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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

Sant Jordi, un olor y un sabor

Como lectores, somos conscientes de la huella que un libro puede dejar en nuestros cimientos: el antes y el después, el olor y el sabor. Algunos sueñan con situarse al otro lado, pariendo historias. Pero los escritores son seres extraordinarios, dotados de unos superpoderes vetados al resto de los mortales, con una sensibilidad fuera de lo común y algo muy importante que contar. No como nosotros. A quién le voy a interesar. No tengo lo que hay que tener.

Y, sin saber muy bien cómo, un 23 de abril te encuentras firmando ejemplares de tu novela en la ciudad que te vio nacer, en esas Ramblas que paseabas de pequeña, rosa en una mano, pa de Sant Jordi en la otra. Y tú eres la que está al otro lado de esa mesa, bolígrafo en mano, incrédula, con tu nombre en un membrete y una hilera de gente delante, esperando entre los empujones de la multitud a que estampes un rayajo en su libro, ese que tú escribiste mientras seguías con tu vida de persona ordinaria que cocina, lleva a sus hijos al colegio, pone lavadoras y viaja en metro. En algún momento se te ocurrió que quizás podías contar algo que nadie había contado. Y lo hiciste. Y te leyeron. Y seguiste escribiendo, lo convertiste en tu manera de respirar. Ahora escribes porque no puedes no escribir. Lo harías aunque nadie te leyera y lo haces a pesar de que te leen. Encontraste el sillón desde donde ver el mundo y también aquel en el que te sentarías para describirlo. Y te creció un traje de super escritora debajo de la ropa y empezaste a ver realidades que los demás no veían y a oír sonidos que los demás no oían. Ahora eres una antena gigante que capta señales del exterior y también del interior con una intensidad y una claridad tremendas.

El mundo se ensanchó más allá de lo imaginable porque te convertiste en múltiples personajes. Aprendiste que se puede contar más allá de lo escrito porque, en ese camino de la literatura que Rosa Montero describe como amargo, decepcionante y, a menudo, humillante se encuentran los hilos que manejan tus entresijos y también los que te conectan con tu lector. La complicidad con el desconocido que, tan desnudo y vulnerable como tú, se rinde ante las palabras que antes te poseyeron a ti. Él subraya pasajes que ya no son solo tuyos, que son de todos, y esa exposición en rotulador fosforescente no resta intimidad, sino que la potencia. Te ha entendido mejor de lo que creías posible. Podría haberlo escrito él, pero no lo ha hecho, para eso estás tú, para volcar tu vida en la vida de otros y generar una antes y un después, un olor y un sabor. Para que se mire en tu espejo y sienta que son sus alegrías, sus tristezas, sus amores, sus desgracias las que tú estás dibujando. Para que os fundáis en dos caras de la misma moneda.

Podrías detallar cuál era tu rutina antes de dedicarte a escribir, a qué hora te levantabas, a qué destinabas las horas de tu agenda, pero te es imposible recordar quién eras. No sabes para qué te levantabas cada mañana, de qué estaban hechos tus sueños o si los tenías. Has olvidado desde dónde observabas esta vida que ahora solo concibes como una concatenación de historias que se entremezclan con la tuya. Tú no sabías que se podía ser tan feliz. No tenías ni idea de lo surrealista y sanador que es crear algo que antes no existía, cuán superlativo es colarte en los corazones ajenos desde el propio, que la vida es mucho más vida cuando decides escribirla.

Texto publicado originalmente en El Español (26/4/19)

¿Qué es el cáncer?

Me impresiona la palabra cáncer. Me da mucho miedo. De un tiempo a esta parte, el verla escrita me arranca el aire de los pulmones. Poco a poco lo recupero y todo vuelve a su sitio. O no: hay viajes tras los que uno nunca vuelve al lugar de donde salió. Hay manotazos de la vida ante los que solo cabe flotar y buscar la orilla. Imprevistos que dejan cualquier preocupación cotidiana a la altura del betún, que te obligan a relativizar y que, en el mejor de los casos, te abren los ojos ante las maravillas que son la amistad, la belleza y la vida.

Hoy me encuentro con las dos caras de la moneda. En una mano llevo a alguien que se enfrenta a la enfermedad con una valentía y una fuerza que me resultan tan incomprensibles como ejemplares. Con la otra me aferro a un científico que, incansable, dedica su vida a buscar la cura. Eduardo López Collazo, director del IdiPaz, físico nuclear e inmunólogo, pasa las horas, los meses y los años en el laboratorio, con su equipo, intentando entender ese conjunto de enfermedades que denominamos cáncer. Eduardo, al poco de publicar su libro ¿Qué es el cáncer? me lo entregó junto con una petición: yo fui sincero con tu libro. Dime realmente lo que piensas. A mi pregunta de por qué creía que debía leerlo, me contestó que la única forma de vencer a un enemigo es conociéndolo.

