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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

Silencio, por favor.

Son exactamente las ocho y dieciocho de un sábado de marzo, estoy en mi casa y hoy he decidido descansar. Cada uno debería tener muy claro lo que es descansar. Para mí, se reduce a leer, ver la tele, ducharme o mirar al techo. No es quedar con amigos, no es hablar por teléfono, no es esto que estoy haciendo: escribir. O sea, no estoy siendo fiel a mi propósito, pero es que la ocasión bien lo vale. No pasa a menudo que las musas lleguen a ti y te lancen sobre el teclado, así que vamos a aprovecharlo.

La inspiración, en este caso, ha llegado a mí por dos razones principales: la primera es mi amor al silencio. Lo adoro por encima de todas las cosas. Recuerdo los grandes silencios de mi vida: los que se dan en lo alto de una montaña nevada cuando no hay nadie más que tú; el silencio del confinamiento, tan profundo y tan compartido; el de las madrugadas insomnes. Los atesoro porque son escasos y no solamente porque tengo dos hijos, y la maternidad no es compatible con nada que tenga que ver con la paz, al menos en mi caso, sino porque vivimos en un país ruidoso de cojones. Esa es la segunda razón. Lo vemos en los restaurantes, donde la gente gritona se encuentra en lugares sin ningún tipo de preparación acústica. Señores, por favor, unos paneles absorbentes, que esto es insoportable. Y un poquito de bajar la voz, que me importa un huevo tu historia. También sufrimos, cada vez más, que los propietarios de locales de restauración quieran, en realidad, ser dueños de discotecas. Como el tema de las licencias está jodido, se dedican a reventarnos los tímpanos mientras engullimos un filete. No he venido aquí a bailar, sino a comer y charlar con mis amigos.

Pero las musas no han llegado en un restaurante ruidoso, sino en mi sillón orejero, bien temprano, un sábado como os decía. A estas horas ya estoy escuchando un piii piii piii de algún vehículo en la calle. De esos que, al dar marcha atrás, avisan de que te apartes. El detalle es que no hay ni Perry a quien atropellar, porque todos están, o durmiendo, o intentándolo. Hace una hora, es decir, a las siete y pico, el camión que descarga la fruta de la tienda de debajo de mi casa ha llegado sin dejar lugar a dudas. Me niego a creer que, décadas después de llegar a la luna, no se puedan fabricar vehículos que no anuncien su llegada a dos manzanas vista. Todavía no ha llegado, pero sé que en menos de treinta minutos, allá por las nueve de la mañana, hará aparición el camión del vidrio, ese que vacía en su interior un contenedor completo, de nuevo despertando a los pocos que no han oído todos los festivales anteriores. De nuevo reventándonos los chakras a los que hoy ansiamos el relax.

Luego tenemos a los vecinos. Yo tengo la suerte de que los míos sean gente civilizada y de que mi edificio, por antiguo, tenga unos forjados a prueba de todo tipo de bestialidades. No se oye nada. De los míos, claro, porque la gente del edificio contiguo no es tan civilizada. Ellos tienden la ropa en un sistema de poleas, todas oxidadas, todas chirriantes. Lo de poner tres en uno no les entra en la cabeza, por muchas veces que nos hayamos quejado. En más de una ocasión me encontré a la cabrona de la tendedora moviendo la cuerda de lado a lado sin tender, para jodernos. Sí, increíblemente hay personas de esa calaña. Lo puede hacer a las doce de la noche o a las seis de la mañana, según le plazca. En ese edificio hay, creo, algún saltador de altura, a juzgar por las hostias que le calzan a su suelo, de ahí el ruido a mi pared. Y el retumbe, claro, que de la vibración te despierta.

En mi lugar de vacaciones tengo unos vecinos que decidieron montar una selva dentro del apartamento, con sus papagayos y sus cosas selváticas. Imposible escuchar la tele, imposible desayunar en la terraza. Imposible vivir, resumiendo.

