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Cosas que me pasan

Tengo una cana en el chirri: mátame camión

Tengo una cana en el chirri: mátame camión

En una sola semana dos amigas me han llamado espantadas:

-Tía, me ha salido una cana en el toto, ¿eso es posible?

-Vamos si es posible, como que yo tengo varias desde hace tiempo…

-No me jodas, ahí NO.

Pues sí, queridas. Las canas en la cabeza ya nos amargan la vida, pero oye que nos las teñimos pese a lo rollazo que es y Santas Pascuas. Pero lo del coño es diferente. Y es que ahí, aunque supongo que se pueden teñir, la cosa está más complicada de ocultar. Pero no es ese el problema, creo yo.

Lo terrorífico del asunto es que, por mucho que no usemos mucho nuestras partes bajas (por cansancio, por ausencia de contrincante, por aburrimiento…), siempre tenemos la esperanza de que resucitarán cual Ave Fénix y volveremos a las andadas;  a esas noches de “Aquí te pillo, aquí te mato”; a la actividad sexual habitual, resumiendo.

Pues a a ser que no, chatas.

Y no es solo por las canas, es porque ni nuestro chirri ni nosotras vamos a viajar en el tiempo. Ni él ni nosotras vamos a tener veinticinco añitos otra vez. Aceptémoslo.

Como pasa con tantos otros temas relacionados con el hacerse mayor, nadie habla de esto. Nadie te dice que el chirri también se cae, se queda canoso e, incluso, calvo. Y eso es una putada, porque no estamos preparadas para esta catástrofe.

Lo de las canas en la cabeza, vale.

Lo de las arrugas en el entrecejo, vale.

Lo de la flaccidez en los brazos, vale.

Pero nuestras madres no nos hablaron del envejecimiento coñil. Por eso te pilla por sorpresa. Por eso te llaman las amigas flipándolo en colores.

Pensábamos que ese triangulito era el único reducto de nuestros cuerpos que se iba a quedar tal cual, inmune a la ausencia de colágeno y elástica. Y mientras tu jilguero sea joven, lo eres tú. Mira que somos gilipollas…

No te engañes, da igual si, en un ataque de histeria, te arrancas ese pelaco blanco que te está amargando la vida. Saldrá otro. Y otro. Y otro. Siempre está la posibilidad de la Total Depileishon, y así pones la excusa de que está de moda llevarlo rasurado del todo en los Países Nórdicos, que siempre han sido muy de marcar tendencias minimalistas. Tienen el Hygge, el Lagom y ahora el Calvên Potörren.

Y te quedas tan ancha.

Esta es otra de esas cosas de la vida que nos va a tocar aceptar, como lo de llevar gafas, no poderte poner ni media hora aquellos tacones con los que patrullabas la ciudad durante toda la noche, o que allí donde había rodillas ahora hay una masa informe tipo pan de payés.

Es lo que hay, hermanas.

Y ni los pelos blancos del coño, ni la celulitis, ni ese pellejillo que empieza a vislumbrarse en la parte alta del pescuezo van a conseguir amargarnos. Que la Fabulosidad no depende del pelo, ni de la epidermis, sino de quererte mogollón, ser una cachonda mental y tener amiguis supercalifragilísticas.

Las canas no están reñidas con las ganas. De reír, de ver pelis con buenorros, de tomar ese solete que ya está llegando.

Recordemos que la ilusión (y no las canas potorriles) es lo que diferencia a los vivos de los supervivientes, y a los mayores de los majaras.

   

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