Ir al contenido principal

Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

Ansiedad y coronavirus

Mañana se celebra el Día Mundial de la Salud Mental. Este año, más que nunca, deberíamos prestarle atención a nuestras cabecitas. La pandemia no solo afecta a nuestro cuerpo, también a nuestra mente y a su estabilidad, que ya andaba un tanto coja.

Tenemos miedo a ponernos enfermos; a dar positivo, porque eso supone el confinamiento, tan triste y tan aspirador de vida; a que manden a los niños a casa, a ver cómo me lo monto en el trabajo; a quedarme sin trabajo si es que no ha pasado ya; a que mis padres se contagien.

Un sarao monumental, la verdad. Y sobre él, todo lo que ya nos zampábamos: el estrés laboral, de la casa, los madrugones para llegar a ese todo que nos han vendido y que es imposible. La desconexión total de nuestras necesidades y querencias. El cortisol y la adrenalina saliéndosenos por las orejas. Esto sin contar patologías previas y diagnosticadas.

En tiempo de coronavirus, la ansiedad es la reina del cotarro. Quien ya la sufría, lo está flipando. La imposibilidad de control ante lo más nimio choca de frente contra este trastorno tan habitual como terrible. Muchos que no la conocían se han topado con ella durante los últimos seis meses. No sé qué me pasa, me ahogo, me voy a morir, pierdo el mundo de vista. Pero no te mueres, es tu cuerpo, encendiendo la alarma porque algo que anda oculto lucha por salir y se manifiesta como buenamente puede.

A la impotencia por sentirla se une el temor por la incomprensión, la propia y la ajena. Si no me estoy muriendo realmente, tampoco es tan grave, pero lo vivo como una catástrofe. Y es que así es nuestra cabeza de cabrona.

La solución, por llamarlo de alguna manera, pasa por entender qué, por qué y para qué nos sucede semejante asquerosidad. Para ello es necesario acudir a un profesional, ya sea psiquiatra o psicólogo, alguien que nos ayude a bucear en las verdaderas razones de la desazón, a encontrar el interruptor que nos dispara. El rodearse de quien nos atienda y nos entienda es imprescindible para capear la tormenta de la mejor manera posible. No temamos medicarnos si nos ayuda a sobrellevar, de la misma manera que no lo hacemos cuando nos duele la cabeza o necesitamos antibióticos. Dejémonos de prejuicios y de ignorancia.

No nos avergoncemos, no somos nuestra ansiedad, de la misma manera que no somos nuestros pensamientos. Ojo, ni los nuestros ni los de aquellos que nos rodean y que quizás acrecentan el desasosiego. Si hay que separarse de quien mete el dedo en la llaga continuamente, se hace y punto.

Preguntémonos qué nos gusta, qué nos apetece y lancémonos sobre ello. Un rato de silencio al despertarme, un masaje, un baile al ritmo de mi canción favorita. Repitámonos que nos merecemos lo bueno, no por haber sufrido algún tipo de penitencia o por ser un santo, sino por el mero hecho de existir. Es más, aunque no suframos de ansiedad, dediquémonos a disfrutar, que esto son cuatro días.

Estemos presentes siempre, pero más ahora. Porque en este entorno majara, lo que nos sirve hoy, mañana es inútil. Entonemos un alto y claro “¿cómo estás?” seguido de un amable “¿qué necesitas?”. Mueve el cuerpo porque así oxigenas la mente y generas endorfina, que es una hormona de lo más simpática. Ríe, porque el humor nos salva la vida.

Escribe, y no porque lo diga yo, que me dedico a esto y le tengo un cariño estratosférico, lo dicen psiquiatras como Marian Rojas, a la que hay que leer y escuchar. Nuestra amígdala (la del coco, no la del cuello) se alivia cuando le damos al boli y al papel. Añado el placer mágico que es crear un texto donde antes habitaba la nada.