Qué tiquismiquis, podrá pensar alguna de las lectoras, todo el mundo vive entre ruido y nadie se queja. Totalmente de acuerdo, porque aquí, aparte de ruidosos, somos unos resignados. No rechistamos así reventemos, pero es que los avances llegan a menudo de la reclamación. Y si no, que nos lo digan a todos los que hemos rellenado hojitas sobre el hecho de ser ahumados durante años por los fumadores. Señoras, que hace no tanto se fumaba en aviones, en todos los restaurantes, en todas partes. Así seguiríamos si no hubiéramos reclamado nuestros derechos. El caso es que tenemos derecho a quejarnos cuando nos molestan. Y mientras escribo esta última línea, suena el camión del vidrio, ocho cuarenta y tres de la mañana de un sábado, tócate las pelotas.

El silencio, para quien no lo sepa, regenera nuestras neuronas, favorece la memoria y la concentración, nos reconstruye, disminuye nuestro nivel de estrés. Michel Le Van Quyen ha publicado un libro llamado «Cerebro y silencio» y afirma que El ruido auditivo tiene un efecto nefasto sobre el sistema inmunológico y el sistema cardiovascular. Lo del placer de disfrutar de ese silencio tan absoluto que se escucha no lo cuentan, pero ya lo digo yo. Ahora solo me queda conseguirlo.

Yo quiero bailar toda la noche.

Hace años que no salgo por la noche. Yo, la que cerraba todos los locales habidos y por haber, Afters incluidos. La que volvía a casa con las medias por los tobillos porque se cargaba la suela de tanto bailar. Dos hijos son muchos hijos en lo que a cansancio se refiere. Despertarse una hora antes que ellos para olisquear el oasis de paz y silencio valía más que cualquier copeteo.

Ellos crecieron y, hace justo un año, con ocasión de mi cumpleaños, declaré formalmente que aquí la Aguirre volvía a salir por las noches; no cada semana, pero seguro cada mes. Los niños son mayores, se levantan tarde, vuelvo a la vida. Al baile, al karaoke, a callejear las madrugadas malasañeras como yo sé hacerlo.

Pero se me jodió el plan. Y ahora que se acerca mi cumple otra vez, me encuentro contándome mentirijillas piadosas: a mí el toque de queda me la trae floja porque yo a las diez estoy en la cama. Y es cierto. Ya que no puedo desgañitarme en un karaoke, prefiero ver amanecer a dejarme los ojos en Netflix hasta las tres de la mañana. Creo. Porque ahora que lo leo no me parece tan mal plan. El caso es que lo que me escuece no es no poder salir por la noche, que también, lo que me jode soberanamente es que no haya nadie que lo haga por mí. Nadie maquillándose emocionada a las nueve de la noche mientras escucha el musicón que bailará más tarde, escogiendo modelito.

Nadie llegando a un garito superruidoso a las dos de la mañana. Nadie morreándose con desconocidos simpatiquísimos. Nadie volviéndose loca porque en la discoteca ponen su canción favorita por cuarta vez esa noche. Nadie volviendo a casa con los zapatos en la mano y el rímel por la barbilla, como yo solía hacer. O contándole historietas al taxista, que escucha descojonado vivo. Nadie.

No hay posibilidad de vivirlo y eso es peor que no vivirlo. La fatiga pandémica está hecha de incertidumbre, cansancio y falta de pistas de baile, sean propias o ajenas. Estamos tristes también por solidaridad con todas aquellas que, en esta noche de sábado, lo darían todo en la barra del bar, por ellas y por todas las hermanas que hoy no saldrían, pero que comparten ese amor por la nocturnidad y el despiporre.

Decía Javier Aznar en un artículo que llevamos demasiado tiempo sin ver a nadie venirse arriba en una pista. Tal cual. Podemos bailar en casa, y lo hacemos, pero somos animalitos gregarios, nos contagiamos también de lo bueno. De la alegría, del griterío, de la verbena.

Yo quiero bailar toda la noche, como decían Sonia y Selena. Quiero recorrer diez bares en una noche, porque me encanta peregrinar por Malasaña. Y lo haré. Y lo haremos. Deseo muy fuerte que no se nos olvide que hubo un tiempo en el que un bicho rarísimo decidió por nosotras y nos dejó en casa, sin taconeo, sin música altísima, sin abrazos porque sí. Sin las mejores risas que son las que te echas mientras desayunas una hamburguesa a las siete de la mañana justo antes de acostarte, con el pelo revuelto y una sombra extraña en lugar del maquillaje que había siete horas antes.

