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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

La vuelta al cole

Nunca quise ser mayor: llevar bolso en lugar de mochila, salir con chicos y tomar decisiones me parecía un coñazo supino. Me lo parecía porque lo es. Por eso, cada septiembre, se me encasquilla la melancolía: yo no quiero tener hijos que vayan al cole; yo quiero ir al cole.

Quiero pasarme dos meses y medio rebozándome en la arena, sin que me moleste el picor de la sal en la piel, sin que las manchas solares invadan mi jeta, sin preocuparme por si los postres engordan. Quiero llorar al despedirme de los colegas de mi Verano Azul particular y tener el absoluto convencimiento de que no superaré nunca esa tristeza devastadora. Y que se me pase nada más encontrarme con mi compi de pupitre.

Quiero volver a soñar, cada comienzo de curso, que se me olvidan todos los libros, que llego sin zapatos al cole, que la monja de turno me manda a casa porque llevo bañador en lugar de uniforme.

Quiero estrenar lápices, libretas y gomas de borrar con olor a fresa, y que esas piernecitas morenas, que contrastan con los calcetines blanco fluorescente, sean las mías. Que los zapatos novísimos estén en mis pies. Que mi cabeza la ocupen dos coletas perfectamente simétricas y gemelas que en tres horas no se parecerán en nada la una a la otra. Que las costras adornen mis rodillas durante años, sin pausa.

Quiero sentirme mayor al ocupar la clase de los mayores, comprobar que la mala leche de la de latín tampoco es para tanto. Quiero que «La Seño» requise los papelitos que circulan por la clase a modo de WhatsApp rústico.

Quiero fabricar “arena fina” rascando con mis manitas el suelo del patio, modelar pelotas de barro y meterlas en el congelador para desgracia de mi pobre madre. Quiero confeccionar pulseras de plástico compulsivamente. Qué habría sido de nosotras de existir móviles y demás pantallas. Qué será de esos niños cuyo ecosistema se reduce a un cuadradito de cristal.

Quiero irme de colonias a Torrebonica para cuidar conejos, y que una amiguita me termine la trenza porque yo no llego.

Quiero ignorar que hay vida más allá de esos muros grises que contienen mi maravilloso mundo de saltos a la comba, a la goma y a la rayuela. Voy a masticar papel y luego lanzar la bola informe para que se quede pegada al techo. Qué divertido, qué asqueroso. Ojalá Óscar reventara otra vez un Típex contra la pizarra tiñendo nuestras cabelleras de tinta blanca imborrable. Quiero volver a bailar la Lambada con veinte niñas por los pasillos y que Sor Gracia nos castigue. Quiero tirarme de culo por las escaleras desgastadas que daban al gimnasio mientras Sor Gonzaga grita mi apellido, desquiciada.

Quiero vivir en comuna perpetua con mis compis del cole, incluso con las que no soportaba, con las que no soporto. Porque sin ellas no sería lo mismo. Quiero que me guste un chico, o dos, o catorce. Y que no pase nada.

Quiero reservar la Súper Pop los jueves en la papelería de mi pueblo, para hojearla sentada en la puerta de mi colegio mientras espero con Luisa García a que pase en moto el chico que nos gusta. Uno de los catorce que nos gustan.

Quiero hacer los deberes rapidito para bajar a la calle con mis vecinos del tercero. Gritar sus nombres: Ireneeeee, Manueeeel, Beaaaa. Que se asome su madre por la ventana y me diga «Mari, guapa, ahora bajan», con esa sonrisa paciente que todavía me regala de vez en cuando. Y jugar sin mirar el reloj, porque los adultos se encargan de marcar las horas.

Quiero volver a escuchar aquel texto de mi profe de catalán en el que recordaba sus años de escuela mientras se le saltaba la lágrima a ella y a mí. Ella me doblaba la edad. Yo se la doblo a ella ahora.

