te hace perder la noción del tiempo. Se lo puedes contar tú, pero primero has de averiguarlo: arrancar las capas, las costras formadas a base creencias, costumbres y miedos que otros posaron sobre ti, convirtiéndote en mucho menos de lo que en realidad eres. Nadie te va a convencer de que la vida va de perseguir pasiones si no sabes hacia donde tirar porque un día se te olvidó que importabas. Pero nunca es tarde, si la dicha es buena. Y lo es, créeme.

Nadie escribirá, en un año, 1.000 cosas que te gustan. Porque escribirían lo suyo, y resulta que tú no soportas el café por muy bien que huela; ni vivir en el campo, que te aburre como una ostra y te pone nerviosa; y te tranquiliza Nueva York porque te sientes parte de algo más grande y porque tiene parques enormes y maravillosos donde las señoras del Upper East Side pasean perfumadas a sus perros perfumados. No lees a Murakami, tan espeso, y te flipa que se haga de noche pronto en invierno. Te agobia el verano, porque hace calor y te quedas pegada y aplatanada, además la solana te arruga y te mancha el jeto, que ya no tienes veinte años. Menos mal.

La ilusión la chorreas tú, desde el fondo de tus entresijos, o no la chorrea nadie en tu lugar. Por el concierto de tu cantante favorito, ese que no le gusta a tus amigos; por salir a caminar nada más amanecer, cuando hace frío porque te gusta el frío, y cuando hace calor porque a las seis de la mañana aún es soportable. Por aprender a hacer pizza casera, o bizcocho de chocolate, o esa postura de yoga que lleva años resistiéndose. Eres la hostia, y punto. Sin la postura también, pero ahora más.

Nadie va a señalarte lo que más deseas, porque entonces vivirías su vida y vivir la vida de los otros es una mierda. Espabila, que solo hay una, que lo de la reencarnación está por demostrar y esto no es un ensayo, y se hace corta mientras disfrutas, muy larga si sufres. Mejor corta y salvaje. Y plena. Y a tu manera, que ya lo dijo Sinatra, que de eso sabía mucho. Los otros que se apañen con lo suyo, que bastante tienen. A quién le importa, esto lo cantó Alaska, que también es lista de narices.

Nadie va a tocar el silbato que te anuncie que el momento es ahora, que te empuje hacia tu destino, que empiece a comer sano, a hacer deporte, a estudiar, a divorciarte, a buscarse un maromo en condiciones, a ponerte monísima, a buscar ayuda porque sola hay cosas como que no, a buscar un curro que te encienda una sonrisa cada mañana, a vivir en una casa que te encante, a viajar, a pensar en ti, a tener tiempo libre, a respirar, a saber que eres capaz y que debes serlo porque hay cosas que nadie va a hacer por ti. Nadie.

 

“Mareadores Cuarentenos”: el musical.

Los cumpleaños, la Navidad, el Año Nuevo son excusas que el mareador espera como agua de mayo. Verás qué bien. Yo felicito, deseo todo lo bueno y, de paso, aprovecho para marear, que es lo mío. Estoy resumiendo mucho y, a veces, el pensamiento del mareador no es TAN consciente. Él nota unas cosquillitas, algo le falta, pero un 18 de marzo cualquiera le cuesta más encontrar la frase perfecta para llamar tu atención. Lo suyo es hacerse pasar por un ser educado y ZASCA, recordarte que existe, que te mola mucho y que, en algún rincón de tu corazoncito, albergas la esperanza de que se convierta en una persona normal y sus llamadas de atención tengan algún otro fin que no sea mantenerte pendiente de él hasta la eternidad.