Termino esta columna entonando un llamamiento a las ganas: de conocernos, de ser felices, de mirar hacia el lado bueno de la vida, de tratarnos con amabilidad, de aprender. De aprendernos.

Ana Milán: el triunfo del carisma

Conocí a Ana Milán hace años cuando, tras algunos mensajes intercambiados en Twitter, me propuso quedar para tomar un café. Así, por las buenas. Así, por qué no.

Compartimos, no uno, sino varios, en la cafetería de La Central, al día siguiente a la victoria de Trump. Allí coincidimos con unos señores italianos de lo más simpáticos, uno de los cuales nos contó sobre el cura de su pueblo, que le felicitó cuando le confesó que se había enamorado de una chavala y que se magreaba con ella. El pobre, que se desahogó acongojado perdido, temiendo la penitencia que le iban a imponer. La charla con los italianos y entre nosotras se prolongó varias horas, obvio.

He vuelto a coincidir con Ana ante unas cuantas tazas y, en la cuarentena, ante la pantalla de mi teléfono. Qué gustazo, por Dios. Y es que la Milán y su reciente éxito son el ejemplo de lo que el buen uso de las redes sociales puede provocar.

Ella, en un momento catastrófico, aportó lo mejor que tiene: su inteligencia, su sentido del humor, esas anécdotas tan desternillantes que le suceden cada dos por tres. Su persona entera al servicio de animar al prójimo.

Y el prójimo, que andaba necesitado de alegría y de ilusión, se entregó a la Milán y les contó a sus amigos que tenían que unirse a esas conversaciones que te hacían saltar las lágrimas, pero de la risa, Aleluya.

Ana, como tanta otra gente carismática y ansiosa de zamparse la vida, provoca que le pasen cosas, nada es casualidad. El aburrimiento no entra en sus planes. Lo mismo interpreta en el teatro, que en la tele, que escribe un libro o diseña unos collages despampanantes a base de recortar revistas. Creatividad y entusiasmo rebosando desde su 1,78.

La Milán ha demostrado que a la gente le gusta la gente, la de verdad, la que no teme contar sus asuntos porque, en el fondo, son los asuntos de todos. Nada es tan grave, tú tampoco. Ella simplemente ha contado quién es, algo que parece muy sencillo, pero que no lo es, para nada. Conocerse a una misma es un acto de valentía, de curiosidad y de resiliencia. Y de ganas, las mismas que ha repartido con su moño, sus gafas y sus vasos de agua. Uno, dos, tres, cuatro, cinco.

Y de los directos virales, a las mil ofertas y a la realidad de una serie, By Ana Milán. Vi el primer capítulo hace un par de días, sin haber leído nada previamente. Mejor, porque me gustan las sorpresas y me he quedado ojiplática ante el enésimo arranque de honestidad de esta chica alta. Ya lo dice ella en algunas entrevistas “Todo lo que parece increíble es verdad”.

La realidad superando la ficción una vez más y, de nuevo, la valentía. No todo el mundo está dispuesto a abrirse en canal ante una cámara, por mucho que la mayoría no pueda identificar lo que pasó y lo que no. Lo sabes tú y con eso basta para acojonarte.

Ana Milán lo mismo ríe que llora. Disfruta, vive, charla y exprime. Contagia. Nos demuestra lo que pasa cuando uno se muestra al natural, desde la seguridad y la coherencia, resistiéndose a meterse en cajones hechos para y por otros. El lugar desde el que haces las cosas, sea escribir, pintar un cuadro, tejer un jersey o charlar en Instagram, es el lugar donde lo recibe el de enfrente y la Milán se ofrece desde el fondo de sus entresijos, desde que se levanta hasta que se acuesta. El amor, la amistad y la autenticidad como estandarte. La democratización del carisma como trampolín, qué bien.