Quiero que los años pasen lentos otra vez y sentir que esto nunca se acabará, porque es lo único que conozco. Y me gusta.

Quiero escribir con boli borrable, por si acaso. Que la vida sea borrable, por si acaso.

COLUMNA PUBLICADA EN EL ESPAÑOL (7/9/18)

Ligar ahora vs. ligar en los 90

Andaba yo hablando con mi socia sobre el tema ligoteo. Ella tiene veintiséis, yo cuarenta y siete. Me contaba algo sobre una amiga que había conocido a uno la noche anterior, que no le había encantado y que él había dado con ella a través de Instagram. Le estaba dando la turra a base de bien. Entonces me di cuenta de que mis adoradas redes sociales se convierten en un gran inconveniente a la hora de tontear. Podríamos pensar que es todo lo contrario porque te facilita el contacto, pero es que te dificulta el anonimato y, perdonadme, pero a mí eso me echa para atrás. También es verdad que no le vamos dando el nombre y el apellido al primero que pasa, pero os aseguro que los millenials tienen fuentes de investigación para el resto desconocidas. Es muy lista esta gente.

En mis tiempos (ay, Diosmío, qué mayor me siento escribiendo esto) tonteabas con uno en un bar, la cosa terminaba en meneo, o no, o vete tú a saber y, si no le dabas tu número (y ojo, que en los 90 le tenías que dar el del teléfono de casa de tus padres, ahí es ná) no volvías a verle jamás. No nos planteábamos si eso estaba bien o mal. Era así, punto. Mucho interés habías de tener para repetir. Y voy a reconocer que eso le confería un plus de libertad al ligoteo, sobre todo si lo comparamos con la situación actual: nuestra vida a la vista de uno con el que nos hemos pegado dos morreíllos en la barra del último bareto.

No me gusta, la verdad. Mientras escribo, me planteo si esta será una de las tantas razones por las que las tías de mi edad, al menos las de mi tribu, hemos visto nuestra actividad tonteadora reducida a mínimos alarmantes. También es verdad que para ligar a los bares hay que ir a los bares y, quitando el coronavirus, entre el curro, la maternidad y demás responsabilidades de la mujer de cuarenta, no nos quedan muchas fuerzas para lanzarnos a las calles pasada la medianoche. El inconsciente rige el 95% de nuestras acciones diarias y él debe saber que, lo que para nosotras era un entretenimiento momentáneo, ahora puede convertirse en un coñazo duradero. Que puedes darle un nombre falso, que puedes tener cuentas privadas, que puedes bloquear a todo bicho viviente, pero es un plus de molestia al que no estamos acostumbradas ni dispuestas.

En la cara B de toda esta cuestión, la ventaja de minimizar riesgos. Pongamos que usamos Tinder, ese catálogo interminable de seres enarbolando la bandera verde del amor (o el folleteo, seamos honestis). No sabía yo, pero me lo ha contado la gente que sabe, que lo suyo es empezar la conversación en Tinder una vez que haces match y luego pasar a Instagram para pegarle un repaso a la vida, amigos, ropajes, hobbies y demás datos importantes del ser con el que vas a quedar para tomar algo y/o pegarte un revolcón. Por un lado, se supone que te aseguras de que el individuo en sí no es un asesino en serio o que, al menos, no lo parece. No me queda claro si ellos también se quedan más tranquilos cuando ven que ellas no tienen pinta de descuartizar a nadie.

Por otro lado, y siendo realistas, hay fotos que engañan, pero es más fácil engañar en cinco que en cincuenta. En Instagram compruebas que la realidad corresponde con lo prometido, aunque también os digo que hay gente que hace milagros con Photoshop, lo cual no deja de ser bastante ridículo porque, tarde o temprano, si hay suerte, te darás cuenta del engaño.