Y llega una pandemia mundial, con su cuarentena de final incierto. Y el Mareador ve el cielo abierto, la oportunidad perfecta para preguntarte cómo lo llevas, comentar las mil noticias diarias, aprovecharse de tu tiempo libre, de tu aburrimiento y de su morro. No hay páginas en este blog para incluir la cantidad de mensajes que me habéis enviado haciendo referencia a este fenómeno paranormal. Tíos con los que llevabas cinco años sin hablar y que ahora te proponen saltarse la cuarentena para pasar por tu casa (de todos es sabido que la jeta del Mareador lleva asociada una inmunidad para el coronavirus desconocida por los del CSIC). Mareadores casados que, sentados en el sofá al ladito de su esposa, te envían guarrerías varias. Exmaridos que, de repente, sienten una nostalgia infinita, un amor desmedido, un arrepentimiento nunca conocido antes por la humanidad. UNAS ANSIAS DE MAREO COMO LA COPA DE UN PINO.

En el mejor de los casos ignoras el mensaje, porque lo veías venir. Porque llevas unos cuantos mareadores a tus espaldas y sabes que la ocasión le es propicia a este espécimen. En el peor de los casos, te planteas que esta situación surrealista que estamos viviendo, realmente hará mejores a muchas personas, les enseñará lo importante de la vida. Y resulta que lo importante en la vida del mareador eras tú, solo que no se había dado cuenta y por eso, de cada diez veces que te llamaba, quedábais una, con suerte; por eso desaparecía un mes sin dar explicaciones y aparecía como por arte de magia diciéndote cosas bonitas e inventándose las cinco muertes de su abuela. El caso es que ha cambiado, porque de todos es sabido que la gente cambia de manera radical pasados los treinta y ahora se muere por tus huesos.

Y tú te lo crees, manda huevos.

Días y noches pegada a la pantalla, juju jaja, que mira que nos lo pasábamos bien, que mándame una foto cachondona, que mira la que te mando yo. Que te echo de menos, que nos veremos pronto. Que lo de tener novia o estar casado tampoco es para tanto y es que ahora no me puedo separar porque mira tú la situación, a ver cómo encuentro yo un piso con la mascarilla puesta o cómo le digo a mi parienta que se lo busque ella, con lo depre que está con el ERTE. Imposible, pero ya verás que en cuanto nos lancemos a las calles, tú y yo pasearemos de la mano.

Y una mierda, amigui.

Me apuesto todos mis outfits cuarentenos a que, cuando la normalidad llegue, si no antes, el Mareador Cuarenteno desaparecerá. Mutis por el Forro. Si te he visto no me acuerdo y si te he mareado, tampoco.

Volverás a buscarle explicaciones a tan extraña e hijoputesca conducta y volverás a no encontrársela, básicamente porque no la tiene desde un punto de vista racional. El humano es así de complejo y así de egoísta. De nada sirve dejarte las neuronas en justificar comportamientos ajenos, mejor te centras en comprender el propio: ME HA VUELTO A PASAR.

Por enésima vez.

Y lo peor es que lo sabía.

Porque lo sabías, pero entre serie de Netflix y clase online de yoga te despistaste. Normal. Si tu Mareador Cuarenteno ya se ha pirado de tu pantalla, aplaude, eso que ganas. Si sigue ahí, dándote matraca porque en su Comunidad Autónoma no han entrado en Fase 1, en tu mano está el recordarte que tú no estás para hostias y que esto ya lo has vivido. A otra cosa, mariposa.

Entre los muchos síntomas del coronavirus no está la transformación radical en personal empática y ética, pero sí el estar blanditas porque la soledad, la incertidumbre y la preocupación nos afectan, como es normal. Céntrate en ti, querida, en llenarte de cosas que incluso ahora puedas conseguir: lectura, ejercicio, conversaciones con amigos que te den la vida, directos de gente interesantísima. Llénate de ti, los demás están de paso y los mareadores, ni eso.

 

325 gilipolleces que me hacen feliz (sí, también en cuarentena).

301. Quedarme viendo “Chicago Fire”, en Prime Video, hasta las mil. Nunca un bombero fue tan guapo como Kelly Severide. Hay bellezas demasiado impresionantes como para ser comprendidas. Lady Gaga lo tuvo a su vera durante cinco años, nunca fue tonta ella.