Tengo muchísima curiosidad por saber cómo será ese primer momento en el que podamos volar, literal y figuradamente. Viajar, organizar comidas con treinta personas, arrearnos dos besos a cada minuto, salir como si no hubiera un mañana ¿Lo haremos? ¿Nos habremos desacostumbrado al fiestón o lo perfeccionaremos hasta límites insospechados? Yo, que siento que mi bestia está adormilada, pero no muerta, voto por lo segundo. Si os pasa lo mismo, nos vemos por Malasaña.

Mujeres libres: concepto y características.

Crecemos con el lastre de unas creencias limitantes que nos convierten en la mitad de lo que realmente somos. Los «Tengo que» y los «Debería» nos aplastan y no nos dejan ver más allá de nuestras narices. Vivimos ignorando que la capacidad de elegir, el poder y todos los recursos para conseguir lo que queremos está en nosotras. Pero para eso necesitamos saber qué es lo que realmente deseamos, más allá de lo que otros esperan de nosotras, de lo válidas que nos sentimos cuando otros nos necesitan. Y venga a esforzarme, porque cuanto más hago, más valgo. Vaya una mierda ancestral, amigas.

Sin darnos cuenta, nos consolamos afirmando que todas viven así, sacrificándose por el prójimo y a veces ni eso: sacrificio sin ningún tipo de objetivo ni sentido. Bien de penitencia porque alguien, en algún momento, se inventó que solo así ganaríamos el reino del los cielos, llámale reconocimiento, llámale amor de otros, llámale yo sigo en mi rueda de hámster ignorando que a mi alrededor hay un mundo fabuloso que no disfrutaré jamás de los jamases porque no me lo merezco. Y punto.

Pero no todas viven así, os lo prometo. En los últimos tiempos he conocido a varias mujeres libres, que se levantan cada mañana con el firme propósito de disfrutar, de hacerse la vida más fácil y de proporcionarse todo lo que les gusta en la medida de lo posible. Ando en la labor de detectar todo lo que tienen en común estas señoras extraordinarias y felices. De momento, he descubierto que no se esfuerzan en madrugar si no es absolutamente necesario. Hace un par de días, una de ellas me decía que se ponía el despertador a las diez de la mañana. Lo has leído y te ha chocado: confiesa, lectora. Te han sobrevolado por un momento palabras que tienen que ver con la vagancia, con todo lo que TIENE QUE SER. Quizás, también, has sentido un poco de envidia y, en el mejor de los casos, te has preguntado si a ti también te gustaría levantarte más tarde de lo que lo haces. El súmmum sería, entonces, preguntarnos si es posible y cuál es el plan para conseguirlo.

La segunda cosa que tienen en común las mujeres libres es su pareja: una con la que, después de muchos años de relación, se divierten, se respetan, se quieren, se reconocen y se aceptan. Que suponen un cincuenta por ciento en todo lo que supone la vida en común: hijos, casa, recados. Qué suerte, dirán algunas. Qué buena decisión, más bien. Nadie eligió a esos maridos por ellas. No se dejaron llevar por las carencias que estos iban a rellenar, ni se quedaron con el primero que tuvo a bien salir con ellas.

La tercera coincidencia es una habilidad natural para organizarse y tener toda la ayuda posible, ya sea en el trabajo o en casa. Todo lo delegable, se delega. Organización al máximo para complicarme lo mínimo. No hagamos lo fácil difícil, no tiene más mérito.

La cuarta, tangible a más no poder: un poder adquisitivo estupendo. «Ah, bueno, así cualquiera» diréis. Error. Esa pasta es causa, no consecuencia. Por experiencia os digo que una de las creencias más extendidas y jodidas entre las mujeres es la incapacidad de generar x cantidades. Si somos empleadas cobramos menos, pedimos menos aumentos y nos conformamos más. Ante una oferta de trabajo, si no cumplimos nueve de los requisitos, ni se nos ocurre aplicar. A ellos no les pasa, os lo aseguro. 

Trabajan en sectores que les encantan, algunas en tecnología, algunas en temas artísticos, algunas son emprendedoras. Todas han convertido su talento en su profesión. Todas, de nuevo, decidieron.