Otra pega que le encuentro a las redes cuando hablamos de relaciones varias: seguir viendo el jeto de tu ex no te apetece lo más mínimo, pero te sabe fatal bloquearle. El “Si te he visto no te acuerdo” se convierte en algo prácticamente imposible y a mí eso me mosquea. Por mucha pena que nos dé, hay nexos que deben desaparecer, sobre todo si queremos pasar página.

En fin, amiguis, que no es la primera vez que lo escribo: las moderneces en estos asuntos se me atragantan. Quizás deba indagar más para encontrarle las ventajas. O no.

Lo que no se ve, pero se nota.

En esta semana plagada de Oscar, con los Goya tan cerquita; contanto vestido, tanto diseño, tanto brillo, tanto maquillaje; tanta joya y tanto tratamiento de belleza torpedeándonos, me ha dado por pensar en todo eso que no se ve, pero que se nota.

Se notan la amargura y la maldad por más que intentes ocultarla. Porque por muy optimista y generoso que sea tu discurso, en algún momento se te escapará el veneno que llevas dentro. Se nota la bondad, un poco por lo mismo: porque a muchos se les sale por las orejas. Qué bien.

Se notan el agotamiento, el descanso, los buenos polvos y también los malos, que te dejan cara de haber chupado un limón y la piel verde aceituna. Se notan los tacones, por mucho que no salgan en la foto; son altitud y son actitud. Se notan los morros rojos, que también se ven por fuera, pero sobre todo se sienten por dentro.

Se nota el verdadero lujo, ese que no brilla, que solo se experimenta y es cómodo, tranquilo, cálido, sabroso, honesto. La verdad, el amor de verdad y la ilusión de verdad también se notan, porque impregnan lo que haces, lo que cuentas y cómo respiras. No hay trampa ni cartón, no hay fisuras; coherencia y consistencia hasta la última esquina. Por eso se notan la mentira, la apariencia y la desgana.

Se nota la alegría, la duradera, la que no depende de nada más que de estar sano y estar aquí; de ser parte de algo más grande que tú y de ser solo tú; de no querer ser otra cosa. El aprendizaje se nota porque supone un antes y un después: no repetir, no la misma piedra, no cabezazos contra muros pétreos. Se notan la paz, el descanso, la plenitud porque son suaves, esponjosos, huelen bien y saben mejor; quieres acercarte a ellos para que te mezan y te invadan.

Notamos a los que viven seguros de sí mismos porque caminan descalzos por la vida, ignorantes de críticas, ignorantes incluso de sus propios prejuicios. Libres a más no poder, concentrados en sus asuntos. Y se nota el curro bestial que hay tras cada actuación, cada libro, cada concierto de los buenos. De los que te dejan con la boca abierta y el corazón disparado.

Se nota la paciencia, la obcecación y la voluntad. Y la vagancia, la pereza y la falta de ganas. Qué aburrimiento. Se nota el aburrimiento porque se lo zampa todo: ocupa las miradas, los gestos y los cuerpos, tan aplastados.

Se notan, y mucho, los interesados; sí, el interés ese que rima con Andrés. Los huelo a la legua y no los soporto. Ellos, a su vez, notan a los que tienen dificultades a la hora de decir que no, por eso no se me acercan. No al aprovecharte de nada mío, no al gorroneo, no al morro. Punto. No.

La falta de interés también se nota, solo que a veces andamos ciegos y sordos, y con muchas ganas de que nos quiera el primero que pasa. Lo nota nuestra intuición y lo nota el silencio en nuestro teléfono. Lo nota también nuestra lavadora mental, pero no le hacemos ni puñetero caso.

Lo fácil y sincero también se nota: tiremos por ahí y nos irá mucho mejor, joder, que parecemos tontos. Se nota el abuso, tanto que hasta se ve, tanto que hasta se oye. Los gritos a otro, a mí me dejas en paz.

El autoamor brilla, ya sea por su presencia o por su ausencia. Es efervescente. Te eleva, te protege y te proyecta. Que se te note el autoamor, aunque sea solo hoy.