302. Las torrijas de Balbisiana. Las encargo para que me lleguen los sábados. Para que mis niños y yo sintamos que el fin de semana se diferencian del resto de días uniformes de esta cuarentena.

 

303. Leer las revistas de moda, ilusionarme viendo unas gafas imposibles, planear viajes a todas esas ciudades que nombran. Abstraerme de obligaciones y responsabilidades. Dedicarme un rato a mí porque sí.

304. Apagar el móvil, porque el ansia de conexión me desconecta y a mí eso no me gusta.

305. El último libro que me he leído “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes”. Cuando lo terminé pensé que no debía escrbir más. Qué chorreo de talento, de sensibilidad, de valentía. Leedlo.

306. Los tomates raf. Me enviaron una caja desde soloraf.es y, si así saben los tomates, yo no me había comido un tomate en mi vida. Me los tomo para desayunar, para merendar. Con aceite y sal, con burrata, con nada.

307. La pandemia me está convirtiendo en una señora británica. Las ansias por rodearme de belleza me han llevado a comprar una tetera, una lechera, una huevera, un salero y una taza todas blancas con filo plata. NO me caben las tazas en casa. Cómo disfruto hacíendome un huevo pasado por agua que, milagrosamente, me sale perfecto desde el primer día. Untar pan del bueno en esa yema brillante, sorber té, respirar.

308. Comer a deshoras, comer alimentos sabrosos: queso con uvas, cecina de la buena, pan con tomate y jamón. Desde que recuperé el gusto no desperdicio la ocasión. Creo que lo único a lo que antes no le daba demasiada importancia y ahora sí es a saborear sin mesura.

309. Mis rituales nocturnos: acostar a los niños, ducharme con aceites que huelen a gloria, abrigarme, salir a la terraza, contemplar el silencio de mi plaza de Olavide. Estar conmigo, por fin.

310. Hacer deporte, quién me lo iba a decir a mí. Desde que, con Reto48, conseguí que se convirtiera en un hábito, no hay día en que no menee este cuerpo serrano.

311. Planear mi nueva cocina, que va a ser bonita a más no poder. Miro en Pinterest, en Instagram, por todas partes. Cambio de idea: del blanco al gris antracita, el horno arriba o abajo, con isla o sin isla.

312. Los memes cuarentenos. Me muero de la risa. Me sorprende y me fascina lo ocurrente que es alguna gente.

313. Los días soleados, que no están abundando demasiado. Nunca me han molestado los días nublados, pero ahora mismo, sentarme en mi balconcito de buena mañana y notar el calorcito del sol de abril y mayo se me antoja como un placer incomparable.

314. Las croquetas, porque he aprendido a hacerlas y me salen bestialmente buenas. De nuevo, al recuperar el sentido del gusto se me antojaron las croquetas de mi madre. Jamás le he preguntado sobre la receta porque ni me gusta cocinar ni me iban a salir igual de buenas que las suyas. Pero, ay, cómo es la necesidad. Si llego a saber lo sencillito que es, aprendo mucho antes. Tengo un truco estupendo, que es hacer croquetas de medio kilo, para convencerme de que me he comido tres cuando, en realidad, me he zampado nueve.

315. Esta canción.

316. Comprobar que me llevo la mar de bien conmigo misma.

317. Que todo mejore; que haya mucha gente ya curada; que, pese a todo, haya esperanza y solidaridad. La mayoría de la gente es absolutamente maravillosa.

318. Que, desde que dejan pasear a los niños, los adultos los miren como si fueran el Mesías. Sus caminatas son señal de mejoría.

319. Los gritos de los chicos de la frutería de debajo de mi casa. Abren muy temprano, a las ocho y media. Cantan bachata, discuten, se rién con ese salero estupendo que tienen los dominicanos. Me hacen compañía.