Queremos más Punsets

Queremos más gente como ese señor tan amable que me encontraba por las mañanas paseando en Chamberí y al que, lamentablemente, nunca le expresé ni mi admiración ni mi agradecimiento. Necesitamos más gente como él, cuya presencia nos provoque una sonrisa y tanta ternura como interés.

Alguien que nos recuerde que de nada sirve que sepamos manejar tanto mecanismo externo si no tenemos ni idea de qué estamos hechos ni qué es lo que pasa por aquí dentro; que nos informe de que la felicidad es la ausencia de miedo, igual que la belleza es la ausencia de dolor. Seamos valientes, seamos bellos. Que nos cuente que esto va de vivir con intensidad los buenos momentos y no de tener el control absoluto, la seguridad absoluta, el poder absoluto. Que nuestros deben ser los remos con los que huyamos de la deriva, porque solo así seremos dueños y libres.

Queremos a alguien que nos brinde un GPS vacío de demagogias y repleto de ciencia, porque necesitamos verdades bonitas, pero verdades empíricas. No estamos para hostias.

Personas bonitas que se enfrenten al reto de encontrar los hilos que nos mueven para que seamos nosotros los que los controlemos, y no a la inversa. Personas apasionadas, inteligentes, humildes, curiosas, dispuestas a compartir sus conocimientos con el resto del mundo, porque lo que quieren es cambiarlo y la única manera de mejorarlo es mejorar a sus habitantes. Y la única manera de mejorar es escuchar y escucharse. Y rectificar. Desaprender para aprender.

Queremos más gente que afirme que todo lo que ha aprendido lo ha aprendido de la gente, de sus gestos, de sus temores, de sus máscaras. Que nos convenza de que es imprescindible encontrar lo que nos hace vibrar por dentro y conocerlo todo sobre ello, bucearlo a fondo, para así disfrutarnos, disfrutarlo y lanzarnos sin mesura sobre ello, ya sea un beso, un lienzo en blanco o una plantilla de Excel. A quién le importa.

Queremos que se predique con el ejemplo, con el sentido del humor, con las ansias de ver más allá de nuestras narices, con el cuestionar todo aquello que nos limite, con la creencia de que estamos hechos de sueños que no son sueños, sino objetivos. Gente que demuestre que el único obstáculo entre nosotros y la felicidad somos nosotros mismos, nuestra ignorancia, nuestra cabezonería y siglos de incultura emocional. Queremos que nos recuerden que necesitamos amor, pero amor del bueno, del que eleva, empuja y alimenta. Lo otro no es amor.

Queremos a alguien que nos muestre que lo de estar por encima de las chorradas de la vida, que son casi todas, no nos convierte en prepotentes, sino en realistas, en valientes, en sinceros, en flexibles. No nos tomemos demasiado en serio: ni somos tan importantes, ni tan nimios. Queremos que nos hablen de la intuición, que nos aseguren que esas corazonadas que nunca nos fallan no son brujería, sino experiencia y conocimiento. Dejemos que nos guíe, no le tengamos miedo. Hagámonos preguntas, sin importar cuál será la respuesta, ya aparecerá. Queremos personas optimistas, que nos hagan olvidar un pasado que no fue mejor, que es inútil. Que nos empujen la mirada hacia lo que está por venir. Que lo que está por venir sea por decisión propia.

Texto publicado originalmente en El Español (24/5/19)

La rapsodia de Freddie

Sí, confieso, en los últimos tres días no he hecho más que escuchar a Freddie Mercury en bucle. Todavía no he decidido si la película es buena o no, qué más da. La emoción y el amor por esa voz prodigiosa me nublan el entendimiento y la objetividad.

Me ganaron en la primera escena,  porque recuerdo perfectamente el Live Aid de Wembley y Filadelfia. Al ver «1985» sobre la pantalla, le pregunté a mi amigo Paulo, que ocupaba la butaca de al lado, «Tú en qué año naciste?». «En el 90», contestó.