La importancia de lo nuevo

Siento la necesidad de escribir esta columna el último día del año. Me gusta que los textos duerman y recuperarlos al día siguiente, con otros ojos. En este caso será, además, el año siguiente. Qué curioso esto de los números y los meses y las vueltas que da la Tierra y la vida con ella.

He comenzado la mañana con una clase de yoga. Desde hace un tiempo, me esfuerzo en terminar y comenzar los años tal y como me gustaría que fueran todos los días, y a mí me encanta estirar, permanecer presente, caminar tranquila, aunque casi nunca lo consiga. Hoy sí, hoy he respirado a fondo, concentradísima, con la firme intención de que lo que no necesito se quede en el 2019 y así dejar espacio para todo lo que quiero en el 2020, que es mucho.

Al llegar a la oficina, más de lo mismo: trapo en una mano, bolsa de basura en la otra. Como una patena la he dejado. Me relaja lo limpio. Hasta el teclado sobre el que escribo reluce. Le he cambiado el agua a las flores y, de paso, he bebido mucha, para depurar al máximo. Hoy voy a comprarme un teléfono nuevo y ya veremos si le traspaso algo del anterior, tengo que pensármelo. Esta noche me frotaré bien con un exfoliante (adiós piel del 2019) y estrenaré vestido, tacones y perfume. Ay, la importancia de los olores. Quiero que mi 2020 huela a descaro, sorpresa y libertad. A nuevo.

No hay nada más excitante que lo desconocido: probar sabores diferentes, vestir como nunca lo hemos hecho, hacer nuevos amigos, besar a desconocidos. No hay nada más extraordinario que estrenar labios, que los besos nuevos cuando son besos buenos.

La mudanza de la piel externa es sencilla: frotar, tirar, ordenar, perfumar. Lo complicado es deshacerse de la casquería, estrenarnos una y otra vez, liberarnos de nosotros mismos, despeinarnos el alma, que ya está harta de tanto estirón, tanta laca y tanto moño incómodo. Lo difícil es abandonar la nostalgia que sentimos incluso de aquello que nos ha jodido la vida. Por favor, que el arrepentimiento sirva para algo y que ese algo consista en no volver a arrepentirnos de lo mismo; que la porquería del 2020, al menos, sea nueva.

A veces, levantarnos y comprobar que ya no somos quienes éramos ayer puede resultar un alivio. De nada sirve reformar lo de fuera si por dentro andamos ciegos y sordos.

Reconciliarnos con lo que nos ha construido y no dejar que eso mismo nos destruya. La destrucción, a veces, muchas veces, llega por no moverse. Por permanecer anclados a aquellos que no nos cuidan o no nos permiten cuidarnos, porque no sabemos que es nuestro derecho hacerlo. Probablemente, si lo tomáramos como una obligación, lo cumpliríamos, porque así somos, nos corroen los «tengo que». Ojalá en este año los sustituyéramos todos por millones de «Quiero». Ojalá queramos mucho y bien. Y nuevo. Esto, mujeres, va sobre todo por nosotras, que nos diluimos en las obligaciones para y por el prójimo hasta unos límites vomitivos. Revolucionémonos contra nuestra propia dictadura. Avancemos descalzas de pies y de sesera. Quedémonos en la queja lo justo y suficiente para escupirla y recuperar el brillo que nunca debimos perder.

Deberíamos inventar nuestra propia historia y que sea nueva cada mañana, con ingredientes frescos y originales. Tomar una silla prestada para percibir la realidad y quedárnosla si nos gusta. Mirarnos con otros ojos, un poquito más amables, pero también más exigentes: mueve el culo, que la vida es corta y ya estamos en el 2020.

  Texto publicado originalmente en El Español (3/2/20)

Campofrío: la verdad aunque duela.