320. Comer naranjas dulces que he cortado y colocado en un cuenco bonito. Sí, seguimos con los sabores y con el menaje.

321. Mis nuevas sábanas de flores. Siempre son grises, pero ahora necesito campo.

322. A conjunto con la tetera, un camisón blanco con el que no dormiré pero sí iré a la playa y una bata para estar por casa, blanca también, con bordados. No he llevado bata en mi vida, y menos bonita. Soy de chándal viejuno, pero Laura, de librería Amapolas, me inspira con sus outfits y de aquellos barros estas batas.

323. Que las plantas de la Fabulofi hayan aguantado vivas un mes sin que nadie las haya regado. Pensaba mucho en ellas y en lo triste que me pondría cuando me las encontrara chuchurrías, pero Sofía y Encarna son unas tías de lo más fortachonas.

324. Confiar en que la gente lista y científica del mundo va a encontar tratamiento y vacuna para el bicho.

325. Vosotras, acompañándome siempre. GRACIAS.

 

 

 

 

La cuarentena no cambia nada, lo cambias tú.

Hay quien defiende que, tras la pandemia, seremos otros. Más listos, más motivados, con la prioridades claras a más no poder. Discrepo. Estoy convencida de que hay seres completamente impermeables a los estímulos externos, por devastadores o iluminadores que estos puedan ser. El que no tiene plantada en su sesera la semilla de la ambición, entendiendo esta como el impulso para ser mejor, no va a generar ningún cambio, ni para bien ni para mal.

Cada día,  antes del encierro, la realidad nos abofeteaba y, si entonces nos quedábamos contemplando la vida pasar, tras la cuarentena permaneceremos inertes perdidos. Hay quien es testigo y hay quien es actor, no de pelis, sino de hacer.

Esta situación surrealista sí será catalizador para aquellos que rebosan chispa y que, por unas cosas u otras, no han podido disfrutarla en todo su esplendor. He perdido el tiempo, me he infravalorado, quiero aprender, esto depende de mí y de nadie más, no voy a dejar que otros elijan por mí. Ya sé donde estoy y también hacia adónde voy. Empiezo a caminar y empiezo hoy, que hay mucho que leer, hacer y experimentar fuera de las calles. Podemos decidir mientras nos ducharmos o antes de ir a dormir. Y podemos gestionar lo único gestionable, ahora y siempre: esto que somos.

En otros casos, el confinamiento sirve para reafirmar. Algo va bien cuando echas de menos tu rutina, cuando en las tantas horas que pasas mirando al techo, recuerdas la ilusión de tus mañanas y quieres volver a ellas para hacer más y mejor. Todo está como tiene que estar cuando sientes que, al otro lado de tus muros, hay personas con las que contar e, incluso, cantar. Y aplaudir. Y reír como salvajes con una pantalla de por medio. Si ya celebrábais la vida antes, lo que vendrá va a ser de órdago. Si te agarras a lo conocido porque un día lo elegiste y no se te ocurre que haya nada que te vaya a procurar más felicidad, todo va bien. Porque esto pasará y volveremos a lo que queramos volver: sea el hastío o sea la alegría.

Yo voto por lo segundo, por mi caminata cada mañana hasta mi oficina, por los olores de pastelerías y las floristerías, por mis rituales, que me hacen sentir bien: cuelga el abrigo, hazte el té, abre las ventanas, contempla esos balcones tan luminosos. Quiero seguir caminando las calles de este Madrid que me enamoró desde la primera vez que lo pisé. Y sí, en algún momento de estas tres semanas habría preferido tener un jardín para soltar a mis retoños, pero por nada del mundo, siendo sincera, cambio mi Chamberí del alma por el extraradio. Adoro mi balconcito desde el que hablo con los vecinos y con el frutero de la esquina, al que le gusta mi condición de catalana: bon dia, bona tarda, todos los días.