La quinta, consecuencia de algunas de las anteriores y de la firme voluntad de rodearse de belleza: tienen unas casas preciosas, cómodas, cuidadas hasta el último detalle. Quieren estar a gusto y el hogar es un elemento importante, indispensable diría yo. Curiosamente, todas las que conozco, tienen chimenea. Por algo será. Porque les encanta, seguramente.

La sexta, producto también de ese respeto hacia una mista, de un autoamor sano hasta decir basta es el ejercicio físico regular. Tías que, llegados los cincuenta, están en forma. Lógico: el exterior no es más que un reflejo del interior. No hay pereza cuando una se mueve por la motivación adecuada, cuando el objetivo te importa de verdad, cuando no hay distracciones que te apartan de tu centro.

Se dedican tiempo a sí mismas. Se miran, se escuchan. Curiosamente (o no) también tienen una especial habilidad a la hora de ver y escuchar a su entorno. Cuidan su alimentación, leen mucho, van al cine. Han elegido la vida que tienen y la exprimen, claro, ahí está el truco: anclarse a un aquí y a un ahora que te importa es mucho más sencillo que hacerlo cuando tu presente es una simple inercia.

Tienen una vida social activa, les gusta recibir a sus amigos en esas casas estupendas y acogedoras. Son personas alegres, relativizan. Cuando se podía, y volverán a hacerlo, hacían viajes estupendos. Tienen amigos por todo el mundo y los cuidan, porque saben que la amistad es un trabajo: maravilloso, por cierto.

Convierten los problemas en retos y se esfuerzan en buscar soluciones, sin regodearse en las desgracias que sufren porque son humanas. Son generosas, seguramente porque su ausencia de maraña mental les permite ver con claridad qué es lo que pasa alrededor y cómo pueden mejorarlo.

Son inspiración, para la que escribe y para cualquiera que quiera, también, ser tan libre como ellas. Ojalá lo consigamos.

       

Los Bridgerton y su Duque: una alegría necesaria

Ya he hablado de la fatiga pandémica, de lo aplatanadas que nos tiene. De lo necesario de cuidarse y de darse gustazos para engañar a este coco tristón y agotado. Y uno de los gustazos, señoras, es zamparse «Los Bridgerton», la serie de Netflix que nos ha vuelto turuletas. No sabéis las ganas que tenía de que apareciera un fenómeno similar a nuestro Pelirrojo Empotrador, el maravilloso Jamie de «Outlander», al que ya le dediqué unas bonitas palabras hace tiempo. Quería retomar los textos de risas y tíos buenos, el despiporre que caracterizaba este blog antes de que me poseyera el interés por el autoconocimiento.

Y qué mejor momento que este. A la misma conclusión han llegado los señores de la tele, que han visto claro que a nadie le iba a disgustar una historia plagada de esos bailes que tanto echamos de menos, de vestidos de fiesta (sí, de otro siglo, pero bailes y fiestas al fin y al cabo) y de buenorros de todas las razas. Porque vamos a centrarnos en el Duque, pero podemos dedicar otro capítulo al hermano mayor de la prota, que OJITO. Queremos carruajes, queremos un mundo sin racismo y con casas ideales (y si no que se lo pregunten a los que se dedican a las reformas, que no dan abasto desde que nos soltaron en mayo).

Queremos quitarnos las mascarillas y disfrutar con historias previsibles que acabarán siempre bien, porque bastante incertidumbre tenemos ya con la mierda marciana; queremos ciencia ficción en la que el eterno seductor se enamora locamente de la chavala, se pasa por el forro todas sus teorías y se convierte en el esposo ideal. Si nos tienen que contar mentiras, que tengan esa cara y ese cuerpo. Siento el spoiler, pero el desenlace es lo de menos. Lo de más es lo tremendo que está el Duque.

Qué altura. Qué elegancia. Qué morros.

Y QUÉ CULO, (lo siento, a falta de imágenes ilustrativas traseras, os dejo la tableta)

Sí, señoras, si no habéis llegado al capítulo seis, en el que el Duque se despelota para luego vestirse lo justo, no sé qué estáis haciendo leyendo esto. Tirad ahora mismo hacia el sofá y haced algo de provecho. Esto mismo me dijeron mis amigas estas Navidades.