Y, por primera vez que yo pueda recordar, me sentí inmensamente feliz por ser mayor que alguien. Le agradecí al universo haber nacido en el 73, el mismo año en el que se publicó el primer álbum de Queen. Era tan estimulante que solo hubiera dos canales de televisión mientras crecía, que en mi casa se escuchara la radio a todas horas, colocar con sumo cuidado la aguja sobre el vinilo…

Ese concierto fue lo que fue, entre otras cosas, porque no había un maremoto de posibilidades en las que diluir nuestra atención: los trending topic no eran diarios. Eran, como mínimo, mensuales. Mil quinientos espectadores, setenta y dos países: un momento que se grabó en el imaginario de varias generaciones. «Bueno, yo lo vi en diferido», se justificaba mi Paulo, tristón, sabiendo que Youtube no se parece, ni de lejos, a lo que yo viví, a mis doce, con la nariz pegada a una televisión que era de todo menos plana.

Agradezco que la película no se cebe en los aspectos más sórdidos de la vida de Mercury. Yo he venido al cine a soñar. El resto ya lo sabemos y poco importa. Qué manía con los dedos, las llagas y los lados oscuros. Lo único que me interesa de un cantante es su virtuosismo, su sensibilidad, su personalidad y su talento.

Tampoco me ha importado que las fechas bailen y que los datos no sean correctos. Queen nunca se separó, Freddie fue diagnosticado años después del concierto Live Aid. Pero es que yo no soy crítico de cine, gracias a Dios, soy una espectadora que, como tantos otros, se ha agarrado al recuerdo de esa música gloriosa y se ducha, cada mañana, al ritmo de Don’t stop me now.

Y es que, cuando lo de ser adulta se me atasca, su voz soberbia me eleva, me empuja, me evade. Quisiera volver al 85, pedirles a mis padres que me lleven a Wembley. Porque si yo llevo tres días turbada por la nostalgia, sacudida por Bohemian Rapsody, me gustaría saber qué sienten al verla los que estuvieron allí.

Dos horas frente a la pantalla te dan para caer en la cuenta de que ese talento es irrepetible, a los hechos me remito.Y la melancolía se mezcla con la satisfacción de disfrutar de la música tan intensamente. Porque el arte nos conecta con algo superior. No es lo que son los artistas, que también, es lo que somos nosotros frente a su arte.

Cuán improbables son las posibilidades de que aptitudes físicas y pasión irrefrenable se reúnan en la misma persona. Que, encima, supere todos los obstáculos y oposiciones varias a los oficios artísticos, ya es una proeza sobrehumana. Hay que ser muy valiente para saltarse tanto prejuicio y lanzarse al vacío de tu vocación. Del arte se puede vivir, de hecho, la vida es menos vida sin arte. Recordemos esto cuando veamos a nuestros hijos coger un pincel, escribir en su diario, cantar en su habitación. No dejemos que el mundo se pierda la oportunidad de ser mejor.

El mundo era una fiesta

El mundo era una fiesta, por eso disfrutaba cada paseo, cada té con leche en una cafetería bonita, el montón de risas con mis amigos en cualquier terraza, en cualquier lugar. Me gustaba, y me gusta, bañarme en el mar de mi isla, bailar hasta la madrugada, abrazar a los que me caen bien, no perder ni un segundo con quien no me aporta nada.

El mundo era bonito y por eso visitaba Nueva York, Ciudad de México, París. Aunque a veces se me olvidaba la emoción de descubrir y por eso postergaba. Edimburgo, Australia, Chicago. Años mirando la agenda y pensando que ya sería. Y ahora no puede ser. Mierda.

Mi mundo era cómodo porque así me lo dibujaba. Me permitía improvisar y coger un AVE para ir a comer con Sergi al vegetariano de la Barceloneta donde nos dejan quedarnos hasta las cinco de la tarde charlando de lo divino y lo humano. Podía organizar talleres en Sevilla, en Valencia, en Bilbao y conocer a un montón de tías fantásticas. Y abrazarlas, llorar juntas, morirnos de la risa, conocernos mientras comíamos. Conocernos y reconocernos.