Voy a seguir escribiendo, porque es lo que me llena y lo sé porque empecé tarde, tras mucho vaciarme buscando en lugares que no me pertenecían. Ahora me pertenece este y, lo más importante, me pertenezco yo. No somos de nadie, aunque a veces nos engañemos. No somos de nuestros padres, ni de nuestras parejas, ni de nuestros hijos. Nosotras como esencia y como eje y, desde ahí, me relaciono con el resto. Pero no me pierdo, no me diluyo. Eso ya pasó. Solidifiquémonos, para que nos empujen, pero no nos tiren. Qué bien va escribir para fijar los cimientos.

Voy a procurarme, en cuanto pueda, la cocina más maravillosa del mundo. Porque lo he ido retrasando y hasta aquí hemos llegado. Porque me la merezco y porque ya la pagaremos, nos quitaremos de otro lado que no sea tran prioritario como tener la casa más bonita que pueda tener. Porque mi casa es preciosa, pero no todo lo que podría, que es una barbaridad y una salvajada. Y yo defiendo el disparo al centro de la diana, tocar el cielo, aspirar al diez. La contención a la mierda como principio vital básico.

Pasaré, si nos dejan, el verano en mi isla, con mis amigas beodas, en mi mar color esmeralda, bailando todas las noches que pueda, comiendo montaditos en Santa Gertrudis, pizzas en Pinocho, arroz a banda en Can Pujol. Me escaparé con mi pandi a Formentera, a bailar con los italianos, leer revistas de cotilleo en la hamaca y morirme de la risa, exactamente igual que los últimos treinta años. Y este año me llevaré hasta allí a muchos amigos, porque voy a compensar la distancia de estos días, porque estamos acumulando mucho abrazo y muchas charlas.

Qué buena ocasión nos está dando la vida para experimentar con nuestros sueños, para practicar eso de vivir cuatro días como si ya hubiéramos tomado una decisión, a ver cómo te sientes. El encierro es un paracaídas para muchos asuntos, aprovechémoslo. Planeemos, fantaseemos, diseñemos una vida ideal y comparémosla con la real. Y trabajemos para que la una se parezca peligrosamente a la otra.

Ocho truquis para mantener la motivación

Y es que no es fácil tener siempre ganas, mirar directas a la diana de nuestros objetivos y llevar a cabo las acciones para llegar hasta ellos. No tengo un buen día, la meta está demasiado lejos, ya no le veo el qué a eso en lo que me empeñé, etc.

Lo primero sería asegurarnos de que quieres eso que crees que quieres y que lo quieres por las razones correctas (para ti, ojo). Un ejemplo fácil: la dieta a la que te sometes para estar monísima de la muerte (ya sea engordando o adelgazando, que parece que el peso ideal solo se consiga perdiendo). No hay semana que no te la saltes. Quizás, en el fondo, a ti te importe un huevo lo de estar mona o quizás tú te ves divina tal como estás y andas a base de lechuga y/o batidos de proteínas porque tu entorno te ha puesto la cabeza como un bombo.

O puede que quieras ganar o perder esos kilos, pero no por estética, sino por salud y ese cambio de perspectiva sea lo que necesitas para mantenerte firme cual roble. No es el por qué, sino el PARA QUÉ lo que hace que nos movamos en la dirección correcta. Apunta tus para qués y échales un ojo cada día. Será por libretas monas…

Lo segundo, una vez definido el objetivo con detalle, es tener claro que es posible y saber cómo vas a medir que lo has conseguido. Ponte siempre un plazo temporal. No me vale “Voy a crear un blog un día de estos sobre algo de comida”, pero sí “Voy a crear un blog con recetas veganas que se cocinan en diez minutos y va a estar listo en un mes”. Si en un mes tu blog está en la red, listo y preparado para que el planeta lea sobre tu arte culinario, lo has conseguido.

Cuéntale tu objetivo a gente con el mismo criterio que tú, para que te apoyen, te aplaudan y te animen. Te quieres mudar a Londres y has de currar un montón para conseguirlo; qué bien que tu amiga es de las que piensan que viajar es lo mejor del mundo y que si eso es lo que tú quieres, palante. El otro lado de la moneda es alejarte de los aguafiestas, qué pesaos. Ni puñetero caso.