«Qué exageradas», pensé yo.

PERO NO.

Porque también estamos faltuscas de morreos y de fornicatio, otra cosa que saben los señores de la tele, que han dicho: «Chavalas del mundo coronavírico, ¿queréis caldo?» PUES TOMA CALDO.

Caldo en el jardín. Caldo en la escalera. Caldo en la piltra.

Y lo que, en otro momento, habría sido una serie insustancial más, se convierte en el temazo de las redes, en el antídoto contra tanta mala noticia y tanto miedo; en un divertimento tremendamente necesario. Porque el ser humano necesita belleza y necesita soñar, ya sea con viajes o con palacios, o con tíos guapos que te morrean y te empotran a la primera de cambio, con el único peligro para tu salud sea que acabes con los bajos desollados. Que todo sea eso.

       

Hartura pandémica: de qué está hecha y cómo puedo gestionarla.

A lo largo de la vida, lamentablemente, habrá varios hechos que nos desestabilicen, que nos suman en la tristeza, que nos roben la motivación. Alguna de esas porquerías vitales serán compartidas con la familia, con los compañeros de trabajo o, como en el caso del coronavirus, con el planeta entero. Cuando mayor es la tribu afectada, mayor es la sensación de desasosiego. Lógico, no hay donde escapar, poca gente que te pueda animar.

La nube gris se nos echa encima a todos y los No puedo más con esta situación, No tengo ganas de nada, Estoy agobiadísima, son el pan nuestro de cada día. No hay nada que podamos hacer para resolver el problema, pero ojo, si por gestionarlo desde nuestro círculo de influencia, o sea, cómo me tomo esta mierda de dimensiones galácticas.

Hay circunstancias que, por más que quiera, no puedo modificar: aquí hay una pandemia que lo flipas, Filomena ha dejado Madrid congelado, me han despedido, mi marido me ha dejado, mi familiar ha muerto, me han diagnosticado x enfermedad. Hechos empíricos y consumados, chimpún. No podemos viajar, nos pasamos el día con la mascarilla puesta, los contactos físicos se han reducido, no puedo pasar la noche en un karaoke, he cerrado mi negocio, ahora mismo no tengo un duro. Más realidades que, por mucho que me jodan, ahí están.

Y nos obcecamos en todo lo que NO tenemos y en lo que NO podemos hacer. La maraña mental cada vez más enredada y cada vez más negra. Y ahí entra la parte que sí está en nuestra mano: me quedo ahí, parada y amargada, o abro el abanico  para investigar sobre lo que realmente me incomoda más de cada una de las situaciones y empezar a solucionar lo solucionable. Ojo con la enorme diferencia entre aceptación y resignación, y pereza, y excusas.

Lo primero será desmenuzar qué es lo que más me incomoda respecto a la maraña. Agarrarla e imaginar que está en la palma de mi mano, que está compuesta por canicas y que voy cogiéndolas una a una, poniéndoles nombre. La primera puede que sea no ver a mis amigos, vaya un asco. Ahora le pregunto a la canica cómo resolverlo en la medida de lo posible. Quizás puedo organizar Zooms semanales.

Si la segunda canica es que no tengo pasta para desayunar en una cafetería ideal, me puedo montar una bandeja preciosa en casa, con una taza monísima y unas frutas cortaditas y una tostada con aguacate. Si la tercera está hecha de unos hijos que no van al cole y necesito estar sola como agua de mayo, cambio la hora del reloj para que se acuesten una hora antes. Si me come el desasosiego, puedo hacer yoga, meditación o mindfulness con alguna App. Si no soporto el aburrimiento, será el momento de leer todos esos libros, de ver las pelis antiguas que tanto me gustan, de retomar mis clases de italiano.

Ante un despido, quizás ahora puedo plantearme hacia dónde quiero enfocar mi futuro profesional, renovar mi currículum, plantearme si no es una suerte que me hayan obligado a dejar un trabajo que me tenía hasta las narices porque así me voy a poner las pilas y dedicarme a algo que me apasione. Si mi negocio se ha ido al garete, voy a investigar el mundo online, porque esto ha hecho que se acelere todo lo que tiene que ver con Internet y ya no hay marcha atrás. También me habré dado cuenta de que lo ideal es diversificar y tener varias fuentes de ingresos, ahora ya sabemos que lo imposible puede llegar.