Sabía que lo leería del tirón, así que esperé a los aviones que me ocuparon esta semana. Seré sincera, Eduardo: me quedé sin aire varias veces. No soy buena enfrentándome a mi vulnerabilidad y a mi pánico. Pensé en dejarlo, pero no lo hice. Menos mal. En esa especie de novela corta en la que trenzas ciencia y vida, en la que aparecen amigos tuyos que enfermaron y que me constan que son reales, he aprendido mucho. Ahora sé que la historia de la ciencia es una de fracasos con escasos chispazos de triunfo que hacen que todo el esfuerzo valga la pena y que supongan un punto de inflexión para la humanidad. He aprendido que la inmunoterapia es el gran salto para que esas defensas que no funcionaron en su momento y nos dejaron enfermar, vuelvan a desempeñar su trabajo.

Sé de dónde viene tu pragmatismo desbordante: sin ese patrón mental sería imposible enfrentarte al reto de acabar con el monstruo. Y comprendo que, aún así, sufres igual que el resto de los mortales cuando es alguien cercano el que está enfermo. Ahora entiendo la pasión que demuestras por tu profesión, tu para qué es de esos que hacen la diferencia. Hoy mismo me has contado que un equipo español ha curado un tipo de cáncer de páncreas en ratones, que es un trabajo titánico, que queda mucho para una aplicación en humanos, pero que es un paso gigantesco.

Le pregunté a Eduardo, tras acabar su libro, si curará el cáncer: ese es mi sueño desde pequeño, y yo cumplo mis sueños, amiga. Que nací en Jovellanos, un pueblo perdido de Cuba, y mira por dónde ando. Me convenció, porque así es él y porque necesito creerle. Devanándome los sesos para encontrar mi utilidad en esta ecuación, volví a interrogarle. “¿Y qué necesitas para hacerlo?”, como si fuera a encontrar lo que me pidiera en un supermercado. Dinero, amiga, dinero. Y recordé cuando esa falta de recursos para la ciencia se me antojaba como algo lejano y, por ignorancia, ni me planteaba su prioridad.

Cuando conocí a Eduardo y entendí la importancia de esos proyectos, empecé a enfadarme. Porque hablamos de algo tan tangible, contable y abundante como el dinero. No magia, no suerte, no piedras filosofales: dinero. Para cuando ha aparecido el manotazo, mi indignación ya era máxima: esto depende solamente del dinero. En breve elegiremos a los que parten y reparten ese único bien indispensable que sirve para cambiar vidas. Solo una cosita, Señores Repartidores de Dinero: hagan bien su trabajo.

Dolor, gloria y miradas.

No tengo claro si es una película, un documental o un exorcismo, pero sí que, desde que la vi hace un par de días, llevo esa historia en la mochila, sumada a la mía. Me he rendido ante ella. Me he postrado ante la expresión de Julieta Serrano y su generosidad sobre esa pantalla enorme. Desgrano; analizo; repito frases en voz baja; siento nostalgia de un tiempo que no he vivido; quiero vivir en esa casa de la película, que es la casa de Almodóvar; me pierdo en la mirada eterna de Antonio Banderas que, de tan hipnótica, a momentos me distraía de la historia; se han recargado las pilas de la inspiración porque me han enseñado la piel que hay detrás de la piel.

Aplaudo sola ante la interpretación gloriosa de Antonio Banderas, que camina relajada sobre esa línea milimétrica que hay entre la ficción y la caricatura. Qué tipo de magia ha creado para que, con esa belleza suya, tan abrumadora, tan malagueña, estemos viendo a un Almodóvar que para nada es físicamente parecido a él. Cómo lo hace para convencernos de que ese cuerpo atlético es un cuerpo enfermo. Para que se nos olvide su cuerpo. Cómo son esos gestos en los que el actor se transparenta para mostrarnos al verdadero protagonista de la historia, también transparente.

La mirada intensa de Antonio me distraía del relato, pero luego volvía a sumergirme en ese ejercicio glorioso de sinceridad que se ha marcado Pedro en el mejor estreno español del año. Normal que triunfe: a los espectadores nos gusta la verdad. Y les contamos a nuestros conocidos que vayan a disfrutar esa verdad, que saldrán del cine con más peso, con más vida.