La agenda es la herramienta básica y suprema de la organización y, en muchos casos de la motivación: describe los pasos que te van a llevar desde donde estás hasta donde quieres estar y agéndalos. Si quieres ganar cinco kilos en dos meses quizás tengas que 1) Buscar un nutricionista 2) Buscar un entrenador o un gimnasio 3) Ir al súper 4) Organizarte las comidas 5) Agendar los entrenamientos 6) etc.  Si quieres crear una web decidirás 1) Si lo haces tú y necesitas formación para ello o si pides presupuestos a profesionales 2) Qué textos van a aparecer 3) Si necesitas fotos y de dónde las vas a sacar 3) Qué secciones serán necesarias. En este otro post os di varios tips sobre el arte de agendar como las loquis.

Cada una sabe cómo funciona su cabeza y qué necesita para mantener las ganas: hay quien hace deporte con música hipermarchosa, para así motivarse; quien pega fotos en la nevera de cuando tenía un tipazo; quien pega fotos en la nevera del momento actual, con una forma física horrenda; quien tiene un corcho con fotos que le recuerdan aquello que desea, sea una casa con jardín, hacer yoga cada día o mudarse a París. Todos hacemos lo que hacemos porque el beneficio al conseguirlo es mayor que el coste. Recuérdate el beneficio como sea, tenlo en mente a todas horas.

Una cosa detrás de otra: a veces se nos acumulan los pasos unos encima de otros. Elige uno y termínalo. Olvídate de que están todos los demás. Concentración a tope.

Ten un listado de lo ya hecho. Apuntar cada mínimo logro te empuja a seguir logrando. Si esta semana has conseguido leer una hora al día, ir al gimnasio tres veces, estudiar los cinco temas que te propusiste, organizar las comidas divinamente o quedar con esa amiga a la que tantas ganas tenías de ver, escríbelo y tenlo visible. Has conseguido salir puntual de casa cada día y no has corrido como las locas para llegar al trabajo, has ahorrado, hace dos meses que llevas la manipedi impoluta: APÚNTALO.

Piensa en la persona que serás cuando hayas conseguido eso que deseas: estarás tranquila, orgullosa de ti, con una autoestima acojonante. Date cuenta de que tú eres la única responsable de lo que te pase. Eres poderosa porque tienes el poder de que te pase lo que quieres que te pase. Cuando vengan pensamientos chorras sobre tu posible incapacidad, piensa en qué momento te sentiste así antes. Cuándo alguien te hizo sentir insegura. Eso ya pasó y lo que cuentan los demás tiene que ver con ellos, no contigo. Tatúatelo.

Y, por último, lo primero: te mereces conseguir eso que te has propuesto, vivir con ilusión, sentir que avanzas hacia el lugar que a ti te dé la gana, salir de la rueda de hámster, chorrear autoamor, ser la jefa de tu puñetera vida.

300 gilipolleces que me hacen inmensamente feliz

Porque con las anteriores listas no tengo suficiente. Porque, afortunadamente, cada día hay más.

276. Madrid: las luces de la Gran Vía, las tapas de la Plaza Santa Ana, el karaoke de Mostenses. El camino desde mi casa hasta la Fabulofi, enfrente de ese edificio divino de la SGAE. Ir a ver a Laura a librería Amapolas, comer en el Sr. Ito de la calle Pelayo, oler las flores de “Margarita se llama mi amor”. Observar a la gente, charlando y merendando en “La Duquesita” cuando hace frío en la calle.

277. Esta canción.

278. Ir al cine entre semana, porque sí.

279. Ver Notting Hill por enésima vez.

280. Timothée Chalamet.

281. Los desayunos después de una noche loca, comentando mil jugadas.

282. La conexión con alguien a quien nunca has visto.

283. Renovarse: casas nuevas, olores nuevos, trabajos nuevos, ropa nueva.

284. Salir de noche después de mucho tiempo, los tacones tirados en el sálón a la mañana siguiente, los restos de los espaguetis que te has desayunado bien resecos, la afonía.