Llegan las Navidades y con ellas los anuncios tiernos, con mensaje, con pellizquito en la tripa. Si el año pasado Campofríonos hablaba del sentido del humor, en este nos da en los morros con una empresa que crea noticias falsas hechas a nuestra medida.

Miénteme, dime lo que quiero oír, dame la razón. Somos el matrimonio perfecto (aunque no te soporte), a nadie le gusta su trabajo (por mucho que vea a mi vecino disfrutar del suyo), debo entregarme en cuerpo y alma a los demás (y olvidarme de mi persona).

Qué línea separa la mentira de las creencias que llevamos incrustadas desde antes de nacer, pocos lo saben. A este cóctel tan usual y extraño se le suman las expectativas e, inevitablemente, la frustración ante su incumplimiento. Y es que cuando uno se centra en ser lo que los demás esperan, acaba viviendo la vida de otros. Las vidas de mentirijillas son una mierda porque no nos tienen en cuenta, básicamente.

Durante un tiempo, quizás la purpurina te deslumbre, pero el día en el que las luces se apagan te das cuenta, como dice el anuncio, de que lo falso te da la razón, pero nada más. Vacío salvaje y desasosiego.

Las peores mentiras son las que nos contamos a nosotros mismos. Nos convertimos en nuestros carceleros y en nuestros verdugos. Lo que un día se nos antojó como el mayor éxito hoy es ceniza. Me he pasado media vida escalando esta montaña porque el resto me aplaudía, porque necesito ese cacahuete que me proporciona la aprobación de los que están fueraque, a su vez, se zampan los que les tiran a ellos.

En ese supuesto ascenso nos vamos despojando de nuestras ilusiones para agarrarnos a la homogeneidad, al postureo y al qué dirán. Cada vez que la realidad se acerca, le giramos la cara, hasta que nos arrea un hostión que no podemos ignorar ¿De qué sirve vivir en la mentira?, preguntan los de Campofrío. Probablemente, durante un tiempo, sirva para algo, pero llegará un punto en que sea insostenible.

Todos, seamos conscientes o no, tenemos una lista de valores en la recámara que debería servirnos como GPS para nuestras acciones, una especie de línea de arcén, que suena cuando vamos a rebasarla. El ruido de alerta, en este caso, serían las ansiedades, las lumbalgias, la tristeza sin motivo aparente. El motivo es que te pasas por el forro lo realmente importante para ti, no disfrutas de las cosas de verdad que, para unos será tener un ramillete de amigos estupendos, para otros dedicar la vida a ayudar al prójimo y, para algún intrépido, buscar la felicidad a cada paso del camino.

No siempre es fácil reconocer esa verdad, entre otras cosas, porque no siempre estamos preparados para ello. Hay verdades que duelen, que te obligan a deshacer el camino recorrido, a comenzar otro muy distinto desde cero cuando ya pensabas que habías llegado a la cima. Al pisarla e ir a clavar la bandera te has dado cuenta de que ese nunca fue tu objetivo, pero les quisiste dar la razón a los que te convencieron de que sí. Creíste que deseabas ese puesto, esa pareja, esta casa enorme en el campo por mucho que te encantara tu estudio en Malasaña.

Menos mal que nunca es tarde si la dicha es buena, que el partido acaba cuando suena el pitido final, que siempre hay tiempo de abrir la caja de Pandora para dejar que lo importante te golpee donde tenga que golpearte y sanar las heridas a base de coherencia con los propios principios. Deberían enseñarnos en el colegio a diseñar nuestro día ideal, tan distinto para cada uno, haciendo constar cada mínimo detalle: cómo me vestiré para ir a trabajar, qué desayunaré, de quién voy a rodearme en mi día a día, me reiré mucho, no tendré coche, seré dueño de mi tiempo. Que mi premio no sea que me den la razón, sino tenerla.