Algunos esperábamos a este Almodóvar desde hacía tiempo. Y no lo digo desde la crítica, sino desde la alegría. Soy de las que piensan que, cuando alguien desarrolla una capacidad artística tan demoledora como para convertirse en un género en sí mismo, tiene todo el derecho a equivocarse sin que se le tenga en cuenta. Se lo ha ganado a pulso.

El uso del color como elemento de expresión, la delicadeza constante en cada detalle, los diálogos inconfundibles que se te clavan en el esófago, esos personajes abiertos en canal ante nosotros, la valentía que implica la creación, mucho más cuando te estás exponiendo sin red alguna, ofreciéndote en carne viva. Quizás Almodóvar ha llegado a un punto en el que necesitaba recordar lo de entonces para entender lo de ahora. A veces hay que rascar, desabrochar armaduras, tirar el maquillaje a la basura.

No es fácil contar tu historia y que el resto del mundo tenga algún interés en escucharla. Que la entiendan es muy complicado. Que la hagan suya es la cuadratura del círculo. Está hablando de mí, cómo es eso posible, si no me conocen de nada. La emoción genuina nace de la relación entre el lugar desde donde la gestas, que será el mismo en el que aterrizará dentro del espectador. Encajar todas las piezas del puzzle, plantarse ante el vértice en el que se cruzan honestidad, creatividad y ganas es un trabajo tan agotador como refinado. Y a veces te resistes a encontrarlo, porque la vida se te enreda entre las raíces de la mollera, porque bucear en ciertos territorios escondidos duele tanto que prefieres quedarte en la superficie. La sensibilidad, a veces, es angustiosa. Valoremos a los que se revuelcan en ella día tras días para regalárnosla.

No es lo que son los artistas, que también, es lo que somos nosotros frente a su arte. Somos más libres, mejores personas, más bonitos. Y eso siempre es de agradecer.

Texto publicado originalmente en El Español (29/3/19)

Rosalía, fuera de la caja.

Qué manía tan fea la de juzgar lo que no se entiende, de mezclar envidia, ignorancia y torpeza para dispararlas contra el que destaca, contra el que se sale de la norma. Porque triunfar está muy bien, pero ojito, que no sea demasiado, que seamos capaces de comprender cómo lo ha conseguido, que no desafíe nuestras mentes conformistas. Qué triste esa panda que se une solamente por la tendencia a pellizcar al que brilla por encima de la media. Pobre del que se atreva salir de esas cajas tan clasificadoras, tan homogéneas y tan estrechas. No inventes, que te arreo.

Esta vez, y las que le quedan, le toca a Rosalía, que tiene a medio planeta fascinado, que nos dejó a muchos los vellos como escarpias en los Goya y que es un blanco fácil. Tan joven, tan nueva, tan superlativa.

Vaya por delante que no me fascina la música de Rosalía, pero sí ella. A una edad a la que la mayoría aún estamos pensando qué seremos de mayores, ella está clavada en el centro de su diana particular. Rosalía va al grano, es toda grano. Es la contrafigura de aquellos que ansían la seguridad, la estabilidad, la vida gris. De los que creen que pasión y oficio son antónimos. Rosalía destaca porque es normal, que no común.

Olvidemos por un momento el fenómeno mediático que es, porque eso no depende de ella. Vamos a lo que sí.

Rosalía aúna sensibilidad, aptitud y actitud. Y voz. Y afinación. Y ganas, muchas ganas. No hay grietas en su discurso porque las rellena con conocimiento y amor al reto. Ella se define como una persona curiosa, en la música y en la vida. Solo así se puede aprender a un ritmo tan vertiginoso y desarrollar tal intuición que permita empastar fondos y formas con absoluta coherencia. Lo musical, lo visual y lo emocional se mezclan en esa chavala de Sant Esteve Sesrovires que a los trece años empezó a estudiar música y a los veinticinco anunció el lanzamiento de su disco en pleno Times Square. Un disco que es su proyecto de final de carrera para completar el Título Superior de Flamenco en la Escuela Superior de Música de Cataluña y cuyo concepto nace de un romance anónimo en occitano del siglo XIII. No me digan que no es una maravilla. Y es que el verdadero trabajo de Rosalía es como el auténtico lujo, que no se ve, pero se nota.