285. Las risas con Mabel, meternos la una con la otra y morirnos de la risa. La complicidad.

286. Hacerme amiga de desconocidos simpáticos en los bares.

287. Aprenderme un poco más.

288. Este libro.

289. Esta película.

290. Hacer deporte cada día. La satisfacción de lograr objetivos. Sentir que los pulmones se llenan de aire, que hoy llegas más lejos que ayer. Comprarte mallas divinas porque sabes que las vas a usar.

291. Pensar que en mayo vuelvo a mi amado México en un viaje que, estoy convencida, va a ser un antes y un después. Como todos, pero más.

292. “La jaula de las locas”, el musical. Lo tenéis en Madrid hasta finales de mayo. Y no, no me pagan, me cobran. Qué buen rollo, qué risas, qué buenos están las bailarinas (y no, no me he equivocado en el género de adjetivo y sustantivo). Id.

293. Ir en bus por la ciudad y observar las calles y a la gente. Relax total.

294. La patatera con pan del bueno. No sabía lo que era y una lectora me la envió. Me ha creado una necesidad y me encanta.

295. Seguimos con la comida: el pudding de té verde de Sr. Ito. Tanto me gusta que me lo compro y me lo llevo a la oficina para merendármelo.

296. “Lucifer”, la serie de Netflix. ¿Por el guion? No. ¿Por las tramas? No. ¿Por las localizaciones? No. Por esto:

297. Las comidas de los miércoles en casa de mi amigo Yordo, con su familia. Tan divertidos, tan amorosos, tan mi familia.

298.  “Cádiz”, una obra que podéis ver los sábados y domingos en el teatro Lara. Tampoco me pagan, me cobran. Un texto divertido, realista y ágil de Fran Nortes;  interpretado por el mismo Fran, Nacho López (el hombre más guapo del planeta) y Bart Santana. Conversaciones masculinas desde un punto de vista que encanta a las mujeres. Ya me diréis.

299. Encontrar un boli que escribe solo, con el que tengo una letra divina. Yo, que jamás presté unos apuntes en la universidad porque nadie entendía esos signos satánicos.

300. Que me pasen las cosas que quiero que me pasen.

Regalos de cumpleaños

El lunes cumplí cuarenta y siete primaveras. Me levanté mosqueada, como cada 24 de febrero desde los doce. Ahora la tontería me dura menos que entonces, porque ya sé que es solo un día más, pero también un día menos, así que habrá que aprovecharlo. Nunca me ha  molestado el número, es que lo de ser mayor siempre me ha sonado aburrido. Una especie de camino hacia algo gris que nunca he visto, pero que intuyo. Por más que el color me inunde cada día, yo sigo temiendo al gris. Muy lista no soy.

Para las nueve de la mañana ya había leído algunas felicitaciones. Le caigo bien a bastante gente, qué bien. Y llegó el momento de mi autohomenaje en las redes. Voy a escribir algo bonito y buscare unas fotillos de cuando era pequeña y otras de mayor, por lo de la metamorfosis y tal. De aquella foto que me hicieron en la guardería mostrando orgullosa mis piños centrales inferiores (los únicos que tenía) pasé a las de las playas con mis amigas engullendo sangría; las de los viajes a Nueva York, a Londres, a París, a Sevilla; las de las fiestas con los amiguis; las de las flores en la cabeza (borrosas, que son las mejores); las de los eventos, los Sant Jordis, los premios. Qué bonitas las fotos que no le dirían nada al prójimo pero que a ti te cuentan que ese día estabas muy contenta, o muy triste y ahí estaban tus colegas para compartir o consolar.