En ese mundo yo era valiente para inventar, porque todo era posible. Y lo sabía. Ahora, la optimista que soy se da empujones en la espalda para animarse. Esto es lo que hay. Esto también es una fiesta, pero menos. Todo depende de con qué lo comparemos y, si pensamos en un veinte de marzo, este veintisiete de septiembre es algo parecido a un carnaval: ayer te fuiste de brunch con tus niños, paseasteis, fuisteis de compras. Decidisteis ver una peli en casa en lugar de ir al cine porque estáis de mascarilla hasta el gorro, pero podíais haber ido a ver una de las cuatro pelis que han estrenado últimamente.

Mi mundo, ahora, es un poco fiesta porque mantengo mis anticuerpos. Me siento como una superheroína, pero no sé cuánto durará la mutación y cuándo volverá el miedo a contagiar, que no a contagiarme. Sentirse un arma de destrucción masiva no acaba de ser agradable. Menos mal que soy la persona más vieja con la que trato y mi socia es una vasca de veintiseis años cuyo sistema inmune se me antoja bastante supercalifragilístico.

El mundo, mi mundo, mi Madrid, anda cabizbajo y meditabundo. Temeroso y muy vacío. Los hoteles nos miran oscuros; los restaurantes, antes llenos hasta la bandera, dormitan; la Gran Vía ya no agobia, vaya un asco. Me han robado los conciertos, los teatros rebosantes, los aplausos con sonrisa incorporada. Ya no celebro los desayunos dominicales con mis científicos adorados porque algunos de ellos saben de qué va esto y nos cuentan que no debemos, aunque queremos.

Me mantengo un tanto a salvo del mundo de la información, porque ya sé lo que tengo que saber, que es poco o nada. Mascarilla, alcohol en las manos, distancias. Ya le he dicho a mi madre que puedo, pero no quiero hablar más del tema, aunque estoy escribiendo sobre él, qué incoherente. Cuanto menos espacio ocupe en mi cabeza, más puedo dedicar a leer, a aprender. Porque si no es posible volar hacia afuera, bucearé hacia adentro. Porque lo que cuenta es el interior, aunque yo siempre he sido muy del exterior, viva la superficialidad. Esa es otra, la mascarilla oculta algunas bellezas y yo he decidido contemplar lo bello a todas horas. Me he vuelto tiquismiquis, aún más. Porque como el mundo no está bonito, tengo que embellecer lo mío. Y tengo que embellecerme yo: ser más valiente, más sabia, más tranquila, más simpática, más piadosa. Conmigo también.

Quiero pensar, y pienso, que la fiesta volverá. Os juro que me la voy a zampar como si no hubiera un mañana, porque antes sabía que quizás no lo habría, pero ahora me lo han demostrado. No podemos desaprender lo que ya sabemos, sería de gilipollas total. Chicago, Australia, Edimburgo se agendarán el mismo día en que nos den luz verde. Haré una gira de abrazos y besos, algunos con lengua, aviso. Bailaré diez días seguidos, con tacones, porque son altitud, actitud y despiporre. Y lo que venga habremos de venerarlo para siempre, dejarnos de hostias, de lamentos y de mediocridades emocionales. De miedos absurdos y heredados, de complejos, de escuchar lo que dice el de enfrente para no oír lo que me grita mi cabeza. De dejar nuestra felicidad en manos de otros que no saben nada de lo que somos, y aunque lo supieran. Deja, deja, que nos han quitado un cacho de vida y habrá que recuperarlo, digo yo.

Publicaré este escrito sin corregirlo, porque no quiero perder el tiempo en perfecciones, espero que me disculpéis. Mi fiesta, en algún momento, aparecerá y tengo que prepararme. Espero que hagáis lo mismo.