Rosalía se guisa y se come un lenguaje que ella ha creado, tiene claro de quién quiere rodearse: de los mejores. Es lista y es inteligente. No pretende gustarle a todo el mundo. Sería de locos. Lo que para los demás es un éxito repentino y sin precedentes para ella es el fruto de años de dedicación y su disciplina. Piensa mucho y piensa bien. Ella escala con facilidad el alto muro de la mediocridad latente, cuyos defensores la miran desde abajo mientras tiran piedrecitas ridículas. Qué lastima, no saben que admirar es mucho más divertido que despotricar y hablar de apropiación cultural, como si la cultura tuviera dueño, como si el arte pudiera ser pecado.

Hay que observarla escuchando en las entrevistas, contestando con una sencillez, una humildad y una profundidad sumamente infrecuentes para su edad y para los medios. Su método para mantener los pies en la tierra ante lo galáctico de su fama es mantenerse conectada a la razón por la que empezó a hacer música, anclarse a las ansias de crecimiento y tener clarísimo que su éxito tiene mucho que ver con otros que la inspiran a cada paso y que le prepararon el terreno. Las ansias de aprendizaje de Rosalía son el mayor síntoma de su talento. Rosalía, a los veinticinco años, sabe lo que es la trascendencia. Habría que ver si les pasa lo mismo a los que la critican.

Texto publicado originalmente en El Español (8/2/19)

Recortando alas

La semana pasada di en el colegio de mis hijos una charla sobre el oficio de escritor. De escritora, en este caso. Ojalá yo hubiera escuchado, a mis dieciséis, a alguien que se dedicara a lo que tanto me apasionaba. No pasó. Los escritores eran un ente bohemio que malvivía en una buhardilla parisina, o un Vargas Llosa. Nada entre los dos extremos. La facultad de Derecho y todo lo que vino después me apartaron de un camino en el que, afortunadamente, me encarrilé décadas más tarde.

Así que vamos a intentar que los chavales no repitan nuestros errores. Que conozcan todas las opciones, que tengan una visión amplia del territorio para poder trazar el mapa que les lleve a su destino deseado. Ellos ya saben que cada día nacen nuevas profesiones, y que las existentes se renuevan, alimentándose de esas nuevas tecnologías en las que ellos se mueven como peces en el agua. Puedes inventarte tu propio trabajo. Reinventarlo. Te dedicarás a muchas cosas, en sitios muy diversos. Imagina la vida que quieres vivir y lánzate a por la opción que te acerque a ese ideal.

Y allá que voy yo muy dispuesta y les pregunto a cuatro de ellos a qué se quieren dedicar. Economía, ADE, Derecho.

Ahá.

¿Y por qué esas carreras? Porque son algo seguro, porque quiero tener dinero para darme caprichos.

Ningún «porque me apasiona», ningún «porque me permitirá dedicarme a lo que me hace feliz».

¿Dónde queréis vivir? En Madrid, dijeron todos, menos una chica que quizás se iría al norte de España, por el mar.

Yo seguí con mi discurso, les hablé de diferentes maneras de monetizar esto de colocar una palabra tras otra, de cuestiones prácticas, de la felicidad que te aporta levantarte cada mañana para dedicarte a tu pasión, de lo descomunalmente satisfactorio que es ver cómo tus sueños se convierten en metas alcanzadas.

Les conté cómo literatura y vida se trenzan inevitablemente, que no debían permitir que nadie menguara sus posibilidades. Ellos me miraban desde su silla, soltando alguna risilla de vez en cuando. Lo normal.

Al salir del edificio me invadió bastante desánimo y cierta curiosidad ¿Por qué, siendo tan jóvenes, están preocupados por ese concepto de «seguridad» tan indefinido y tan irreal? Alguien debería decirles que lo único seguro es que hemos llegado aquí y que, en algún momento, nos iremos. Lo que pase en medio es, en su mayor parte, responsabilidad nuestra, y en absoluto seguro. ¿Cómo es posible que vivan con los ojos clavados en una pantalla abierta hacia millones de emprendedores que se ganan la vida de las maneras más variopintas, y se muestren absolutamente impermeables ante ellos? ¿Por qué les asusta más la ausencia de un sueldo fijo que el dedicarse a algo que se la trae al pairo? ¿Qué parte del engranaje familia-colegio-entorno ha devorado sus alas?

Tras mi charla, algunas de las chicas me comentaron que les llamaban la atención algunas profesiones artísticas, pero que de eso no se podía vivir. Que el mundo laboral es algo muy complicado como para inventarse trabajos, y que los profesores les han dicho que se están jugando su futuro y hay que tomárselo en serio. Demasiado demencial todo como para dilucidarlo en una breve charla. No sabría por dónde empezar, aunque supongo que lo primero sería aclararles la diferencia entre  «tomárselo en serio» y «ahogarte entre el conformismo y la infelicidad«.