Llegados a este punto ya el mosqueo era sonrisa: me pasa lo que quiero que me pase. Y esto solo va a mejorar. Porque pienso regalarme mucho asunto, y no solo para mi cumpleaños, sino cada día. Ese es uno de los propósitos (sí, otro más) que he apuntado en mi agenda de papel y de espíritu: quiero vivir cada día como un aniversario, porque lo es, básicamente. Me voy a regalar más carcajadas, más masajes, más pensar en mí. Más planes, más sueños y más felicidad. Movimiento, avance, sabiduría. Superficialidad máxima, de esa a la que solo llegas cuando has ido, has vuelto y te has pirado otra vez. Paz, mucha paz, de la de verdad. De la que me cuesta porque quiero que las cosas sean como yo quiero, pero no lo son. Y respiro. Paz, mucha paz. Que solo tengo el poder de controlar lo que hay aquí dentro, aunque me joda. Voy a pasear y a ducharme más aún, porque es entonces cuando me llega la inspiración. Quiero inspiración a raudales. Quiero personas que enciendan interruptores desconocidos. Olores nuevos, canciones nuevas, morreos nuevos. Y buenos, claro. También quiero canciones antiguas. Y, mientras escribo esto, pongo a Mecano y sus amantes. Porque también quiero recordar lo joven que era y lo poco que sabía. Y lo poco que sé, porque mi padre, a modo de felicitación me dijo “Tranquila hija, estás saliendo del cascarón”. Y yo le creo porque quiero creerlo y porque él también se lo pasa muy bien todo el rato. Algo sabrá de la vida.

Me voy a regalar muchas letras, porque no estoy leyendo demasiado y ando hambrienta y sedienta de palabras ajenas que hagan brotar palabras propias. Me tengo que regalar historias para luego contarlas. Vivir para escribir y no al revés. Me regalo libertad, de la que te hace comprar un billete de avión sin pensarlo o quedarte en la cama hasta las diez un martes. De la que te sube a unos tacones o te saca en pijama a la calle. De la que te da la media vuelta ante quien pretende robártela. Ni de coña. Ni de puta coña. Dueña y señora.

Viviré entre conciertos, teatros y cines. Me regalaré todas las pelis en las que salga Chalamet, porque no sé que hacíamos antes de existir él. Y existe desde hace poco. Qué joven, qué listo, qué talentazo, qué barbaridad. Voy a regalarme “Call me by your name” por quinta vez, porque me da ganas de Italia, de besos, de verano, de nadar. Y de Chalamet, claro.

Me regalaré más México porque algo me agarra desde las tripas hasta sus cimientos. No sé lo que es ni me importa. Desayunaré en el jardín glorioso del Four Seasons de Reforma. Lloraré de la risa con mi Tru mientras vemos en la cama cualquier chorrada de Netflix, embadurnados en mil mascarillas. Él me comprará tortitas de maiz y yo las meteré en el microondas con jamón y queso cuando me despierto a las cinco de la mañana por el jet lag. Pasearemos por Condesa, por la Roma, por Polanco. Jugaremos a lobos en casa de Txiki. Nos abrazaremos mucho.

Volveré a Nueva York, para que me abrace, que ya es hora. Comeré pizza con mis Golondrinas en Madison Square, con el Flatiron mirándonos de frente, sin entender nada de nuestras conversaciones surrealistas. Pasaremos horas despidiéndonos a las puertas del metro, porque siempre hay algo nuevo que contar, treinta años después.

Me regalaré más Madrid, más noches por Malasaña, más charlas en las terrazas y más brunch de domingo con mis científicos y sus rarezas. Veré amanecer y anochecer desde el Retiro. Me desharé en charlas con Laura de Amapolas. Enloqueceré aún más en esta oficina desde la que Leire y yo imaginamos, planeamos y nos agotamos. Y lloramos de la risa. Y lloramos también.

Seguiré regalándome cuentos que me gusten, como este.

 

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Sol Aguirre · 43679559Y · Fernando VI, 11, 2ºC Madrid 28004 · 911 83 63 03 · Diseño tactic [studio]

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