Para otros, los que tienen la suerte de seguir teniendo un sueldo, esta es una oportunidad para ahorrar y planificar todo lo que harán cuando nos suelten. Porque nos soltarán algún día, ya veréis. Para planear viajes en detalle, ahora ya sabemos que no debemos dejar para mañana lo que podemos hacer en un hoy si coronavirus.

Nos han quitado las pistas de baile, pero siempre podemos bailar en casa; darnos una buena ducha mientras escuchamos a Norah Jones y damos las gracias por tener agua caliente; caminar sin rumbo fijo, divagando, que es lo más maravilloso del mundo, a falta de gimnasio; tomarnos un té calentito de buena mañana y dar gracias porque si estamos leyendo esto, seguimos por aquí y eso siempre es bueno.

El emocionante equilibrio

Andamos por la vida luchando contra el exceso y contra el defecto. Algunos se inclinan más por un lado que por el otro. En unos casos (como el mío), hay una tendencia enfermiza hacia el desmadre. Cuando salía del noche no veía el día, si me ponía a estudiar podía hacerlo durante doce horas seguidas, estudié la carrera por la tarde para poder dormir hasta el mediodía. Nunca era suficiente.

Como adulta, o como mujer madura (por Dios, qué vértigo leerlo) no ando yo mucho más equilibrada. Jornadas interminables de trabajo, un reto tras otro reto porque los logros se me olvidan a la velocidad de la luz y entonces aparece el puto Síndrome de la Impostora arreándome collejas desde mi hombro derecho y contándome que hasta ahora he tenido mucha suerte pero que si no me dejo la piel, la carne y los huesos en mis objetivos no los conseguiré jamás de los jamases. Haz más deporte, come más sano, escribe más y mejor, tenías que haber publicado más libros, consigue más seguidores en redes, hazles más caso a tus hijos sin olvidar a tus amigos. Tíñete esas canas, ponte hidratante que pareces un lagarto, controla el encrespamiento capilar, tía despeinada.

Desde el otro hombro, un angelito blanco nos cuenta que debemos relajarnos, señoras. Encuentra tiempo para ti, medita, haz yoga, lee, respira. Y nosotras, que vamos como motos, nos sentimos aún peor. Soy una desquiciada. Nada que ver con esas tías de las revistas que tienen cuatro hijos, el pelo brillante y un halo de paz sin límite a su alrededor.

En el otro extremo, la inactividad absoluta. Gentes que un día se posaron sobre la silla de la inactividad mental, emocional y física; que no importa cuántos años vivan, porque no hay variación, ni movimiento, ni presión, ni nada de nada. De nada. El mismo día, tras el mismo día, tras la misma vida, tras los mismos pensamientos que a veces no son ni eso, sino simples instrucciones de funcionamiento, a años luz de traspasar las fronteras de la reflexión, mucho menos las de las decisiones. Ningún «Y si…», ninguna duda. No saben que existen las montañas rusas porque no las han visto jamás, ni oído hablar de ellas.

A veces admiro a las gentes inactivas de mente y cuerpo. Intento calcular de qué está hecha su planicie para así reproducirla en algún instante, aunque sea breve. No pensar en nada, no ansiar nada, no caminar hacia ningún lugar. Entonces me imagino ese cuadro y me entra el pánico, el mismo que me acecha desde que era pequeña. Llegar al final, mirar hacia atrás y darme cuenta de que no avancé, de que se me quedaron palabras en el tintero, besos por dar, caminos que recorrer, datos interesantes por conocer, lugares apasionantes a los que viajar, sueños por cumplir, bellezas por contemplar. Llegar al final y darme cuenta de que elegí la muerte en lugar del susto.

Y concluyo que lo suyo sería vivir sobre un equilibrio emocionante; una tensión de las que anima, pero no bloquea; una prisa razonable, de las que no te hace derrapar; domar al susto, para usarlo a tu favor y convertirlo en tu mejor amigo. La alternativa no debería ser una opción.