Todo se pega

Ha empezado septiembre y yo sigo de vacaciones, soy una tía con suerte. Me levanto muy temprano cada mañana para ver el amanecer desde mi paseo por la playa. Me fascina ser testigo de cómo la vida se pone en marcha: los camareros limpiando los bares donde ofrecerán desayunos, los chicos morenísimos que colocan hamacas y sombrillas en un orden perfecto, el sol elevándose sobre nuestras cabezas a un ritmo demasiado veloz para mi gusto.

Donde la playa termina, comienzan las rocas y una montaña que me permite contemplar desde lo alto el mar en el que nací y la ciudad amurallada de Ibiza. Sigo caminando hasta un hotel muy blanco que tiene una piscina muy azul. Allí también la gente de mantenimiento lo prepara todo para los pocos turistas que han llegado en este verano coronavírico. Ahí termina normalmente mi paseo. Pero hace un par de mañanas decidí seguir a una mujer que caminaba muy dispuesta hacia el otro lado de mi montaña habitual. Esta sabe donde va y mucho le tiene que gustar para ir a las siete de la mañana.

Allí encontré un lugar que difícilmente puedo describir con palabras, porque ninguna puede dibujar semejante belleza, pero voy a intentarlo: el sol saliendo del mar, y el mar formando una playa inaccesible entre unos acantilados de formas tan variopintas como imposibles. Sentí incredulidad, por no saber que ese regalo estaba ahí, tan cerca, durante todos estos años mezclada con la felicidad de los niños pequeños, de los descubrimientos, de los nuevos lugares favoritos y secretos y mágicos. El premio a la curiosidad ante mis narices y mis ojos anonadados. La conexión entre todos los elementos de esto que soy provocada por sentirme parte de algo mucho más grande que yo.

Me senté sobre las rocas para empapar mis retinas con aquella maravilla y recordé la conversación que había tenido el día anterior con mi padre, que vive en la isla y es poco amigo de los teléfonos, con lo cual las charlas suelen ser en directo, qué bien. Me contaba de todos sus proyectos a una edad a la que la mayoría de la gente lleva más de diez años jubilada; me enseñaba fotos, emocionado. Le dije que no hiciera muchos planes, que no sabemos cuándo acabará esta mierda del bicho y él me contestó que eso que me mostraba le hacía ilusión, que él vivía por y para la ilusión, que solo hay una vida y que eso es lo único importante. Y se quedó tan ancho, como siempre. No pude, ni quise, rebatirle. Porque a mis cuarenta y siete me estaba diciendo en voz alta lo que me ha demostrado desde que nací. Y así me va, que lo mismo aplaudo con las orejas por el estreno de la última peli de Marvel, que me da por ser escritora a los cuarenta o viajo hasta México para escuchar a mi cantante favorito.

La ilusión, el considerar la vida como un regalo y un milagro, la valentía como timón para llevarnos al lugar deseado son conceptos que se aprenden experimentándolos desde la cuna. De nada sirve que les teoricemos a nuestros hijos si nunca son testigos de la práctica. Porque todo se pega, la hermosura también. Y el respeto, la educación, la solidaridad, la libertad, la autenticidad, la bondad, la generosidad. Y el odio, la envidia, los complejos, el pesimismo, el miedo. Y la autoestima, la esperanza, el optimismo, el positivismo, la seguridad, el orden mental.

Desde que descubrí mi nuevo lugar favorito, secreto y mágico he vuelto a él cada mañana, porque así él día tiene otro sabor y otro olor. Se lo he contado a mis amigos, lo he compartido en redes: contagiemos la belleza, siempre, pero ahora más.

En un par de días volveré a Madrid y, lejos de lamentarme, encontraré la ilusión en otros rincones y otros amaneceres. Porque de eso va la vida. La única. La de verdad.

Artículo publicado originalmente en El Español, el 4/9/20