  Texto publicado originalmente en El Español (20/12/19)

Ara Malikian: una vida entre las cuerdas

Nata Moreno era actriz. Ella actuaba en obras de teatro, se iba de gira, hacía pelis. Todo le iba estupendamente. Un buen día, las ofertas dejan de llegar, un clásico en los oficios artísticos y en los no artísticos. Se queda embarazada y se ve invadida por las maravillas, el miedo y las incertidumbres que ello conlleva, y que se unen a las propias del desempleo.

La pareja de Nata se encontraba en el mejor momento de su carrera: reconocimiento, viajes, triunfos a tutiplén. Él va directo a la luna mientras ella espera en casa, comiéndose el coco, sin reconocer demasiado ni su vida ni su cuerpo. Quién soy y qué voy a hacer. En medio de su maraña mental, Nata se planteó la separación con el padre de su barriga, o no, o sí, o qué.

En una de esas tardes de espera y sarao mental, Nata recibió veinticinco cajas que provenían de Beirut. Su suegro había fallecido y, entre cartones, dormíanmás de cuarenta años de fotos, grabaciones y recuerdos de ese hombre que se lanzaba en cohete camino al estrellato. Ya en el estrellato mismo.

– Lo que me faltaba era una montaña de cosas viejas estorbando en la habitación del bebé. Voy a abrir esto, me quedo con cuatro trastos y el resto lo tiro.

Caja tras caja, Nata desenterró la historia de aquel abuelo armenio que en 1915 se salvó de genocidio gracias al violín que pusieron en sus manos unos músicos. Tú di que eres parte de la orquesta y no tendrás problemas. Rescató la pasión de un padre que, enamorado del instrumento, lo colocó en las manos de su hijo de tres años. Compartió el dolor de una madre que vio como un chaval de quince años emigraba a Alemania para ingresar en uno de los conservatorios más importantes del mundo. Beirut y sus bombardeos no eran lo que un prodigio de la música necesitaba.

Ya sé lo que voy a hacer con mi desasosiego: convertiré mi maraña cerebral y estas cajas en un documental. Contaré la historia del mejor violinista del mundo y quizás así le entienda mejor a él y a todo esto que me está pasando. Mi marido es Ara Malikian y yo necesito reinventarme. No he cogido una cámara en mi vida, no tengo equipo, no sé cómo hacerlo, pero lo haré.

Nata pasó los siguientes cinco años dibujando esa historia que se entrelazaba con la suya incluso antes de conocer al genio del pelo rizado. El violín salvó a aquel abuelo armenio, salvó a Ara en muchos momentos y ahora la salvaba a ella de diluirse entre aplausos ajenos, soledad y biberones.

Ella quería, como muchas, ser feliz. Nada más y nada menos. Para conseguirlo, se agarró a una cámara; escaneó, en su casa, una a una, todas las fotos que aparecerían en su documental. Se sentó al lado de un montador,durante seis meses, diez horas al día: esto sí, esto no. Viajó a Beirut, a Alemania, a Armenia en busca de las piezas que le faltaban a ese puzle que completaba la historia de los antepasados y de los que estaban por venir.

Se enfrentó a las dificultades que conlleva el exprimir las emociones de quien no las manifiesta con facilidad. La comunicación con alguien que se expresa casi exclusivamente mediante unas cuerdas no es fácil, para nada. Nata ensobró, el pasado miércoles, todas las invitaciones que se entregarían en el preestreno de su obra a la puerta de los cines Callao.

En estas historias, la de Nata y la de Ara, rebosantes de amor y de honestidad, sorprende la mirada inocente de un hombre cuya vida da para otras diez películas; la disciplina, la pasión y las ganas de aferrarse a un propósito impregnado de significado. Nata Moreno, ahora directora, ha creado una aventura vibrante, entretenida y conmovedora. Una vida entre las cuerdas nos regala kilos de inspiración, disfrutémoslos.

  Texto publicado originalmente en El Español (25/10/19)