Les conté que, cuando quisieran, y con el permiso de sus padres, les presentaría a gente que vive de su creatividad. Les proporcioné cuentas de Instagram que cotillear para comprobar lo que da de sí la imaginación. Tienes el mundo en tus manos, ¿qué vas a hacer con él?

Al llegar a casa les pregunté a mis niños qué serían de mayores y dónde querían vivir. Yo futbolista y arquitecto, y viviré por todas partes, primero en Francia. Yo científico y militar, me iré a Italia, por los coches y por las pizzas.

Respiré tranquila.

Texto publicado originalmente en El Español (25/1/19)

Ruavieja: no somos eternos.

A estas alturas ya todos hemos recibido el vídeo de Ruavieja. Ese anuncio de licor que muestra a varias parejas de amigos a los que se les pregunta cuán importante son el uno para el otro y con qué periodicidad se ven, para después calcular cuántos días van a estar juntos en lo que les queda de vida. Todos se quedan ojipláticos al comprobar que son muchos menos de los que habían pensado, aunque el problema real es que ni se lo habían planteado. Nadie lo hace. El (triste) resultado tiene en cuenta solo el mejor de los escenarios, ese en el que uno vive hasta la media española.

Ya tenemos edad para saber que la realidad puede ser mucho más cruda. Algunos adioses llegan sin previo aviso. Los del licor cuentan que mucha culpa es de las pantallas. No estoy de acuerdo: reivindico a ese Dios de la tecnología que me permite ver el jeto de los que viven allende los mares día sí, día también. No les huelo, pero algo es algo. No culpemos a las pantallas de nuestro pasotismo emocional.

El amor a la rutina y el no priorizar en el orden correcto nos apartan del cara a cara. La verdad es que nuestros malos planeamientos nos acercan a la procrastinación inútil, esa en la que ni siquiera descansas, en la que solo pierdes el tiempo como un gilipollas, pasando por la vida sin que la vida pase por ti.

Y es que vivimos como si fuéramos eternos, y no lo somos. Malgastamos las horas ensayando la vida, y el estreno se retrasa año tras año, década tras década ¿Cómo no vamos a vivir desconectados de nuestros mejores amigos si nos apartamos continuamente de nosotros mismos?

Muchos se revuelcan, día tras día, sobre la rueda de hámster. Cada semana es igual a la anterior. Ninguna novedad destacable entre los treinta y los cincuenta. No saquemos la cabeza del círculo vicioso, vaya a ser que nos dé por recapacitar y caigamos en que hace años que no nos ilusionamos con nada, que no nos reunimos con aquellos que nos pellizcan el alma. Mejor me quedo en mi jaula, que la conozco muy bien y no me da ninguna sorpresa, ni agradable ni desagradable. Adictos al aburrimiento. No grandes viajes, no grandes planes, no grandes amigos. La mediocridad y el conformismo como modo de vida.

Qué pánico tremendo me da mirar hacia atrás y descubrir que podía haber vivido más y mejor, que algo quedó pendiente, que solo puedo arrepentirme de lo que nunca hice. Estoy convencida de que, en algún momento, inevitablemente, el inventario final nos arrea en los morros.

Por eso soy de las majaras que recorre miles de kilómetros para encontrarme con los que adoro, porque esos momentos con ellos son los que le dan sentido a mi existencia, porque enredado en nuestras risas, en nuestras confesiones y en esa complicidad asalvajada, encuentro mi verdadero yo. La distancia no existe cuando en el otro extremo te esperan los fuegos artificiales.

Pero toda esa maravilla requiere de varios pasos previos. El más importante: tener la firme voluntad de ser feliz. El siguiente: identificar qué es eso que nos gusta más que nada. Y después, lo más complicado: tomar decisiones que nos lleven por el camino elegido. Decisiones, en muchos casos dolorosas, que desafían a la pereza, al miedo y a unas creencias que nos tatuaron incluso antes de nacer. La sinceridad con uno mismo es siempre la más jodida. Pero el tiempo pasa, y cada día que uno desperdicia sin querer, sin identificar y sin decidir es un día perdido, por mucho que no queramos contemplar la cuenta atrás sobre la que caminamos.

«Tenemos que vernos más», reza el anuncio viral. Patada a la rueda, a las excusas, a la vagancia vital. El día idóneo lo decretas tú. Hoy ya he agendado tres encuentros con amigos a los que se les ha saltado la lagrimilla con ese enlace que les envié. De algo sirve la publicidad.

COLUMNA PUBLICADA EN EL ESPAÑOL (23/11/2018)